Capítulo 26 — Una diferencia pequeña
El cuarto golpe dejó de sonar. Nadie se levantó. Esperamos un quinto porque cuatro significaba que no eran los nuestros y porque, una vez agachado, uno descubre que siempre puede quedarse un poco más abajo.
No llegó.
Beral fue el primero en incorporarse. Miró las bocas de la maraña y después a la mujer del mapa.
—Cierra la segunda.
—Los pequeños usan las grietas.
—Pues cierra también las grietas.
La mujer lo miró un momento. Después empezó a dar órdenes.
Tablones, piedras y gente se movieron hacia la entrada. Nosotros dejamos de ser interesantes en cuanto quedó claro que habíamos salido enteros y que el animal muerto valía más desmontado que escuchado.
Daggis se levantó a mi lado.
—Vamos a cobrar.
—Acaban de golpear cuatro veces.
—Sí.
—¿No deberíamos averiguar qué significa?
—Significa que cobremos antes de que cambien de idea.
Fuimos a cobrar.
Tardamos tres días en volver a bajar.
En ese tiempo vendieron el metal, separaron las garras, discutieron durante horas el precio de los dientes y cerraron una entrada que no servía para cerrar nada.
Los pequeños aparecieron en otras dos galerías antes de que terminaran el primer muro y alguien decidió que la situación exigía una reunión.
Las reuniones fueron tres. La primera concluyó que los chupahierros pequeños eran peligrosos. La segunda, que también eran valiosos. La tercera duró hasta que esas dos cosas dejaron de parecer incompatibles.
A nosotros nos pagaron.
No tanto como Daggis decía que valíamos ni tan poco como Beral había intentado. Octavo recuperó el espadón. Tenía varios arañazos y una mordida cerca de la guarda. Lo examinó con preocupación, no por el daño, sino porque ahora sabía que alguien más lo encontraba útil.
Lira se pasó los tres días con la lanza. Consiguió un asta nueva, la puso al lado del trozo que le quedaba de la vieja y decidió que la nueva era peor. Alguien le dijo que una lanza es una lanza. Le contestó con un alegato sobre la madera que duró más de lo que se tarda en talar un bosque.
A mí me incluyó en la lección, pero a los pocos segundos ya estaba pensando en la pared de la habitación de arriba, y no me enteré de nada.
Mi cuchillo no apareció. Daggis preguntó dos veces. La segunda ya sabía la respuesta.
El hombre de la bota conservó el pie y el tambaleo de un eterno borracho. Naro y los hermanos cobraron y no volvieron a bajar. Naro se despidió de mí. Me acuerdo vagamente, pero creo que lo hizo dos veces. Beral no los sustituyó, que fue su manera de darles la razón.
La criatura muerta desapareció pieza a pieza. Al tercer día solo quedaban algunas placas de piedra, un cuenco con sangre oscura y una mancha sobre la mesa.
Ivo no bajó a ninguna de las reuniones. Se pasó los tres días mirando la posada desde el otro lado del camino, y cuando le pregunté qué miraba dijo que la posada no, el edificio que la contenía, y que lo habían construido torcido.
Ivo conservó una escama. Yo la leí dos veces.
Protege seguía firme. Separa estaba debajo. Incorpora ocupaba el espacio entre ambas como si siempre hubiera pertenecido allí.
No entendí más la segunda vez. Solo tardé menos.
La mujer del mapa encontró marcas antiguas alrededor de las grietas utilizadas por los pequeños. No eran galerías ni rutas de extracción. Formaban líneas alrededor de una construcción cerrada dentro de una zona que las cuadrillas evitaban desde hacía generaciones.
Los lugareños la llamaban templo. Beral creía que allí podía haber otro acceso al nido. La mujer del mapa creía que quizá explicara por qué había cambiado. Ivo dijo que podían estar equivocados los dos.
Lo contrataron igualmente. A nosotros también.
No volvimos por el metal. Al menos no oficialmente.
Esta vez éramos menos: Beral, Lira, Ivo y nosotros cuatro. Sin cestas y sin metal suelto. Sarn llevaba la espada corta envuelta en una manta. Daggis había cambiado una de sus dagas por un garrote de madera endurecida. Octavo cargaba una viga.
La segunda bajada había sido más corta porque conocíamos los caminos que no llevaban a donde parecían. También fue más lenta. Cada grieta podía contener algo pequeño, rápido y cubierto con el metal que habíamos ido a robarle.
No vimos ninguno.
Las galerías próximas al templo estaban secas. El polvo cubría el suelo y los surcos de los chupahierros desaparecían poco a poco, sustituidos por líneas rectas grabadas en la piedra.
Algunas recorrían las paredes. Otras cruzaban el suelo y continuaban por el techo.
Ivo las seguía con la mirada mientras caminaba. A veces se detenía, retrocedía unos pasos y escogía otro corredor.
Beral discutió la primera vez. La segunda ruta evitó un pozo que no estaba allí hasta que Lira lanzó una piedra. Después dejó de discutir.
Junto a la entrada, los lugareños habían dejado velas, piedras apiladas y cuencos con sal. Tres dientes de chupahierros colgaban de un hilo rojo.
Ivo se agachó frente a las ofrendas.
—Mi abuela dejaba sal.
—¿Aquí?
—En sitios como este.
—¿Por qué?
—Porque su abuela también la dejaba.
La puerta cerraba una galería tan estrecha que Octavo tuvo que soltar la viga y empujarla por delante. No tenía bisagras, cerradura ni una separación visible respecto a la pared. Solo una placa de piedra cubierta de inscripciones y una depresión central del tamaño de una mano.
Beral colocó la suya. No ocurrió nada. Lira probó después. Nada.
Ivo observó la puerta desde unos pasos atrás.
—No pide una mano.
—Tiene forma de mano —dijo Beral.
—O de garra.
Daggis tocó el borde de la depresión con dos dedos.
—Está caliente.
Forcé la vista.
Las palabras aparecieron despacio entre capas de piedra, reparación y desgaste. Cierra estaba muy apagada. Debajo encontré espera . Más al fondo, cosida a varias de las marcas, había otra.
Reconoce .
—No quiere una mano —dije.
Beral miró a Ivo.
—Eso acaba de decir él.
—Él lo ha dicho sin leerlo.
—Por eso ha tardado menos.
Ivo sonrió sin apartar la vista de la puerta.
La palabra reconoce estaba unida a varias inscripciones. Una coincidía con su forma. Las demás se me escapaban.
No sabía qué debía reconocer.
Daggis sacó de una bolsa uno de los dientes metálicos.
—Prueba esto.
—¿Por qué?
—Viene de dentro.
Acercó el diente a la depresión. La piedra vibró.
Las inscripciones se oscurecieron una detrás de otra, como brasas recibiendo aire. Reconoce se afirmó y cierra perdió peso.
La puerta retrocedió hacia un lado sin rozar el suelo. Detrás había oscuridad.
—Templo —dijo Beral.
Ivo miró las líneas encendidas alrededor del marco.
—Seguro.
Entramos.
La primera sala era pequeña y tenía cuatro puertas. Solo una seguía abierta. Las paredes estaban cubiertas de grupos de marcas separados por espacios lisos.
Los mismos huecos que había visto en la posada y en el corredor del nido.
Me acerqué a uno. Forcé la vista con cuidado. Varias inscripciones coincidían con palabras que conocía.
Pasa . Separa . Sostiene .
No todas seguían vivas. Algunas permanecían grabadas en la piedra sin palabra encima. Otras palabras estaban allí, débiles, sin una marca que yo pudiera reconocer.
Los espacios lisos parecían vacíos hasta que intentaba mirarlos. Entonces aparecía algo detrás.
No una palabra inferior. No un verbo. Solo una de aquellas formas cerradas y densas que se me escapaban cuando intentaba fijarlas, parecida a las palabras superiores que nunca podía leer.
Aparté la vista.
—¿Qué hay? —preguntó Daggis.
—Algo.
—¿Qué hace?
—No lo sé.
Daggis levantó el garrote.
—Pues que siga sin hacerlo.
La puerta abierta llevaba a una galería circular. Las paredes eran lisas y los bloques habían dejado de mostrar sus juntas. Las líneas grabadas continuaban por todas partes.
Quedaban pocas palabras activas, pero tiraban unas de otras.
Ivo caminaba por el centro, mirando más allá de cada marca.
—No empieces a pegar la nariz.
—Todavía no estoy mirando.
—Ya estás poniendo esa cara.
—Es mi cara.
—Eso explica parte del problema.
Daggis pasó entre nosotros antes de que decidiera si contestar.
La galería desembocó en la sala grande.
No era un templo. Eso lo supe antes de entender qué era.
El techo se perdía en la oscuridad. Había plataformas a distintas alturas, nichos en las paredes y un espacio central hundido, rodeado por un círculo de piedra. Varias columnas cortas emergían del suelo, inclinadas hacia el centro.
Todo estaba cubierto de inscripciones. Miles.
La última vez que vi tanto escrito junto fue una ciudad entera desde un monte, y al menos aquellas palabras sabían lo que eran.
No formaban filas. Se agrupaban en líneas, curvas, repeticiones y nudos que se extendían desde las plataformas hasta el centro. Algunas continuaban por el suelo y desaparecían dentro de las paredes.
Entre ellas había huecos lisos de diferentes formas. Los habitantes habían colocado velas en varios. Encajaban bien.
Sentí las palabras antes de forzar la vista. Estaban repartidas por toda la cámara, débiles y numerosas. Al intentar leerlas, el dolor empezó detrás de los ojos.
Cerré la vista.
—¿Qué ves? —preguntó Beral.
—Demasiado.
Abrí los ojos normales. Desde allí, las inscripciones no parecían frases.
Parecían caminos.
Cada plataforma reunía grupos distintos. Algunas líneas convergían. Otras se separaban antes de alcanzar el centro. Los huecos ocupaban lugares concretos entre unas y otras.
Beral se acercó a una plataforma.
—Aquí celebraban algo.
—No —dijo Ivo.
—¿Cómo lo sabes?
—El altar mira a la pared.
La plataforma no estaba orientada hacia el centro. Enfrentaba un conjunto de inscripciones que cubría un sector completo de la sala.
Había otras alrededor, cada una ante un grupo distinto.
No eran altares. Eran puestos.
Me gustó más cuando eran altares. A un altar se le reza y uno se va a casa; un puesto es gente con mi oficio viniendo a diario, cada uno a su pared, hasta el día en que no vino nadie. No seguí esa cuenta. Había empezado a salirme con mi nombre en el último renglón.
Me acerqué al más próximo.
Parte de las marcas coincidía con palabras operativas:
Recoge . Lleva . Separa . Deja .
Las mismas del nido.