Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 45
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Chapitre 45

La vengeance d'Amanda sera terrible.

(La venganza de Amanda será terrible)

—Si quieres encontrar a un hombre que no quiere ser encontrado... deja de buscar donde tú buscarías. Busca donde buscaría él —me sugiere Amanda, mientras nos bajamos del avión, con las consecuentes malas caras de la tripulación.

Menos mal que aún no han retirado el finger .

Y es normal que me miren fatal. Ahora tienen que encontrar mis maletas en la bodega para sacarlas también, porque no se pueden permitir la licencia de que sea una terrorista que «abandona el barco» y descubrir tarde que lo que va en mi maleta sea algo que, casualmente, haga que el avión se precipite al vacío por una nimiedad de saltarse las normas de navegación, y bla, bla, bla.

Vamos, que no me abrieron una ficha policial y me tomaron las huellas de milagro… y porque dejo de rehén a Amanda.

Sí, es normal que ahora mismo esté otra vez enfadada conmigo, y precisamente por eso no le pregunto nada cuando no entiendo lo que me quiere decir con su frase sobre Oliver.

Le pido que, por favor, se quede allí esperando a que le entreguen mi equipaje mientras yo intento, de la forma más estúpida posible, salvar mi no matrimonio con mi no marido.

Y claro, ella no es capaz de llegar a decirme que no porque yo salgo a escape y a ella la sujeta un tipo de seguridad.

«Que no se queje, que el tiarrón está bien bueno y es totalmente de su tipo. Esta noche pueden acabar en su sofá, y lo sabes».

Creo que esto me va a hacer ganarme el protagonismo de su último podcast, titulado « No cantes victoria porque te pienso arrancar las cuerdas vocales ».

Tengo que chantajear a tres amigos en común, ya no tan en común porque se los había quedado en propiedad Oliver tras nuestra separación, para obtener información.

Si no sabes que, en un divorcio, te repartes hasta a los amigos, me alegro de que no hayas tenido que vivir la experiencia. A mí solo me quedó Amanda y Mercedes, y a veces a Amanda la habría regalado.

Creo, por otro lado, que Amanda no se fue al lado de Oliver porque no estaba dispuesta a admitir que no era tan mal tipo, después de todo.

Pero ahora mismo Amanda es una de mis peores enemigas y debo vigilar mi espalda por si aparece con un hacha o cualquier otra arma arrojadiza, como un gato enfadado con las uñas afiladas que pudiera despedazarme la piel.

A los gatos los carga el diablo.

Consigo la dirección del lugar donde ha estado quedándose desde que dejó de dormir en nuestra ex casa, no sin antes perder la poca dignidad que conservaba hasta el momento.

Mi exmarido, por suerte, ha estado viviendo con uno de sus colegas de universidad y no con una chica a la que estuviera pagando en especias y que hubiera conocido en Tinder.

¿He dicho ya que odio Tinder? Pues eso, que lo odio.

¿Que por qué no lo llamo por teléfono y me dejo de tonterías?

¿Has visto alguna reconciliación memorable por teléfono?

¿Sí, de verdad? Bueno, pues yo dudo mucho de que a mí me saliera.

Creo que me pondría tremendamente nerviosa, como cuando me llaman de una ONG y les tengo que decir que voy conduciendo, aunque sea mentira, para colgarles el teléfono y no quedar como una persona horrenda.

Entre medias, he aceptado un pago mensual, me he hecho un seguro de vida y me han vendido un colchón de esos que cuando retiras el envoltorio te estampa contra una pared porque viene envasado al vacío.

Yo, al teléfono, soy un peligro con patas.

Llamo al telefonillo del edificio donde se ha estado escondiendo mi exmarido todos estos meses. No está ni lejos de nuestro antiguo piso. Apenas se alejó de mí un par de calles. No sé por qué ese hecho me reconforta tanto.

—¿Oliver? —pregunto, cuando escucho una voz al otro lado del aparatejo electrónico.

Reconozco al tipo. Es el tal amigo universitario, que habría ido una decena de veces a casa a ver partidos de futbol con otros tantos amigos. Y me lo habían dejado todo perdido de huellas por el aceite de las patatas fritas y de cercos de cerveza que no eran precisamente sin alcohol.

Sin resentimientos. En plan chill , como dicen ahora. Al menos, no es una chica de pechos enormes.

—¿Colette? —pregunta el otro, que recuerdo que se llama Vicente. ¡Cómo no! Los Vicentes están a la orden del día—. Llegas tarde.

Otra vez.

Mantengo un horrible silencio durante… no sé durante cuánto tiempo. ¿Por qué llego tarde? ¿Oliver se había ido ya a vivir con otra mujer, se refería a eso?

«No, se refiere a que ha muerto en extrañas circunstancias que todavía se están analizando. ¡Deja de dramatizar!»

—¿Por qué llego tarde?

Siento que el amigo sonríe al otro lado del aparato, en la tranquilidad de su piso. Pienso que quizá tenga todavía una huella suya en alguna parte de mi casa y pueda conseguir que Amanda lo incrimine de alguna manera en un caso de desaparición de adorables gatitos de Instagram.

—Se ha ido esta mañana.

Siento que el pecho se me contrae de una manera horrible y el corazón se me cae por falta de sitio hasta ocupar el lugar de mi vejiga. Deja de latir, porque allí no me sirve para nada; solo para ocupar hueco y producir un dolor insoportable.

—¿Sabes dónde está?

Escucho una serie de pitidos que imagino que son los que produce su móvil al introducir la contraseña de desbloqueo. O quizá está poniendo el temporizador de una bomba para deshacerse de mí, a petición directa de mi querido ex, y en breve me la lanzará por la ventana.

—Podría llamarlo —me sugiere.

Menos mal, era la primera opción.

Podría.

Pero recuerdo algo que Oliver me dijo hace semanas. Eso de alejarse. Eso de dejarse espacio. Eso de permitirle a ella que se sintiera otra vez Colette… sin Oliver.

Yo también podría llamarlo. No había borrado su número de teléfono de mi móvil… aunque sería incapaz de borrarlo de mi mente.

«Creo que necesita que esta vez seas tú quien lo encuentre».

Y no lo llamo… porque creo que puedo hacer mejor las cosas. Mucho mejor.

Por primera vez desde que empezó todo aquello, no quiero que alguien llegue hasta Oliver por mí. Quiero encontrarlo yo.

—No —respondo—. Gracias.

—¿Estás segura?

Asiento. Luego me doy cuenta de que no me puede ver porque no es un videoportero y digo que sí con una pequeña sonrisa en los labios.

Vicente suspira. Tiene que ser un suspiro muy fuerte porque se escucha claramente desde el otro lado del aparato.

—Mira... si sirve de algo, lleva semanas diciendo que necesita empezar de cero.

—¿Empezar de cero?

—Sí. Ya sabes cómo es. Cuando se empeña en hacer borrón y cuenta nueva, desaparece.

Cambia de gimnasio, cambia de ruta para correr, cambia hasta de supermercado.

Necesita convencerse de que la vida sigue...

No entendí muy bien a qué se refería, porque está claro que más de cero no se puede empezar, visto lo visto, tras dejar lo vuestro.

—Otra vez silencio—. Luego lo vi descargándose Tinder otra vez.

Frunzo el ceño.

Según el Instituto Internacional de Casualidades Que No Son Casualidad, el noventa y nueve por ciento de las personas descubre la pista definitiva exactamente cinco minutos después de haber hecho el ridículo por última vez.

—¿Tinder?

—Lo usaba antes de conocerte, ¿no?, y lo desinstaló cuando empezó lo vuestro. ¿No os conocisteis a través de la aplicación? O quizá vuestra relación es tan vieja que usabais Messenger…

«¿Te está llamando vieja?»

Oliver y yo nos habíamos conocido…

¡H***** p***!

Espera, que mi voz interior te lo traduce enseguida.

«¡Hostia puta!»

Perdón, pero Amanda habla por mí en estos momentos. Recuerda que gracias a ella había aprendido todas las palabrotas españolas por orden alfabético.

«Por la a, A tomar por culo».

—Nos conocimos a través de Internet.

—El otro día dijo que iba a volver a donde empezó todo.

—Silencio al otro lado del aparato infernal.

Estoy a punto de pedirle que me deje subir para hablar cara a cara—.

Pues eso, que cuando se pone en modo enigmático…

cualquiera lo entiende. Cuando lo vi descargándose Tinder pensé que no tenía ni idea de que se lo hubiera desinstalado.

Es una forma de decir que tiene que seguir adelante, supongo.

Que se lo hubiera desinstalado justo cuando está, al fin, soltero era raro de narices.

Al fin, como si fuera una liberación. Al fin salía de la cárcel. Al fin acababa el secuestro porque habían pagado el rescate. Al fin llegaba a tierra firme después de estar varios días sobreviviendo en el mar montado en una tabla tras un naufragio. Al fin.

No me gusta nada ese «al fin».

No me gusta nada Vicente.

—¿Eso cuando ocurrió?

—Por la mañana.

—¿Por la mañana de cuándo?

—Hoy, por la mañana, hoy —replica, con un tono que quiere decir a las claras que cree que soy un poco cortita.

Según el Instituto Francés para Personas que Necesitan un Mapa para Encontrar lo Evidente, el amor siempre deja pistas. El problema es que solemos buscarlas donde hemos perdido a la persona y no donde empezó a encontrarnos.

Me quedo completamente inmóvil mientras imagino a Oliver otra vez en el mercado, como sugiere su amigo.

Pero me doy cuenta de una cosa verdaderamente importante.

No me preocupa que Oliver quiera conocer a otra mujer.

Me preocupa haber sido tan tonta como para no haberlo visto antes.

Me preocupa algo mucho peor, y es que Oliver estuviera intentando volver a ser el hombre que era antes de conocerme.

Ese que me encontró en internet y apostó por una completa desconocida.

Por primera vez en mucho tiempo... sé exactamente dónde puedo encontrarlo. Porque si él está dispuesto a empezar de cero... yo también sé exactamente dónde debo empezar a buscarlo.

Según la Comisión Europea para Gente Muy Torpe Cuando Está Enamorada, el cerebro tarda una media de nueve meses en conectar dos ideas que, vistas desde fuera, estaban unidas con un cartel luminoso de neón.

Siempre había pensado que en mi separación estaba persiguiendo a Oliver. En realidad, solo tenía que volver al lugar donde dos desconocidos decidieron darse una oportunidad.

Por primera vez en muchos meses, no tengo un destino.

Tengo un punto de partida.