Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 7 #2
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Chapitre 7 #2

A pesar de todos los pesares… acabé escuchando el podcast que me había enviado Amanda.

Solo el principio, es verdad, porque duraba hora y media.

No sé si ella tenía la esperanza de que fuera a terminarlo antes de llegar a mi destino.

Quizá se pensaba que me iba a ligar a una terraza en Madrid y necesitaba amenizarme el largo trayecto.

Llegué al bar y sus luces de neón y bombillas marineras me dieron la bienvenida casi mejor que el felpudo de mi puerta. España sabía cómo atraer a la clientela con una terraza pintona y buenas tapas. El vino… bueno. Ya sabíamos que el vino quizá era mejor en otro sitio, pero tampoco me quejaba.

¿Cómo había dicho la presentadora del podcast que había que empezar el ritual de caza? «El primer paso para encontrar un hombre sano es observar cómo trata al camarero».

Giré la cabeza y me puse a observar el panorama.

Uno chasquea los dedos al camarero.

«Eliminado».

Entré en la terraza decidida a encontrar a un hombre atractivo. Cinco minutos después había localizado tres. Uno llevaba alianza, otro parecía tener veinte años y el tercero estaba enseñándole fotos de reptiles a una camarera que claramente quería huir.

El mercado estaba complicado.

Aquello era como buscar piso en Valencia. Las fotos siempre prometían más de lo que ofrecían.

Localicé un cuarto, que parecía normal. Nunca he desconfiado tanto de una persona y entendí el motivo cuando empezó a hacer una videollamada con su madre.

El podcast decía que había que huir de los hombres excesivamente apegados a su madre, por si acababan llevándote a su casa y seguía viviendo con ellos.

Me senté en la barra.

— Póngame una copa de… — pedí al camarero, dejando mi bolso justo frente a mí, tapándome un poco el escot e— algo espumoso. Pero que no sea dulce, s'il vous plait .

Entender de vinos servía para algunas cosas, pero había comprendido que a los hombres no les gustaba que las mujeres supieran más que ellos.

No solo en vino; era extrapolable a cualquier cosa.

Y, jamás de los jamases -consejo de amiga- discutas con uno de fútbol, aunque sea la pasión de tu vida.

Es mejor disfrutarlo con colegas femeninas que con tipos que no saben lo que es que les lleven la contraria.

No me hacía la tonta pero mejor no llegar pidiendo una marca y añada determinada servida en la copa adecuada a la temperatura óptima…

porque la gente acababa mirándote mal. Y más en un país donde se consumía cerveza y vino a partes iguales.

Habría sido más fácil pedir una caña tirada con arte, o un cóctel tipo Sex on de Beach , pero resultaba poco elegante…

como mi vestido. Y mi vestido ya decía demasiado.

— ¿Quiere la carta? Puede escanear el código QR — comentó, pasándome una tarjeta plastificada donde los cuadraditos blancos y negros me recordaron al laberinto del minotauro.

No me creía que no existieran dos QR iguales, como lo de las huellas dactilares.

Estaba convencida de que un día uno de ellos me llevaría a la página web de un club de intercambio en vez de a la carta de vinos del restaurante en cuestión.

O que acabaría aceptando las cookies de una página de tractores agrícolas sin saber cómo había llegado allí.

Porque todos los QR tienen la misma cara de estar tramando algo.

— Me fío de su criterio — le aseguré, tratando de que se me notara convencida y segura de lo que decía. Tan segura como una adolescente que salía a la calle con el quince por ciento de batería en el móvil e iba a encontrarse con su crush y a avisar a sus padres de que iba a regresar en hora.

Sí, con esa cantidad de seguridad. Ya me entiendes.

El camarero regresó al cabo de un par de minutos con una botella de una bodega corriente, ni fu ni fa, que supe que cobrarían a precio de saliva de unicornio.

Ahí comprendí que confiar en hombres desconocidos seguía sin ser mi fuerte.

Pero yo había decidido ser cobarde y permitirlo, así que desprecié la opción a cata y sonreí al camarero cuando me sirvió la copa y se llevó la botella.

— ¡Por mí! — me dije mientras brindaba, alzando la cop a— . Por mi capacidad para tomar malas decisiones. Por mi capacidad para sobrevivirlas. Y por mi firme intención de besar esta noche a alguien que no se llamara Oliver.

«Y si la próxima vez caes, que sea sobre un buen miembro más que dispuesto a hacerte disfrutar como nunca, recuérdalo».

Le di un sorbo a la copa. Estaba caliente.

¡Puag! Para intentar ignorar mi fiasco al dejar que otra persona me eligiera la bebida me puse a inspeccionar la fauna del local.

Un hombre bastante pasable que estaba justo a mi lado en la barra abrió la boca y se puso a hablar con otro tipo durante veinte minutos sobre criptomonedas. De reloj, no exagero ni un pizco.

«Aléjate de los hombres que hablan demasiado de dinero», había dicho la presentadora del podcast.

Eliminado.

Mientras aguantaba la chapa que no iba para mí, pero que me llegaba igualmente por cercanía, otro tío me pareció perfecto para un posible acercamiento hasta que le escuché llamar «bro» al camarero.

No sé si me dieron arcadas la palabra o el vino.

Localicé en otra esquina del local a un hombre que parecía bastante sofisticado…

pero me di cuenta a los dos minutos de que iba disfrazado de capitán en una despedida de soltero y el resto iba simplemente vestidos de pirata.

«El vino está resultando ser realmente malo si no viste a los del parche en el ojo antes».

También levanté la copa por eso, a pesar de que el camarero me había empezado a mirar raro tras ver cómo me miraba en el espejo, confiada de que iba a ser una noche memorable.

«Desconfía de los hombres disfrazados en despedidas de soltero. Nunca traen nada bueno, aunque el disfraz sea ingenioso. Pueden querer que acabes siendo la del estriptís».

—No me jodas —le susurré a mi copa—. ¿Van a estar en este local todos los especímenes de los que debo alejarme según los consejos del podcast de Amanda?

«No descartes a un hombre solo por su aspecto», seguía la de los consejos.

Otro tipo llevaba una camiseta con un lobo aullando a la luna. Ahí entendí por qué algunas especies se extinguen, o debieran ser forzadas a extinguirse, y no me refiero precisamente a los lobos.

—Pues este sí, queda descartado.

Resignada con el sabor del vino, seguí escuchando hablar de criptomonedas hasta que noté que me miraba uno, ni muy feo ni lo suficientemente guapo como para llamar mi atención.

Pero… ¡me estaba mirando! Vale. Este podría desnudarme con la mirada.

Pero dos segundos después me di cuenta de que lo que estaba haciendo era mirar el televisor que estaba a mi espalda.

Justo entonces entró un hombre alto, moreno y guapísimo por la entrada de la terraza.

Sonrió directamente en mi dirección. Sentí una pequeña descarga de optimismo.

Quizá el universo me debía una y yo estaba a punto de cobrármela.

El desconocido siguió caminando… y pasó de largo.

Fue a sentarse junto a una mujer embarazada que lo recibió con un beso.

Perfecto.

Mi nueva vida amorosa avanzaba exactamente al ritmo previsto. Es decir, en dirección contraria.