Capítulo 22 — La escolta
Una caravana coloca a cada uno donde cree que sirve, y en eso se parece bastante al mundo.
A Daggis la pusieron delante y a un lado, que es donde va quien mira mejor de lo que habla.
A Octavo lo mandaron atrás, no tanto para vigilar como para que se le viera de lejos: un hombre de ese tamaño, quieto al final de una fila de carros, ahorra más problemas que tres con lanzas.
A Sarn lo subieron encima del segundo carro y lo dejaron ahí, sentado sobre los fardos, sin nada que hacer salvo dejarse ver.
Habían montado un espantapájaros con cuernos y estaban muy satisfechos con él.
A mí me pusieron en medio, entre una jaula de gallinas y algo tapado con lona, y me encargaron que las ollas no chocaran.
Toda la vida procurando que no me pidieran nada, y el día que de verdad no me pedían nada, resultó peor: me habían encontrado un hueco tan seguro que hasta yo servía para ocuparlo.
Sarn intentó bajarse una vez. Se le notaba encogido, mirando el suelo como quien calcula la caída.
Un carretero le dijo “ahí estás bien” con el tono con que se le habla a algo que uno espera que siga quieto, y Sarn se quedó donde estaba, porque Sarn se queda casi siempre donde lo ponen.
Tardé en entender que quedarse quieto también es algo que se hace.
A él lo exhibían por los cuernos. A mí me guardaban por las ollas.
De los dos, no sabría decir a quién habían insultado más.
La tienda era de la caravana y era mala. Se la daban a la escolta con la lógica de que quien vela de noche merece dormir peor, y tenía una costura que ya había decidido rendirse y una estaca que entraba en la tierra como quien pide disculpas.
No pensaba tocarla. Lo pienso siempre, y nunca me ha servido de nada.
La toqué porque me daba miedo lo de fuera —dos días de bosque y un carretero que hablaba de robos como quien habla del tiempo—, y porque una tienda mala, de noche, con el mundo lleno de ruidos, es una invitación escrita con mala letra.
Le repasé la costura hasta que dejó de coquetear con rendirse.
A la lona le apreté los renglones para que se tomara en serio.
Y a las estacas les insistí en la única palabra que llevan escrita, que es sujetar, hasta que la sujetaron con ganas.
Dormí bien. Fue lo último bueno que me dio aquella tienda.
Por la mañana no se dejó desmontar.
Empezó por no plegarse. Le había insistido tanto en que fuera firme que se lo tomó como una identidad, y las cosas que se creen firmes por dentro no encuentran por dónde doblarse.
Fui soltando lo que yo mismo había apretado, con paciencia y con las uñas, hasta que volvió a ser tela con dudas.
Entonces las estacas se negaron a salir: su palabra seguía siendo sujetar y yo se la había subrayado con demasiado cariño, así que ahora sujetaban también contra mí.
La caravana esperó. No mucho: lo justo para que la espera tuviera público. Fui deshaciendo mi obra maestra pieza por pieza, discutiendo en voz baja con cada una, mientras un hombre me miraba desde un carro con la cara del que ha visto a magos mejores hacer cosas peores.
Había construido una tienda capaz de resistir una emboscada. La primera batalla fue sacarla del suelo.
El bosque empezó a tener opiniones el segundo día.
Una rama que se movió cuando no tocaba. Unas huellas en el barro que a mí me parecieron muchas y eran pocas repetidas.
Oí toser a un hombre a mi derecha y, un rato después, toser igual a mi izquierda, y con esos dos datos me monté un ejército: nos rodeaban, éramos pocos, y yo iba a morir entre gallinas por unas ollas que no eran mías.
Daggis no se molestó en asustarse. Miraba el mismo bosque que yo y le salía la cuenta contraria. Le pregunté cuántos creía que eran.
—Los justos para no acercarse a mí —dijo, y siguió andando.
Yo contaba enemigos; ella contaba distancias. Casi siempre acierta la que cuenta distancias, pero saberlo no me quitó ni uno de los enemigos que me había inventado.
El primer robo lo viví casi entero de espaldas. Un carro se paró delante por algo que había en el camino, y todos miramos hacia allí, que es lo que se hace y justo lo que no había que hacer. Yo busqué mi ejército. No vino. Vino un solo hombre por detrás, agachado, a por una cuerda de carga.
Oí el arco de Daggis antes de entender que había un motivo para oírlo. La flecha no le dio: se clavó a un palmo de su mano, que es donde Daggis las clava cuando no quiere matar a nadie pero sí que se entienda. El hombre se fue deprisa y sin dignidad, que es como me habría ido yo.
Octavo se enteró de que aquello había sido un robo cuando ya no lo era. Preguntó, muy serio, si había que perseguir a alguien. Le dijeron que no y se quedó tranquilo, con la decepción seria de quien ya había aceptado un trabajo y descubre que no hacía falta.
Sarn no se movió del carro. Los bandidos lo miraron bien —un tipo quieto, con cuernos, que no reacciona— y decidieron que por ese lado no. Llevaba dos días trabajando sin que nadie le hubiera dado trabajo.
La segunda noche volví a montar la tienda con la lección aprendida: la hice fuerte, pero le dejé claro desde el principio que por la mañana tendría que separarse de sí misma sin discutir. Aprendí una cosa y estropeé otra, que es mi manera habitual de mejorar.
Quedó tan cerrada que no entraba el frío, ni el ruido, ni el aire, y guardaba los olores como un rencor. Era, sin discusión, el sitio más seguro del camino.
Daggis durmió fuera.
—Ahí dentro no se oye llegar a nadie —dijo, como si fuera un defecto y no exactamente lo que yo había buscado.
Había hecho el único lugar del bosque donde no podía pasarnos nada, y la única que sabía de peligros de verdad prefirió el suelo, por seguir teniendo miedo a tiempo.
El golpe de verdad lo prepararon en un tramo estrecho, donde el camino se metía entre árboles y los carros pasaban de uno en uno. Habían atravesado un tronco. No una rama para asustar: un tronco de los que tardan en crecer y más en caer solos. Esta vez querían que parásemos de verdad.
Por una vez lo entendí bien a la primera. Se me secó la boca a la velocidad correcta. Miré a Daggis y Daggis miró el bosque, y esa vez no dijo que fueran pocos; no dijo nada, que en ella es peor. Me preparé para hacer algo pequeño y feo con las manos y morir haciéndolo.
Octavo se acercó al tronco. Lo miró como se mira un mueble que está donde no debe. Se agachó, lo levantó, se lo puso al hombro sin que le cambiara la cara y dijo:
—Ya tenemos leña para esta noche.
Y siguió andando.
La caravana no se detuvo. Pasó por el hueco de uno en uno, como estaba previsto que pasara, solo que sin drama y con leña.
En algún punto del bosque, cuatro o cinco hombres vieron marcharse su emboscada convertida en la cena de otros, y no debieron de dar con la manera de rehacer aquello en un plan.
Me habría gustado verles la cara. Es lo más cerca que he estado nunca de ganar una batalla: estar delante mientras Octavo sacaba leña de una emboscada.
Uno lo intentó igual. Salió tarde, cuando ya no quedaba confusión que aprovechar, y se topó de frente con Sarn, todavía en el carro, quieto, con los cuernos y con esa cara que no es de nada.
Sarn lo miró. Solo eso. El hombre recordó de pronto que se había dejado algo importante en el bosque y fue a buscarlo.
Daggis los vio retirarse.
—Eran cuatro —dijo.
—Yo he visto cinco.
—Uno era el mismo dos veces.
Llegamos a la puerta sin batalla, que es la peor manera de llegar cuando uno lleva dos días preparándose para morir. Todo el miedo que había fabricado se quedó sin empleo de golpe y no supe dónde ponerlo.
La puerta estaba allí y funcionaba, que ya es más de lo que se puede decir de otras.
El que mandaba la caravana contó las monedas y nos las dio de este lado, como estaba escrito: hasta aquí.
Ni un paso más nos debían, ni un paso más les debíamos.
Los carros empezaron a cruzar y a desaparecer al otro lado, uno a uno, con un ruido de tela rasgada.
Y nos quedamos los cuatro delante de la puerta, en el nivel de siempre, sin nada que nos obligara a cruzarla. Teníamos el dinero. Podíamos dar media vuelta, volver al Cruce, alquilar un trozo de suelo y oír a la gente hablar del mago que había pasado por allí. Dicho así, hasta sonaba a plan.
Daggis miraba la puerta. Octavo seguía con el tronco al hombro, porque nadie le había dicho que lo soltara y él no deja la leña a medias. Sarn se había bajado del carro por fin, y delante de una puerta mágica parecía más en su sitio que encima de una carreta.
—Podemos volver —dije.
Daggis cruzó.
Octavo fue detrás con el árbol.
Sarn me miró.
No dijo nada. Sarn no gasta en convencer: te deja el sitio hecho y espera a ver si lo ocupas.
Era lo más parecido a una votación que habíamos tenido nunca, y la perdí por mayoría sin que nadie levantara la voz. Crucé el último, que es como se cruza detrás de la gente a la que uno ha decidido, sin decírselo, no perder de vista.
Al otro lado alcanzamos a la caravana un rato después. Ya no éramos su escolta ni teníamos por qué seguirla, pero el camino coincidía un trecho. Compartir camino sin deberse nada parecía una forma bastante segura de ir con alguien.
Hasta entonces.