Chapitre 6
La petite mort.
(Orgasmo)
Me habría encantado tener bañera para llenarla hasta arriba de agua, vaciar el bote de gel que prometía una espuma inigualable, aunque era del barato del supermercado, y pasarme tanto tiempo en remojo que me salieran escamas y branquias u Oliver tuviera que aprender a orinar en el fregadero.
Del resto de escatologías que se me pasaban por la cabeza mejor no te hablo, que no sé si estás comiendo.
Pero solo teníamos un pequeño plato de ducha, y encima el agua no salía con mucha fuerza, por lo que no conseguiría ni un maldito buen orgasmo enchufándome el chorro a la entrepierna, como me sugería Amanda.
Podía sentarme en la taza del inodoro y de forma más o menos, bastante menos que más, siendo realista, elegante, subir la pierna en el lavabo, que para eso sí que me sobraba flexibilidad…
y masturbarme hasta que se enterara doña Ofelia de que me había corrido.
Pero era de las que necesitaban despejar la mente para conseguir tener un orgasmo, y eso no iba a pasar en un cuarto de baño.
Y menos sabiendo que lo iba a hacer por pura rabia, tratando de vengarme por lo que me había hecho el hombre con el que había compartido la vida.
Además, sabiendo que estaría al otro lado de la puerta, enterándose de todo.
O, peor… que no le importaría nada lo que estuviera haciendo y se pondría a ver un estúpido partido de fútbol.
Todo bien, como ves.
Mi vida era una mierda.
¿Pero… lo era por él?
Mi madre probablemente diría que aquello me pasaba por fugarme con un español.
Bueno, fugarme era una palabra muy grande, ¿no?
Mariée en fuite, como me dijo en su día.
Mi madre siempre creyó que los españoles eran encantadores.
El problema era que también creía que los cocodrilos eran fascinantes.
Y tampoco quería que me casara con uno, solo quería hacerse un bolso con su piel.
«¡Mira, qué casualidad! Tú harías exactamente lo mismo ahora con la piel de Oliver».
Yo solo había cogido un avión. Con una maleta, o quizá dos. Y un cartel mental que decía: «Voy a tomar todas las malas decisiones posibles».
El problema era que la mayoría habían sido maravillosas hasta que dejaron de serlo.
En aquel momento había odiado a mi madre.
Que me hubiera educado en un internado para que ella pudiera tener más tiempo libre no la hacía mala madre, ¿no?
La hacía mala madre no apoyar a su hija cuando se enamoraba hasta las trancas.
¿Qué serían las trancas? La hacía mala madre el haber hecho elegir a su pequeña entre él o ella.
O quizá eran respuestas correctas la a y la b, aunque la primera opción no me hubiera resultado tan desagradable como la segunda.
En el internado me lo había pasado bien.
Había conocido a mucha gente interesante y había mantenido muchas amistades hasta…
hasta que Oliver me había dejado. Entonces había dejado de importarme todo.
Había que retomar las ganas.
Esas siempre me habían sobrado, ¿no? ¿Qué era lo que tenía que hacer para quitarme las telarañas y salir del letargo?
— ¿En qué maldito mes estamos?
A ver, si Oliver me había dejado una semana antes de que comenzaran Las Fallas…
¡Se me había escapado la vida! Drama modo on , por supuesto.
Muy yo. Calma, no pasaba nada. Oliver era un tremendo cabrón, pero no por ello yo estaba hundida.
Lo había pensado… pero solo me había golpeado el casco del barco.
Para hacerle un “tocado y hundido” a Colette hacía falta tener algo que mi ex no tenía.
Era poco constante, y yo de eso tenía por los dos.
Así que pensaba utilizarlo a mi favor. Él se cansaba de todo muy pronto, por lo que se cansaría también de nuestra guerra particular y acabaría tomando la salida fácil, como siempre.
¡Y yo ganaría! Ganaría en amor propio, ganaría la casa, ganaría en crecimiento personal y…
Venga, con esas tres cosas de primeras estaba bien.
Paso número uno, conseguir correrme sin pensar en él.
No tenía que ser difícil con todos los actores buenorros que había en posados sexis inundando internet.
Tampoco tenía unos gustos demasiado marcados y me servía cualquier tipo que se pareciera al actor de Supermán, o al de Thor. Ya sabes, normalitos.
Espero que estés pillando la ironía.
Paso número dos, tener sexo con otras personas.
Pero no como él. No a través de un triste ordenador.
No a través del trabajo, porque tendría que tirarme a unas cuantas mujeres a falta de tíos en la empresa.
Yo iba a salir por la puerta grande. ¡Qué española me había vuelto con las expresiones!
Y tenía que buscarme a un macizorro que me pusiera mirando hacia Cuenca para que me diera lo mío, lo de mi prima y lo de Amanda, que era más que suficiente de momento.
Y que me lo hiciera durante horas… hasta que nos encontrara Oliver en nuestra cama, básicamente.
Y luego en el sofá. Y después en la ducha.
Y más tarde… Más tarde se me acababa la casa, que teníamos un piso de mierda de cincuenta metros cuadrados y yo no tenía tanta resistencia.
Pero había que empezar por el principio.
Un orgasmo. Ya luego probaría a bajar a la terraza de la esquina, donde comenzaba la calle peatonal, y empezaría a buscar género interesante que llevarme a la boca.
O a la boca de primeras… no, por si acaso, que soy un poco especialita para ciertas cosas…
y sabores. Pero podía ponerme mirando para Cuenca igualmente.
«Tienes que localizar Cuenca en el mapa, bonita».
Cogí el móvil y en el buscador escribí «actores sexis».
No me hacía falta que fueran franceses. Tíos guapos había en todas partes.
El buscador me llevó a Pinterest tras hacerme un listado con los actores más hot según algún estudio hecho con cookies permitidas, o no leídas y aceptadas por prisas.
Así que abrí Pinterest. Grave error. Me encontré con más tabletas de chocolate de las que me había comido en mi época de luto.
Cinco minutos después tenía guardados treinta y siete actores.
Treinta y siete.
A esas alturas ya podía organizar los Premios Oscar en mi cuarto de baño.
No estaba montando una fantasía. Estaba organizando un festival internacional de hombres imposibles, quizá en modo orgía. Había más abdominales en mi móvil que en todo Valencia. Me di cuenta tarde de que me valdría cualquiera para masturbarme. Muy a mi pesar… hasta el pobre Vicente.
Llevé mis dedos dentro de mis bragas tras convertirlas en un gif que se repitiera una y otra vez para no centrarme demasiado en uno solo de los tíos a los que había secuestrado en mi móvil para ser partícipes de mi primer orgasmo a expensas de Oliver.
Si pensaba únicamente en uno… ¿podía considerarlo oficialmente como ponerle los cuernos?
«¡No seas estúpida! No lo sería ni si lo hicieras en vivo y en directo. Follarse a un famoso no cuenta como cuernos. Está implícito en el contrato matrimonial que es obligatorio hacerlo por todas esas mujeres que no van a tener tanta suerte».
— ¡Mierda! — el carrusel de fotografías iba demasiado rápido para mi gusto, pero no me iba a poner a montar otro gif después de tener las manos metidas en mis bragas.
¿Estaba incómoda? Por supuesto. Pero la vergüenza se me había pasado y solo sentía el calor recorrerme todo el cuerpo mientras mis dedos acariciaban con premura mis pliegues y se introducían dentro, muy dentro, como tan bien sabía hacerlo Oliver…
«¡No, no, no! No puedes ponerte a pensar en él. ¡No seas tonta!»
Existe una ley no escrita según la cual cuanto más intentas no pensar en alguien durante un orgasmo, más protagonismo adquiere. Debe de ser física cuántica. O muy mala leche.
Cuando me quise dar cuenta, mi marido estaba allí, en mi cabeza, con la suya metida entre mis piernas mientras me lamía y recorría mi interior con sus largos y fuertes dedos. Y a mí se me iban las manos a agarrarlo de los cabellos para que continuara haciendo magia en mis zonas íntimas.
Duré doce segundos.
Mi cerebro decidió que Oliver seguía teniendo derechos de autor sobre mis fantasías.
Según la Asociación Internacional de Personas Recién Separadas, el noventa y siete por ciento de los primeros intentos de masturbarte pensando en otra persona terminan con tu ex colándose en mitad de la fantasía. El tres por ciento restante miente. O todavía no ha conocido a Oliver.
«Por favor, dime que no has gritado su puñetero nombre».
No recordaba si lo había hecho. No sabía explicar lo que había pasado.
Solo podía excusarme argumentando que hacía demasiado tiempo que estaba enamorada de él…
y que se me había olvidado eso de pensar en otro hombre.
Me avergoncé de lo que Oliver venía a hacer en mi cabeza y me sentí atrapada por esos recuerdos que me iban a acompañar, quizá, más tiempo del que debiera ser recomendable en una ruptura.
El problema de los recuerdos no es que aparezcan cuando quieren. Es que, además, siempre llegan convencidos de que tienen razón.
Pero iba a acabarse.
Vale. El plan seguía siendo exactamente el mismo. El orgasmo había sido un desastre. El resto del plan no pensaba cancelarlo.