Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 44
95%

Chapitre 44

Un avion qui sent le croissant.

(Un avión con olor a cruasán)

Estoy en el aeropuerto sola.

Sí, sé que no es lo más triste que me has escuchado decir en este libro, pero a mí me está doliendo muchísimo.

No tener allí a nadie, mientras espero a que abran la facturación de las maletas y me den mi tarjeta de embarque en papel, porque tengo tan mala suerte que voy a embarcar con un cinco por ciento de batería en el móvil, me está haciendo mucho daño.

Oliver no ha venido. Tampoco voy a mentirte, no esperaba que lo hiciera.

Si llega a querer frenarme podría haberlo hecho en muchos puntos intermedios de esta historia, pero no.

En el aeropuerto sería un cliché más, propio de una peli mala de esas que echan en la tele un sábado a las tres de la tarde, mientras los españoles duermen la siesta.

«Tú también has aprendido a dormir la siesta».

Pero, por algún motivo, que no haya aparecido es importante. Porque durante toda nuestra historia, Oliver ha sido el hombre que siempre llega tarde, física y emocionalmente.

La cola se me hace eterna, pero al fin tengo las maletas a buen recaudo, o eso me ha hecho creer la compañía aérea. He visto demasiados vídeos en Instagram de cómo tratan las maletas en algunos países como para no desear viajar en ese momento a Japón, donde les quitan hasta el polvo.

Si no has visto ningún vídeo de esos, corre a buscarlos. Creo que puedo quitarte las ganas de viajar durante una buena temporada y así te da para ahorrar para comprar nuevos libros.

La puerta de control acepta el código que se lee en mi tarjeta de embarque y no siento la necesidad de darme la vuelta para despedirme de nadie. Sé que no hay nadie. Me requisan una botella de agua y pienso que ya es lo último que me puede quitar España. Ya lo he perdido todo aquí.

La puerta de embarque se hace igualmente eterna. Hay cientos de pasajeros con pinta de expertos mochileros y una punzada de dolor me recorre el pecho al acordarme de la sugerencia de Amanda.

Consigo atravesar el finger sin echarme a llorar.

Dar esos últimos pasos hasta mi asiento los puedo comparar con los últimos metros de la maratón de Nueva York.

Estoy agotada y no tengo a quien contárselo.

Al sentarme, me abrocho a la carrera el cinturón por si, en un arrebato, me da por salir corriendo del avión.

No sería propio de mí, pero ya no me fío ni de mi sombra.

El pasajero que está justo a mi lado me mira con cara extraña.

Piensa seguramente que soy la típica histérica que le va a dar el viaje, santiguándose cada vez que una turbulencia sacuda el avión.

Y empiezo a recordar pequeñas cosas. Sin querer. De verdad que no deseo hacerlo, pero no puedo evitarlo. No me vienen a la cabeza los grandes momentos. No recuerdo ya la boda. No me importa el primer beso. Son solo los detalles los que me acosan.

Cómo Oliver siempre me apartaba el cabello cuando cocinaba, tratando de que no dejara pelos en la comida.

Cómo dormía con una mano encima de mi cintura, calentándome la zona.

Cómo se enfadaba cuando conducía yo y, misteriosamente, me perdía.

Cómo dejaba las zapatillas atravesadas en el pasillo y yo me tropezaba siempre con ellas.

Pero también recuerdo otras cosas. Le tembló la mano cuando firmó nuestro divorcio. Yo pensé que era por tristeza. Ahora entendía que también era por miedo. Porque ninguno de los dos quería firmar, solo creíamos que debíamos hacerlo.

Desgraciadamente, me he dado cuenta de algo.

No estoy huyendo porque haya dejado de quererlo. Lo amo con todo lo que soy y seré. De formas que todavía no existen y algunas demasiado anticuadas como para que sea razonable reconocerlo en pleno siglo veintiuno. Estoy huyendo porque tengo miedo de volver a romperme.

Y porque llevo meses fingiendo que fue él quien me echó de nuestra historia, cuando la última en marcharse estoy siendo yo.

Y eso… me hace sentir la mujer más cobarde de la galaxia.

Pero entonces… solo entonces, cuando me siento una mierda de lo hundida y lo bajo que he llegado a caer por mi culpa y solo por mi maldita culpa, aparece Amanda.

No Oliver.

Amanda.

¿Qué demonios hace Amanda en el jodido avión?

—¿Ya has terminado de hacer el imbécil?

Los pasajeros la miran como si se tratara de una de las azafatas, que estuviera explicándole a una de las pasajeras que ha cogido el vuelo equivocado. ¿Cómo era posible que me fuera a ir a París cuando yo había comprado un pasaje para descansar en una playa de Cancún?

—No ha venido.

—Claro que no. —Preferí guardar silencio antes de decirle todo lo que había esperado.

—¿Por qué lo das tan por hecho?

—Porque el muy idiota cree que quererte consiste en dejarte ir.

Porque cree que, si aparece, volverá a hacerte daño.

Eso ya lo sabemos las dos a estas alturas. Los tres, si contamos a Oliver, pero como no está en el avión, no cuenta.

—No sé qué voy a hacer…

Siento que Amanda tiene ganas de sacudirme como a la pasajera histérica de Aterriza como puedas, pero se contiene porque tiene testigos.

Muchos testigos. Y eso va en contra del suspense que quiere para su podcast. Capítulo cuarenta de la quinta temporada de «Cómo salir impune cuando está claro que fuiste tú».

Evitar los testigos estaba en el top de la lista.

—La pregunta nunca fue si Oliver iba a venir. La pregunta es si tú vas a dejar que el hombre de tu vida tome otra decisión por los dos.

Y ahí, en ese instante, entiendo el patrón. Todo ha hecho clic y se ha recolocado algo dentro, quizá en mi alma, en mi corazón, o en mi intestino. Siento que las náuseas ganan la partida y echo mano de la bolsa para vomitar.

Durante toda nuestra vida juntos, Oliver ha sido quien ha decidido. Oliver decidió que me viniera a vivir a Valencia. Oliver decidió que nos casáramos. Oliver decidió separarse. Oliver decidió vender el piso. Oliver decidió firmar el acuerdo de divorcio.

Y Oliver ha decidido dejarme marchar.

Yo solo había hecho una cosa durante todos esos años.

Aceptarlo.

Solo he ido aceptando todas y cada una de esas decisiones, porque siempre creí que amar era respetarlas.

Hasta que, como al final de un libro de detectives, entiendo que yo también tengo derecho a decidir.

Miro a Amanda, con los ojos muy abiertos. Ella ve en ellos que, por fin, he comprendido.

—Por cierto, me debes…

Decido soltarme el cinturón de seguridad y ponerme en pie. Amanda al final sonríe.

—¿Te debo? No quieras abusar de mi déficit de atención…

—Sí, me debes la burrada de dinero que he tenido que pagar para comprar el pasaje a última hora y subirme a este maldito avión que huele a croissant .

¡Y en primera clase, porque no quedaban asientos disponibles!

Casi tengo que vender un riñón en el mercado negro, y no sabes lo difícil que es hacerlo de forma discreta hoy en día.