Epílogo
Y entonces entendí que sobreviví
Dos años después.
—¡Emma, vas tarde!
—¡YA LO SÉ!
Emma terminó de ponerse el abrigo mientras bajaba corriendo las escaleras del edificio con el bolso colgando del hombro.
La lluvia fina de noviembre golpeaba suavemente las calles.
Otra vez lluvia.
Qué ironía.
Antes odiaba los días así.
Ahora le recordaban que seguía aquí.
Viva.
Feliz.
Y amada.
El móvil vibró en su bolsillo justo cuando salió del portal.
Nico:
“Si vuelves a llegar tarde voy a tatuarte un reloj.”
Emma sonrió automáticamente.
Todavía pasaba.
Todavía reaccionaba así a él.
Como si el corazón no hubiera aprendido nunca a calmarse del todo.
Guardó el móvil mientras caminaba rápido por las calles llenas de luces y gente.
Había cambiado mucho en dos años.
Muchísimo.
Valeria estudiaba periodismo y seguía siendo incapaz de hablar bajito.
Martín ahora ayudaba oficialmente en el estudio aunque seguía quemando comida constantemente.
Vera publicaba ilustraciones online y por fin empezaba a creer un poco más en sí misma.
Y Nicolás…
Nicolás había abierto su propio estudio de tatuajes.
Emma seguía sintiendo orgullo absurdo cada vez que pensaba en ello.
Porque lo había visto construirlo desde cero.
Con miedo.
Con dudas.
Pero también con una pasión enorme.
Y ahora allí estaba.
Haciendo lo que amaba.
Emma llegó finalmente frente al local.
Las luces cálidas brillaban detrás de los cristales empañados por el frío.
Y encima de la puerta podía leerse:
“Nébula Tattoo Studio”.
Emma sonrió apenas al ver el nombre.
Claro que Nico había elegido algo relacionado con galaxias.
Entró sacudiéndose un poco la lluvia del cabello.
El sonido familiar de música suave llenaba el estudio.
Y detrás del mostrador…
Nicolás levantó la vista inmediatamente.
Como siempre.
Buscándola automáticamente incluso después de dos años.
Emma sintió el pecho calentarse igual que la primera vez.
Porque algunas cosas nunca cambiaban.
Nico sonrió apenas.
Y Emma seguía pensando que esa sonrisa era una de sus cosas favoritas del mundo.
—Llegas tarde —murmuró él cuando ella se acercó.
Emma dejó un beso rápido sobre sus labios.
—Hola para ti también.
Nico rodeó suavemente su cintura acercándola.
Y Emma apoyó automáticamente las manos en su pecho.
Fácil.
Todo con él seguía sintiéndose así.
Fácil.
—Te estaba esperando —dijo él bajito.
Emma levantó apenas una ceja divertida.
—Qué romántico.
—Calla.
Ella comenzó a reírse.
Y entonces vio algo detrás del mostrador.
Una foto.
Todos juntos.
Valeria haciendo una mueca.
Martín levantando el dedo corazón.
Vera escondiéndose medio detrás de Emma.
Y Nico abrazándola desde atrás mientras ambos reían.
Hogar.
Eso eran.
Emma observó la fotografía unos segundos sintiendo algo suave dentro del pecho.
Porque la chica que llegó rota a aquel instituto jamás imaginó que terminaría teniendo algo así.
Amigos.
Amor.
Un lugar seguro.
Una vida.
Nicolás notó su silencio.
—¿Qué pasa?
Emma levantó lentamente la vista hacia él.
Y sonrió.
De verdad.
—Nada.
Pero esta vez tampoco era mentira.
Porque por fin entendía algo importante:
Sobrevivir no siempre significa seguir respirando.
A veces significa volver a reír.
Volver a confiar.
Volver a querer a alguien sin miedo constante.
A veces sobrevivir significa encontrar personas que te hagan sentir que quedarte valió la pena.
Nico acarició suavemente la pequeña estrella tatuada bajo su clavícula.
La misma que él hizo aquella noche.
—Sigues mirándolo cuando te pones nerviosa —murmuró.
Emma sonrió apenas.
—Porque me recuerda que sobreviví.
Nicolás la observó en silencio unos segundos.
Y luego besó suavemente el tatuaje.
Exactamente igual que la primera vez.
Emma cerró los ojos apenas.
Y entendió algo precioso:
Quizá algunas historias de amor no empiezan cuando alguien aparece.
Quizá empiezan cuando, por primera vez después de mucho tiempo…
dejas de querer desaparecer.