Chapitre 4
Série incomplète.
(Serie incompleta)
—¡Venga, Colette! ¡Tú puedes! —me vitoreé en voz baja, pero con ímpetu—. Claro que puedes. Eres fuerte. Eres inteligente. Eres una mujer adulta—. A abuela no me ganaba nadie—. Eres una mujer madura. Eres...
Según la Comisión Internacional para las Charlas Motivacionales Delante de una Puerta, el noventa y siete por ciento de las personas que se animan a sí mismas terminan descubriendo que necesitaban mucho más ánimo del que creían.
También, que quizá debieran haberse dado media vuelta y no seguir adelante.
Ese era mi caso.
Abrí la puerta.
Resultó que no era ninguna de esas cosas con las que me animaba. Ni fuerte, ni inteligente, ni adulta ni madura. Era francesa. Que en situaciones de estrés es una categoría completamente distinta.
— ¡Venga, venga, nena, tú puedes! — le escuché decir a Oliver, instando con ganas a una de sus…
¿clientas? Porque a mí no me lo estaba diciendo, ¿no ?
— ¡Aguanta un poco más! Tú puedes — le decía, como hacía un momento me animaba yo a mí misma.
Normal que tuviera tantas sesiones privadas de entrenamiento, si le ponía las ganas necesarias.
Me quedé congelada.
—¿Perdón? —me escuché susurrar, tan bajo que era imposible oírme.
—Aguanta un poco más.
Abrí mucho los ojos.
—¿Perdón?
—Así. Más rápido.
—¿Perdón? No. Espera. Igual he abierto la puerta equivocada.
Ese perdón, quizá, se escuchó un poco más que el resto. Pero como Oliver estaba a otra cosa, no se enteró.
—No, perdón no. Rebobina.
Recapitulemos un poco. Porque, antes de abrir la puerta, estuve pensando delante de la puerta.
Ya te habrás dado cuenta de que soy muy de pensar.
Sí, Oliver y yo teníamos conversaciones pendientes de lo más normales.
No me sentía una estúpida por ello, ni mucho menos.
Lo era y punto. Nada de sentirse. Tenía claro que lo era.
Cuestión de actitud.
Había mirado la llave de nuestro piso, antes nuestro hogar, y la había apretado entre mis dedos cerrando el puño con fuerza.
Hasta que me dejó marca. Odiaba llegar a la puerta de la casa y sentir ese miedo a girar el pomo y que el frío que llenaba la estancia me helara los huesos.
El recibidor ya no me acogía. El salón no me parecía cómodo. El dormitorio no me calentaba.
Lo peor era que la casa seguía siendo exactamente la misma. El mismo recibidor, el mismo sofá, el mismo dormitorio. Los únicos que habíamos cambiado éramos nosotros.
El felpudo me daba la bienvenida. Pensé irónicamente que era la única frase amable que recibiría una vez llegados a ese lugar.
Oliver me ignoraba. Pero también me trataba con desprecio y desdén a partes iguales.
Y yo hacía lo propio, pensando que no era de recibo quedarme atrás en la partida que jugábamos ambos.
Si había que cabrearse, una se cabreaba y punto.
Y si tenía que follármelo por joderle y que se diera cuenta de a lo que había renunciado por gilipollas…
«¡Serás gilipollas tú!»
Nostalgia. Muchísima nostalgia.
«Él también es un poco gilipollas, seamos sinceras».
Me limpié los zapatos en el felpudo. Después de todo, yo era la que en mayor medida se encargaba de la limpieza de la casa.
No nos sobraba el dinero como para estar pagando a alguien que lo hiciera por nosotros, pero Oliver nunca había sido de los que colaboraban en las tareas domésticas…
así que, si el suelo se manchaba de barro, el barro seguía en las baldosas hasta que yo pasaba la fregona.
Por lo tanto, había que limpiarse bien la suela de los zapatos si no quería trabajar para el señorito que compartía mi casa.
Y, encima, gratis.
En España dicen que cada uno barre para casa. Curiosamente, al final siempre acababa barriendo yo.
Pero amaba a ese gilipollas, siendo realista. Lo odiaba de una forma que no se podía describir con palabras. Y necesitaba hablar con él.
Me di cuenta de que me había quitado un enorme peso de encima.
Había decidido poner punto final a mi farsa y reconocerle que no soportaba más esa situación.
Yo no quería ese distanciamiento. No quería separarme, divorciarme, rehacer mi vida…
por más que nos hubiéramos gritado y faltado al respeto.
Los dos nos habíamos equivocado, pero podíamos arreglarlo.
Estábamos a tiempo. Yo seguía llevando mi anillo…
e imaginaba que él no habría tirado el suyo a la basura.
«¡Por favor, que no lo haya llevado a la casa de empeños para pagarse material de entrenamiento nuevo!»
Sí, sé que estás pensando que lo ha hecho.
Según Amanda, quitártelo era el primer paso para superar una ruptura. Yo llevaba semanas descubriendo que también podía convertirse en un excelente instrumento para darle vueltas entre los dedos mientras una hacía el idiota.
Debía quererme. ¿No? Si no fuera así… se habría marchado ya de casa.
Estaba allí, al igual que yo, soportando la dura situación.
No podía odiarme y seguir compartiendo mi cama, por mucho que nos hubiéramos tratado de echar el uno al otro del dormitorio.
Dormía a mi lado. Sentía su cuerpo cálido y duro cerca.
Hablar podía sanar todas nuestras heridas.
Me iba a enfrentar al reto más grande de mi vida, más aún que el de mudarme a España dejando a mi familia atrás, pero pensaba hacerlo con todo el optimismo del mundo. Quería recuperar a mi marido y pensaba echar toda la carne en el asador para hacerlo.
Me hizo gracia la cantidad de expresiones que había llegado a aprenderme en unos cuantos años, y al hacerlo se me escapó una sonrisa que me levantó aún más el ánimo.
Me desabroché dos botones de la blusa. Iba a salvar mi matrimonio usando exactamente la misma estrategia que una concursante expulsada de Love Island, con la diferencia de que yo había aprendido esos trucos en esas revistas de mujeres que tanto daño habían hecho a nuestra generación, recomendando todo tipo de dietas, cosméticos y ropa según tu signo zodiacal o la forma de tus caderas.
Era algo que se había metido en nuestro ADN.
Amanda llevaba meses asegurando que Love Island era un documental antropológico y no un programa de televisión. Cada vez entendía mejor su teoría porque cada capítulo le daba más argumentos.
Y aquí regreso al momento inicial, con Oliver animando con demasiado ímpetu a… ¿a quién?
—¿Ves cómo me tienes? A puntito, nena.
Aparté la puerta cuando ya empezaba a temblarme la mano. ¿Cómo le tenía? ¿De qué demonios iba todo eso?
Encontré a Oliver de rodillas, con los pequeños pantalones de licra bajados por debajo de sus partes masculinas, que tenía al aire y… ¡duras! ¡Cojones! ¡Qué mi marido tenía los huevos al aire y el paquete desempaquetado y duro delante de la cámara! ¡Y se la estaba meneando con fuerza!
Y yo preocupada porque había dejado una taza sin recoger en el fregadero.
Claramente no era el mayor problema de la casa.
— Venga, venga. Ya me tienes. Estoy a punto.
Oliver miraba fijamente la pantalla, que estaba de lado, al igual que él.
Estaba tan concentrado que no se le había ocurrido que tenía que vigilar la puerta, a su izquierda, por si acaso a su esposa, o exesposa como me vería él, llegaba sin avisar a casa y se lo encontraba cascándosela en horas de trabajo.
O a cualquier hora. ¿Qué demonios era aquello?
— Venga, venga, venga… me voy a correr en ese culito precioso. ¡Cómo lo meneas, reina!
No cerré la puerta. Cual ninja, me deslicé casi sin levantar los pies del suelo hasta ponerme a su espalda. Lentamente, muy lentamente. Como una espía internacional. O como una loca. La diferencia entre ambas suele estar en si las descubren al final de la película.
Allí, en la pantalla de su ordenador, había una tipa con tetas siliconadas haciendo sentadillas delante de la webcam.
Con poca ropa. Poquísima. Una cantidad de ropa que, legalmente, quizá ni siquiera se podía calificar como ropa.
No podía decirse que estuviera desnuda, tampoco, porque se había dejado los calcetines y las zapatillas deportivas, lo cual convertía aquello en deporte, imagino.
Y el sujetador de entrenamiento lo llevaba debajo de las enormes redondeces que botaban con cada movimiento.
Yo tenía dos botones desabrochados.
Ella llevaba aproximadamente… ningún botón. Y debía de haber confundido el sujetador con un accesorio opcional del gimnasio.
Mi estrategia acababa oficialmente de quedar desfasada.
Oliver estaba completamente absorto.
Observándola.
Animándola.
Sonriendo con aquella sonrisa. Mi sonrisa. La sonrisa que era mía. Bueno, que había sido mía.
A mí nunca me había contado las sentadillas con tanto entusiasmo.
Ni una sola vez.
Lo máximo que había recibido era un «una más, venga». Y generalmente mientras sujetaba las bolsas de la compra.
A veces se ponía de espaldas y subía y bajaba las nalgas hasta casi ocupar todos los pixeles posibles.
Él tenía el miembro tan cerca de la pantalla que me daba la sensación de que podía restregarse contra ella.
Repeticiones de veinte, y se daba la vuelta de un salto para ponerle otra vez los pechos ocupándolo todo.
Se los apretaba uno contra el otro para que se imaginara que se la apresaba con ellos y lo pajeaba a través de las ondas esas de internet.
Otra repetición de veinte, y vuelta a dar nuevo salto.
«¿Por qué demonios estás contando las veces que lo hace?»
Porque cuando una está a punto de asesinar a alguien necesita distraerse.
Amanda habría detenido el entrenamiento para empezar a grabar un episodio especial de su podcast: «Cómo descubrir que tu marido dirige el gimnasio más raro de España».
— Última serie, tesorito. En el culo esta vez, ¿vale? Lo quiero en el culo.
— ¿Así te viene bien, entrenador? — le preguntó ella, perreando contra la webcam de lo que estuviera usando en su cas a— . ¿Así de cerca?
— Así de cerca, así de rápido, así de bien… ¡qué gusto! — la anim ó— . Me corro... —gimió, cerrando un momento los ojos—. Me corro, preciosa.
Oliver pringó de blanco toda la pantalla mientras su mano recorría su miembro más tieso que una vara de hierro.
Tenía la fea costumbre de conseguir que no se le cayera la erección, aunque se hubiera corrido.
Podía quedarse con ella tiesa durante unos diez increíbles minutos más…
que daban para mucho. ¡Mierda de marido!
La mujer seguía moviéndose delante de la cámara.
Oliver seguía mirándola.
Yo seguía replanteándome varias decisiones vitales. Como matarlo, que era muy vital en ese momento.
— ¿Lo he hecho bien, entrenador? — preguntó con tono infantil la estúpida de su alumna.
¿Se las llamaba así o de otra manera a las personas a las que entrenaba?
No fui capaz de encontrar otra palabra en mi vocabulario español.
Aunque sí que se me ocurrieron unos cuantos y malsonantes insultos.
En varios idiomas. Esos me sobraban. Tenía para dar y regalar.
Oliver abrió la boca, pero yo fui más rápida.
—No.
Los dos se volvieron hacia mí.
—Te han faltado cuatro sentadillas.
Silencio absoluto en el salón. Un silencio tan grande que se escuchó hasta el ventilador del portátil.
—¿Pero qué demonios…? —Oliver se cayó de culo al escucharme hablar detrás de él—. ¿Colette? —balbuceó.
—Dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve...
—¿Qué haces?
—Contando. Porque está claro que alguien tiene que hacerlo. Ella no lo ha hecho, quizá porque no sabe, y tú no lo has hecho porque está claro que tu cerebro no funciona bien porque tienes la sangre metida en otra parte.
—¿Qué demonios haces aquí?
—Vivir aquí. Es una costumbre que tengo.
Había venido preparada para salvar mi matrimonio y había acabado corrigiendo una rutina de glúteos.
La vida tiene caminos muy misteriosos y a mí me iba a tocar transitarlos todos.
—Pues no, guapa —me afirmé en mi puntuación, como si fuera jueza en una competición de gimnasia—. ¿No sabes contar? Veinte son veinte. Si vas a humillarme delante de mi propio marido, al menos termina la serie.
Hay principios que nunca deben perderse. La dignidad era uno. La técnica en las sentadillas, otro.
Veinte son veinte. Incluso el día que descubres que tu marido es un auténtico imbécil.