Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 7
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Chapitre 7

Les raisins de la colère.

(Las uvas de la ira)

Tampoco pasaba nada por reiniciar tu vida a los treinta y muy pocos. No pensaba que hubiera tirado mi juventud por la borda, como seguramente me diría mi madre cuando se enterara. Solamente había ganado experiencia y en ese momento era un poco bastante más sabia y solo un poco más vieja.

No pienso decirte mi edad, por si estás preguntándote si se me escapará un día que beba en alguna de las páginas.

Acababa de darle el portazo a Oliver, así que lo que tocaba era empezar a caminar, con seguridad y sola. Sabía hacerlo. Pero sonó el móvil.

Era Amanda.

—¿Has salido? Dime que has salido. Escucho calle a tu alrededor.

—Sí.

—¡Bien por Colette! ¿Llevas el vestido fucsia?

Odiaba que me conociera tanto. Me encantaba que me conociera tanto. Dicotomía francesa. Amaba a Amanda.

—Sí —respondí, aunque habría estado genial decirle que no y ver qué otros vestidos recordaba haberme obligado a comprar.

—Entonces hoy alguien moja.

—Amanda...

—No tú. Algún camarero cuando te derrame la copa encima —se rio—. Por cierto, acuérdate del podcast.

—¿Qué podcast?

Sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo, pero con ella era mejor no dar las cosas por sentado porque se venía muy arriba y, en vez de un capítulo, podía mandarme veinte.

—El que te mandé esta tarde.

—No pienso escuchar un podcast sobre sanar el divorcio.

—No. Es sobre cómo reconocer hombres emocionalmente disponibles. Te dejo, que tengo cosas que hacer. Tú hazme caso y escúchalo, que seguro que te viene bien si has salido por fin de caza.

Debiera haberle hecho caso y ponerme a aprender algo del podcast, pero seguí con mis pensamientos en lugar de hacerle caso.

Cosas que había aprendido. Me había quedado en ese pensamiento.

Para empezar, sabía varias cosas. Que no quería a otro hombre a mi lado que estuviera tan pagado de sí mismo como lo estaba Oliver.

Necesitaba a un tipo que me proporcionara equilibrio, exactamente lo contrario a lo que me ofrecía mi ex, que tanto me había hecho tambalearme…

hasta que había caído. También sabía que eso no lo iba a encontrar esa noche, ni mucho menos.

Que me hubiera enamorado locamente de mi marido casi al conocerlo no implicaba que fuera a pasarme lo mismo con mi siguiente pareja. Es más, ni siquiera quería.

Solo iba buscando sexo.

Bueno... sexo… y demostrarme que Oliver no era el último hombre atractivo del planeta. Lo primero parecía complicado, pero le iba a poner ganas. Lo segundo, visto el panorama, empezaba a parecer ciencia ficción.

Repito, solo iba buscando sexo, porque para encontrar el amor ya había demostrado que tenía un criterio francamente mejorable.

Lo de que una mancha de mora con otra se quitaba tenía que significar algo, ya que era la dueña de un vestido de verano manchado de morado por culpa de la dichosa fruta.

Si tenía que manchar varias veces mi vestido para no ver la primera…

lo haría. Todo en sentido metafórico, claro, que yo siempre iba muy limpia a todas partes.

Lo haría hasta que no recordara el sabor de sus labios ni la calidez de su piel ni el olor de su cabello o la dureza de sus miembros manejándome con soltura.

Demasiadas cosas que olvidar, pensé, mientras bajaba las escaleras de nuestro edificio, pero era la suerte de tener treinta y muy pocos, estar de buen ver y ser capaz de acumular un resentimiento brutal dentro de mi pequeño y compacto cuerpecillo.

Él era algo mayor que yo y su forma física no iba a durar para siempre.

Y, siendo sinceros, no era la alegría de la huerta.

Sí, tenía más de un buen polvo, pero yo era más simpática y empática, requisitos indispensables para ligarse a un tío.

Si el divorcio se alargaba un poco más de la cuenta, igual en vez de discutir por la cafetera discutiríamos por quién se quedaba la crema antiarrugas.

«Sigue soñando, petarda. Ya sabes que tiran más dos tetas que dos carretas».

Lo de levantarme la moral a veces no era mi fuerte, pero estaba segura de seguir siendo muy deseable y de que alguien esa noche se daría cuenta de ello.

Y ese alguien iría buscando lo mismo que yo: sexo sin compromiso.

Y, con suerte, no le importaría tenerlo en el sofá de mi casa y no sería un problema que mi marido estuviera en la habitación del al lado.

Está claro que estás pensando que es demasiado suponer para un solo rato.

Otra cosa que sabía era que no quería volver a París.

No porque no pudiera, porque sabía que podía.

Mis padres seguían teniendo dinero, una casa enorme, una habitación preparada para mí y la firme convicción de que llevaban razón desde el principio.

Y eso último era precisamente el problema.

Volver significaría escuchar, otra vez, el tan conocido “te lo dijimos”. Y, de verdad, prefería comer cristal.

Deseaba ver si podía rehacer mi vida en Valencia, salir adelante sin él como mujer soltera y cualificada. Había estudiado empresariales porque mi padre había pensado que era la mejor opción para que me hiciera cargo del negocio familiar, así que no me faltaba formación, solo suerte.

Mi familia llevaba generaciones dedicándose al vino.

Viñedos, bodegas, reuniones eternas y hombres muy serios discutiendo sobre uvas como si estuvieran negociando la paz mundial.

Yo era hija única y, por lo tanto, la heredera.

La gran esperanza del imperio familiar. Y también la gran decepción, porque me había enamorado de un español.

Uno con muchos abdominales y poco gusto por el champagne y los blancos embotellados.

La historia demuestra que los abdominales han provocado más desgracias familiares que las guerras napoleónicas.

No quería volver y punto. A nadie le había parecido lógico que a la siguiente generación no le apeteciera dedicarse al imperio vinícola y jamás se me escuchó cuando declaré abiertamente que no me apetecía mucho, ni poco, tampoco, ponerme al frente de la empresa solo para que siguiera manteniéndose el apellido en el corcho y en la etiqueta.

De lo de hablar de conseguir que todos mis hijos, sí, fácil de adivinar, muchos, un rebaño de ellos, llevaran mi apellido ya se encargaría mi padre con su horda de abogados y variados cheques extendidos al portador cuando llegara el momento.

Mi padre tenía más hermanos. En las comidas familiares había más gente pendiente de mi herencia que de si me había servido suficiente queso.

Y todos se frotaban las manos pensando en que uno de sus vástagos acabaría dirigiendo la empresa, y estaban más que ilusionados con el hecho de que me hubiera enemistado con mis progenitores y fugado a otro país.

Lo estarían más si llego a desaparecer en algún otro continente arrastrada por un tornado, naufragado en un barco y acabado perdida en una isla desierta, o cambiado de nombre por haberme acogido al programa de protección de testigos tras haberme visto envuelta en algún sórdido y mafioso asunto trabajando para “Mujeres al borde de un ataque de ingenio”, pero no tuvieron tanta suerte.

Sospecho que alguno celebró mi fuga con champagne . Del barato, porque todavía no estaba muerta.

Es más, recibía más llamadas y tarjetas postales de mis tíos y primos que de mis propios padres.

Por descontado, sabía que lo hacían de manera completamente egoísta, buscando información que les justificara la ilusión por sus renovadas aspiraciones de conseguir la dirección de los viñedos.

O sea, para saber si seguía viva. Si yo solo quería empezar a cobrar como miembro joven del consejo y no como una directiva junior, sería perfecto para ellos.

Pero yo no quería ni una cosa ni la otra.

Bueno, quizá lo de recibir una subvención por desaparecer y no molestar en Valencia…

habría estado bien. Pero mi orgullo me lo prohibía.

Quizá mi cuenta bancaria pensaba lo contrario, y muy probablemente, si la cosa continuaba de aquella manera, tendría que replantearme lo de mi altanería con respecto al dinero que llegaba de las uvas francesas, pero de momento me mantenía en mis trece.

Y mantenerse en mis trece, expresión que no entendía de dónde venía…

era complicado si solo tenía en mi poder a lo sumo… ¿dos?

«Chiste malo, francesita. Y, para que lo sepas, tienes menos. Puede que no llegues a uno».

Había llegado a odiar el negocio familiar.

Por mi parte, podían quedarse con todo el poder de la empresa, despojando a mi padre de su hegemonía en el negocio.

Si tan solo me hubieran dicho que estarían allí, esperando, por si acaso los necesitaba…

las cosas habrían sido muy diferentes entre nosotros.

Pero tras ponerles al corriente de mis intenciones de mudarme, ambos me habían lanzado un ultimátum.

Quizá si se hubieran puesto en mi piel no estaría tan resentida con ellos.

Pero habían seguido adelante pensando que no tendría los arrestos necesarios para dejarlo todo atrás por amor.

¡Qué equivocados estaban! ¡Y qué equivocada había estado yo!

No había que quemar las naves al llegar a puerto, porque quizá la tierra firme estuviera llena de capullos que no saben comprometerse y de tiparracas a las que les gusta enseñar el culo y las tetas a través de una webcam .

Si alguien me hubiera dicho de pequeña que acabaría perdiendo un matrimonio por culpa de una webcam y unas sentadillas... le habría preguntado que qué demonios era una webcam.

Pero, fuera como fuera, estaba muy decidida a seguir adelante en mi empeño de ser independiente de mis padres.

Y salvo tragedia yo, Colette, de treinta y muy pocos, ¿creíste que se me iba a escapar?

, seguiría viviendo en España y seguiría aprendiendo expresiones raras de un idioma que había llegado a amar…

casi tanto como al hombre que me lo había enseñado.