Chapitre 3
Ne laissez pas pour demain ce que vous vouliez dire hier.
(No dejes para decir mañana lo que quisiste decir ayer)
Miré el reloj e hice un rápido cálculo mental.
Pero, como ya he dicho que se me daba fatal, tuve que echar mano de los dedos para saber si Oliver habría terminado ya con sus clases en grupo y sus sesiones privadas.
Quizá, si alargaba un poco el paseo en el camino de regreso a casa, ya le habría dado tiempo de darse una ducha y ponerse ropa medio decente.
Algo que no me hiciera babear como una tonta, como sugería Amanda.
Un pijama, una camiseta vieja… algo que no le sentara de muerte a todos esos músculos que se gastaba el caballero.
Esos que se empeñaba en trabajar tanto y en mostrar más.
Me despedí de Amanda con pereza y le devolví el uso y disfrute de su sofá.
Ella me abrazó con fuerza y me recorrió los brazos de arriba abajo, como si me infundiera ánimos para afrontar lo que me esperaba a la vuelta.
Como si me cargara de electricidad estática y esperara que los pelos de la cabeza se me pusieran de punta.
— Siempre te puedes llevar el consolador al baño, cariño — se rio la muy jodida—. O ponerle una funda de silicona y decir que es un cepillo de dientes eléctrico. Nadie hace preguntas sobre higiene bucal.
Estaba convencida de que su libido en ese momento debía estar en números negativos, pero mi situación era bien distinta.
Seguía pensando en que, si cerraba los ojos, Vicente no era mala opción para pasar un rato contra una pared.
Quizá… si me ponía mirando a la pared. Quizá…
si me emparedaban en esa pared. Tal era mi estado de salud sexual en esos momentos.
Según el Instituto Amanda de Soluciones Temporales, el noventa por ciento de los problemas sentimentales mejora durante exactamente veinticinco segundos. Los que dura un orgasmo. Si los tienes más cortos o largos, habla con Amanda para cambiar la estadística.
—Amanda...
—Y gemir «Vicente» muy fuerte.
—Amanda.
—Solo digo que sería un servicio público.
— Aconséjamelo dentro de un par de semanas y creo que lo hago incluso mientras está dando sus clases grupales — bromeé tratando de alejar la cara de Vicente de mis pensamientos. O tal vez no era tanta la brom a— . ¡Dámelo todo! ¡Venga, venga! ¡Sigue, sigue! ¡Así, siéntelo!
Amanda rompió a reír a carcajadas imaginando la escena.
— Por favor, si lo haces… llámame — me pidió, juntando las manos a modo de plegari a— . Porque quiero escucharte en directo.
«O verte, maldita, porque seguro que quieres que te haga videollamada».
— Igual que las treinta personas que tendrá él al otro lado de la webcam.
Volvimos a reír las dos. Me hacía falta muchísimo.
En cuanto cerré la puerta, la risa se quedó dentro y yo me llevé los pensamientos a casa.
Amanda era la mejor medicina para mi situación sentimental, pero incluso el mejor calmante, después de unas cuantas horas, dejaba de hacer efecto.
Y abusar de ella no podía ser bueno ni para Amanda ni para mí, al igual que no lo eran las medicinas que creaban dependencia.
El piso de mi amiga y compañera de trabajo quedaba a veinte minutos de la mía a pie, a paso normal.
A paso anciana cargada con bolsas de la compra…
un poco más. Antes me gustaba hacer ese paseo para despejarme, pero últimamente no conseguía ordenar mis ideas, al igual que no conseguía ordenar mi armario.
En España dicen que caminar aclara las ideas.
En mi caso solo conseguía desordenarlas a una velocidad mucho más saludable.
Me habría gustado tener tiempo para ir y volver tres veces e intentarlo.
Me hacían falta más horas al día para poder llegar a todo con lo saturado que tenía el cerebro.
Quizá, de esa manera ordenaría las ideas a la vez que el ropero, además de encontrar un modo de robarle sitio a él en el suyo sin que lo notara.
Pero el día no tenía veintinueve horas y yo me estaba quedando sin hueco para mis zapatos, porque me había vuelto una desordenada, no porque estuviera de compras todo el santo día, mientras nos peleábamos por ver quién se quedaba en la casa hasta que consiguiéramos venderla.
Si es que, por otro lado, llegábamos a ponernos de acuerdo en el precio, porque ni en eso lográbamos consenso.
Pensé, de refilón, en su sugerencia. Tinder. ¡Qué nombre tan absurdo para una aplicación con capacidad para arruinarte o arreglarte la vida!
Pasé por delante de la tienda de vestidos de novia donde había comprado el mío.
Según el Observatorio Internacional de Escaparates Inoportunos, el noventa y ocho por ciento de las mujeres recién separadas acaba llorando delante de una tienda de vestidos de novia.
El dos por ciento restante todavía no ha pasado por esa calle o iba mirando su móvil al andar y no se han dado cuenta.
Las modas cambiaban, pero los vestidos blancos siempre tenían un algo especial que me hacían suspirar y soñar despierta…
para luego sentir arcadas y la necesidad de escupir contra el cristal.
No lo hacía, pero porque soy una señorita decente y la dueña de la tienda no tenía la culpa de que mi marido fuera un hijo de la grandísima…
madre tierra. Ya he dicho que soy una señorita a la que se le escapa algún taco muy de vez en cuando.
Y aunque me hubiera vendido el vestido más caro, además de venderme un montón de ilusiones con él…
nunca había escupido contra nada ni nadie.
Estaba por verse si acabaría escupiéndole a Oliver en un ojo.
Todavía no descartaba ninguno de los dos. Todo dependería de cómo empezara la conversación.
Sé que lo del escupitajo lo estás esperando.
Amanda llevaba años defendiendo que las tiendas de vestidos de novia deberían vender también pañuelos de papel, helado de chocolate y teléfonos de terapeutas. Decía que era diversificar el negocio.
Aunque me dije que no lo haría, lo hice.
Me paré, a pesar de haber intentado no mirar las luces de neón y los encajes a través de la reja de seguridad del escaparate.
Me quedé allí plantaba… porque era una completa imbécil y seguía creyendo en los cuentos de hadas, en el amor para toda la vida y en que mi marido, a pesar de ser otro imbécil, merecía el esfuerzo y la pena.
Y en las garantías ampliadas de los electrodomésticos.
Las cuatro cosas tenían una tasa de éxito sospechosamente baja. Y las cuatro compartían exactamente el mismo modelo de negocio: venderte mucha ilusión al principio y dejar que luego te apañaras tú sola.
Sí, soy una enorme gilipollas. De mí, lo digo, pero no se lo llamo a otras personas… porque soy una señorita.
O chica, que treinta y pocos siguen siendo de chica. Treinta y muy pocos. ¿O no?
No se te ocurra llamarme señora.
Me quedé mirando los vestidos. Porque era idiota.
Una idiota romántica. La peor clase de idiota.
La que, según Amanda, era la variedad más difícil de curar.
Las otras, al menos, no se imaginan reconciliaciones imposibles delante de una tienda nupcial mientras su marido las ha dejado.
Las otras al menos acaban saliendo en documentales de «La 2».
Las románticas acabamos entrando en tiendas de novias para sufrir gratis.
Recordé el día en el cual echó la rodilla al suelo, se le marcaron todos esos maravillosos músculos a través del fino pantalón de vestir con el que se había arreglado, y me mostró el anillo que había elegido para declararse.
Durante unos segundos pensé que iba a atarse un cordón.
Luego, para mi sorpresa, sacó la caja. En mi defensa, Oliver siempre había sido más de zapatillas deportivas que de romanticismo.
El anillo no era nada ostentoso, porque por aquella época estábamos más o menos como ahora, con poco dinero, pero sencillo y elegante.
Un anillo que habría sido del gusto de mis padres si no llegan a estar en total desacuerdo con aquello de haberme enamorado de un español.
Les habría encantado que aquella pedida de mano se hiciera en el salón de su casa en pleno centro de París, rodeada de toda la familia y hasta con un fotógrafo profesional inmortalizando la escena.
Pero, claro… aquello no era París y Oliver no era un adinerado banquero o abogado francés y el anillo lo habrían mirado con desprecio.
Me vino a la cabeza el día en el cual pensé que estaba embarazada…
Y cómo, durante exactamente cuarenta y ocho horas, discutimos nombres de bebés como si fuéramos personas responsables preparados para ser padres.
En España dicen eso de «hacer castillos en el aire».
Nosotros llegamos a decorar la habitación del castillo.
Luego me vino la regla y volvimos a ser nosotros.
Pensé en los viajes por la costa, las escapadas baratas de fin de semana compradas en agencias de esas que ponen saldos de última hora en las que metes todo lo que te cabe en una pequeña maleta y piensas que si se te queda algo atrás… no sería demasiado importante.
Recordé sus besos. Muchos de ellos. Todos.
¿Por qué no podía sacármelo de la maldita cabeza?
«Amanda va a tener razón».
Amanda dedicaría un episodio entero de su imaginario podcast «Personas que necesitaban terapia, pero se descargaron Tinder» a analizar por qué seguía delante de aquel escaparate.
Me obligué a seguir caminando. Di tres pasos.
Volví atrás. Di otros tres. Volví atrás otra vez.
Una señora que paseaba a su perro empezó a observarme con esa expresión reservada para la gente que habla sola, vota raro o está decidiendo cometer un delito.
Probablemente se quedó con lo último, con lo de que estaba planeando un robo. O peor, una boda.
A esas alturas no tenía claro qué era más preocupante. No tenía claro cuál de las dos decisiones arruinaba más vidas.
Suspiré y dejé atrás el escaparate sin muchas ganas.
Con demasiadas mentiras en la mente, entre las que se mezclaban promesas, conjuros y rezos para que todo fuera a terminar bien en mi triste historia de amor.
Caminé los veinte minutos a casa como si fuera encadenada hacia el patíbulo. O a la guillotina, que era más francés.
«Total, la cabeza no la usas para nada…»
Llegué al portal decidida y preparada para otra derrota emocional. Vale, quizá no tanto, pero sabía que tenía una conversación pendiente con Oliver.
Tenía que decirle que le odiaba.
Tenía que decirle que le quería.
Que era un completo imbécil.
Que seguía siendo el hombre más guapo que había conocido jamás.
Tenía que decirle que me había roto el corazón.
Y que todavía estaba dispuesta a perdonarlo.
O quizá no.
O quizá sí.
Dependía mucho de si llevaba puesta una camiseta ancha y deprimente o una de esas ajustadas que convertían mis principios en una sugerencia. Según todas las estadísticas, una mujer fuerte e independiente toma decisiones racionales. Según Oliver sin camiseta, las estadísticas eran papel mojado.
Los principios son muy importantes, sobre todo cuando el hombre que los pone a prueba parece haber sido diseñado por una empresa especializada en fabricar problemas.
Por desgracia, mis principios eran muy sensibles a sus abdominales.
Respiré hondo y subí las escaleras. Porque sabía que iba a decirle que le perdonaría si se arrastraba un poco por el fango y se ponía algo en ridículo.
O también… si no lo hacía.
O si simplemente abría la puerta sin camiseta.
No, estaba claro que no era mi mejor momento como mujer fuerte e independiente.
Hay batallas a las que una entra sabiendo que va a perder. La mía empezaba exactamente a la altura del primer abdominal de Oliver.