Capítulo Final
Algunas personas llegan para salvarte sin darse cuenta
El último día de instituto antes de las vacaciones de verano siempre era un caos.
Gente gritando en los pasillos.
Profesores demasiado cansados para imponer orden.
Mochilas tiradas por cualquier parte.
Y aun así…
Emma nunca había sentido tanta calma dentro de sí misma.
Estaba sentada sobre una mesa en el patio mientras Valeria discutía con Martín porque él había suspendido historia “por culpa del sistema educativo”.
—No puedes culpar al sistema por escribir literalmente “ni idea” en un examen —decía Vera riéndose.
—Era sinceridad académica.
Emma comenzó a reírse.
Y entonces levantó la vista.
Nicolás estaba cruzando el patio hacia ellos.
Sudadera negra.
Auriculares alrededor del cuello.
Y esa expresión tranquila que siempre conseguía hacerle sentir algo en el pecho.
El corazón de Emma siguió reaccionando igual incluso después de todo ese tiempo.
Quizá siempre lo haría.
Nico levantó apenas la vista hacia ella.
Y automáticamente sonrió un poco.
Solo un poco.
Pero Emma sabía que esa sonrisa era importante.
Porque antes él casi nunca sonreía así.
Ella bajó inmediatamente de la mesa caminando hacia él.
Y Nicolás la recibió colocando automáticamente las manos en su cintura.
Natural.
Como respirar.
—Hola —murmuró él.
Emma sonrió.
—Hola.
Nico bajó apenas la cabeza rozando su nariz con la de ella.
—¿Sabes que Martín acaba de intentar convencerme de tatuarme a Shrek?
—¿Y cuál es el problema exactamente?
Él soltó una pequeña risa.
Y Emma sintió el pecho calentándose otra vez.
Dios.
Seguía enamorándose de él constantemente.
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Más tarde terminaron todos juntos en el parque cerca del río.
El mismo donde Emma había llegado llorando meses atrás después de dejar a Adrián.
El mismo lugar donde sintió que el mundo se terminaba.
Qué raro era pensar ahora en aquella versión de sí misma.
La chica asustada.
Callada.
Convencida de que siempre tendría miedo.
Emma observó a sus amigos entre risas y conversaciones absurdas.
Martín intentando hacer trucos con un monopatín.
Valeria grabándolo para humillarlo después.
Vera leyendo tranquilamente bajo un árbol.
Y Nico…
Nico sentado junto a ella sobre la hierba, jugando distraídamente con sus dedos.
Emma lo observó un momento.
Y sintió algo enorme dentro del pecho.
Algo tranquilo.
Porque Nicolás nunca llegó intentando salvarla.
Nunca apareció prometiendo arreglarle la vida.
Simplemente…
se quedó.
Incluso cuando ella estaba rota.
Incluso cuando tenía miedo.
Incluso cuando amar daba vértigo.
Y quizá eso era el amor de verdad.
Alguien quedándose incluso en los días difíciles.
—¿Qué piensas tanto? —preguntó Nico bajito.
Emma levantó lentamente la vista hacia él.
Y sonrió apenas.
—En ti.
Nico arqueó una ceja divertida.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Él soltó una pequeña risa.
Y Emma sintió otra vez ese impulso.
El de decirle todo.
Todo lo que había cambiado desde que apareció en su vida.
Ella acomodó mejor las piernas girándose hacia él completamente.
—Antes pensaba que nunca iba a volver a sentirme segura con alguien.
La expresión de Nico cambió inmediatamente.
Más suave.
Más atenta.
Emma tomó su mano despacio.
—Y luego llegaste tú.
El silencio cayó pequeño entre ambos.
Las voces de sus amigos seguían escuchándose lejos.
Pero Emma solo veía a Nico.
Sus ojos.
La forma en que la miraba.
La manera en que seguía sosteniendo su mano como si fuera algo importante.
—No me salvaste mágicamente ni nada de eso —continuó ella sonriendo apenas—. Pero hiciste que quisiera quedarme para ver qué pasaba después.
Nicolás dejó de respirar un segundo.
Emma vio perfectamente cómo esas palabras le golpeaban dentro.
Y entonces él acercó lentamente una mano hasta su mejilla.
Como hacía siempre.
Con cuidado.
Como si todavía le importara no romperla.
—Tú me salvaste más a mí de lo que crees.
La respiración de Emma se quebró suavemente.
Porque Nico seguía teniendo esa forma de hablar que le destruía el corazón.
Ella apoyó la frente contra la de él cerrando los ojos un momento.
Y pensó algo que jamás imaginó poder pensar tiempo atrás:
Era feliz.
De verdad.
No perfectamente feliz.
No sin miedo.
No sin heridas.
Pero feliz igualmente.
Y eso bastaba.
A lo lejos Martín gritó de repente:
—¡BESAOS O VOY A HACERLO YO!
Valeria comenzó a reírse tan fuerte que casi se cae al suelo.
Emma soltó una carcajada escondiendo la cara un segundo en el cuello de Nico.
—Tus amigos dan miedo.
—Nuestros amigos —corrigió él suavemente.
Nuestros.
El pecho de Emma se llenó de algo cálido.
Porque sí.
Ahora también eran suyos.
Emma levantó nuevamente la cabeza.
Y Nicolás la estaba mirando de esa forma otra vez.
La que parecía hogar.
Entonces ella lo besó.
Despacio.
Bajo el cielo naranja del atardecer.
Con las risas de sus amigos alrededor.
Y el corazón tranquilo por primera vez en muchísimo tiempo.
Porque a veces el amor no llega haciendo ruido.
A veces llega vestido de negro, con tatuajes, obsesionado con Star Wars…
y termina enseñándote que después del dolor todavía pueden existir cosas bonitas.