Chapitre 46
L'attente engendre l'impatience.
(El que espera, desespera)
Bajo el escalón del portal donde ha vivido Oliver escondido, y pienso en todas las veces que habría bajado ese mismo escalón.
Camino, llorando y riendo a la vez. No me juzgues, sé que te ha pasado al menos una vez en la vida, y las estadísticas dicen que, muy probablemente, te pasará al menos diecisiete veces más antes de que termines el año.
Y entonces pienso en todo lo que ha pasado en los últimos nueve malditos meses. Recuerda la primera gran bronca, la webcam, Tinder, los chats con desconocidos, las conversaciones que nunca tuvimos cara a cara.
Y sonrío. Una sonrisa pequeñita, porque entiendo una cosa. Oliver sabe hacer muchas cosas mirándome a los ojos, pero hablar no es una de las mejores que hace. Pero escribiendo... siempre fue mejor.
«Si algún día discutimos... búscame. Si algún día me equivoco... háblame. Si algún día dejo de entenderte... explícamelo. Pero no dejes nunca que el silencio tome decisiones por nosotros».
Era una de las primeras cartas de amor que me había escrito. Reconozco que sigo llevándola en la parte de los billetes de la cartera, doblada con un montón de pliegues.
Saco el móvil. Busco en las aplicaciones… y me doy cuenta de que no está. Sonrío, en paz conmigo misma después de mucho tiempo. Había desinstalado Tinder el día de la firma de nuestro divorcio.
No me preguntes el motivo, ya que no sé por qué lo hice. Amanda mantenía que era el momento más absurdo para retirarme del mercado, cuando estaba claramente subiendo como la espuma, como el precio de la vivienda y el interés de las hipotecas.
Pero eso mismo era lo que había hecho Oliver. Desinstalarla también.
No era un problema. Todo puede volver a instalarse.
Así que busco Tinder entre las aplicaciones de la tienda de aplicaciones. Play Store para los amigos. O, quizá es tu caso, la App Store . Donde toque.
Según el Centro Nacional de Personas que Miran la Barrita de Progreso Como Si Pudieran Hipnotizarla, observar una descarga reduce su velocidad aproximadamente un noventa y ocho por ciento. No está demostrado científicamente, pero todo el mundo sabe que es verdad.
Se me hizo eterno.
«Fallo de descarga».
—¿Cómo?
Según el Instituto Internacional para Descargas que Empiezan Justo Cuando Más Prisa Tienes, cualquier aplicación tarda exactamente el triple en instalarse si tu estabilidad emocional depende de que termine antes del siguiente latido. Y te quedas sin cobertura en el cien por cien de los casos.
Vuelvo a intentarlo. Esta vez, al final, la aplicación aparece en mi pantalla y a mí no me quedan más narices que decidir en un instante entre subir uno de los tres mil perfiles que me he ido inventando a lo largo de los meses o subir el de la chica que fui y que se ha convertido en la mujer que soy ahora.
Gana la segunda opción, por goleada.
Pero no busco a Oliver. Aún no. Porque durante nueve meses había buscado respuestas y ahora estaba a punto de buscar a una persona.
No era lo mismo.
Me da, de pronto, un miedo atroz encontrarlo, que sea distinto al hombre que recuerdo o el que fue. Que sea otro al que quiero o al que estuvo metido entre mis piernas hace unas semanas. ¿Y si descubría que ya no existía el hombre al que llevaba nueve meses intentando olvidar?
«Hola, habla tu paciencia ahora mismo y quiero que sepas que ya me queda muy poquita, así que deja de hacer el imbécil de una vez».
Empiezo a deslizar los dedos sobre la pantalla, apartando perfiles. Uno, otro, otro… Ninguno.
¿Dónde están todos los alter ego que se había fabricado Oliver para conquistar chicas incautas?
«Como tengas que recorrer a todos los hombres de Valencia estamos apañados».
Entonces... aparece.
Me quedo mirando embobada una foto que pensé que jamás volvería a ver.
Se me escapa una lágrima que de pronto se convierte en un torrente y que cae sobre la pantalla.
No sé cómo lo ha hecho, pero en una sucesión de catastróficas desdichas, una lágrima ha cerrado la aplicación, otra ha abierto el panel de opciones y la tercera ha pulsado «Desinstala».
Creo que los jóvenes dicen, en esos casos, que el móvil se ha bugueado .
Según el Instituto Francés de Tecnología que Te Toma el Pelo, cualquier aplicación ocupa exactamente dos gigas más cuando la descargas llorando. Mi móvil es tan antipático que es capaz de ocupar toda su memoria con mails enviados a spam solo para verme fracasar en la empresa.
Pacientemente, vuelvo a instalarla.
Vale, pacientemente… no.
Según la Comisión Mundial para Amores Impacientes, el tiempo que tarda en instalarse una aplicación aumenta un ochocientos por ciento cuando al otro lado de la pantalla podría estar esperándote el amor de tu vida.
Vuelvo a encontrarme con Oliver.
No con una foto de sus abdominales. No con una foto de gimnasio, de las que está su galería llena. No una foto de vacaciones hecha para presumir.
Es una foto absurda.
Era Oliver sujetando un calabacín enorme delante de la cámara, como si fuera un premio Nobel.
La misma foto le hice, obligándolo a posar hacía años.
La había odiado porque decía que parecía idiota.
Y, de todas las fotos que podía haber elegido para volver al mercado...
había escogido precisamente aquella en la que solo existía el Oliver que yo conocía.
«Un calabacín tampoco es un rasgo de personalidad, y a los que salen con peces los bloqueaste. Solo apunto el hecho, nada más».
Rompo a llorar, pero esta vez tengo la precaución de apartar la pantalla de mis lágrimas porque ya sé que la tecnología no está de mi parte en ese preciso momento.
Leo la biografía. Oliver, sin motes ni apodos absurdos. Y su eslogan… ¡Dios! No podía ser más él. No podía ser más para mí. No podía ser. Punto. «Busco a una francesa que sigue debiéndome un corazón. El mío».
No soy capaz de darle al corazón, porque… porque… ¡Maldita sea! Tengo mucho miedo. Y me tiemblan los dedos de la emoción. Eso también. Estaba segura de que si trataba de darle al corazón le daría, en su lugar, al botón de bloquear. Estaba escrito en alguna parte.
«Francesita: Si lees esto... deja de hacer el imbécil».
Cuando consigo serenarme, dejar de llorar e hipar y se me ha borrado al fin la cara de tonta en medio de la calle, intento mandarle un mensaje. Pero, la aplicación malnacida no me deja hablar con él si no he hecho match antes.
«Moraleja. Amanda y yo lo sabíamos, y la aplicación también lo sabía. "Hasta que los dos no os elijáis otra vez, no podéis hablar"».
—¡Qué cabrones son los programadores de las aplicaciones de citas!
El corazón rojo parecía enorme, ridículamente enorme. Bastaba un movimiento del pulgar para decidir el resto de mi vida.
Nunca un gesto tan pequeño había pesado tanto.
Y deslizo el dedo hacia la derecha, mirando la pantalla.
«¡MATCH!»