Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 5
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Chapitre 5

Vous en mangez un et comptez vingt... suivez la blague.

(Te comes una y cuentas veinte… sigue el chiste)

Había imaginado muchas cosas al abrir aquella puerta.

El Instituto Amanda de Expectativas Ridículamente Optimistas sostiene que una mujer recién separada imagina, de media, doce formas distintas de reconciliarse con su marido antes de abrir la puerta de casa.

Ninguna incluye encontrarlo masturbándose mientras corrige sentadillas.

No sé de dónde estaba sacando el muestreo, pero empezaba a resultarme sospechoso.

Había imaginado una reconciliación apasionada de las que me gustaban, una de esas discusiones acaloradas a las que estaba acostumbrada, incluso encontrarlo llorando. Lo que nunca se me ocurrió fue ir a encontrarme a mi marido de esa guisa tan ridículamente obscena.

Los franceses tenemos fama de ser sofisticados.

Yo había vivido en París. Había visitado museos. Había leído a los clásicos.

Y aun así no estaba preparada para aquello. Nada de eso te prepara para descubrir que tu marido convierte una rutina de glúteos en cine para adultos.

— ¿Pero qué demonios haces aquí?

El portátil recibió un golpe cuando Oliver intentó incorporarse y volcó, dejando la pantalla contra el suelo, boca arriba.

Allí, la chica desnuda trataba de colocarse corriendo la ropa sin caer en la cuenta de que, al menos ella, tenía una forma más elegante de desaparecer de escena si se quitaba de delante de la webcam.

Pero las neuronas no tenían que darle para mucho tras el…

¿ejercicio? Así que siguió tratando de recomponer su dignidad al ser descubierta en tremenda situación poniéndose las estrechas mallas que no le subían más allá de medio culo.

Eso le pasaba por tenerlo tan gordo, redondo y…

perfecto. ¡Joder! ¡Fuerte mierda! Y yo con mi cuerpecillo apenas sin curvas tratando de enseñar algo desabrochando botones de una blusa.

Oliver intentó levantarse, pero tropezó con sus propios pantalones. Volvió a sentarse e intentó levantarse de nuevo.

Volvió a tropezar.

Aquello empezaba a parecer un tutorial sobre cómo no gestionar una crisis de infidelidad. Estaba preparándome para ceder los derechos de autor a alguna productora de una película porno mala.

—Perdón, pero… ¿tú quién es?

—¿Yo? —no me podía creer la pregunta—. La esposa, está claro. Bueno... dependiendo del abogado, todavía. La que paga la mitad de la hipoteca, por si necesitas una referencia más precisa. ¿Quién eres tú, a todas estas?

—La exesposa —me corrigió Oliver.

—Depende del día. Otras veces dices que soy tu peor pesadilla.

Seguía con los calzoncillos en los tobillos. Si hubiera cogido un poco de impulso, de una patada le habría quitado las ganas de volver a hacerlo. Amanda estaría de acuerdo conmigo, estoy segura.

No estaba celosa. En absoluto. Estaba indignada, que es una cosa distinta. Muy distinta. Completamente distinta.

Amanda se estaría riendo de mí ahora mismo. Y habría aprovechado la ocasión para grabar un episodio especial del podcast antes incluso de preguntarme si estaba bien.

«Entrenamiento funcional y otros motivos por los que asesinar a un ex».

Pero… ¿por qué me sentía tan indignada? ¿Por saberme engañada?

¿Por haberlo descubierto en nuestra propia casa?

¿Por pensar que estaba usando el trabajo para saciar su más que abundante apetito sexual?

¿Por haber echado por tierra todas las expectativas que había logrado crearme de camino a casa, envalentonándome con la idea de una reconciliación idílica y perfecta?

¿Todo junto? ¿Ninguna de las anteriores?

«Comodín del público».

Pero no, no estaba celosa. Creo que ha quedado perfectamente claro y me has entendido. Aunque… bueno. Según el Instituto Amanda de Autoengaños Necesarios, repetir tres veces que no estás celosa demuestra exactamente lo contrario.

— ¡Maldito cabrón! — me salió del alma, mientras le miraba desnudo y bloqueado por la sorpresa.

¿Cómo podía haberse confiado así para pajearse justo delante de la puerta de entrada de nuestro piso?

¿Acaso quería ser descubierto para que me enfadara de una vez por todas, hasta el punto de marcharme? ¿Podía ser eso ?— Eres un grandísimo…

—¿Qué demonios haces aquí?

—Vivir aquí, ya te lo he dicho. Es una costumbre que todavía no he perdido.

—¡Cierra la puerta!

—¿Por qué?

—¡Porque estoy desnudo!

—Eso parece. Y me gustaría poder olvidar el motivo.

— ¡Haga el favor de taparse sus vergüenzas, pervertido!

— escuchamos de pronto a nuestra espalda.

Oliver y yo nos giramos al mismo tiempo.

Mi vecina de rellano, que contaría con unos doscientos años a sus espaldas, exagerando muy poco, estaba en la entrada con su perro salchicha atado a la correa en una mano, gruñendo, el perro, no ella, con su bastón en la otra, y la misma expresión de indignación que llevaba usando desde 198 3— .

Ya no se puede salir a la calle tranquila. ¡Qué indecencia!

Su perro dejó de gruñir durante un segundo. Creo que hasta el perro necesitó procesar la escena.

Entonces recordé que había dejado la puerta sin cerrar para no hacer ruido.

De todos modos, se lo tenía bien merecido por estar haciendo guarradas en medio del salón de casa…

con otra mujer que no era yo. Porque si llega a ser conmigo estaría insultando en ese momento a nuestra querida y venerable vecina anciana por habernos interrumpido.

Y como a Oliver iba a costarle todavía un poco que se le bajara la erección, aun con susto de por medio, lo suyo era que se tapara.

—¿Entonces la sesión ha terminado? —preguntó la chica del ordenador.

—Sí —dijo Oliver.

—Sí —dije yo.

—Sí —dijo doña Ofelia desde el rellano.

La chica de pronto desapareció de la pantalla.

Había un mensaje que informaba de algo que no era capaz de leer a aquella distancia, pero se veía con fondo negro.

Sus tetas enormes, y su culo aún más enorme todavía, se habían marchado de nuestra casa sin despedirse del entrenador.

¡Qué pena! Con suerte sería su última sesión y Oliver no habría llegado a cobrar por sus servicios.

—¡Qué indecencia! —repitió, como si no la hubiésemos escuchado la primera vez. Ella llevaría audífonos, pero nosotros la habíamos entendido alto y claro.

—Buenas tardes, doña Ofelia —murmuré, con un saludo que sonó más a disculpa.

—No son buenas.

—Tiene razón.

—Y menos desde que he visto eso.

Y dejó bien claro a lo que se refería con la palabra «eso» señalando «eso» con la punta de su bastón.

El perro gruñó a la vez que Oliver se cruzaba de brazos.

—Estoy en mi casa —se defendió.

—Pues enhorabuena.

—¿Perdón?

—Que está usted en su casa. Desnudo. Delante de un ordenador. Hablando con una mujer en ropa interior. No parece un logro del que presumir. ¡Desvergonzado! —Federico gruñó—. ¿Lo ve? —preguntó doña Ofelia—. Ni el perro quiere verlo.

Yo tuve que morderme el carrillo para no sonreír.

—Gracias, doña Ofelia.

Sentirme defendida por una señora que miraba a mi marido con tal cara de asco era de agradecer, por muy raro que pareciera.

—No me des las gracias —me reprendió—. Tú también tienes lo tuyo.

Cambiando los criterios que defendía mi cerebro un segundo antes de sus palabras en tres, dos, uno…

—¿Yo qué he hecho?

—Casarte con él.

El perro gruñó más fuerte.

—¿Ve? Hasta Federico está de acuerdo conmigo.

Empezaba a preocuparme que aquel perro participara más en las discusiones que muchos miembros de un matrimonio.

—¿El perro se llama Federico?

—Claro. Tiene mejor criterio que tú para los hombres, te lo aseguro.

Oliver resopló. A esas alturas probablemente se había olvidado de que seguía estando desnudo.

—¿Puede cerrar la puerta? —le pidió a nuestra adorable vecina. Sí, va con sarcasmo. No me había gustado que me criticara a mí. Que lo hiciera con Oliver, bien, pero a mí… ni tocarme.

—Cuando termine.

—¿Termine qué?

—De juzgaros.

Hubo un silencio incómodo. Últimamente todos nuestros silencios iban cargados de una tonelada de incomodidad.

—Lleváis semanas gritando—. Silencio otra vez. ¿Qué podía decir? Era verdad—. Dos veces os he escuchado discutir por un yogur—. Más silencio, que no era ya propio de Oliver—. Y una vez os escuché discutir porque uno de vosotros había movido una planta.

—Era mi planta —protesté.

En España dicen que «cada maestrillo tiene su librillo». Nosotros habíamos decidido tener uno para cada maceta.

—Era nuestra planta —replicó Oliver.

—¿Lo ve? —dijo doña Ofelia levantando el bastón—. Esto es exactamente de lo que hablo—. Federico emitió un ladrido breve, como si le diera la razón a su dueña—. Y Federico también.

—¿Podemos seguir divorciándonos en privado? —preguntó Oliver.

—No.

—¿Por qué? —Oliver lo preguntó elevando la voz y yo lo regañé con la mirada. A una anciana no se le hablaba de esa manera, aunque te estuviera amenazando con su bastón.

—Porque esto es más entretenido que la televisión. Últimamente solo ponen porquerías.

Amanda habría pagado una suscripción mensual por ver nuestras discusiones en directo. También estoy convencida de que habría vendido el formato a Netflix sin nuestro consentimiento.

— ¡Tápate, haz el favor! — le pedí de manera imperios a— . Ya bastante bochornoso es…

— ¡Cierra tú la puerta! — me gritó a su vez poniéndose de pie sin inmutarse, luciendo erección como si estuviera más que orgulloso de lo que acababa de pasa r— . En mi salón puedo hacer lo que me dé la gana.

A nuestra querida vecina podía darle un infarto en cualquier momento y nos acabarían denunciando por homicidio. Quedaría por descubrir si era o no intencionado… y si Amanda quisiera después encargarse del asuntillo del cadáver.

— ¡Descarado! ¡Tunante! ¡Asqueroso!

El perro seguía gruñendo ante los improperios de su dueña. Tuve claro que si mi vecina, la señora doña Ofelia, soltaba a la salchicha peluda se lanzaría contra Oliver para morderle esas partes que con tanta soltura lucía delante de nosotras.

— Diga que sí, doña Ofelia. ¡Qué vergüenza! ¿Cómo puede ocurrírsele semejante…?

— Tú eres la que estás casada con él — me recordó nuevamente la muy pérfida, con ese ritmo lento de anciana que no tiene prisa para echarte la bronc a — , así que no te las des de nuevas. ¡Cómo si no se os escuchara a través de estas paredes que parecen de cartón!

Y al decirlo golpeó con la punta del bastón la pared contra la que tantas veces habríamos acabado teniendo sexo desmedido, como todo lo que hacíamos el descarado y… yo, la descarada de su esposa.

La miré de reojo con cara de circunstancias y le pegué un empujón con el talón a la puerta.

Se cerró dejando a nuestra cariñosa y entrometida vecina en el rellano, gritando un par de improperios más que se escucharon claramente.

Obvio, ya que las paredes eran de cartón del malo.

Raro era que no hubiéramos acabado haciendo un agujero en alguna de ellas con el ímpetu de sus embestidas cuando me empotraba encajado entre mis caderas.

Regresé con la mirada para clavársela a Oliver en los ojos, pero se me fue la vista a su obscena entrepierna.

Me esforcé por no hacer eso que tanta gracia tenía que estar haciéndole, ya que conocía a Oliver como si hubiera convivido con él varios años, y su gesto de poner los brazos en jarra para adelantar la cadera y lucir sus virtudes en todo su esplendor era muy suyo.

Le encantaba exhibirse. Le encantaba que lo mirara.

Y a mí me encantaba mirarlo.

¡Maldito fuera mil veces! Y me quedaba corta con las maldiciones.

— ¿Quieres taparte de una vez, s'il vous plaît ?

Cuando me ruborizaba, o me enfadaba, o me enfadaba ruborizada era imposible que no se me escapara mi lengua materna. Y a Oliver le encantaba llevarme a ese estado.

— ¿Por qué iba a hacerlo? — preguntó sin vergüenza ninguna, como era él, vamo s— . Estoy en mi casa. Si no quieres ver lo que hago… ahí tienes la puerta.

— ¿Así que esas tenemos? — grité, esperando que la vecina ya se hubiera marchado a pasear al perr o— . ¿Estás buscando que me vaya de nuestra casa con estos numeritos? — le pregunté, remarcando mucho la palabra «nuestra »— . Pues a esto podemos jugar los dos.

— Tú no sabes jugar ni al parchís…

Intenté desabrocharme ágilmente el resto de los botones de la blusa, pero como no fui capaz quise arrancarlos.

Y, obviamente, tampoco funcionó, endeble de mí.

Ante la sonrisa prepotente de Oliver, me saqué la prenda por encima de la cabeza y la arrojé a un lado.

Me quité el sujetador con mejor suerte y lo lancé en sentido contrario.

El pantalón fue un poco más difícil de sacar por las perneras, pero cuando me vi en pelota picada, otra estupenda expresión española, delante de él, sonreí satisfecha.

De repente estaba desnuda. Y él también. Y aquello ya no parecía una discusión.

Según todas las revistas femeninas que había leído desde los dieciséis años, aquello era recuperar el control. Según mi cerebro... era una estupidez histórica.

De pronto, parecía una pésima decisión.

Oliver no pudo apartar la vista de mi cuerpo, por mucho que le doliera.

Y esa erección que había empezado a caer lenta y sutilmente recobró nueva vida.

Pésima idea o no, estaba ocurriendo. Y había una reacción tangible en mi marido.

Seguía siendo la mujer que más placer le había dado al capullo de Oliver, si recordaba y tenía como verdaderas las palabras que me había dedicado más veces de las que me gustaría recordar, así que no podía ignorarme por más que quisiera.

Cinco minutos antes había venido a salvar mi matrimonio.

Ahora estaba desnuda en el salón discutiendo con mi marido delante de una webcam.

Si aquello no era tocar fondo, debía de estar muy cerca.

Y, aun así, me quedaban ganas de seguir discutiendo para intentar quedar por encima de él. Tenía que ser el gen que se despertaba cuando tu esposo te ponía los cuernos.

— Del parchís lo que me gusta es comerla…

Se le levantó como un maldito resorte. Punto para la francesa.

— Es un chiste muy viejo — apuntilló apartando la vista de mis pezones.

— Será viejo, pero a ti siempre te gustó que te la comiera.

Una lástima que ahora, mon amour , prefieras cascártela delante del ordenador y dejarlo todo perdido.

Por cierto… — añadí, recogiendo las prendas del suelo, porque empezaba a notar el sonrojo en mi rostro y de la impotencia y el enfado sabía que de un momento a otro iba a comenzar a llora r— limpia la pantalla cuando acabes.

—Colette...

—No, espera. —Para mi sorpresa, Oliver esperó—. Y si te vuelven a contratar como entrenador, y ella hace sentadillas en ropa interior, al menos asegúrate de que sabe contar hasta veinte. Porque bastante ridículo estoy haciendo yo como para tener que enseñar también a tus alumnas.

Me refugié en nuestro dormitorio. Cerré la puerta de un portazo. Luego me apoyé contra ella y lloré exactamente el tiempo que tardó mi orgullo en recordarme que seguía siendo francesa. Así que dejé de llorar… solo un poco.

Me recordé que había ganado la discusión.

Pero que había perdido absolutamente en todo lo demás.