Playlist para ignorarme Capítulo 37
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Capítulo 37

Después del miedo

El alta médica llegó cuatro días después.

Cuatro días de hospitales.

De café horrible.

De dormir incómodos.

Y de Emma despertándose constantemente solo para comprobar que Nicolás seguía respirando.

Valeria decía que estaba obsesionada.

Emma decía que podía callarse.

Aunque probablemente tenía razón.

Aquella mañana el cielo estaba despejado por primera vez desde el accidente.

Emma estaba terminando de guardar las pocas cosas de Nico en una mochila mientras él discutía con el médico porque “no necesitaba ayuda para caminar”.

Spoiler:

Sí la necesitaba.

—Nico —dijo Emma cruzándose de brazos.

Él levantó la vista inmediatamente.

Y ahí estaba otra vez.

Ese cambio automático en su expresión cuando la miraba.

Más suave.

Siempre más suave.

—Estoy bien.

Emma señaló el brazo inmovilizado.

—Literalmente pareces protagonista herido de drama adolescente.

Martín soltó una carcajada desde la puerta.

—Eso ha sido extrañamente específico.

—Porque es verdad —murmuró Vera.

Nico rodó los ojos.

—Todos sois insoportables.

Pero Emma vio algo en él.

Algo distinto.

Seguía sonriendo.

Sí.

Pero también estaba más callado.

Más dentro de sí mismo.

Y ella sabía exactamente por qué.

Porque el accidente también le había dejado miedo a él.

Solo que Nicolás era terrible hablando de lo que sentía.

---

El viaje de vuelta lo hicieron en coche con Martín conduciendo dramáticamente lento “por trauma colectivo”.

Valeria iba delante insultándolo cada diez minutos.

Y Vera dormía apoyada contra la ventana.

Emma estaba detrás con Nico.

Muy cerca de él.

Demasiado quizá.

Pero necesitaba sentirlo ahí.

Nicolás llevaba la cabeza apoyada hacia atrás con los ojos cerrados.

Cansado.

Emma observó discretamente el pequeño corte de su ceja ya curándose.

Y sintió otra vez el pecho apretarse.

Porque seguía viendo el accidente cada vez que cerraba los ojos.

Como una película horrible repitiéndose constantemente.

Nico abrió lentamente los ojos.

Y la encontró mirándolo.

—¿Qué pasa?

Emma negó rápido.

—Nada.

Mentira.

Nicolás suspiró apenas.

Y luego estiró la mano sana buscando la suya.

Emma la tomó inmediatamente.

Él acarició suavemente sus dedos.

—Sigues asustada.

No era una pregunta.

Emma bajó la mirada un segundo.

Porque sí.

Muchísimo.

—Pensé que te morías.

La frase salió más rota de lo que esperaba.

El coche quedó silencioso.

Incluso Martín dejó de hablar.

Nicolás apretó apenas su mano.

Y Emma notó algo triste en su expresión.

—Yo también tuve miedo.

Eso la sorprendió.

Porque Nico casi nunca admitía esas cosas.

Él bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

—Cuando no te vi moverte…

Emma sintió el corazón encogerse inmediatamente.

Nicolás tragó saliva antes de continuar.

—Pensé que si te pasaba algo no iba a soportarlo.

Silencio.

Valeria se giró lentamente desde el asiento delantero.

Y Emma vio cómo automáticamente se le llenaban los ojos de lágrimas otra vez.

Martín murmuró un pequeño “joder” bajito.

Pero Emma solo podía mirar a Nico.

Porque él nunca hablaba así.

Nunca se abría tanto.

Y quizá precisamente por eso dolía más escucharlo.

Emma acercó lentamente su mano a la mejilla de él.

Con cuidado.

—Estoy aquí.

Nicolás cerró los ojos apenas inclinándose contra su mano un segundo.

Como si necesitara sentirlo de verdad.

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Cuando llegaron a casa de Emma ya estaba anocheciendo.

Valeria insistió en quedarse a dormir “porque claramente ambos necesitaban supervisión emocional”.

Martín dijo que eso sonaba rarísimo.

Vera simplemente llevó pizza.

Y por primera vez desde el accidente…

todo empezó a sentirse un poco normal otra vez.

Estaban todos sentados en el salón viendo una película mientras discutían por tonterías.

Martín se quejaba del reparto.

Valeria insultaba a los personajes.

Vera le lanzaba palomitas.

Y Emma…

Emma observaba a Nico desde el otro lado del sofá.

Él parecía distraído.

Callado.

Como perdido dentro de algo.

Emma esperó unos minutos antes de levantarse silenciosamente.

Y acercarse a él.

Nico levantó la vista apenas ella se sentó a su lado.

—¿Te duele algo?

Él negó despacio.

—No es eso.

Emma lo miró unos segundos.

Y entonces entendió.

Miedo.

Seguía teniendo miedo también.

Ella tomó suavemente su mano.

—Ven conmigo un momento.

Nicolás dudó apenas.

Pero terminó siguiéndola hasta el balcón.

El aire de la noche estaba frío.

La ciudad brillaba suavemente debajo.

Emma se apoyó contra la barandilla mirándolo.

—¿Qué pasa dentro de esa cabeza?

Nico soltó una pequeña risa cansada.

—Demasiadas cosas.

Emma esperó.

Y después de unos segundos…

él habló.

—No dejo de pensar en qué habría pasado si el golpe hubiese sido peor.

El corazón de Emma se apretó inmediatamente.

Nicolás bajó la vista.

—Y me odio por haberte puesto en esa situación.

Emma negó rápido.

—No fue culpa tuya.

—Pero ibas conmigo.

Su voz salió rota apenas.

Y Emma sintió algo dentro del pecho rompiéndose.

Porque claro.

Claro que Nico iba a culparse.

Siempre cargaba con todo él solo.

Emma dio un pequeño paso hacia él.

Y luego otro.

Hasta quedar completamente cerca.

—Escúchame bien.

Nicolás levantó lentamente la vista.

Emma tomó su rostro suavemente entre las manos.

—No quiero una vida donde no pasen cosas malas si tú no estás en ella.

El silencio cayó entre ambos.

Y Emma vio exactamente el momento en que esas palabras le atravesaron completamente.

Nicolás cerró los ojos un segundo.

Como si aquello doliera.

O curara.

Quizá ambas.

Cuando volvió a abrirlos…

Emma vio lágrimas pequeñas brillando apenas.

Y eso terminó de romperle el corazón.

Porque Nico casi nunca lloraba.

Él apoyó lentamente la frente contra la de ella.

Y Emma sintió cómo temblaba apenas.

—Te quiero tanto que a veces da miedo.

La respiración de Emma se quebró.

Porque entendía exactamente lo que quería decir.

Amar así daba miedo.

Muchísimo.

Porque ahora tenían algo que perder.

Y perderlo dolería demasiado.

Emma acarició suavemente su cabello oscuro.

—Entonces tengamos miedo juntos.

Eso hizo que Nico soltase una pequeña risa rota.

Y luego la abrazó fuerte.

Muy fuerte.

Como si todavía necesitara comprobar que seguía ahí.

Emma cerró los ojos abrazándolo también.

Escuchando su respiración.

Su corazón.

La vida latiendo todavía dentro de él.

Y entendió algo importante:

A veces el amor no quitaba el miedo.

Solo hacía que hubiera alguien abrazándote mientras lo atravesabas.