Capítulo 35
El sonido del miedo
El último día en la playa llegó demasiado rápido.
Emma odiaba eso de las cosas felices.
Siempre parecían durar menos.
Estaba sentada en el balcón del apartamento con una taza de café entre las manos mientras observaba el mar moverse lentamente bajo el cielo gris de la mañana.
El viento era más fuerte hoy.
Las olas también.
Y quizá por eso sentía algo raro en el pecho.
Como si no quisiera irse todavía.
Detrás de ella escuchó pasos suaves.
Y segundos después unos brazos rodearon lentamente su cintura.
Emma sonrió automáticamente apoyando la espalda contra Nicolás.
—Buenos días —murmuró él con voz dormida.
—Son las doce.
—Sigue siendo mañana técnicamente.
Emma soltó una pequeña risa.
Nico apoyó la barbilla sobre su hombro mirando el mar junto a ella.
Y el silencio cayó cómodo entre ambos.
Últimamente pasaba mucho eso.
Silencios tranquilos.
Como si ya no necesitaran llenar cada espacio con palabras.
Emma acarició distraídamente los dedos de Nico alrededor de su cintura.
—No quiero volver.
Él soltó aire lentamente.
—Yo tampoco.
Emma giró apenas la cabeza hacia él.
—Podríamos desaparecer aquí.
Nico sonrió un poco.
—¿Y sobrevivir de qué exactamente?
—De vibras.
Eso le sacó una risa baja.
Y Emma sintió el corazón calentándose otra vez.
Dios.
Le gustaba demasiado.
Muchísimo.
Nico besó suavemente su mejilla antes de separarse.
—Voy a preparar las cosas.
Emma lo observó caminar hacia dentro del apartamento.
Y sintió ese pensamiento otra vez.
Ese miedo pequeño.
Porque cuando eras feliz…
siempre terminabas esperando que algo malo apareciera tarde o temprano.
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Dos horas después ya estaban en la carretera.
Emma llevaba los brazos rodeando la cintura de Nico mientras apoyaba la cabeza contra su espalda.
La moto avanzaba entre carreteras largas rodeadas de montañas y árboles movidos por el viento.
El cielo seguía gris.
Demasiado gris.
Emma levantó un poco la cabeza.
—Creo que va a llover.
Nico giró apenas el casco hacia ella.
—Llegaremos antes.
Pero no sonó completamente convencido.
El viento empezó a volverse más fuerte a medida que avanzaban.
Emma se abrazó más a él automáticamente.
Y Nico colocó una mano sobre la de ella un segundo.
Tranquilizándola.
Siempre hacía eso.
Pequeños gestos.
Pequeñas formas de decir “estoy aquí”.
La lluvia comenzó veinte minutos después.
Primero suave.
Luego muchísimo más fuerte.
Nico redujo velocidad inmediatamente.
Emma sintió cómo el cuerpo se le tensaba.
No le gustaban las tormentas.
Nunca le habían gustado.
La carretera comenzó a volverse resbaladiza bajo las ruedas.
Y el corazón le latía demasiado rápido ahora.
—¿Estás bien? —gritó Nico por encima del ruido de la lluvia.
Emma asintió aunque él probablemente ni lo vio.
Intentó respirar hondo.
Todo estaba bien.
Solo era lluvia.
Solo tenían que llegar.
Pero entonces ocurrió.
Muy rápido.
Demasiado rápido.
Un coche apareció demasiado cerca intentando adelantar bajo la tormenta.
Emma apenas tuvo tiempo de escuchar el sonido de Nico maldiciendo.
Luego…
la rueda resbaló.
Y el mundo explotó.
El sonido del metal contra el asfalto.
La moto cayendo.
El golpe brutal.
Emma sintió el cuerpo arrastrándose violentamente por el suelo mojado.
Dolor.
Muchísimo dolor.
Y después…
silencio.
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Todo sonaba lejos.
Como debajo del agua.
Emma abrió los ojos lentamente.
La lluvia seguía cayendo sobre ella.
Fría.
Pesada.
Intentó respirar y el pecho le dolió inmediatamente.
Todo le dolía.
La cabeza.
El brazo.
Las piernas.
Emma soltó un pequeño sonido ahogado intentando moverse.
Y entonces recordó.
Nico.
El miedo la atravesó completa.
—Nico—
Su voz salió rota.
Desesperada.
Emma levantó la cabeza ignorando el dolor.
Y lo vio.
Unos metros más adelante.
Tirado sobre el asfalto mojado.
Inmóvil.
El corazón dejó de funcionar.
—¡NICO!
Intentó levantarse inmediatamente.
Pero el dolor en la pierna la hizo caer otra vez.
Las lágrimas llegaron instantáneamente.
No.
No.
No, por favor.
Emma consiguió arrastrarse un poco sobre el suelo mojado.
Todo alrededor era caos.
Gente acercándose.
Frenos.
Voces lejanas.
Pero ella solo veía a Nico.
Seguía sin moverse.
—Nico… —sollozó.
Y entonces él se movió apenas.
Emma dejó escapar un sonido roto de alivio.
Nicolás levantó lentamente la cabeza.
Y lo primero que hizo fue buscarla.
Incluso así.
Incluso herido.
Sus ojos encontraron los de ella inmediatamente.
—Emma.
Su voz salió llena de dolor.
Pero viva.
Dios.
Estaba vivo.
Emma comenzó a llorar más fuerte.
—No te muevas —dijo él intentando incorporarse.
—Tú tampoco.
La lluvia seguía cayendo brutalmente sobre ambos.
Nicolás intentó levantarse otra vez y soltó una maldición ahogada agarrándose el costado.
Emma sintió el pánico subiendo otra vez.
—No lo hagas.
Pero Nico seguía mirándola como si quisiera asegurarse de que seguía entera.
Siempre ella primero.
Siempre.
Un hombre apareció cerca de Emma cubriéndola con una chaqueta.
—Ya viene la ambulancia.
Emma apenas lo escuchó.
Porque Nico seguía sangrando ligeramente sobre el asfalto.
Y ella nunca había tenido tanto miedo en toda su vida.
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Las luces de la ambulancia eran demasiado brillantes.
Todo olía a hospital incluso antes de llegar.
Emma estaba sentada dentro mientras una enfermera revisaba su brazo lleno de raspones y sangre.
Pero ella no podía dejar de mirar hacia la otra camilla.
Nicolás.
Tenía una herida en la ceja.
El labio roto.
Y respiraba con dificultad.
Emma sentía el pecho destrozado.
Porque verlo así…
le rompía algo dentro.
—¿Él está bien? —preguntó por quinta vez.
La enfermera le sonrió suavemente.
—Está consciente. Eso es buena señal.
Pero Emma seguía temblando.
Nicolás giró apenas la cabeza hacia ella ignorando claramente el dolor.
—Eh.
Emma sintió lágrimas nuevas subiendo.
—No hables.
Él sonrió apenas.
Incluso ahora.
Idiota.
—Estás llorando mucho.
Emma soltó una pequeña risa rota.
—Cállate.
Nicolás intentó mover la mano.
Y Emma la tomó inmediatamente.
Con cuidado.
Como si pudiera romperse.
Nico cerró los ojos apenas al sentir sus dedos.
Y Emma sintió el corazón destruyéndose lentamente.
Porque casi lo pierde.
Lo había pensado mientras él estaba inmóvil sobre la carretera.
Y ese miedo seguía atrapado dentro de su pecho.
La ambulancia frenó finalmente frente al hospital.
Todo volvió a llenarse de ruido.
Médicos.
Camillas.
Preguntas rápidas.
Emma apenas podía seguir el ritmo.
Solo sabía una cosa:
No quería separarse de él.
Cuando intentaron llevarse a Nico hacia otra sala, Emma se levantó inmediatamente ignorando el dolor en la pierna.
—Voy con él.
Una enfermera intentó detenerla.
—Necesitamos revisarte también.
—Después.
Nicolás levantó apenas la vista hacia ella desde la camilla.
Y Emma vio algo en sus ojos que casi la rompe completamente.
Miedo.
Él también estaba asustado.
Emma tomó su mano otra vez.
—Estoy aquí.
Nico cerró los ojos un segundo después de escuchar eso.
Como si necesitara oírlo.
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Horas después…
Emma estaba sentada en una silla incómoda de hospital con el brazo vendado y una pequeña fisura en la pierna derecha.
Pero eso no importaba.
Porque Nicolás seguía dormido en la cama frente a ella.
Tenía varias vendas, algunos puntos y el brazo inmovilizado.
Pero estaba vivo.
Eso era lo único importante.
Emma observó su rostro dormido sintiendo el pecho apretado.
Nunca había entendido realmente cuánto miedo daba amar a alguien hasta hoy.
Porque ahora sabía exactamente lo que podía perder.
Las lágrimas volvieron silenciosas.
Malditas lágrimas.
Emma se limpió rápido la cara justo cuando Nico comenzó a moverse lentamente.
Abrió los ojos despacio.
Desorientado al principio.
Y luego la vio.
Inmediatamente.
Emma soltó aire tembloroso.
—Hola.
Nicolás la observó unos segundos.
Como asegurándose de que seguía ahí.
—Hola.
Su voz seguía rota por el cansancio.
Emma intentó sonreír.
No le salió demasiado bien.
Nico notó las lágrimas secas en su rostro enseguida.
Y frunció apenas el ceño.
—Ven aquí.
Emma se levantó inmediatamente acercándose a la cama.
Nicolás levantó con dificultad la mano sana hacia ella.
Y Emma la agarró fuerte.
Demasiado fuerte probablemente.
Pero necesitaba sentirlo.
Necesitaba saber que seguía ahí.
Nico acarició suavemente sus dedos.
—Lo siento.
Emma abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Te hice daño.
Aquello terminó de romperle el corazón.
Porque incluso ahora…
él seguía preocupado primero por ella.
Emma negó rápidamente.
—No fue culpa tuya.
Nicolás bajó la mirada un segundo.
Y Emma entendió inmediatamente que iba a culparse igual.
Ella se acercó más ignorando el dolor de la pierna.
Y apoyó suavemente la frente contra la de él.
—Mírame.
Nico levantó lentamente la vista.
Emma sintió lágrimas nuevas subiendo otra vez.
—Pensé que te había perdido.
El silencio cayó entre ambos.
Y la expresión de Nicolás cambió completamente al escuchar eso.
Más suave.
Más rota.
Él levantó con cuidado la mano hacia su rostro.
Y acarició su mejilla lentamente.
—No me voy a ir.
Emma soltó una pequeña risa temblorosa.
—No puedes prometer eso.
—Entonces prometo intentarlo.
Eso fue suficiente para hacerla llorar otra vez.
Y Nicolás la abrazó como pudo desde la cama del hospital.
Con cuidado.
Con dolor.
Pero fuerte igualmente.
Emma escondió la cara en su cuello cerrando los ojos.
Escuchando su respiración.
Sintiendo su corazón latiendo todavía.
Y entendió algo horrible y precioso al mismo tiempo:
Cuando amas a alguien de verdad…
también aceptas el miedo terrible de imaginar un mundo sin él.