Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 1 #2
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Chapitre 1 #2

La cocina quedó dividida en dos estados independientes.

El salón se convirtió en una zona desmilitarizada. Y el baño pasó a ser territorio internacional porque ninguno quería renunciar al espejo.

—La línea pasa por aquí —dictaminé, cortando trozos de cinta a bocados, de rodillas en el suelo.

—Eso me deja sin acceso al congelador, Colette.

—Problema diplomático. Habla con tu embajada.

—Mis batidos de proteínas están en ese armario que se ha quedado en tu lado —protestó.

Eso, por supuesto, yo ya lo sabía y lo había hecho a posta con toda mi malicia y mala hostia francesa.

—Las Naciones Unidas estudiarán tu caso, chéri .

Si no has visto una pelea de adultos civilizada… esta no es un buen ejemplo.

— Colette, este lugar era mío antes de comprarlo.

— Exacto, era. Pagamos a medias — le recordé, dispuesta a ser un bolardo inamovible en el inicio de una calle peatona l— . No me marcho.

Los vecinos estaban acostumbrados a nuestras discusiones; lo que no era habitual era que nuestra ropa sobrevolara Valencia, y eso fue exactamente lo que pasó cuando la pelea subió de tono.

Al parecer, un sujetador que había lanzado por la ventana había aterrizado en el balcón de la señora Dolores.

La camiseta favorita de Oliver apareció sobre un coche.

Y alguien encontró unos pantalones deportivos colgando de una señal de tráfico, como si Valencia estuviera declarando oficialmente la temporada de apareamiento.

Lo de las zapatillas fue especialmente humillante, porque se quedaron enganchadas en un cable de la luz y cada vez que alguien levantaba la vista desde la calle podía verlas balanceándose.

Era como una instalación artística titulada «Dos imbéciles gestionando una ruptura».

Espóiler, no fuimos capaces de recuperar esas zapatillas.

Durante tres semanas hubo gente preguntándose si aquello era arte urbano, una promesa de amor eterno o un adolescente castigado por su madre. Ninguna de las tres respuestas era correcta.

Por eso, imagino, alguno de nuestros vecinos llamó a la policía.

No por violencia doméstica, sino por contaminación textil.

Sí, vergüenza ajena dábamos.

Acabamos pegando gritos en el salón, buscando cosas que arrojarnos a la cabeza cuando creímos que ya nos habíamos dicho todas las palabras ofensivas imaginables y había que subir otro escalón.

Y, también, cuando ya no quedaba ropa que lanzar y el resto podía matar a alguien si empezábamos a arrojarlo desde un tercero.

Porque coger sus pesas de tropecientos kilos y dejarlas caer de forma descuidada no parecía una buena idea ni algo que se pudiera considerar un accidente.

En eso estábamos cuando la policía llamó a nuestra puerta.

— ¿Podemos ayudarla en algo, señora?

Me hizo gracia pensar que pudieran creer que Oliver había llegado a hacerme daño físicamente.

O emocionalmente. Vale, eso sí que había sucedido, porque el muy hijo de su madre acababa de romperme el corazón al dejarme.

Pero más que eso… me llamaba la atención que imaginara que yo no pudiera ser la culpable de cualquiera de los males que podía estar sufriendo mi marido.

Porque yo era capaz de hacer mucho mal en este mundo, o eso trataba de convencerme.

Siempre me habían dicho que el veneno se vendía en frascos pequeños, y yo era muy letal metida dentro de un tarrito de perfume.

Oliver se lo merecía sin duda alguna. Me di cuenta de que mi problema podía solucionarse con una simple palabra.

Que se lo llevarían detenido, y que hasta que se pudiera demostrar lo contrario, yo era la víctima.

Una leve sonrisa se escapó malignamente a mis labios.

Pero no me habían criado así. Ni quería convertirme en algo con lo que no me identificaba.

Yo no era una víctima, ni Oliver un ser peligroso, por más daño que nos hubiéramos estado haciendo durante los últimos meses.

Simplemente, nos habíamos convertido en personas que ya no se reconocían, ni en pareja ni individualmente.

«Pero estaría genial darle una patada en el culo y verlo salir de casa esposado… y lo sabes».

—¿Han lanzado ustedes objetos por la ventana?

Oliver y yo nos señalamos mutuamente. Al mismo tiempo. Todo de manera muy adulta, como ya he dicho.

—Ha empezado ella —me acusó.

—Ha empezado él —dije, sin intención de quedarme atrás.

Según el Instituto Nacional de Echar Balones Fuera, el cien por cien de las personas sorprendidas haciendo una estupidez responde exactamente igual: «Ha empezado él».

«Ha empezado ella». Los científicos siguen intentando averiguar por qué nadie dice nunca: «Sí, hemos sido unos completos idiotas».

Dudo mucho que vayan a encontrar explicación al tema.

Sería más fácil que yo consiguiera entender lo de la «teoría de cuerdas».

—¿Cuántos años tienen?

—Treinta y...

No quería reconocer mi edad ni muerta.

—Treinta y cuatro —confesó mi exmarido.

El agente cerró los ojos durante un segundo e inspiró despacio. Solo uno. Pero fue el segundo más largo de toda su carrera profesional. Creo que estaba rezando o pidiendo un traslado. Nunca lo sabré.

— Sentimos el revuelo. Si les han avisado los vecinos, pedimos disculpas — respondí avergonzada, tomando la iniciativa por los dos, como si aún el «nosotros» existiera para nosotro s— . Nos hemos dejado llevar.

—¿Hay riesgo de que vuelva a suceder? —nos siguió preguntando.

—No.

—No.

Nos miramos.

«Sabes que él está pensando que va a volver a pasar en cuanto se vayan, y tú estás pensando en lo mismo».

Le aseguré al agente que todo estaba bien.

Que solo necesitábamos tiempo. Que encontraríamos la forma de repartir nuestras cosas.

De vender el piso. De seguir adelante. Lo que todavía no sabía era que Oliver y yo íbamos a tardar exactamente nueve meses en divorciarnos.

Y que durante ese tiempo cometeríamos prácticamente todos los errores posibles.

Algunos varias veces.

El agente miró la cinta adhesiva del suelo. Luego miró por la ventana y vio el sujetador que seguía colgado.

Miró a Oliver.

Me miró a mí.

Aquello no era una vivienda de un matrimonio serio. Era una cumbre internacional que había salido mal. Aquello tenía menos pinta de separación amistosa y más de documental sobre una jaula llena de chimpancés disputándose un plátano.

Lo que todavía no sabía era que divorciarse de Oliver sería muchísimo más complicado que casarme con él.

Nueve meses.

Es decir, más tiempo del que algunas personas tardan en fabricar un ser humano completo y crear una nueva familia.

Nosotros lo invertiríamos en crear un conflicto territorial por un perro, una cafetera Dolce Gusto y un bote de lavavajillas que ni siquiera hacía buena espuma.

Si alguien me hubiera dicho el día de la boda que el mayor conflicto de mi matrimonio no sería el dinero, ni los celos, ni la familia, sino un robot aspirador con problemas de custodia compartida... probablemente también me habría casado.

Nunca he sido especialmente lista para enamorarme. Lo que todavía no sabía era que iba a ser todavía peor divorciándome.