Chapitre 2 #2
Bueno, en realidad seguía siendo mi marido porque no teníamos arreglados todos los papeles, pero estábamos ahorrando para ello.
O eso creíamos ambos. Venga, al menos yo pensaba que él lo estaba haciendo.
Yo seguía sin blanca y no podía apartar una pequeña miseria para algo que no me apetecía hacer.
¡Que lo pagara él, que era quien me había dejado!
—Oliver no me quiere —repetí.
—Eso ya lo sabemos.
—Gracias por tu sensibilidad.
—De nada —se burló—. Ahora, contesta.
—¿El qué?
—¿Por qué sigues queriéndolo tú?
—No lo sé.
—Pues averígualo.
—¿Y si descubro que es porque cocina bien? ¿O por sus abdominales?
—Con lo de los abdominales no puedo ayudarte, busca un psicólogo que te diga que hay cosas más importantes que los músculos marcados en una pareja. Pero, Colette… tienes una Thermomix.
—Eso no cuenta.
—Sí que cuenta. Lo que mejor hace Oliver son mezclas raras con sus polvos de proteínas —se burló, la muy cruel. ¡Pero es que le quedaban muy buenos cuando les metía fresas y un plátano!
—¿Y si no quiero averiguarlo? —ahí podía estar el mayor de mis problemas.
—Pues sigue llorando sobre una tableta de chocolate tamaño familiar. Parece que te está funcionando de maravilla.
— Menos mal que ya no pasas por casa — comenté estirando los brazo s— . Entre los bofetones que me darías a mí y las patadas en los cojones que le darías a él…
— No, para no clavarle puñales, monina, que de las patadas seguro que se recupera.
O peor, si lleva un protector de esos para marcar más paquete en sus vídeos, podría torcerme un tobillo por su culpa.
Y sé que tienes muchos cuchillos en esa cocina tuya, o vuestra, o como quieras llamarla.
Deja de pensar en follártelo y céntrate más en cómo asesinarlo y esconder su cadáver.
Puedo aportar grandes soluciones a ese tema.
Sonreí. Sabía que necesitaba reír. Amanda lo decía en broma, o eso esperaba, pero estaba segura de que si decidía cometer el crimen sería la primera en asegurar que se había hecho el cursillo para aprender a descuartizar para dummies y habría sacado matrícula de honor en la asignatura de hacer desaparecer las pruebas.
No por nada, era adicta a los podcasts que hablaban de crímenes sin resolver, y aseguraba que no estaban resueltos porque la gente que los cometía tenía tanta mala leche, y mala idea, como ella.
Que guardaba ácido en su trastero comprado al por mayor alegando que era bueno para hacer una limpieza de hígado después de una juerga y que yo solo tendría que indicarle dónde se encontraba el cuerpo.
También tendría ya la tarjeta de visita hecha: «Amanda Desaparecidos S.L. Hacemos desaparecer sus cagadas. Efectividad garantizada. Especialistas en exnovios, pruebas comprometedoras y cadáveres emocionales».
— ¿Cómo diantres sabías que estaba pensando en que estaba bueno?
— Porque se te pone una cara de tonta… La misma cara que a la gente cuando sirven croquetas gratis en una boda.
«Porque llevas exactamente la misma expresión que las clientas de Oliver cuando se les cae la mancuerna al suelo "sin querer"».
Lo dijo con ese tonito que te estás imaginando, sí.
Por suerte no tenía un espejo para poder verme esa misma cara, porque era obvio que mi amiga no me estaba engañando con algo tan serio.
Únicamente esperaba que Oliver no se hubiera dado cuenta de que lo miraba de la misma manera.
Me ignoraba lo suficiente como para que no hubiera pasado, por fortuna… y por desgracia.
— Ya sabes que me estoy arrastrando por un momento un tanto… incómodo —traté de justificarme con la pérfida mujer que tenía delant e— . Seguro que me pones al ex de tu amiga Carol delante y babeo de la misma forma.
Amanda me miró como si acabara de ver un espécimen extinto. Llámalo dinosaurio, mamut o tigre dientes de sable, por no pensar demasiado en uno actual. Uno muy extinto que acabara de aparecer de pronto en medio de su salón.
— A ver si lo he entendido. ¿Podrías encontrarle el punto sexi al Vicente?
Dime que no te está dando un ictu s . — Y al pedirme eso recordé a Vicente y todas sus escasas virtudes.
Con los ojos cerrados… ¿podía tener un buen polvo?
— Vamos a centrarnos. ¿Cuántos dedos ves aquí?
¿Estás borracha? ¿Y cuánto tiempo hace que no te masturbas?
Estaba claro que la pregunta tenía que ser esa y no cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de una sesión de sexo, ya que Amanda sabía que no había catado varón desde que me peleé con Oliver. Y de eso hacía… ¡Joder! No quería pensar otra vez en eso. Resultaba cansino hasta para mí.
Amanda sabía exactamente cuánto tiempo llevaba sin sexo. También sabía cuándo había sido la última vez que me había masturbado. Amanda probablemente sabía también cuándo había cambiado por última vez las sábanas.
A veces me preocupaba que hubiera instalado cámaras en mi casa.
Estoy convencida de que llevaba una hoja de cálculo. Si un día desaparecía, la policía solo tendría que registrar su ordenador para conocer mejor mi vida sexual que yo misma.
Además, Amanda tenía una memoria prodigiosa para las fechas importantes. Cumpleaños, aniversarios, defunciones, hipotecas canceladas y la última vez que me había corrido. No necesariamente en ese orden.
— ¿Cómo lo voy a hacer si no tengo intimidad en casa? — pregunté disgustada tratando de justificar mi patética existenci a— . ¡Dormimos en la misma cama!
Amanda escupió el café.
—Perdón, ¿qué?
—Lo que has oído. La cama es lo suficientemente grande.
—También lo es Rusia, Colette, y no por eso quiero compartir frontera con Putin— soltó, con esa lengua viperina que llevaba mucha verdad, además de veneno—. ¿Y por qué ninguno se ha mudado al sofá?
—El sofá es incómodo.
—Colette, os estáis divorciando.
—Ya lo sé.
—La gente normal deja de compartir colchón cuando se divorcia.
—La gente normal también ahorra.
—Sois una sitcom con problemas de liquidez —se burló, con mucha gracia, además. Cosa que me dio también mucha rabi a— . ¿Y qué haces con tus malditos sueños húmedos, loca? Porque seguro que te pones a soñar con él y eres capaz hasta de hablar en voz alta.
Escondí la cabeza entre los hombros. A Amanda casi le da un parraque .
— No debieras juzgar a tu amiga de esa manera. El karma te castigará, je t'assur e — le sugerí, moviendo las manos como si estuviera haciendo una especie de conjuro y el karma fuera algo de brujas.
— Escribiré en tu lápida: se murió de vergüenza porque su exmarido la pilló gimiendo su nombre mientras se corría.
Supe que Amanda sería capaz de poner eso en mi maldito epitafio.
—Eres una persona horrible.
—Y tú una gran idiota.
—Gracias.
—De nada. Ahora deja de llorar, ponte ropa limpia y hazte un perfil en Tinder.
Según el Instituto Amanda de Reconstrucción Sentimental, la mejor forma de olvidar a un hombre era conocer a diez peores que él. El estudio tenía una tasa de fracaso del noventa y nueve por ciento, pero Amanda seguía defendiéndolo porque «alguna vez sonará la flauta».
—¿Qué?
—Necesitas una cita.
—Necesito terapia.
—Las dos cosas. Pero Tinder es gratis.
Amanda aseguraba que Tinder era como un Mercadona un lunes por la mañana: había muchísimo donde elegir, pero al final siempre terminabas llevándote algo que no necesitabas. Si ibas un sábado por la tarde, lo único fresco era tu decepción.
La lechuga que llegaba a casa estaba pocha… y el novio, también.