Capítulo 25 — Metal en los dientes
El primer chupahierros pequeño salió de debajo de una cesta. No atacó a nadie. Mordió el aro de hierro que la reforzaba, tiró una vez y arrancó un fragmento como si fuera corteza. Después retrocedió con él entre los dientes.
Durante un momento todos lo miramos. La criatura era baja y compacta, con patas demasiado largas para el cuerpo y placas oscuras superpuestas sobre el lomo. No todas eran iguales. Algunas parecían piedra. Otras reflejaban la luz con un brillo limpio.
El fragmento de la cesta desapareció dentro de su boca. Se oyó metal contra metal.
—Fuera —dijo Beral.
La cámara se movió. No toda a la vez. Primero fueron los bordes: arañazos rápidos entre los montones, placas que asomaban y desaparecían, pequeñas piedras desplazadas desde lugares donde no había espacio para una criatura. Después surgieron más.
Tres junto a la pared. Dos encima de una masa de hierro. Otro detrás de Octavo, tan cerca que tuvo tiempo de mirarlo antes de que Daggis le clavara una daga en el suelo delante del hocico.
El animal mordió la hoja. Daggis soltó el arma antes de perder los dedos.
La criatura retrocedió con la daga atravesada entre los dientes, sacudiéndola de un lado a otro. No parecía herida. Parecía satisfecha.
—No uséis metal —gritó Lira.
La mitad de lo que llevábamos era metal.
Beral volcó una de las cestas y los bloques cayeron al suelo. El golpe hizo que varias criaturas se giraran hacia el ruido.
—Dejad la carga.
Octavo seguía sosteniendo dos cestas llenas.
—Toda no.
—Toda.
Dejó una. Era un compromiso.
Los hermanos recogieron las cuerdas y empezaron a retroceder hacia el corredor. Naro levantó un pico por el mango de madera y golpeó a una criatura con la parte plana. El animal salió despedido contra un montón, rodó y volvió a levantarse.
Las placas de su costado se habían abollado. Debajo había más metal.
No lo llevaban pegado. Les crecía dentro.
Uno saltó sobre Beral. Lira lo interceptó con el asta de la lanza y lo empujó contra el suelo. La criatura se revolvió, mordió la madera y arrancó de cuajo una cuarta parte del asta.
—Eso era fresno —dijo Lira.
No sonó enfadada. Sonó personalmente decepcionada.
Daggis recuperó la daga cuando el animal la soltó para ir detrás de un remache caído. La hoja tenía dos muescas nuevas.
Sarn desenvainó la espada corta. Cinco cabezas se giraron hacia él.
—Guárdala —dije.
—Ya lo he visto.
Tuvo que bloquear el primer salto con la barra de hierro. El impacto le sacudió el brazo. Otro chupahierros se aferró a la espada y empezó a trepar por ella hacia su mano.
Sarn soltó ambas armas. La criatura cayó con ellas, abrazada al metal. Sarn tomó una piedra del suelo y le golpeó la cabeza.
Funcionó mejor.
Nos retiramos hacia la salida sin formar ya una fila. Lira y Beral mantenían el frente con mangos, tablas y patadas. Naro arrastraba a uno de los hermanos, que tenía una mordedura en la bota y no sabía todavía si dentro seguía el pie.
Octavo avanzaba detrás de ellos con una cesta al hombro.
—La carga —le gritó Beral.
—He dejado una.
Un chupahierros saltó hacia la cesta.
Octavo la levantó por encima de la cabeza. La criatura chocó contra su pecho y se quedó colgada de la camisa por las garras.
Octavo la miró. La criatura intentó morderle una hebilla. Octavo la agarró por el lomo y la lanzó contra la pared.
El golpe hizo temblar las placas de metal. Una de ellas se desprendió y cayó al suelo con un sonido ligero.
Ivo la recogió.
—Esto no es como lo demás.
—Luego —dijo Beral.
Ivo guardó la escama.
—Eso pensaba hacer.
Algo me rozó la pierna. Bajé el cuchillo por reflejo.
La criatura apareció debajo de mí, apenas una cabeza y dos patas entre los bloques. Abrió la boca. Los dientes eran finos, grises y demasiado regulares.
El cuchillo seguía envuelto en cuero. Lo golpeé con el mango.
La criatura cerró las mandíbulas sobre la vaina. El cuero se abrió. El filo quedó expuesto y le hizo un corte limpio en el hocico.
El chupahierros se apartó. La sangre era oscura.
Miró el cuchillo.
No a mí.
Al cuchillo.
—No —dije.
Tiró.
No tuve tiempo de soltarlo. Me arrastró medio paso antes de que Daggis le pateara el costado. La criatura giró con el arma todavía entre los dientes. El cuero terminó de romperse y el cuchillo salió despedido hacia uno de los montones.
Tres animales fueron detrás.
Era la primera cosa de mi pasado que alguien quería, y resultó ser un animal sin ojos. No pude recuperarlo.
No era buen momento para hacer inventario, así que no lo hice; el inventario me lo hizo el cuerpo solo, en una línea: aquel cuchillo había matado a mi primer bicho y a una cabra de la que sigo sin querer hablar, y venía conmigo desde antes de que yo fuera Kato.
Se lo estaba comiendo una alacena con patas, y yo no tenía con qué defenderme.
Otro chupahierros apareció por la izquierda. Agarré el primer objeto que encontré: una cuña de madera. Era demasiado corta para servir como garrote y demasiado gruesa para convencer a nadie de que era un arma.
Le golpeé el hocico. La criatura retrocedió. Volví a golpear. Esta vez la cuña se partió. Seguí sosteniendo la mitad.
No mejoraba mucho, pero ya era mía.
—Kato —gritó Daggis.
La salida estaba a pocos pasos. Entre nosotros y ella se habían reunido seis criaturas. No atacaban juntas. Entraban, mordían algo y se apartaban. Cada intento nos hacía perder otra herramienta, otro trozo de equipo o un poco más de terreno.
Detrás seguían llegando arañazos. Ivo miró las paredes, no los animales.
—Van a cerrarnos.
Beral apartó a uno con una patada.
—¿Cuántos?
—No sé contar paredes.
—Los bichos.
—Más que antes.
La piel de su cuello se había vuelto casi negra. Señaló una grieta alta, a la derecha de la salida.
—Salen de ahí y bajan por detrás de los montones.
Lira miró la grieta.
—No cabemos.
—Ellos sí. Por eso la usan.
Daggis lanzó una piedra hacia el lado contrario. Golpeó una placa de metal y el ruido se extendió por la cámara.
Varias criaturas giraron.
—Otra —dijo.
Empezamos a lanzar fragmentos de hierro lejos de la salida. Los chupahierros respondieron de inmediato. No todos, pero suficientes. Dejaban de mirarnos y perseguían el metal mientras rebotaba entre las piedras.
Octavo volcó una de las cestas abandonadas. Los bloques cayeron en el fondo de la cámara con un estruendo. La mayoría de los animales se apartó de nosotros.
—Ahora —dijo Beral.
Corrimos hacia la salida como el que no quiere hacerlo. Lo hicimos lo bastante despacio como para fingir que no salíamos, que es una habilidad difícil cuando algo intenta morderte los talones.
Entramos en el corredor central. Los dos primeros pasaron sin problema. El tercero tropezó con una cesta. Naro se volvió para levantarlo y una criatura apareció en la entrada. Lira la golpeó con el asta rota.
Otra trepó por la pared. Sarn le lanzó una piedra. Falló, pero la piedra golpeó una inscripción.
El sonido cambió. No fue fuerte. Solo distinto. La criatura se detuvo.
Durante un instante, las palabras de la pared se afirmaron en mi vista sin que yo las llamara.
Separa . Deja . Recoge .
Debajo y alrededor había más, mezcladas con capas viejas, cortadas por las garras y el desgaste. Vi una costura que seguía el corredor. No hecha por mí. Antigua, gruesa y maltratada.
En el punto golpeado por la piedra, la costura estaba abierta. Algo tiraba de ella hacia la cámara.
Los pequeños no habían aparecido solo allí. Estaban usando una parte rota de lo que fuera que ordenaba el nido.
La visión me atravesó la cabeza. Cerré los ojos y seguí avanzando. No podía hacer nada.
No allí, con las criaturas detrás, el corredor lleno de gente y las palabras apilándose hasta el fondo de la piedra. Habría necesitado tiempo para leer. Después más tiempo para entender qué estaba viendo. Luego manos que no temblaran.
Tenía una cuña rota y sangre en la pernera. Eso era lo que había.
El último hermano cruzó la entrada. Octavo pasó detrás con una cesta todavía llena. Beral lo vio.
—¿En serio?
—La otra la he dejado.
El corredor se estrechaba más adelante. Allí las criaturas tendrían que entrar de una en una, pero también nosotros.
Lira señaló una acumulación de piedra suelta.
—Bloquead aquí.
Sarn y Beral empujaron una tabla vieja contra el hueco. No cubría toda la galería. Octavo dejó la cesta, levantó un bloque de roca y lo encajó debajo.
Los primeros golpes llegaron desde el otro lado. No eran pesados. Eran muchos. La madera empezó a perder astillas.
—No aguantará —dijo Naro.
Octavo miró la tabla. Después se quitó la mochila.
—No.
Sacó el espadón. En el corredor parecía todavía mayor. Tuvo que inclinarlo para no golpear el techo.
Beral abrió la boca. Octavo atravesó la hoja entre dos salientes de roca, apoyó el lomo contra la tabla y la empuñadura contra el muro opuesto.
La espada quedó encajada como una barra. Los golpes continuaron. La barricada se movió, pero no cedió. Octavo soltó la empuñadura.
—Para bloquear.
Beral no respondió.
Yo tampoco dije nada. Octavo había perdido aquella discusión dos días antes, delante de todos, y acababa de ganarla con una lógica aplastante y silenciosa. Yo las pierdo en el momento y las gano después, de noche, en voz baja y sin público.
Seguimos.
El hombre de la bota mordida caminaba apoyado en Naro. La piel alrededor del tobillo se estaba oscureciendo, pero podía mover los dedos. Lira le cortó la bota con un cuchillo de piedra que sacó del cinturón.
—¿Llevabas eso todo el tiempo? —pregunté.
—Sé dónde trabajo.
La herida era profunda, aunque limpia. Los dientes habían atravesado cuero y carne sin desgarrar demasiado.
Uno de ellos seguía dentro.
No era blanco. Era metálico.
Lira lo sacó con unas pinzas de madera. El diente tenía un filo fino en los bordes y una raíz oscura cubierta de sangre.
Ivo se agachó para verlo.
—Tampoco es como lo demás.
—Ya tenemos dos cosas que no son como lo demás —dije.
—Tú también. Y no te guardamos en una bolsa.
Me lo pensé un momento y decidí no discutirle la clasificación. Con Ivo, discutir es darle cuerda, y cuerda le sobraba de nacimiento.
El herido soltó una risa breve que terminó en un gemido.