Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 6 #2
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Chapitre 6 #2

Me pegué una ducha rápida, haciendo un listado mental de todo lo que había hecho mal para no repetir los mismos errores.

Otros, por supuesto. Pero los mismos… nunca.

O al menos, no sin oponer resistencia. Mi marido no podía volver a aparecer en mis fantasías sexuales mientras me masturbaba.

Ni en ninguna otra circunstancia, ya de paso.

Terminé con el agua y me sequé delante del espejo.

Seguía ruborizada por la sesión de autosatisfacción y me sentía extrañamente pletórica.

Había salido todo mal, pero me encontraba genial.

El subidón de adrenalina había puesto mis hormonas en su sitio y había apartado el pesimismo, momentáneamente, de mi cuerpo.

Ligera, liviana, así me sentía. Cuando decían que el sexo sentaba bien a la salud había que reconocer que era una verdad innegable.

Me sonreí y mi imagen en el espejo me devolvió la sonrisa.

Punto para Colette.

Salí del cuarto de baño con las energías renovadas.

De una cosa sí que estaba segura: el grito que pegué al final de mi orgasmo podía haberlo escuchado la señora Ofelia y su perro salchicha, pero de poco me servía si precisamente él no se había enterado.

Allí estaba, en nuestro sofá, con los auriculares colocados sobre las orejas escuchando uno de sus podcasts.

Si se los había puesto cuando comenzó a intuir lo que ocurría en el baño o, por el contrario, llevaba todo el rato usándolos y no me había dado cuenta, no podía saberlo.

Y, si llega a estar allí Mercedes, me habría dicho que el asunto era completamente irrelevante.

Porque mi orgasmo era para mí y para nadie más.

Querer que Oliver se enterara era mezquino y no me ayudaba a empoderarme como mujer independiente y nueva soltera.

O sea, todo lo contrario a lo que me habría recomendado Amanda, que creía imprescindible para mi sanación que Oliver sufriera todo tipo de males, plagas y enfermedades venéreas conocidas y pendientes de descubrir.

Desgastando su salud emocional yo podría recuperar la mía. Como un vampiro.

Y probablemente ninguna de las dos andaba desencaminada, según se mirase. La única mala elección era la mía, que solamente consistía en regodearme en mi sufrimiento, y con eso no llegaba a ninguna parte.

Pero había dado el primer paso.

Salí del baño con la toalla enrollada en el cuerpo, pero ni me miró.

Tampoco lo miré yo a él, aunque claramente sabía que estaba allí.

Crucé el salón y me fui directa al dormitorio.

Miré la hora en el despertador de la mesilla de noche.

Eran las diez y media de la noche de un viernes cualquiera.

Hacía buen tiempo y yo quería, y debía, recuperar mi vida.

Cualquiera a esas alturas entendería que debía coger las riendas de mi destino y sacudirlas con fuerza para avanzar.

El problema era que en las rupturas no existe el modo avión. Los recuerdos siguen teniendo cobertura.

¿Dolía lo que acababa de hacerme Oliver?

Por supuesto. Dolía y escocía. Pero no me habían amputado ningún miembro ni yo era una estrella de mar que tuviera que conseguir un nuevo brazo a base de esfuerzo.

Menos mal, porque no habría sabido hacerlo.

Pero no me podía quedar estancada en el pasado.

La vida continuaba y no pensaba dejarla escapar.

Si él había pasado página en el libro de lo nuestro…

yo debía hacer lo mismo, aunque una hora antes, en la puerta de casa, hubiera estado dispuesta a reconquistarlo.

Agua pasada no mueve molinos, se decía aquí.

Me gustaban más los molinos de viento.

Y, aunque para mí no fuera a ser fácil lo de seguir sin él, lo iba a conseguir. Porque me lo merecía y estaba segura de ser capaz. La tenacidad iba a ser mi aliada. Y mis ganas iban a ganarle a las suyas.

Elegí el vestido más atrevido de mi armario.

Cierto era que no tenía muchos, pero por suerte alguno me había comprado con Amanda, obligada por ella, no me escondo, para este tipo de ocasiones.

Todas tenemos una amiga que nos empuja a acumular ropa que ni muerta compraríamos si fuéramos solas de tiendas, hay que admitirlo.

Y si tú no la tienes, te presto a Amanda un par de horas.

Pero me la devuelves después, por favor, que no sabría vivir sin ella, ni con ella.

Y, también, que luciría sin vergüenza maldita la prenda, mucho mejor que tú, y que quizá lo que pretendía era que lo usaras poco para poder reventarle ella las costuras bailando en las vacaciones de verano en algún destino exótico cuando te lo pidiera y tú no supieras negarte a prestarlo.

Amanda era así. Te creaba la necesidad de comprarlo para algo.

No para ir en busca de ligue, ya que me conoció siendo ya pareja con Oliver, y hasta hubo un tiempo en el que se cayeron francamente bien.

Pero, al igual que les pasaba a todos los matrimonios, habíamos tenido nuestros altibajos y reconciliaciones de esas de película.

Nada moderado, como todo lo nuestro, te recuerdo.

Y, por ende, tenía vestidos poco moderados para esas citas de reconciliación en las que pretendía cortarle el hipo y ponerlo duro como una piedra.

Estuve tentada de hacer partícipe a Amanda de mis correrías con una foto frente al espejo, pero sabía que ella tenía planes esa noche y no quería que los suspendiera por mí.

Ya bastante me soportaba la pobre, aguantándome por la mañana en el trabajo y por las tardes en su casa, como para que debiera hacerme de canguro también por la noche.

Sabía arreglarme sola y llegar a la terraza de la esquina también sola.

No necesitaba GPS para semejante aventura. No pasaba nada.

El vestido era de un fucsia nada discreto y muy poco de mi estilo, de esos que mi madre habría mandado quemar si lo llega a descubrir en mi armario.

Lo complementé con una chaqueta corta, porque no quería coger frío con tan poca tela si me quedaba mucho tiempo en la terraza, y unos zapatos de tacón plateados que me habría puesto dos veces en mi vida.

Le di volumen al cabello y me maquillé para salir a matar, aunque esa expresión siempre me había parecido muy de ponerse barro en la cara para que no te reconociera el enemigo en una trinchera.

Labios del mismo tono, porque Amanda me había obligado a elegir un outfit completo, y cogí mi pequeño bolso todoterreno que siempre me hacía el apaño.

Taconeando con toda la soltura que me permitieron los zapatos, llegué al salón donde Oliver no levantó la vista de la pantalla de su móvil.

Me coloqué delante de él. Nada. Tosí. Nada otra vez. Dejé caer el bolso al suelo. Nada elevada a la enésima potencia.

Estuve a punto de prenderme fuego para comprobar si reaccionaba.

Nada.

—Ya te puedes poner a dar otra de tus clasecitas privadas — le avisé, por si el muy capullo no se estaba dando cuenta de verdad de que iba a salir por la puerta.

Quería que me mirara. Quería que viera lo que se iba a perder por haberme dejado.

Quería ser un poco mala. Solo un poc o— .

No se te vaya a hinchar algo ahí abajo por retenerlo.

Levantó la vista al saberse increpado y se apartó el auricular de la oreja. ¡Por fin!

Tardó aproximadamente tres segundos en destrozarme la autoestima.

— ¿Comentabas algo interesante o solo otra de tus tonterías? — me ridiculizó el muy malnacido.

Ahí estaba. El hombre del que me había enamorado. Un verdadero encanto.

Dispuesta a probar eso de deshacerse de un cadáver reciente en tres, dos, uno…

— ¡Vete a la mierda!

Poco le dije para lo insultada que me sentí. Me habría encantado darle una patada en esos labios que me habían recorrido la entrepierna en mis fantasías hacía solo una media hora.

— Lo que yo decía — y volvió a colocarse el auricular encima de la oreja.

Llevaba una hora preparándome y Oliver solo necesitó tres segundos para destruir todo mi trabajo de autoestima. Era el mejor rendimiento por minuto que le había visto en semanas.

Ni con orgasmo reciente, ni con la mini toalla enrollada sobre el torso, ni con el vestido que le había encantado y excitado en una de nuestras últimas broncas. Sí, Oliver había dejado atrás lo nuestro… y yo estaba a punto de hacer lo mismo.

Salí dando un portazo. Porque las mujeres despechadas damos portazos; es tradición. Bajé las escaleras sintiéndome espectacular, poderosa y decidida.

Tropecé en el segundo rellano por culpa de los tacones. Pero me recuperé. Porque una mujer puede perder un marido, puede perder la dignidad, puede incluso perder el equilibrio. Lo que no pensaba perder esa noche eran las ganas de volver a vivir.

Y si para conseguirlo tenía que besar a otro hombre...

Que Dios bendijera las terrazas de Valencia.