Capítulo 23 — Antes de mí #2
Me quedé con la frase puesta. Llevaba desde la grieta creyendo que lo mío era una avería sin catálogo, de las que le pasan a uno solo y se mueren con él.
Y en una pared de posada, debajo de un colchón que sobresalía por los dos lados, había una mano muerta hace quién sabe cuánto diciéndome que no: que lo mío tuvo oficio, y antepasados, y seguramente un nombre que nadie se molestó en conservar.
Me senté. Hasta entonces sabía que la gente hacía magia sin entenderla. La cocinera movía arde con dos dedos y una canción inútil. El herrero asentaba aguanta a martillazos. La restauradora convencía a una pared de que nunca se había roto.
Aquello era distinto. Alguien no solo había tocado una palabra.
La había dibujado.
Sarn observaba la marca desde su cama.
—¿Puedes leer las demás?
—No.
—Entonces no sabes si es una palabra o una coincidencia.
—Es la misma forma.
—Has dicho que las palabras no tienen letras.
—No las tienen para mí.
Sarn asintió y dejó el asunto donde estaba, que era una forma suya de hacer que las conversaciones parecieran peores después de participar en ellas.
Le di vueltas sin sacar nada, que es mi manera de sacar cosas. Antes de mí hubo otros. No me consoló: uno se acostumbra a ser el raro y descubre, tarde, que ser el raro era mejor que ser el último de una fila antigua. Que además no avanzaba.
Bajamos a cenar. La sopa contenía algo que había sido carne durante una parte importante de su vida. El pan estaba duro, pero Octavo lo sostuvo sobre el plato y esperó a que el vapor lo ablandara.
En la mesa de al lado hablaban de una cuadrilla que no había vuelto.
—Entraron por la tercera boca —dijo una de las mujeres del polvo blanco.
—La tercera está cerrada.
—Ahora.
—¿Cuándo se cerró?
—Después.
El hombre de la barba quemada bebió.
—Por eso está cerrada.
Nadie preguntó qué les había pasado.
En otra mesa discutían el precio del hierro y un nido que llevaba seis semanas sin abrirse.
—Se movió —dijo uno.
—Los nidos no se mueven.
—Ese sí.
—Entonces no es el nido.
—El metal está allí.
—El metal no convierte un sitio en nido.
—Díselo a los bichos.
Daggis escuchaba con las dos orejas.
La posadera dejó una jarra en nuestra mesa.
—¿Buscáis trabajo?
—No —dije.
—Sí —dijo Daggis.
Nos miramos.
—Tenemos dinero.
—Poco. Habéis pedido una sopa para cuatro.
Octavo levantó la cuchara.
—Es grande.
La posadera señaló hacia el fondo. Un hombre ancho estaba sentado solo con trozos de cuero, clavos, cuerda y una tablilla cubierta de números.
—Beral lleva cuadrillas a la maraña. Sale pasado mañana.
La palabra se quedó un momento entre nosotros. Hasta entonces había tratado las marañas como si fueran una tormenta, una peste o una boda: algo peligroso que uno puede evitar manteniendo la distancia adecuada.
—No sabemos qué se hace allí —dije.
—Se entra, se recoge y se sale.
—Eso también describe un robo.
—Aquí lo llamamos trabajo.
Daggis terminó la sopa y se levantó.
Beral tenía una nariz rota varias veces, manos pequeñas para el resto del cuerpo y una cicatriz circular alrededor de la muñeca, como si algo hubiera intentado desenroscarle la mano.
Nos examinó uno por uno.
—Ella caza —dijo, señalando a Daggis—. Él carga.
Octavo asintió.
—Él asusta.
Sarn levantó la vista.
Beral me miró.
—¿Tú qué haces?
Era una pregunta que el mundo insistía en repetir sin mejorar nunca la respuesta.
—Acompaño.
—Ya llevo herramientas.
—También ve cosas —dijo Daggis.
Beral miró mis ojos.
—Yo también.
—Cosas que tú no.
—Sé encontrar problemas —añadí.
Se quedó callado un momento. Fue el silencio de un hombre restándome del precio.
—Eso no es una habilidad.
—Tengo mucha práctica.
Nos explicó el trabajo. Había un nido en una zona estable de la maraña. Los chupahierros excavaban la roca, separaban el metal y lo acumulaban. La cuadrilla entraba cuando los adultos estaban lejos, recogía una parte y salía antes de que volvieran.
No debíamos entrar en las cámaras profundas, tocar los huevos, coger el metal negro ni llevar campanas. Si veíamos uno pequeño, había que avisar.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque no debería haberlos.
Daggis preguntó cuánto pagaban. La cifra era suficiente para comer bien durante varias semanas o mal durante mucho más tiempo, que era nuestra especialidad.
Aceptó antes de que yo terminara de buscar una objeción que no sonara cobarde. Sarn no protestó. Octavo preguntó cuánto pesaba el metal.
—Todo lo que puedas sacar —dijo Beral.
Octavo asintió. Al menos uno de nosotros acababa de encontrar una profesión hecha a su medida.
Subimos con una moneda adelantada, una lista de prohibiciones y dos días para decidir que aquello era una mala idea.
La marca de sostiene seguía en la pared. Me tumbé sin apagar la lámpara. Alrededor del símbolo había otras marcas que no entendía. Algunas se repetían. Entre varios grupos quedaban espacios limpios, demasiado regulares para ser desgaste.
No estaban borrados. Alguien los había dejado así.
Forcé la vista con cuidado. La palabra se afirmó.
Debajo surgieron las capas antiguas, numerosas y torcidas.
En uno de los espacios vacíos creí ver algo que no era una palabra inferior ni un verbo.
Solo uno de aquellos bultos densos que se me escapaban en cuanto intentaba fijarlos, una forma cerrada detrás del hueco.
Parpadeé y desapareció. Me cubrí los ojos con el brazo.
Habíamos llegado a un nivel donde las paredes conservaban palabras que yo no había tocado, los animales pequeños atravesaban madera y los grandes comían piedra junto al camino.
Pasado mañana íbamos a entrar en una maraña para robarle metal a algo llamado chupahierros.
Por primera vez desde que cruzamos la puerta, todo empezaba a parecer normal.