Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 1
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Prohibido hacer match con tu ex

Prohibido hacer match con tu ex

Por Magela Gracia

© inepub.com

Chapitre 1

Méthode Marie Kondo.

(Método Marie Kondo)

La Comisión Internacional para Divorcios Ridículos sostiene que toda separación pasa por cinco fases: negación, llanto, reparto del perro, guerra por la cafetera y arrepentimiento. Nosotros empezamos directamente por la cuarta.

Nadie se encargó de Nikki.

Espóiler, Nikki es nuestro perro.

Después del shock inicial, lo normal habría sido comportarnos como adultos.

Si no eres una persona adulta, pásate esta frase por el forro de lo que lleves puesto, porque no te sirve como explicación.

Y parecía que Oliver y yo no éramos adultos.

Éramos dos personas en edad de perreta, que va desde los cero a los cien años si lo piensas bien, que acababan de destrozarse el corazón y que ahora discutían por la propiedad de un bote de lavavajillas medio vacío y que no hacía tanta espuma como el del anuncio de los pueblos.

Según el Instituto Europeo de Separaciones Mal Gestionadas, que es el primo hermano del anterior, pero al ser solo europeo y no internacional tiene menos presupuesto, el noventa y dos por ciento de las parejas que dicen «vamos a comportarnos como adultos» termina discutiendo por el cargador de un móvil.

El otro ocho por ciento, directamente, miente.

Habíamos apostado todo al amor cuando teníamos a la banca en contra. Y pensábamos que ganaríamos porque las ganas podían con todo.

Pero no era verdad.

Si tampoco eres ludópata, también puedes pasarte esta parte.

En España dicen que «quien no arriesga no gana». Se olvidaron de añadir que quien arriesga demasiado acaba peleándose por un bote de lavavajillas.

La banca siempre acababa ganando, y se quedaba con todos tus bienes, tu mascota y los primeros chicles que compartiste con ese amor de primaria que guardabas en un sobre, no sin cierta vergüenza y con riesgo a que un científico especialista en bacterias multirresistentes te requisara el sobre, vestido como si acabaran de descubrir vida extraterrestre.

La banca se lo llevaba todo, tuvieran valor o no.

Todo.

Estaba claro que los chicles no tenían ningún valor. Y daban un poco de asco. Pero seguro que guardas uno en alguna parte, no mientas.

¡Pero eran mis chicles!

«Quien mucho abarca, poco aprieta» se decía mucho, también.

Nosotros quisimos abarcar un matrimonio, dos países, una hipoteca y un robot aspirador.

El único que seguía funcionando era el robot.

Las relaciones internacionales entre nuestros dos países después del mundial de fútbol estaban en entredicho.

Ambos debiéramos estar planificando nuestro siguiente paso, de manera más o menos consensuada… ¡mierda!, ¡de consensuada, nada!, para disolver lo que habíamos atado con dos anillos y unas promesas en un altar, a todas luces… falsas, pero nos dimos cuenta de que no sabíamos cómo hacerlo.

Vamos, como casi toda la raza humana.

¿Cómo íbamos a saber, si yo básicamente no quería?

Y, lo peor, era que no nos apetecía aprender a hacerlo bien.

Quizá también porque yo… básicamente seguía sin querer.

La casa era de los dos. El perro era de los dos. Bueno, claramente dependía del momento. Cuando había que sacarlo a pasear bajo la lluvia torrencial de Valencia era claramente de Oliver, pero cuando tocaba subir una foto mona a Instagram era nuestro hijo.

El cuadro del salón era de los dos. Hasta las felicitaciones navideñas eran de los dos, aunque la mitad ni siquiera sabíamos quién nos las había enviado.

Había unas especialmente inquietantes firmadas por "Los Martínez".

Ninguno de los dos conocía a unos Martínez.

Seguía apareciendo todos los malditos años.

Empezaba a pensar que podía ser una especie de amenaza.

Incluso sospechaba que algunos calzoncillos eran de los dos a esas alturas. Después de tantos años, ya nadie sabía quién había comprado qué, ni quién lo había usado más veces. No me juzgues si no has usado nunca los calzoncillos de tu marido en momentos de máxima necesidad.

Ninguno estaba dispuesto a regalarle nada al otro. O perder frente al otro.

Hay cuatro maneras de romper un matrimonio, según mi experiencia. Con una infidelidad, con una mentira, con la rutina… o compartiendo un robot aspirador durante un divorcio.

Amanda sostenía que las parejas no se separaban por una infidelidad, sino por el wifi. Decía que el verdadero amor se medía por quién seguía compartiendo la contraseña después de la ruptura, porque el día que cambias la contraseña del wifi ya no hay terapia de pareja que arregle eso.

Estoy bastante segura de que dedicó un episodio entero de su podcast a demostrar, con estadísticas completamente inventadas, que compartir contraseña de Netflix era el principio del fin.

Sé que tengo pendiente lo de presentarte a Amanda.

—Yo no me voy.

—Pues yo menos.

Aquello fue el equivalente matrimonial a una declaración de guerra.

Porque el problema de divorciarse cuando eres pobre, aunque quizá pobre es una palabra muy fuerte y se puede cambiar por algo así como que el banco no se fía de tu solvencia, es que no puedes permitirte el lujo de odiarte desde dos direcciones diferentes.

Te toca fastidiarte con la única que tienes.

Porque tirar de padres acomodados quedaba completamente descartado.

Reconocer ante mis padres que aquello había sido un error sería casi tan humillante como aquella despedida de soltera en Las Vegas que acabó con una novia gótica, un falso Elvis borracho y alguien vomitando en una limusina.

Y sí. Ese alguien fui yo. Lo tengo muy presente.

Si no sabes de qué tipo de bodas te hablo, como dirían ahora, te falta calle.

Sin embargo, aunque la guerra había comenzado, yo tenía sus palabras grabadas a fuego debajo de la piel y era imposible sacarlas de ahí sin destrozarme por dentro.

El Elvis de pega le había preguntado si quería decir unas palabras.

Oliver me había mirado, con esos ojos que solo él sabía clavar en mis pupilas.

—No tengo preparado ningún discurso, más que nada porque llevo meses escribiéndolo contigo.

—¿Cómo podía seguir recordando tan bien esa escena?

Me hacía tanto daño…— Sé cómo sonríes cuando intentas disimular que tienes miedo.

Sé que vas a decir que no tienes hambre y luego me vas a robar media hamburguesa.

—Sobra decir que ahí sonreí más de la cuenta—.

Sé que finges que no lloras con las películas, pero siempre te secas las lágrimas antes de que se enciendan las luces en el cine.

Sé que vas a enfadarte conmigo muchas veces.

Y también sé que yo meteré la pata muchas más.

—Ahí le había dado—. Pero hay una cosa que quiero que recuerdes incluso el día que peor me caigas.

Y la frase más demoledora que podía sonar en mi cabeza me había acompañado siempre, en los buenos y en los malos momentos. Y, en ese instante, en nuestra caída.

«Nunca quiero que tengas que preguntarte si tienes un sitio al que volver. Porque ese sitio siempre voy a ser yo».

Lástima que ahora, entre su cuerpo y el mío, hubiera una trinchera.

La guerra había dejado de ser fría. Íbamos a matar moscas a cañonazos.

En España dicen que «a grandes males, grandes remedios». Yo entendí mal la traducción, y lo interpreté como «a grandes males, grandes estupideces».

Una vez estuvimos dispuestos a morir por el otro.

Pero en ese momento, lo que queríamos era sobrevivirle al otro.

Demostrar que no nos hundiríamos. Y, que si para ello, había que usar al otro de soporte mientras se ahogaba…

mejor. Siempre mantuve la teoría de que el tablón al final de la película Titanic no habría soportado el peso de los dos. Tonto el último.

Conocí a Oliver cuando él vivía de alquiler allí mismo.

Fue el segundo sitio que visité de Valencia, aunque por aquel entonces me avergonzaba reconocerlo y a mis padres les conté que me había quedado en un hotel cerca de la estación de trenes.

Conocí su cama antes que La Albufera. Descubrí su boca antes que el castellano.

Me enamoré de sus ganas de enamorarme con las mismas armas que los franceses, tratando de aprender a decirme lo que ellos me habrían dicho si fueran otros labios los que dejaran escapar las palabras.

Me enamoré de Oliver como jamás soñé que pudiera hacerlo de alguien a quien solo entendía la mitad de las cosas que decía. A veces, incluso menos. Juventud, muchos orgasmos, ganas de salir del nido lleno de lazos rosa de mis padres…

Nadie sabe medir la distancia que hay que poner entre las ganas y la razón, cuando lo que priman son las ganas. Y las nuestras duraron más de lo que lo hizo el amor. Siempre habíamos sido de ganas. De ganas de comernos el mundo, de comernos a besos. De devorarnos, en verdad.

Jamás, como pareja, tuvimos término medio.

¿Cómo lo íbamos a encontrar en ese momento, cuando ya no lo éramos?

Lo dicho. Habíamos firmado una declaración de guerra y nadie se atrevería a hacer de intermediario para que no nos acabáramos matando. Esos que quieren salir en los periódicos para llevarse la medalla que corresponda a la paz. Queda muy bien en un despacho. Algún presidente anaranjado lo sabe.

Guerra declarada, estrategia sin definir todavía.

Le escondí todos los cargadores de sus aparatos, ordenador de trabajo incluido.

Oliver respondió secuestrando la cafetera.

Fue entonces cuando comprendí que la guerra había escalado demasiado deprisa, porque una cosa es atacar al enemigo y otra muy distinta cometer crímenes contra la humanidad.

Él sabía perfectamente que yo sin café no soy persona.

Amanda sostenía en su podcast que toda ruptura tenía un objeto maldito.

En nuestro caso no fue un anillo. Fue la cafetera.

En un descuido, le cambié la contraseña de Netflix. Él, a su vez, me borró todos los programas que tenía guardados para ver en otro momento.

Todo eso… ¿en diez minutos? Venga, pongamos que fue en quince.

En el minuto veinte estaba colocando cinta adhesiva en el suelo, delimitando territorios.