El primer día en un sitio nuevo siempre huele distinto.
A pintura recién puesta, a libros usados, a lluvia atrapada en las chaquetas ajenas. Pero para Emma, aquel instituto olía sobre todo a miedo.
El autobús se detuvo frente al enorme edificio gris y ella tardó varios segundos en levantarse del asiento. Sus dedos temblaban alrededor de la correa de su mochila mientras observaba a los estudiantes entrar entre risas, empujones y conversaciones normales. Tan normales que dolían.
Nadie allí sabía quién era.
Nadie conocía los rumores. Ni los mensajes anónimos. Ni las fotos. Ni las tardes encerrada en el baño fingiendo estar enferma para no escuchar las burlas.
Su madre decía que cambiar de instituto era “una nueva oportunidad”. Su psicóloga lo llamaba “empezar de cero”. Emma todavía no sabía cómo llamarlo sin sentir que estaba huyendo.
—¡Emma!
La voz de Valeria atravesó el caos del aparcamiento como un salvavidas.
Su mejor amiga apareció corriendo hacia ella, con el cabello oscuro moviéndose al viento y una sonrisa tan grande que por primera vez en semanas Emma sintió que podía respirar.
—Vas a sobrevivir —le dijo Valeria abrazándola fuerte—. Y si no sobrevives, al menos morirás conmigo en clase de química.
Emma soltó una risa pequeña, nerviosa.
Quizá aquello podía funcionar.
Quizá.
Entraron juntas al instituto mientras Valeria hablaba sin parar sobre profesores insoportables, parejas secretas y dramas absurdos del último trimestre. Emma intentaba escucharla, intentaba concentrarse en cualquier cosa que no fuera el nudo en su pecho… hasta que lo vio.
Estaba sentado en las escaleras del edificio de arte, alejado del ruido, con unos auriculares colgando del cuello y una libreta sobre las piernas. Vestía completamente de negro pese al calor, y los tatuajes que cubrían sus brazos parecían moverse bajo la luz de la mañana.
Tenía el aspecto de alguien que jamás sonreía.
—No mires tanto —murmuró Valeria, divertida.






