Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 24 — Lo que no debería estar allí
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Capítulo 24 — Lo que no debería estar allí

A la mañana siguiente descubrí que Beral había mentido.

No sobre el dinero ni sobre la maraña. Sobre los dos días.

—Dijo pasado mañana —le expliqué a Daggis.

—Ayer era anteayer.

—Eso no funciona así.

Ella ya se estaba poniendo las botas.

Bajamos a desayunar. Beral ocupaba la misma mesa, rodeado de correas, clavos y personas que parecían haber nacido sabiendo para qué servían ambas cosas.

Había añadido nuestros nombres a la tablilla.

El mío estaba mal escrito, pero tener un nombre incorrecto en una lista de gente que iba a entrar en una maraña me pareció una precaución razonable.

La cuadrilla tenía seis personas además de nosotros.

Beral mandaba. Una mujer llamada Lira llevaba una lanza corta y tres martillos.

Naro, un hombre delgado que a primera vista parecía nervioso y a la segunda ya estaba haciendo otra cosa, se ocupaba de las cuerdas, los ganchos y las cestas.

Los otros dos eran hermanos o habían decidido parecerse para ahorrar explicaciones: bajos, anchos y con las barbas recogidas dentro de la camisa.

El último estaba sentado junto a una ventana.

Parecía joven, aunque no sabía cómo se le calculaba la edad a alguien con una cara como aquella.

Tenía la piel oscura y lisa, salvo por una trama fina en el cuello que aparecía al girar la cabeza.

Sus pupilas eran algo demasiado verticales.

Recibía la luz pálida de la mañana con los ojos entornados, como si el poco sol del nivel le perteneciera.

—Ese es Ivo —dijo Beral—. Un Sair. Ve bien.

—Yo también veo.

Ivo abrió un ojo.

—Él quiere decir que veo lejos. Y bien. Las dos cosas a la vez, que ya sé que para el resto de medio ciegos es mucho pedir.

Daggis se sentó frente a él.

—¿Cuánto?

Ivo miró por la ventana como quien hace un favor.

—Hay una carreta en el camino del oeste. La mula cojea. Y el carretero le echa la culpa al camino, por cómo tira de ella. Eso ya no es vista: es que los carreteros son todos iguales.

El camino del oeste quedaba oculto detrás de tres edificios.

Daggis giró las orejas hacia la pared.

—¿De qué pata?

—De la izquierda.

—¿Delante o detrás?

Ivo la miró un momento, midiendo si era una trampa.

—Sí.

Daggis decidió que le caía bien.

Beral repartió el equipo. A Daggis le dio cuerda, cuñas de madera y una bolsa de sal. Sarn recibió una barra de hierro. Octavo, cinco cestas apiladas. A mí me entregó una lámpara abollada.

—No la rompas.

La lámpara tenía una mancha negra en un lado y parecía haber sobrevivido ya a alguien con mis aptitudes.

Mientras Beral revisaba nuestras armas, descubrió que Octavo llevaba un espadón dentro de la mochila. Para sacarlo tuvo que extraer antes una manta, queso, cuerda, dos piedras redondas, una cuchara y una bota que no era suya.

La hoja tenía casi mi altura.

—Déjalo —dijo Beral.

Octavo sostuvo el espadón delante de sí.

—Puede servir para cavar.

—Tenemos picos.

—Para bloquear.

—Tenemos cuñas.

—Para cortar.

Beral señaló las dagas de Daggis.

—Tenemos cosas que caben por una puerta.

Octavo volvió a guardarlo. La bota ya no entró y quedó debajo de la mesa.

Las reglas eran sencillas mientras Beral las decía y bastante menos cuando intentaba recordarlas todas juntas.

A las de la posada les sumó tres de movimiento: no separarse, no correr si aparecía un adulto, no quedarse quieto si aparecía uno pequeño.

—Entonces ¿qué hacemos con los pequeños? —pregunté.

—Avisar.

Antes de salir, Lira lo resumió mejor:

—Los grandes excavan, comen piedra y nos sacarán del nido si regresan. No os pongáis entre ellos y lo que quieran. Los pequeños no deberían estar allí.

Las reglas estaban claras y las olvidé todas. Lo que no debería estar allí se me quedó.

Abandonamos la posada cuando el cielo todavía estaba aclarando.

El campamento se extendía entre restos antiguos: cobertizos apoyados contra muros curvos, tejados metidos bajo arcos demasiado altos, almacenes construidos dentro de habitaciones sin techo.

Todo parecía provisional salvo las ruinas, que daban la impresión de estar esperando que lo demás terminara.

Seguimos una calzada hacia el norte. A ambos lados había estacas con tiras de tela y postes cubiertos de símbolos parecidos a los de nuestra habitación.

Intenté no mirar demasiado. Duré hasta el tercer poste.

Forcé la vista. La palabra de la madera era señala , apagada por el sol y la lluvia. Encima había marcas grabadas que no reconocía. Una parecía seguir parte de la misma forma, pero el dolor empezó a cerrarse detrás de mis ojos antes de que pudiera fijarla.

—Lo haces mal —dijo Ivo, con el entusiasmo de quien lleva un rato esperando decirlo.

Caminaba a mi lado.

—Buenos días.

—Muy mal, además. Miras demasiado cerca.

—Está a dos pasos.

—Por eso.

Le pregunté si él veía las palabras.

Ivo observó el poste y después la hilera completa.

—Veo renglones.

—Eso son palabras.

—A veces.

—¿Puedes leer señala?

—No. Pero el poste tira de los otros y todos conducen hacia el mismo sitio.

Miré las estacas siguientes. Estaban separadas a intervalos irregulares, aunque compartían la misma inclinación y parecían formar una curva que yo no había percibido.

—Eso se ve sin magia.

—Ya. Por eso tiene más gracia que tú, con magia, no lo hubieras visto.

Siguió andando.

La hondonada apareció al final del camino. Al principio pensé que era otra ruina. Después comprendí que las paredes no estaban construidas.

La maraña empezaba allí sin puerta ni frontera.

Solo una depresión amplia rodeada de piedra gris.

En el fondo se abrían varias bocas oscuras entre capas de roca torcida.

Algunas tenían vigas, cuerdas y marcas humanas.

Otras estaban tapiadas. Una soltaba vapor.

Otra parecía demasiado estrecha para conducir a ninguna parte y, aun así, mostraba huellas entrando y saliendo.

Había gente trabajando alrededor de las entradas. Separaban herramientas, descargaban cestas y clasificaban fragmentos de piedra. Dos hombres arrastraban una placa de metal con forma de costilla.

Más abajo, una criatura enorme cruzó entre dos galerías.

Era baja y ancha, cubierta de placas terrosas. El hocico se dividía en cuatro piezas duras y las patas delanteras terminaban en garras negras. Llevaba una roca entre las mandíbulas.

La dejó junto a un montón, hundió el hocico en la pared y arrancó un bloque. La piedra crujió. Después partió el pedazo entre las patas, escogió uno de los fragmentos y se lo llevó.

—Chupahierros —dijo Beral.

Bajamos.

Cuanto más nos acercábamos, más palabras aparecían en los bordes de mi visión sin que las llamara.

Contiene . Cierra . Conduce . Aprieta .

Algunas pertenecían a la piedra. Otras parecían atravesarla desde algo más profundo. Las capas temblaban unas sobre otras y se borraban cuando intentaba separar una sola.

Me dolía la cabeza antes de haber empezado a leer de verdad.

Ivo miraba la hondonada sin esfuerzo visible.

—¿Siempre es así? —pregunté.

—Hoy está tranquila.

Beral habló con una mujer sentada bajo un toldo. Tenía un mapa extendido sobre una mesa y fichas de madera colocadas en las ramas de un dibujo que parecía una raíz enferma.

Discutieron unos minutos. La mujer movió una ficha roja hacia el centro. Beral guardó el mapa con peor cara de la que llevaba al llegar.

—Entramos por la boca segunda. La tercera sigue cerrada y la cuarta ha empezado a sudar.

Decidí no pedir una explicación.

Formamos una fila. Lira iba delante. Después Daggis e Ivo. Yo quedé en medio con la lámpara. Sarn y los demás cerraban el grupo; Octavo llevaba las cestas.

La entrada tenía vigas durante los primeros metros. Después la roca se cerró alrededor del túnel y todo lo humano terminó.

Encendí la lámpara. La llama subió con demasiada fuerza: alguien había repasado arde en la mecha sin saberlo. Bajé el aceite hasta que dejó de intentar iluminar el nivel entero.

El túnel descendía en curvas amplias. Las paredes estaban cubiertas de surcos profundos. Había fragmentos de piedra apilados en huecos, apartados con una regularidad que no parecía accidental.

A los pocos minutos encontramos el primer montón de metal. No eran lingotes, sino bloques densos mezclados con una piedra blanda que se deshacía bajo los dedos. Beral golpeó uno con el mango del pico. Sonó limpio.

—Todavía no. El nido está más abajo.

Continuamos.

El túnel se abrió en una cámara baja con tres salidas y una columna perforada en el centro. Lira se detuvo. Ivo ya observaba el corredor de la izquierda.

—Por ahí no.

Beral consultó la tablilla.

—La izquierda lleva al nido. El centro vuelve al corredor de extracción y la derecha baja demasiado.

Ivo se agachó. No tocó el suelo.

—Antes llevaba al nido.

Forcé la vista.

Las palabras de la piedra subieron de golpe y tuve que apoyar una mano en la pared. Había capas antiguas, funciones rotas, rastros de cosas que habían circulado por allí durante siglos. En el suelo de la salida izquierda destacaba un renglón.

No era más fuerte que los demás. Era demasiado firme.

Todo alrededor temblaba. Aquel pasa permanecía quieto, negro y limpio.

Ya había visto una vez una palabra demasiado firme en un sitio donde todo dudaba, y aquella vez costó un hombre que nadie me creyera. Esta vez no pensaba pedir permiso para tener miedo.

—No vayamos por ahí.

Beral levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

—La palabra dice pasa.

—Es un paso.

—Aquí todo lo demás duda.

Ivo seguía mirando la columna central.

—Tira hacia abajo.

Lira tomó una piedra y la lanzó dentro del túnel.

La piedra cayó. No rodó ni golpeó el suelo cercano. Desapareció y el sonido tardó demasiado en regresar.

Beral guardó la tablilla.

—Centro.

El corredor central era más estrecho y estaba lleno de piedra suelta. Octavo tuvo que llevar las cestas de lado. Dos veces se quedaron encajadas y el túnel pareció plantearse la posibilidad de conservarlo con ellas.

Al otro lado encontramos inscripciones. No eran arañazos ni señales recientes. Estaban grabadas en la pared en grupos ordenados. Algunas habían sido partidas por las garras de los chupahierros. Otras seguían completas.

Forcé la vista con cuidado. Una marca coincidía con separa . Otra, con deja . Más abajo distinguí algo parecido a recoge , aunque estaba atravesado por tantas capas que no podía estar seguro.

Entre los grupos había superficies lisas. No erosionadas ni rotas. Huecos deliberados, iguales a los de la pared de la posada.

Beral llamó desde delante. Dejé las marcas y continué.

Ivo se quedó un instante conmigo. Observó el conjunto desde varios pasos de distancia.

—No está torcida una marca —dijo—. Se tuercen unas a otras.

Miré las líneas grabadas.

—No entiendo eso.

—Ya. Por eso sigues mirándolas de una en una.

No supo explicarlo mejor. Yo tampoco habría sabido formular la pregunta correcta.

El olor del nido llegó antes que la cámara: hierro mojado, tierra removida y el resto de una tormenta ocurrida bajo tierra.

La galería desembocó en un espacio enorme. La lámpara no alcanzaba el techo.

Había metal por todas partes. Bloques, vetas arrancadas, placas y masas oscuras amontonadas contra las paredes. Algunas piezas tenían el tamaño de una cabeza. Otras eran casi tan grandes como Octavo.

En el centro había una depresión llena de fragmentos pequeños.

No vimos chupahierros. Beral sonrió por primera vez.

—Solo el exterior. Nada negro. Nada del fondo. Trabajamos rápido.

La cuadrilla se repartió sin hablar. Naro y los hermanos colocaron cuerdas alrededor de los bloques. Lira comprobó las salidas. Octavo dejó las cestas y empezó a llenarlas. Sarn hundió la barra bajo una placa y la levantó.

Yo sostenía la lámpara. Las palabras de la cámara estaban en todas partes. No necesitaba forzar la vista para notar cómo vibraban en los montones y los surcos.

En los bloques veía contiene , separa , guarda . En las paredes, busca . En el suelo, gastado por cientos de patas, vuelve .

No eran palabras dispersas. Formaban algo, una estructura repetida en la piedra y en el comportamiento de los animales. No conseguía abarcarla, pero estaba allí. Alguien había acercado aquellas funciones o había enseñado a la maraña a repetirlas.

Sentí ganas de leer más. No lo hice.

Daggis apareció a mi lado. Llevaba un rato recorriendo el borde de la cámara.

—No hay adultos.

—Eso era lo que queríamos.

—No hay ninguno. Tampoco rastro reciente.

Beral oyó y se acercó.

—Habrán salido.

—El suelo no huele a ellos.

Lira observó los corredores.

Beral miró el metal, después las cestas.

—Llenamos dos y salimos.

—Una —dijo Daggis.

—Dos.

—Una.

Octavo ya había llenado tres. Hubo que vaciar parte de ellas.

Mientras redistribuían el peso, vi un destello junto a uno de los montones. Era un punzón de hierro, o lo que quedaba de él. El mango seguía intacto. La punta había desaparecido y el borde mostraba marcas paralelas, pequeñas y profundas.

Lira lo examinó. Naro encontró un remache partido por la mitad. Después aparecieron dos clavos cortados al ras y una de las cuñas que Daggis llevaba en la bolsa.

La madera seguía entera. El metal no.

La cámara permanecía quieta, pero ya no parecía vacía.

Ivo estaba junto a la pared del fondo, con la cabeza inclinada. La trama de su cuello se había oscurecido.

—Están aquí.

Se oyó un arañazo detrás de un montón. Después otro, al otro lado de la cámara. Y otro encima de nosotros.

Beral levantó una mano. Todos se quedaron quietos, aunque una de sus reglas decía que no debíamos hacerlo si aparecía uno pequeño.

Algo cruzó por el borde de la luz. Era bajo, menor que un perro y demasiado rápido para verlo bien. Las placas de su lomo brillaron un instante.

No eran de piedra. Eran de metal.

La criatura desapareció entre dos bloques.

Desde distintos rincones empezó a llegar el ruido de uñas sobre roca.

Octavo miró las cestas llenas.

—¿Avisamos ahora?

—Ahora —dijo Beral.