Prohibido hacer match con tu ex Épilogue
100%

Épilogue

Pour être assortis, mais pour de vrai.

(Hacer match, pero de verdad)

Amanda habría pausado la grabación de su podcast justo aquí para decir: «Querida oyente, si estás pensando en perseguir a tu ex por media ciudad después de bajarte de un avión, probablemente estés tomando una decisión espantosa.

Si además has dejado a una azafata buscando tu maleta, y a tu mejor amiga retenida en el aeropuerto...

enhorabuena. Has desbloqueado un nuevo nivel de estupidez romántica».

Habíamos podido hacer match porque Oliver ya había hecho exactamente lo mismo.

Me estaba esperando. ¿Con la pantalla abierta mientras la tecnología se burlaba de mí?

Muy probablemente. ¿Se había instalado una aplicación que lo avisaba de cuándo yo me instalaba una aplicación? Lo veía muy capaz de hacerlo.

Había aplicaciones para todo en la vida.

Piensa en algo y luego busca en la Play Store.

Si no llevo razón, te recuerdo que las reclamaciones debes dirigirlas al lugar que más beneficios pueda darte, y en este caso creo que se trata de Android o de Apple.

No pienses en mí, que soy el eslabón débil de la cadena.

Seguramente no esperaba encontrarme, porque se suponía que yo estaba en un avión, con las aplicaciones en modo vuelo, y no iba a ponerme a buscar cita en Valencia cuando precisamente iba rumbo a París.

Pero, por extraño que pareciera, nunca dejó de buscarme.

Los dos estábamos online, como si nos estuviéramos mirando desde los dos extremos de una abarrotada pista de baile. Pero ninguno de los dos nos atrevimos a dar el primer paso y escribir.

Treinta segundos.

Un minuto.

Dos.

Hasta que por fin apareció algo diferente en la pantalla. Oliver está escribiendo…

No Atlas, ni Hércules…

Oliver.

Y desapareció de pronto.

Me quedé mirando la pantalla como si otra vez, el maldito programador me estuviera tomando el pelo desde el cuarto de baño, sentado en el inodoro, enterándose de nuestra patética historia de amor inconclusa.

«Bueno, inconclusa… no sé. Que has firmado los papeles del divorcio».

Otra vez. Tres veces. Como haría cualquiera que estuviera aterrorizado escribiéndole a su ex, por si le suelta un insulto y lo bloquea.

Escribiendo y borrando, escribiendo y borrando, como si al llegar al punto fuera inevitable enviar el mensaje.

Como cuando Penélope tejía y destejía, esperando a Ulises, para no tener que casarse con uno de sus pretendientes.

Consejo: Ve a leer La Odisea, anda.

Yo no conseguía borrarme la sonrisa de los labios. Estaba allí, conmigo, donde fuera que estuviera… pero conmigo.

Decidí que no cometía ningún pecado capital ni me saltaba ninguna norma de la maldita servilleta si le escribía yo a él primero.

«La servilleta nunca dijo que no pudieseis empezar otra historia».

De todos modos… la había perdido. Amanda iba a matarme, porque en ese momento solo recordaba lo del coche, lo de los pescadores y… lo de las fotos de gimnasio.

Y eso hice. No un discurso ni una declaración.

Hola.

Hola, francesita.

¿Sigues llegando tarde o

le echas la culpa al vuelo?

¿Has perdido el avión?

No.

Llegas tú tan tarde que he tenido

que empezar yo la conversación.

Lo que he perdido son las ganas de perderte.

Llevo nueve meses esperando

que la empieces tú.

Por cierto, yo también he perdido esas ganas.

Mentira.

Llevas nueve meses tratando

de no tener una conversación seria conmigo.

No es verdad.

Pero no quiero discutirte nada ahora mismo.

¿Sabes cuál fue el peor día?

¿Todos?

No. Aunque también, sí. Pero fue el día

que dejaste de contarme las tonterías

que te pasaban en el trabajo.

¿Y el tuyo?

Había aprendido la lección. Me había pedido que le preguntara cómo le había ido. ¿En qué momento nos dejamos ir tanto? ¿Cómo nos alejamos de aquella manera el uno del otro?

Cuando dejaste de preguntarme

si había comido.

Pensé que ya no te importaba.

Pensé exactamente lo mismo.

¿Sabes qué otra cosa fue

de las peores que recuerdo?

¿Qué?

Que seguía guardando

memes para enviártelos.

Yo seguía comprando tus yogures.

Aunque no estuvieras…

Seguía dejando un hueco en la cama.

Yo seguía cocinando para dos.

Y a Vicente no le gustaba lo

que cocinaba, así que he engordado un

par de kilos comiendo por los dos.

Me reí, pensando en que para Oliver tenía que ser todo un drama haber engordado, trabajando como trabajaba para que otras personas hicieran ejercicio, estuvieran más sanas y, no nos mintamos, perdieran peso. O grasa, que cambiaban por músculo.

Creo que deberíamos empezar

donde lo estropeamos.

¿Dónde lo hicimos?

En la primera cita.

Jajajajajaja.

Venga, te compro lo de que he sido

un marido difícil desde el principio.

Pero ya hemos tenido varias,

y solo una fue completamente desastrosa.

No. No como ésta.

No así de importante…

¿Quieres decir que la primera vez que

nos vimos no fue importante, cher?

No, para nada.

En esa ya me tenías totalmente

ganada con tus abdominales.

Jugaba en completa desventaja.

Una primera cita. Sin marido. Sin esposa. Sin nueve meses de castigo. Sin miedo.

Oliver y yo.

«A ver si esta vez hacéis match de verdad».

Hubo una larga ausencia de texto. Si Oliver estaba pensando, a mí cada segundo que pasaba me robaba un maldito año de vida.

Según la Agencia Europea para Esperas Desesperantes, la velocidad de recibir respuesta a un mensaje en una aplicación es inversamente proporcional a las ganas que tengas de recibirla ya. Es una ley física tan demostrada como que la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla.

Oliver por fin volvió a escribir, y yo, por fin, vuelvo a respirar. Creo que ya había llegado a ponerme azul.

¿Por qué has tenido que ser tú?

Tardé unos segundos en responder.

Llevo haciéndome esa misma pregunta

desde que te vi por primera vez.

Pero siempre has sido tú…

Porque, si hubiera sido cualquier otro,

hace nueve meses que habría dejado de buscarte.

¿Era demasiado intenso para estar escribiéndolo por Tinder? Seguramente. Allí, lo más intenso que se solía leer era que te iban a arrancar las bragas y te iban a follar tan fuerte que ibas a estar una semana sin poder sentarte de forma adecuada.

O eso me imaginaba, que ya sabes que no sé cómo funciona Tinder. Lo bueno era que nunca había querido aprender con nadie más.

¿El viernes?

Sin venir a cuento, recordé que debía avisar a mis padres para que no fueran a recogerme al aeropuerto. Creo que se iban a llevar un pequeño disgusto con la noticia.

Prometo llegar cinco minutos antes.

Mentirosa.

FIN