Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 8 #2
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Chapitre 8 #2

—Depende. Los globos también están vacíos por dentro y la gente los compra.

Intenta no reírme con una tontería que no entendí... pero no lo conseguí. Punto para el desconocido.

—¿Siempre dices cosas tan tontas, mon ami ?

—Solo cuando estoy nervioso.

—¿Y por qué estás nervioso?

¿Estaba coqueteando de verdad?

—Porque una francesa muy guapa está pensando si abandonarme en la calle o denunciarme.

Me gustó que no estuviera lo suficientemente borracho como para no notar que era francesa. Y para entender que también era muy probable que acabara llamando a la policía.

—Todavía estoy valorando esas dos opciones.

—¿Hay una tercera?

—Empujarte a una fuente. Dicen que el agua viene bien para despejar las ideas estando borracho.

—Esa me parece razonable… pero mis ideas están muy claras ahora mismo.

Como argumentos defensivos, no era el mejor que había escuchado, pero tampoco era el peor.

Lo más preocupante era que estuve a punto de dejarlo subir.

Durante unos segundos consideré seriamente la posibilidad.

Sexo absurdo y sin sentido con hombre cuyo nombre desconocía. Una decisión del todo cuestionable.

La santísima trinidad de las malas ideas.

Me mordí el labio inferior.

«Te vas a arrepentir, tonta del culo».

Lo miré, tratando de apreciar lo bueno que podía estar si llevara la camisa bien abrochada y el pelo menos revuelto.

—¿Acabas de romper con alguien? —me preguntó de pronto, notando que seguía dudando.

Tengo que reconocer que me molestó que se me notara tanto que hasta un desconocido borracho se hubiera dado cuenta.

—¿Tan evidente es?

—Llevas vestido de venganza.

—¿Vestido de qué?

—De venganza.

Sabía cómo iba vestida, pero tuve que mirarme el escote por si, en un descuido, se me había salido algo que no quería estar enseñando.

—Eso no existe.

—Claro que existe —me corrigió con toda la seguridad que da el exceso de alcohol—. Mi hermana tiene varios. Creo que incluso tiene uno para funerales. Nunca sabes cuándo vas a necesitar verte espectacular mientras le das el último adiós a alguien.

—¿Y cómo sabes que es uno de esos?

¡Maldita Amanda!

—Porque es demasiado arriesgado para ir sola a comprar pan y demasiado incómodo para pasarlo bien.

Volví a reírme. Estaba resultando tremendamente peligroso escucharme reír en esa absurda situación.

—¿Y tú qué llevas puesto?

—La ropa oficial de los hombres que toman malas decisiones cuando salen con amigos y terminan solos en un bar—. Miró su camisa manchada, creo que de alcohol y… ¿eso era vómito? ¡Puag! —Edición limitada.

Me guiñó un ojo y me resultó encantador.

«¡Colette, por favor, espabila!»

—No pienso acostarme contigo —sentencié, encontrando por fin un poco de buen juicio en mi cabeza.

Me giré para intentar volver a abrir la puerta del zaguán.

—Menos mal.

¿Por qué me molestaba eso, viniendo de un tipejo beodo?

—¿Menos mal? ¿Qué has querido insinuar con eso?

—Claro. Acabo de vomitar una hamburguesa sospechosa. Tengo dignidad.

—¿Dignidad?

Lo sé. Poner en tela de juicio la dignidad de una persona estaba muy mal, y más cuando yo estaba cansada de perder la mía.

—Poca, pero algo queda.

—Entonces… —empecé a decir, dudando—, ¿qué quieres?

No era él. Era yo. Estaba tan desesperada por demostrarme que seguía viva que empezaba a considerar aceptable cualquier plan que dos horas antes me habría parecido una locura.

—¿Subir a beber agua, sentarme cinco minutos y que mañana podamos fingir que esta conversación nunca ocurrió?

Ridículamente razonable. El problema fue que lo dije en voz alta. ¡Mierda!

—Lo sé. A mí también me preocupa.

Y volvió a picarme un ojo.

Alguna parte de mi cerebro, sin mi permiso, le dio el ok demasiado rápido.

Amanda llevaba años intentando convencerme de que escuchara sus podcasts de crímenes reales.

Según ella, el noventa por ciento empezaban exactamente así: una mujer dejaba entrar en casa a un desconocido porque «parecía majo».

Luego aparecía una narradora con voz demasiado tranquila diciendo: «Lo que ella no sabía era que aquella decisión cambiaría su vida para siempre».

En mi defensa, el desconocido acababa de vomitar una hamburguesa y me daba la impresión de que, si intentaba asesinarme, antes tendría que sentarse cinco minutos a recuperar el aliento.

— Sube antes de que se me pase esta locura transitoria — contesté sin pensar, alegándome a mí misma que ciertamente estaba en pleno brote de enajenación mental y que nadie podría acusarme de nada ante un tribuna l— . Pero haz el favor de enjuagarte la boca antes de acercarte a mí.

«Y ni se te ocurra besarlo».

Inmediatamente después sopesé seriamente lo de darme una bofetada.

No quise mirarlo porque supe que si lo hacía lo empujaría escaleras abajo.

Me besuqueó el cuello y me dio un escalofrío muy malo.

Me aparté de él como si me hubiera dado calambre.

¿No habíamos dicho que solo agua? Subí a la carrera las escaleras, quitándome los tacones para no morir en el intento, obviando si el tipo era capaz de seguirme, ya que subía resoplando.

Cada escalón reforzaba mi convencimiento de que aquello era una estupidez.

Al llegar al rellano del segundo piso ya estaba completamente segura.

Llegué a mi piso con un nudo de angustia en el pecho.

Podía intentar abrir la puerta antes de que llegara y darle con ella en las narices, pero no parecía nada serio.

— Y dejar entrar a un tipo borracho en casa sí lo es, ¿ vérité ? — mascullé.

Amanda estaría gritándome desde algún rincón imaginario: «¡Colette, episodio treinta y cuatro!

¡Nunca metas en casa al hombre borracho!

». Ella escuchaba tantos podcasts de asesinatos que ya clasificaba a la gente por el tiempo que tardaría en protagonizar uno.

Yo seguía creyendo que los asesinos en serie tenían peor aspecto.

Bastante peor que aquel desastre con olor a ron y hamburguesa.

Cuando me quise dar cuenta me había dado alcance. ¡Maldita sea!

— Mira, esto no va a ser una buena idea — me excusé repitiendo mi primera frase, sin muchas ganas de darme la vuelta para decírselo a la cara.

Si me miraba con los ojillos del gato que salía en la peli de Shrek, podía darme por muert a— .

A mi compañero de piso dudo que le vaya a hacer alguna gracia.

Pero estaba claro que gracia sí que le iba a hacer. Y mucha.

— No te preocupes — trató de convencerme con voz melosa, visiblemente excitad o— . Puedo ser muy silencioso.

Y eso precisamente era lo que no quería.

O sí. ¿Quién demonios me entendía? Llegué hasta la puerta y no me atreví a mirarlo, de pura vergüenza.

Metí la llave en la cerradura y abrí lo justo para poder entrar yo.

Lo dejé compuesto y sin más excusas en el rellano del piso donde, si tenía suerte, doña Ofelia lo encontraría al sacar a su perro a pasear por la mañana si le daba por quedarse dormido sobre nuestro felpudo.

Y por una vez, el problema sería de otra persona.

Seguro que su perro salchicha le mordía algo a lo que tuviera aprecio antes de que se diera cuenta.

Cerré la puerta con dos vueltas de llave. Esperé dos segundos. Tres. Cinco. Miré la mirilla y seguía allí, mirándonos fijamente, él a la puerta y yo a él, separados por una mirilla del tamaño de una moneda.

Aquello empezaba a parecer un documental de apareamiento narrado por un señor muy serio con voz de Félix Rodríguez de la Fuente.

Abrí otra vez.

—¿Qué? —me preguntó.

—Nada... solo estaba comprobando si te arrepentías —o lo hacía yo.

—¿Y?

—Todavía no lo sé.

Si Amanda estuviera allí ya habría dicho: «Temporada 12, episodio 4. Francesa ingenua recoge a un desconocido que huele a ron. Todos sabemos cómo acaba eso». Y lo peor era que yo también.