Me morí metiendo el dedo donde no debía. También fue así como caí hasta aquí.
Abajo, todo está escrito. Las cosas llevan palabras encima que dicen lo que son, lo que hacen y, a veces, lo que están a punto de hacer. Por alguna razón que nadie se ha molestado en explicarme, yo puedo verlas. También puedo moverlas un poco, que es justo donde empiezan los problemas.
Soy cobarde de una manera muy trabajada, entiendo las cosas siempre tarde y no sé cuándo parar de mejorarlas. En unas semanas he arreglado un cuchillo, un arco y una cerveza. También he estropeado una manta, una tienda, una cabra y varias cosas de las que todavía no me apetece hablar.
Viajo con una arquera que cobra por discutir, un hombre con cuernos que gasta las palabras como si le costaran dinero y otro capaz de cargar una viga tres días por si acaso. Buscamos trabajo, o un sitio donde dormir sin que algo intente clasificarnos, cobrarnos o matarnos.
Hasta ahora, cada puerta nos ha llevado más abajo.
Esto es lo que pasó. Lo cuento yo, así que ya iréis descontando.
- Capítulo 28 — Una dirección #2 11 ago.
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- Capítulo 27 — Nada que agarrar #2 11 ago.
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- Capítulo 26 — Una diferencia pequeña #2 11 ago.
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- Capítulo 25 — Metal en los dientes #2 11 ago.
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