Capítulo 40
Hay personas que empiezan a sentirse como hogar
Las semanas pasaron rápido después de Halloween.
Demasiado rápido.
Entre clases, tardes en el estudio y noches eternas viendo películas con el grupo, Emma empezó a acostumbrarse a algo peligroso:
Ser feliz.
Y quizá eso era lo más aterrador de todo.
Porque cuanto más feliz era…
más miedo le daba perderlo.
Aquella tarde estaba lloviendo otra vez.
No una tormenta fuerte como la del accidente.
Solo lluvia suave golpeando las ventanas del estudio mientras sonaba música bajita desde el altavoz viejo de Martín.
Emma estaba sentada en el sofá leyendo mientras Vera dibujaba algo en una libreta y Valeria discutía con Martín porque él “arruinaba el café incluso usando cápsulas”.
—Eso ni siquiera tiene sentido científico —protestó Martín.
—Y aun así lo consigues.
Emma soltó una pequeña risa sin apartar la vista del libro.
Y entonces sintió algo.
Esa sensación pequeña.
La de estar siendo observada.
Levantó lentamente la cabeza.
Nicolás.
Sentado detrás del mostrador.
Mirándola.
Otra vez.
Emma sonrió apenas.
—¿Qué?
Nico apoyó distraídamente la barbilla en la mano.
—Nada.
Mentira.
Claramente mentira.
Emma cerró el libro lentamente.
—Llevas diez minutos mirando hacia aquí.
—No es verdad.
—Vera, ¿lleva diez minutos mirándome?
Vera levantó apenas la vista de su dibujo.
—Veinte.
Martín empezó a reírse inmediatamente.
—Dios mío, qué asco dais.
Nicolás le enseñó el dedo corazón sin apartar los ojos de Emma.
Y eso solo hizo que ella se riera más.
Porque últimamente Nico hacía eso mucho.
Mirarla.
Como si todavía le sorprendiera tenerla ahí.
Como si una parte de él siguiera pensando que todo aquello podía desaparecer.
Emma entendía esa sensación demasiado bien.
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Más tarde Vera y Valeria salieron a comprar comida porque “en este estudio nadie sobrevivía sin azúcar”.
Martín fue con ellas porque aparentemente necesitaban “un hombre fuerte para cargar bolsas”.
Spoiler:
No necesitaban nada.
Solo querían dejar solos a Emma y Nico.
Lo cual quedó clarísimo cuando Valeria gritó antes de cerrar la puerta:
—¡NO HAGÁIS COSAS RARAS!
Emma casi le lanzó un cojín a la cabeza.
El estudio quedó en silencio después de eso.
Solo lluvia.
Música suave.
Y Nico observándola desde el otro lado de la habitación.
Emma terminó suspirando divertida.
—Ven aquí.
Nicolás sonrió apenas.
Y obedeció inmediatamente.
Emma seguía pensando que era peligroso lo mucho que le gustaba eso.
Nico se dejó caer junto a ella en el sofá acomodando automáticamente un brazo alrededor de su cintura.
Natural.
Como respirar.
Emma apoyó la cabeza en su hombro cerrando un segundo los ojos.
Y todo se sintió tranquilo otra vez.
—¿Sabes qué pensé hoy? —murmuró Nico de repente.
Emma levantó apenas la vista.
—¿Qué cosa?
Él jugó distraídamente con sus dedos antes de responder.
—Que ya no recuerdo cómo era mi vida antes de ti.
Silencio.
El corazón de Emma empezó a latir demasiado fuerte inmediatamente.
Porque Nicolás seguía diciendo esas cosas como si no entendiera el efecto que tenían.
Emma se quedó mirándolo unos segundos.
Y vio algo vulnerable en sus ojos otra vez.
Ese miedo pequeño escondido detrás de todo.
Como si todavía le costara creer que alguien pudiera quedarse.
Emma levantó lentamente una mano acariciando su mejilla.
—¿Y eso te asusta?
Nico soltó aire suavemente.
—Mucho.
La sinceridad en su voz le apretó el pecho.
Emma entendía perfectamente ese miedo.
Porque ella también lo sentía.
Cada día.
El accidente había dejado algo dentro de ambos.
Una necesidad constante de comprobar que el otro seguía ahí.
Nicolás inclinó apenas el rostro hacia su mano.
—Pero también creo que no quiero volver atrás.
Emma sintió algo rompiéndose suavemente dentro de ella.
Porque eso era exactamente lo que sentía también.
Ya no sabía ser sin él.
Y quizá eso daba vértigo.
Pero también era bonito.
Muchísimo.
Emma sonrió apenas.
—Menos mal. Porque eres horrible y ya me acostumbré a ti.
Nico soltó una pequeña risa baja.
Y después la acercó más contra su pecho.
Emma cerró los ojos escuchando los latidos tranquilos de su corazón.
La lluvia seguía cayendo afuera.
Pero dentro del estudio todo se sentía cálido.
Seguro.
Como un lugar donde quedarse.
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—Tengo una pregunta importante —dijo Martín entrando de golpe cuarenta minutos después.
Emma abrió un ojo desde el sofá.
Ella y Nico seguían abrazados medio dormidos.
Valeria dejó bolsas de comida sobre la mesa.
—¿Por qué parecéis un matrimonio de cuarenta años?
—Porque damos estabilidad emocional —murmuró Nico sin moverse.
Vera comenzó a reírse.
Emma levantó apenas la cabeza mirando a todos.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Algo pequeño.
Pero importante.
Los observó un segundo.
Martín discutiendo solo.
Valeria robando comida antes de guardarla.
Vera sonriendo bajito mientras los miraba.
Y Nico abrazándola tranquilamente.
Entonces Emma entendió algo.
Aquello ya no era solo un grupo de amigos.
Era hogar.
Uno raro.
Caótico.
Lleno de gritos y traumas compartidos.
Pero hogar igualmente.
Nico debió notar que estaba demasiado callada porque bajó la vista hacia ella.
—¿Qué pasa?
Emma sonrió apenas.
Y se acurrucó más contra él.
—Nada.
Pero esta vez no era mentira.
Porque por primera vez en muchísimo tiempo…
de verdad estaba bien.