Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 8
21%

Chapitre 8

Je ne sais pas comment nommer une entreprise.

(No sé ponerle nombre a una empresa)

Tenía un problema con mi plan. Básicamente, no sabía entrarles a los hombres. Pero mirarlos fijamente funcionaba en las películas, y en la mayoría de los libros de tinte romántico. En la vida real, al parecer, servía para que te devolvieran la mirada dos segundos antes de volver a su cerveza.

Después de terminarme la copa de vino, y sabiendo que me iba a arrepentir al pedir la segunda, volví a hacer una selección rápida, descartando las opciones obvias.

Demasiado mayores. Demasiado jóvenes. Demasiado guapos.

Demasiado sospechosamente convencidos de ser guapos. Estos últimos abundan mucho.

Amanda habría eliminado la mitad de esos criterios y se habría llevado a casa al primero que respirara sin dificultad.

Yo no.

Todavía.

Sabía que, si llegaba a estar en el bar demasiado tiempo, podía resultarme necesario tomar cartas en el asunto empezando a quitar filtros a mis criterios de elección… y pudiera servirme cualquiera. Incluidos los “Vicentes” del local.

«No, ni de broma. Has salido a triunfar. Perder no es una opción».

Hay un dato científico irrefutable, y es que cuanto más guapo está un hombre, menos posibilidades tiene de saber dónde está el cubo de la ropa sucia. Por lo tanto… había que bajar el listón.

También descarté a los que parecían venir acompañados.

Novias, esposas, ligues o mujeres con suficiente mala leche como para arrancarme una oreja si me equivocaba.

No estaba para apuestas. No tenía mi radar lo suficientemente afinado como para distinguir una compañera de trabajo de una prometida, y cualquiera de las chicas de la terraza podía ganarme en un cuadrilátero.

Pedí la segunda copa. Igual. Sabiendo que la cosa no iba a mejorar, salvo que llevara ya seis con el estómago vacío y todo me diera lo mismo.

Miré directamente a un par de tipos que estaba segura de que no tenían a una novia esperando en la cola del baño, inexistente por otro lado, o que habían salido en grupo y se divertían devolviendo la mirada a las chicas.

Había varios grupos de ellas también, que jugueteaban con mandarse mensajes cifrados o en código morse según los parpadeos de ojos.

Y, por lo que entendí al tercer sorbo de mi copa, a los tíos les gustaba más el coqueteo con las chicas acompañadas que con las que iban solas y parecían desesperadas.

Y yo pertenecía al segundo grupo.

Solo había otra mujer en mis mismas circunstancias y me sacaba por lo menos quince años.

Esa mujer podía haberse bebido el doble de copas de vino que yo en su vida, pero sin acritud.

De personas solitarias ancladas a una copa de vino había vivido, y esperaba vivir, mi familia toda la vida.

Por lo tanto, no sería yo la que mal juzgara a alguien con el corazón roto que necesitara un poco de cariño y alcohol.

Y yo estaba allí, dispuesta a saludarla y hacer piña para que los grupos de tíos no nos consideraran mujeres desesperadas.

Pero quizá ella estaba allí disfrutando de su copa, sin buscar nada, y era una mujer completamente feliz con su soledad.

Como diría Mercedes, tenía mucho que aprender de mí misma para poder luego saber qué debía ofrecer y qué debía reservarme para mí.

Ella, mi jefa, por su parte no podía reservarse nada…

ya que tenía cuatro hijos, dos exesposos y estaba embarazada de su tercer marido.

En vez de «Mujeres al borde de un ataque de ingenio» nuestra empresa debiera llamarse «Mujeres al borde de una ligadura de trompas», pero no pensaba decirle a Mercedes que no tenía que levantar ella sola el índice de natalidad del país, ya que mi padre era lo que había querido para mi madre y, por consiguiente, querría para mí.

Conejas unidas. No pensaba sugerirlo como eslogan ni muerta.

Error táctico.

Mientras miraba mi bebida a través de la copa, pensando en mis cosas, la única mujer que parecía tan sola como yo resultó estar esperando a alguien. En cuanto apareció un hombre y la besó en la mejilla, me quedé oficialmente campeona absoluta de la categoría “persona abandonada en una terraza”.

Fantástico.

Al terminar la segunda copa ya tenía frío, sueño y la desagradable sensación de que llevaba escrito en la frente: “Recién divorciada. Riesgo elevado de llorar durante el coito”.

Nadie parecía interesado en asumir semejante responsabilidad.

En vez de pensar en que de pronto había reducido por completo la competencia, muy del estilo de Amanda…

, me regodeé en el sufrimiento de mi situación y pensé en cortarme las venas con el cristal de la copa de vino.

Pagué la burrada que me pidieron por las dos copas, sabiendo que no estaba mi cuenta bancaria para esos gastos, y emprendí la retirada. Punto para Oliver.

Mi gran noche de libertad había durado exactamente dos vinos. Récord mundial.

Comencé la vuelta a de casa, cabreada con mi poca paciencia y poca perseverancia, de la que había presumido conmigo misma toda la tarde.

Cabreada también porque hacía nada pensaba que mis ganas iban a poder vencer a mi ex, que era como una brizna de paja que se deja llevar por el viento, un tipo tropezó conmigo y casi nos hizo caer a ambos.

O más bien, el alcohol que transportaba aquel hombre chocó conmigo y nos puso en peligro a los dos.

— Perdón, guapa. No te había visto… — logró articular con dificultad, arrastrando las palabras como buen borrach o— . Pero me alegra haber tropezado contigo… porque estás muy buena.

Eso último lo dijo con una risilla que no dejaba lugar a dudas de que se había pasado con los cubatas. Olía a ron como si acabara de desembarcar de un galeón. Solo le faltaban el loro, el parche y deber dinero en tres puertos. Si decía "¡Ar!" más de una subiría a un barco por inercia.

Nunca te fíes de un pirata, a no ser que sea Johnny Depp. Y, entonces… vale. Entonces, venga, quizá tampoco.

«Vale, está borracho... pero este tío al menos no parece ser un idiota»

— No pasa nada — le respondí al desconocid o— . Yo tampoco te vi. Ten más cuidado para no dejarte los dientes contra la acera la próxima vez—, aunque la falta de dientes era muy de piratas—. Y bebe menos en la siguiente salida. ¿Necesitas que te pida un taxi?

¿Por qué demonios estaba siendo tan amable con un desconocido? ¿Y si era un violador, un ladrón o un asesino en potencia y acababa muerta a un par de metros de mi portal? De crímenes sin resolver estaban llenos los podcasts que se pasaba todo el día escuchando Amanda.

Amanda siempre decía que todos los asesinatos empezaban igual: una mujer pensando que un desconocido parecía inofensivo.

Luego dedicaban ocho episodios a reconstruir el crimen y otro más a criticar la actuación policial.

Si desaparecía aquella noche, Amanda tendría material para recomendarme un podcast... demasiado tarde.

Esperaba que, al menos, dijera que tenía un pelo bonito y una sonrisa perfecta.

Amanda habría sobrevivido. Se sabía de memoria cuarenta temporadas de crímenes reales. Yo, en cambio, habría sido la víctima que aparece en el minuto tres porque sigue pensando que la gente es buena.

Juro que, por un instante, pensé en que debía devolverle la sonrisa de tonto, mentirle y decirle que también estaba muy bueno, aunque torcido, algo bizco y con la ropa a medio poner no podía decir si eso era cierto o falso, y que también parecía simpático.

Juro además que la idea de arrastrarlo hasta mi casa para tener un sexo estúpido y sinsentido en la entrada me pareció incluso aceptable, y no le pude echar la culpa de eso a las dos copas de vino.

Pero tan pronto me vi follando con un desconocido beodo en mi salón, vi también a Oliver partiéndose de risa al encender la luz y descubrirnos de esa guisa.

Con mi falda subida hasta las caderas, las tetas apretadas entre la tela de mi escote y sus pantalones cubriendo sus tobillos. Totalmente ridículo y nada creíble.

Y si le añadíamos un posible loro, ya ni te cuento.

— ¿Tienes que emborracharlos para conseguir que se acuesten contigo, mon amour ? — me diría mi ex sin compasión y sin conseguir contener las carcajadas. Se volvería a la cama sin sentirse ofendido, amenazado o celoso. Y me dejaría allí, más avergonzada que antes, y mucho más cabreada.

— ¡Qué graciosa eres! — comentó, demasiado alto para mi gust o— . Guapa y simpática, como a mí me vuelven loco.

Aquello lo dijo como si acabara de descubrir una especie nueva de mujer.

Pensé que en su estado de embriaguez cualquier ser del género femenino, y no me tenía que ceñir a la especie humana precisamente, sería de su tipo.

Pero, por suerte, no lo dije en voz alta.

Me ahorré la sonrisa de despedida, que a aquella hora la cobraba cara, y continué mi camino.

Sé que dijo algo a mi espalda, aunque me dio la sensación de que lo hacía entre arcadas y el sonido del vómito un instante después me confirmó que el caballero no estaba en condiciones de darme lo que yo necesitaba.

Que era… ¿una venganza?

Muy triste.

Seguí caminando. Confirmado: no era mi hombre ideal.

Aceleré el paso, dejándole intimidad para que descargara todo lo que había bebido, y cuando estaba a punto de sacar la llave para abrir la puerta del portal escuché su voz un poco menos pastosa detrás de mí. Pero seguí sin entenderlo.

— Mira, en serio. Seguro que eres muy majo y todo eso, pero no creo que sea buena idea.

— ¡Pero si ya he vomitado! — se defendió como si ese fuera el único problema posibl e— . No voy a ponerte la alfombra perdida de hamburguesa—. Seguía sorprendentemente en posición vertical—. Mira, ahora sí que estoy mejor.

Era una muy mala idea. Por otro lado… yo no tenía alfombras en casa.

—No lo parece. —Sonó cruel, lo sé, pero no me arrepiento.

—No, pero lo estoy. Antes estaba borracho por dentro. Ahora estoy vacío.

¿Por qué de pronto una sonrisa se asomaba a mis labios?

—Eso no es una mejora.