Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 2
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Chapitre 2

Épitaphes élégantes.

(Epitafios con estilo)

Se calcula que una mujer tarda una media de tres meses en superar una ruptura. Yo debía de pertenecer al grupo de control, porque llevaba camino de matricularme en un máster.

Pues eso. Que, según el Instituto Europeo para Corazones Hechos Trizas, una mujer tarda una media de tres meses en superar una ruptura.

El estudio no especifica si durante ese tiempo puede alimentarse exclusivamente de chocolate.

Yo esperaba que sí, porque llevaba camino de convertirme en accionista de Nestlé.

Sostiene que las tres primeras semanas son las peores.

Yo ya llevaba tres semanas y empezaba a sospechar que la Comisión estaba financiada por fabricantes de helado.

— Hasta aquí el drama, ¿me has escuchado? — preguntó, aunque sonó mucho más a exigencia. Amanda era de las que perdían la paciencia de forma abrupta tras estar aguantando sin decir nada. Pero, cuando explotab a … — . Porque te estás poniendo muy intensita y no va contigo. Ni conmigo, ya de paso.

Las estadísticas dicen una cosa. Mis hormonas, otra muy distinta. Y últimamente las hormonas tenían mucha mejor prensa.

Llevaba tres semanas sobreviviendo a base de canciones tristes, autocompasión y chocolate en cantidades industriales, como si el mundo se fuera a acabar y en ello residiera la posibilidad de salvación de la especie humana.

«Especie humana obesa y con los límites del colesterol saliéndose de las escalas conocidas».

Peores argumentos has visto en el cine y no te has quejado, así que no juzgues.

— Tengo que reponerme — me expliqué, o me defendí más bien—. Dame tiempo, pour tous les saints .

— Eso me dijiste hace dos semanas. Y hace una. ¡Y ayer, quejica de las narices!

Y así descubrías que tenías a una persona al lado, que además considerabas buena amiga, de lo más empática. Y paciente. Sobre todo… paciente.

Sí, se llama ironía. Sé que lo has captado a la primera.

— Menuda bicharraca considerada me encontré en la calle.

— Error. Me encontraste en el trabajo — me corrigió sacándome la lengua y picando un ojo, cual emoticono tocado por la icterici a — .

Pero sí, soy muy mala amiga. Una que te daría mamporros en la cabeza si no temiera que la denunciaras.

A tu marido… no, ¡qué va!. A tu marido no, que solo habrías salido ganando absolutamente en todo. Pero a tu amiga…

Dejé caer la cabeza entre las manos y apoyé los codos sobre la mesa para evitar estampar la nariz contra la madera. A veces tenerla cerca se hacía tremendamente pesado, pero más horrible era estar sola con mis espantosas crisis existenciales.

A falta de dinero para un psicólogo, bueno era que te echara la bronca la mujer menos comprensiva que podías encontrarte en Valencia.

— Sabes perfectamente que no puedo denunciarlo. No me ha hecho nada.

Amanda no era de las mujeres que creían en la presunción de inocencia masculina.

Ninguno lo era, pero se acostaba con todos para desenmascararlos, parecía.

Amanda sostenía, en episodio treinta y dos de su imaginario podcast «Crímenes que sí tenían solución» , que el noventa y ocho por ciento de los hombres eran culpables de algo.

Del dos por ciento restante sospechaba que todavía no los habían investigado lo suficiente.

— Sí, nada de nada — ironizó, llevándose el dorso de la mano a la frente cual damisela desvalid a— . Espera, ¡joderte la vida! Un detallito ínfimo. ¡Menudencias!

— Yo también se la he jodido a él.

Llevó un dedo a mi frente y me la levantó, haciendo que la mirara.

— Nuevo error. Tú estás intentándolo… pero se te da de puta pena.

Amanda tenía la lengua más afilada con la que me había topado nunca, pero no le faltaba razón.

De ella había aprendido casi todas mis frases hechas y la totalidad de mis palabrotas en español, cosa que no iba a conducirla a ganar un Premio Nobel de la Paz o algo parecido.

Ella era más bien un Dios de la guerra. Lo que le venía genial era recordarme que, en vez de destrozarle la vida a él, yo contribuía a destrozármela a mí misma.

Colaboración estrecha con mi ex.

Había perdido por lo menos siete kilos a ojímetro, una medida revolucionaria, que intentaba recuperar a base de chocolate; se me veía demacrada por la falta de sueño de calidad, como dirían en Instagram, y me había olvidado de las cosas que antes me apasionaban.

No le ponía interés al trabajo ni a nada en particular.

Desde que me consideraba una mujer soltera no daba pie con bola, como se decía en España.

Entendía que era algo de fútbol, pero como jamás me había interesado ese deporte en un país o en otro…

«Y claro, por eso te fuiste a casar con un hombre que vive por y para el deporte…»

Si tan importante era para sobrevivir en España a base de refranes, mantengo que ya podrían entregarte un manual en el aeropuerto junto con el mapa del metro.

— Sigo esperando un milagro…

En España dicen que «la esperanza es lo último que se pierde». Nadie añade que justo antes se pierde la paciencia, el orgullo y media tonelada de chocolate que estaba almacenado en una nave de distribución de supermercado.

— Pues, cariño, si el milagro ese consiste en que Oliver recapacite y se dé cuenta de que eres la mujer de su vida, deja de frotar la lámpara de los deseos. O de rezar. O de hacerle vudú a su muñeco. O de…

— Vale, ya lo pillo.

Amanda y yo nos conocimos trabajando para Mercedes, una mujer que había fundado una empresa artesanal, feminista y que peligrosamente fértil.

La había llamado Mujeres al borde de un ataque de ingenio, y Almodovar no se había quejado al respecto.

Entre empleadas, hijas y embarazos ajenos, aquella oficina parecía una secta dedicada a la reproducción humana.

Según Amanda, en una empresa formada casi exclusivamente por mujeres había un setenta por ciento de probabilidades de que alguien estuviera embarazada, un veinte de que alguien estuviera llorando y un diez de que ambas cosas estuvieran pasando en la misma persona.

Era una marca que se enorgullecía de cuidar los detalles sin el llamado impuesto rosa…

aunque el impuesto artesanal lo habíamos rebasado con creces.

Pero una pequeña empresa, al fin y al cabo, que apenas cubría facturas y que, por descontado, no daba muchos beneficios. Y en la que podía ser prescindible si llegaba el caso y yo no volvía a ser productiva.

— Cariño, espabila. Sabes que Mercedes te quiere, y que es todo corazón además de útero, pero no va a esperar eternamente a que a ti te entren ganas de dar un palo al agua. Y, seamos sinceros, no te vendría nada bien ahora lo de quedarte sin trabajo.

Sus aplastantes verdades me mareaban. Llevaba semanas con ganas de vomitar.

«Lo gracioso sería darte cuenta a estas alturas de que estas náuseas se deben a otra cosa».

— Dame tregua, maldita inquisidora — le pedí, pensando que como Amanda llegara a enterarse de lo que acababa de imaginarme podía darme por muerta.

Hice cálculos mentales. Mal de primeras, y tuve que usar los dedos.

No, la regla me había venido poco después de nuestra magnífica pelea, y tras ella no habíamos tenido más sexo.

Suspiré aliviada. Y también… triste. ¿Cuánto tiempo llevaba sin tener sexo?

¿Y por qué no se podía solucionar todo teniendo un bebé?

Porque así al menos tendríamos algo nuevo sobre lo que discutir.

Y las personas con bebés parecen demasiado cansadas para divorciarse.

«Porque los hijos no unen a las parejas rotas, lerda. Solo dan quebraderos de cabeza, noches sin dormir y facturas interminables que pagar».

Según el Instituto Internacional de Ideas Malísimas, el treinta y ocho por ciento de las parejas cree que un hijo arreglará una relación. El cien por cien de los bebés consultados opina que preferiría no cargar con semejante responsabilidad.

— ¿Te está guardando luto ese a quien se lo guardas tú?

— Oliver no me quiere.

— Respuesta equivocada, pero ya me esperaba que no fueras a corregirme con lo de guardar el luto — se quejó, sentándose en el sofá de muy malos modo s— . Pero vayamos a tu línea de argumentación. ¿Por qué le quieres tú a él?

— ¿Quién dice que le quiera? —respondí, demasiado rápido como para que resultara natural y, sobre todo, creíble.

Amanda elevó los brazos como si estuviera clamando al cielo y frunció el entrecejo al clavarme su mirada asesina.

— Niña, no digas imbecilidades. Se te nota a la legua que sigues enamorada hasta las trancas. No hace falta ser amiga tuya para saberlo. Además…

— Aunque sea verdad, aunque sea mentira… — la interrump í— , ¿qué más da? El amor no tiene nada que ver con el hecho de ser correspondida.

— Aceptamos pulpo como animal de compañía, pero eso no te hace menos gilipollas.

Terminando el plan perfecto para fingir que en vez de asesinar a tu mejor amiga ha ocurrido un terrible accidente y se ha clavado sola el tenedor en el ojo un centenar de veces en tres, dos, uno…

— Vale, ¡pues no me des cancha!

— Te di cancha las tres primeras semanas. Ahora te daría bofetones, cariño.

Últimamente pasaba demasiado tiempo en el vivero, no haciendo nada en particular.

Limpiando hojas, creo. Las plantas empezaban a conocer mejor mi drama que muchas personas.

Estoy convencida de que un ficus me juzgaba cada vez que me acercaba con otra tableta de chocolate.

O también en casa de Amanda, ocupando el sofá y asaltando su despensa de dulce.

Como Oliver trabajaba desde nuestro piso como monitor deportivo online y le patrocinaba una conocida marca de ropa ajustada y minúscula, y ridícula, por ende, prefería no estar en nuestro salón mientras tenía sus sesiones.

Para no comérmelo con los ojos, básicamente.

Mi marido estaba muy bueno.

Vale, mi exmarido.