Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 25 — Metal en los dientes #2
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Capítulo 25 — Metal en los dientes #2

Ivo guardó el diente junto a la escama. Beral no protestó esta vez.

El ruido de la barricada se fue apagando detrás. No porque las criaturas hubieran renunciado. Habían encontrado otra ruta.

Ivo lo supo antes de oírlo. Levantó la cabeza.

—Arriba.

Nos agachamos. Una criatura salió de una grieta del techo y cayó sobre Naro. Daggis la golpeó en el aire con el antebrazo. Las garras le abrieron la manga, pero el animal chocó contra el suelo.

Sarn lo recibió con la barra, que había recuperado sin que yo lo viera. El golpe le hundió una placa del lomo.

El chupahierros se revolvió. Beral le dejó caer una piedra encima.

Esta vez no volvió a levantarse.

Nos quedamos mirando el cuerpo. Habíamos pasado todo el combate intentando apartarlos. Ver uno quieto era distinto.

Es el problema de matar cosas pequeñas: de lejos son una plaga y de cerca están hechas con un cuidado que da vergüenza, y uno ya no sabe si ha matado un bicho o ha roto una pieza.

No parecía un monstruo. Era una criatura pequeña, hecha para moverse entre grietas, con patas fuertes y un hocico cubierto de polvo. Las placas de metal estaban insertadas entre las de piedra. Algunas habían crecido con el cuerpo. Otras parecían nuevas.

Daggis se apretó la manga contra el brazo.

—Luego.

Beral asintió.

Naro envolvió el animal muerto en una tela y lo ató a una de las cestas vacías. Continuamos sin detenernos. El corredor tardó demasiado en subir.

No vimos más chupahierros, pero los oíamos moverse en galerías paralelas. A veces a nuestra izquierda. Después encima. Una vez debajo de los pies, siguiendo el mismo ritmo que nosotros.

La maraña ya no parecía una cueva. Era una cosa con pasillos.

Cuando llegamos a la cámara de las tres salidas, el corredor falso seguía abierto. El pasa permanecía firme sobre el hueco.

Beral ni siquiera miró el mapa. Tomamos el camino por el que habíamos entrado.

El aire exterior apareció antes que la luz. Olía a polvo, humo y cuero mojado. Nadie habló hasta cruzar las últimas vigas.

La mujer del toldo levantó la vista. Contó personas, luego cestas, y al final vio el bulto atado.

—¿Qué habéis hecho?

Beral dejó la tablilla sobre la mesa.

—Entrar, recoger y salir.

La mujer miró el brazo de Daggis, la bota cortada, la lanza sin punta y la única cesta de metal que Octavo seguía cargando.

—Eso no es salir.

—Estamos fuera.

La gente del campamento se acercó cuando extendieron el cuerpo sobre una mesa de piedra.

A plena luz se veía mejor. Los dientes eran de metal casi limpio, sin mineral pegado ni restos de roca. Las garras delanteras llevaban una veta oscura por dentro. Las placas del lomo se solapaban como una armadura pequeña y demasiado bien hecha.

Ivo dejó sobre la mesa la escama que había recogido. Uno de los trabajadores intentó doblarla. Cedió un poco y recuperó la forma. Después la golpeó contra la piedra.

Sonó como una moneda fina. El murmullo alrededor cambió.

Ya no miraban al animal como algo que había intentado matarnos. Lo miraban como algo que podía venderse.

Beral abrió la cesta de Octavo. Quedaba menos metal del previsto, pero seguía siendo más de lo que deberíamos haber sacado.

—Una cesta —dijo Daggis.

Octavo observó la carga.

—Era más al principio.

Nadie quiso discutirle eso.

La mujer tomó uno de los dientes con unas pinzas. Raspó con él una placa de hierro y dejó una línea limpia.

—¿Cuántos había?

—Muchos —dijo Beral.

—¿Veinte?

Ivo se apoyó en la mesa.

—No nos quedamos a ordenarlos.

La mujer dejó el diente.

—Habrá que cerrar la segunda boca.

—Usan las grietas —dijo Lira—. Cerrar la entrada no bastará.

Empezaron a discutir rutas, pérdidas y precios. Me aparté.

La cabeza me dolía detrás de los ojos. Me senté junto a una pared baja y miré las bocas de la maraña. Desde fuera parecían otra vez agujeros normales en la piedra.

Daggis se sentó a mi lado. Le habían vendado el brazo.

—Has perdido el cuchillo.

—Lo sé.

—Te gustaba.

Miré la entrada.

—Era mío.

Daggis no dijo nada más. Durante un rato observamos cómo desmontaban al chupahierros. Separaban dientes, garras y placas con herramientas de piedra y madera. Cada pieza provocaba una cifra nueva.

Habíamos entrado a quitarles el metal y, cuando intentaron impedirlo, los llamamos agresivos. Era una ventaja bastante cómoda de ser quien ponía los nombres.

Ivo se acercó con la escama y me la tendió.

—Mira esto.

—Ya lo he mirado.

—Lo miraste mientras corríamos.

Eso era distinto, aunque no quise concedérselo.

Tomé la placa. Era ligera y algo flexible. Forcé la vista apenas lo necesario.

Las palabras aparecieron. Protege estaba allí, firme. Debajo vi separa . Y, metida entre ambas, otra palabra:

Incorpora .

Cerré los ojos.

—¿Qué dice? —preguntó Daggis.

—Los grandes separan el metal y lo dejan.

—Estos no —dijo Ivo.

Miré otra vez la escama, sin forzar la vista.

—No. Estos se lo quedan.

La palabra antigua seguía allí. No había desaparecido. Algo se había metido entre lo que separaban y lo que antes dejaban atrás.

Ivo sostuvo la escama a distancia.

—No parece roto.

—Una criatura con dientes de hierro intentó comerse mi cuchillo. Algo está roto.

—Eso no es lo mismo.

—Para mi pierna sí.

Daggis me quitó la escama y la giró entre los dedos.

—¿Puedes arreglarlo?

La pregunta quedó allí. Miré la maraña, las inscripciones que habíamos visto en el corredor y aquellos huecos lisos entre unas marcas y otras. Había una relación, pero todavía no sabía cuál.

—No.

Daggis me devolvió la placa.

—Bien.

—¿Bien?

—Cuando dices que sí sin entenderlo, luego crecen cabras.

Beral gritó nuestros nombres desde la mesa. Habían terminado de contar el metal y empezaban a decidir cuánto valía casi morir por él.

Me levanté. Guardé la escama.

Detrás de nosotros, en algún lugar bajo la hondonada, algo golpeó cuatro veces la piedra.

Beral se agachó. Después lo hicimos todos.