Capítulo 23 — Antes de mí
El camino dejó de coincidir al mediodía. La caravana siguió hacia la derecha, por una calzada ancha que conservaba surcos de carros más viejos que los carros. Nosotros continuamos recto porque Daggis dijo que recto olía a agua, y porque ninguno tenía una razón mejor.
Nos despedimos levantando una mano. Después de tres días esperando una muerte común, cualquier otra cosa habría parecido demasiado íntima.
El jefe de la caravana nos recomendó una posada.
—La del Arco Hundido. Seguid el camino. No tiene pérdida.
El camino se dividía en tres alrededor de un edificio sin techo y volvía a juntarse en dos sitios distintos.
—Preguntad —añadió.
Eso habría sido útil si hubiera habido alguien.
El nivel era grande de una forma poco considerada.
No grande como un bosque, que al menos llena el espacio con árboles y parece estar haciendo algo con él.
Allí había caminos, colinas bajas, muros, edificios y extensiones de hierba gris entre unas cosas y otras, pero todo estaba demasiado lejos de lo siguiente.
Como si alguien hubiera extendido un pueblo hasta romperlo y luego se hubiera olvidado de recoger los pedazos.
Durante una hora caminamos junto a una pared que no separaba nada. Tenía casi tres veces mi altura, piedras ajustadas sin argamasa y puertas cada cierto trecho. A un lado había campo. Al otro también.
Octavo seguía cargando el tronco.
—Podrías dejarlo.
Miró la madera sobre su hombro.
—Es buena leña.
—También era una barricada.
—Ya no.
Más adelante encontramos un arco de piedra levantado en mitad del camino. No sostenía techo ni pared. Se podía pasar por debajo o rodearlo sin diferencia visible, pero el camino atravesaba el hueco, de modo que nosotros también.
Daggis se detuvo antes. Olfateó, miró arriba y le dio una patada a una de las piedras, que es su manera de hacerle a las cosas la única pregunta que respeta.
—No hace nada.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he probado.
Cruzó sin esperar segunda opinión. Esperamos un momento por si empezaba a arder después. No ocurrió.
Sarn pasó sin mirar.
—¿No te preocupa? —le pregunté.
—No.
—Eso no es información.
—A mí sí me lo parece.
Al forzar la vista, las piedras se llenaron de renglones.
Tuve que cerrarla casi enseguida. No había nada especialmente amenazador.
Había demasiado. Las palabras no estaban quietas como en los niveles de arriba.
Se amontonaban, gastadas y translúcidas, unas encima de otras.
La piedra había formado parte de una pared, había contenido algo, había cerrado, había sostenido, y todas aquellas funciones seguían allí, sin haber aceptado del todo que su tiempo había pasado.
Me empezó a latir la sien.
—¿Qué pone? —preguntó Daggis.
—Muchas cosas a la vez.
Miró el arco como si pudiera obligarlo a resumirse.
—¿Alguna dice mata?
—No la he visto.
—Pues seguimos.
El camino descendió poco a poco. No hacia abajo de verdad, porque en los niveles uno puede bajar y acabar encima de algo, pero el terreno se inclinaba y el aire se volvió más frío.
Empezamos a encontrar animales. El primero era una cosa enorme, de seis patas, cubierta de placas negras. Estaba tumbada junto al camino con la cabeza apoyada en una piedra y ocupaba el espacio de dos carros.
Daggis levantó una mano. Octavo dejó el tronco en el suelo. Sarn buscó alrededor, quizá una salida, quizá algo que pudiera utilizar como arma. Yo saqué el cuchillo.
La criatura abrió un ojo amarillo, nos observó y volvió a cerrarlo. Después metió la cabeza bajo una pata.
Esperamos. Al cabo de un rato mordió la piedra que tenía delante, arrancó un pedazo y lo trituró con ruido de molino.
—Come roca —dijo Daggis.
La rodeamos dejando todo el camino entre ella y nosotros. Octavo recogió el tronco al pasar. El animal ni siquiera levantó la cabeza.
Después vimos otras dos, más pequeñas, arrancando líquenes de un muro. Una tenía una mandíbula capaz de partir una armadura y permitió que un pájaro se posara dentro para picotearle algo entre los dientes.
—Las cosas grandes no hacen nada —dije.
Daggis giró una oreja hacia mí.
—Esa frase va a darte problemas.
—Solo estoy observando.
—También haces eso antes de tocar cabras.
Dejé de observar en voz alta.
A media tarde encontramos las primeras personas. Eran tres hombres reparando una empalizada alrededor de un edificio bajo. La empalizada estaba inclinada hacia fuera, como si esperara que el peligro viniera desde dentro.
Uno de ellos nos vio y levantó el martillo.
—¿Buscáis el Arco Hundido?
Asentimos.
Señaló hacia atrás.
—Os habéis pasado.
—Nos dijeron que no tenía pérdida.
—No la tiene. La habéis perdido vosotros.
Nos dejaron llenar los odres en un pozo que olía a hierro. Mientras bebíamos, una criatura del tamaño de mi mano salió de debajo de una piedra. Era pálida, con ocho patas finas y una boca demasiado pequeña para la cantidad de dientes que llevaba dentro.
Uno de los hombres soltó el martillo y le estampó una tabla encima. La criatura mordió desde abajo. Los dientes atravesaron la madera.
Octavo puso el pie sobre la tabla. Hubo un crujido.
—¿Eso sí era peligroso? —pregunté.
—Si te muerde. También se meten en los zapatos.
Miré los míos. Uno tenía una abertura desde hacía dos días, pero hasta entonces la había considerado ventilación.
El hombre levantó la tabla. Debajo quedaban una mancha y varios dientes clavados en la madera. Los arrancó con unos alicates y los guardó en una bolsita.
—¿Cómo se llama?
—Muerdededos.
Nos explicaron cómo volver a la posada. Había que retroceder hasta el arco, tomar el camino de la pared rota, cruzar un cauce seco y seguir las estacas con trapos rojos.
—No cojáis el sendero de las piedras blancas —dijo uno.
—¿Por qué?
—Lleva a una puerta muerta.
—¿Y el de las negras?
—También.
—¿Hay alguno que llegue a donde parece?
Los tres se miraron.
—El de los trapos.
La luz empezó a caer antes de que encontráramos las estacas. El cielo tenía un color pálido, sin sol visible, y se apagaba como una lámpara a la que alguien fuera quitando aceite.
Los trapos rojos llevaban tiempo siendo marrones. Seguimos uno, luego otro, después una estaca sin trapo y un trapo sin estaca. Daggis avanzaba oliendo el aire y fingiendo que aquello seguía siendo orientación.
La posada apareció cuando ya habíamos decidido que no existía.
Estaba construida dentro de algo mucho mayor.
La parte habitada tenía dos plantas, techo de madera y ventanas con luz.
A su alrededor se levantaban restos de muros antiguos, curvos y demasiado gruesos.
Una de las paredes de la posada era lisa y reciente.
La otra atravesaba el tejado, subía cuatro veces más y terminaba en una hilera de huecos abiertos al cielo.
Sobre la entrada colgaba medio arco de piedra. Un hombre estaba sentado junto a la puerta.
—No parece hundido —dije.
—Antes estaba en el suelo —dijo el hombre, sin molestarse en mirarlo—. Lo levantaron.
—Deberían cambiar el nombre.
—Costaría dinero.
Dentro olía a sopa, sudor, cuero mojado y metal caliente.
Después de un día de caminos vacíos, había demasiada gente: trabajadores con ropa gruesa, conductores, dos mujeres cubiertas de polvo blanco, un hombre con media barba quemada y varias personas que llevaban herramientas cuyo uso preferí no imaginar.
Nos miraron. Después miraron a Octavo, que entró con el tronco al hombro.
La posadera salió de detrás de una barra hecha con una puerta antigua.
—Eso no entra.
Octavo miró el tronco y luego la entrada, por la que acababa de pasar.
—Ha entrado.
—No se queda.
Volvió a salir y dejó la madera junto a la pared con un cuidado que rara vez empleaba con las personas.
Teníamos dinero para comida, una habitación pequeña y quizá dos días sin trabajar si no comíamos demasiado. La posadera nos ofreció suelo gratis en un almacén si ayudábamos a descargar tres barriles.
Octavo cargó los tres de una vez. Nos dio la habitación.
Era larga, estrecha y tenía cinco camas. Una estaba atravesada por una pared antigua. El colchón sobresalía por ambos lados, de modo que alguien había decidido que seguía contando.
—La quinta está rota —dijo la posadera.
—Está edificada.
—Por eso.
Daggis eligió la cama junto a la ventana. Sarn, la más alejada de la puerta. Octavo se sentó en la suya y el somier protestó durante varios segundos antes de aceptar que no tenía alternativa.
Yo dejé la mochila en el suelo. La pared antigua estaba cubierta de marcas grabadas: líneas cortas, curvas y grupos que se repetían. Algunas se habían gastado. Otras seguían tan limpias que parecían recientes.
Forcé la vista solo un instante. Las palabras aparecieron encima.
No todas.
Una de las marcas coincidía con sostiene .
No era una traducción ni una palabra escrita como yo habría podido escribirla. Yo no sabía escribir aquello. Solo lo veía. Pero la forma estaba allí: el mismo pliegue, el mismo peso, la misma curva final. La piedra decía sostiene , y alguien había grabado debajo algo que coincidía con ella.
Me acerqué.
—¿Qué haces? —preguntó Daggis.
—Esta marca es una palabra.
—Todas las marcas son palabras si sabes leerlas.
—No una de esas.
Bajó de la cama y observó la piedra, luego el aire frente a ella.
—¿Qué dice?
—Sostiene.
Apoyó una mano en la pared.
—Lo está haciendo.
Había más símbolos alrededor, pero no coincidían con nada que pudiera leer. Forcé un poco más la vista. Las capas antiguas de la piedra se levantaron unas debajo de otras y el dolor me atravesó desde el ojo hasta la nuca.
Cerré los párpados.
—Alguien grabó las palabras —dije.
—Alguien grabó muchas cosas.
—Esta coincide.
—Entonces alguien veía como tú.
Lo dijo sin ceremonia, como si hubiera encontrado una bota de mi talla.