Capítulo 21 — El Cruce
Habíamos oído “ciudad”, y encontramos lo de siempre en este mundo, solo que más lleno: algo que no había decidido nadie y a lo que le había crecido gente encima antes de tiempo.
La calle principal había querido ser ancha; se le notaba en el trazado.
Después habían llegado los puestos, y detrás de los puestos otros puestos, y donde iba a caber un carro cabía ahora la gente de uno en uno.
Había cola en el pozo. Había cola en casi todo.
Es lo que pasa cuando hay más manos que cosas y nadie ha puesto orden todavía, o alguien lo ha puesto y cobra por él.
Del Cruce salían las caravanas, así que por él pasaba todo el mundo y casi nadie lo cruzaba de una vez. En un rincón, un carretero con el carro cargado no se decidía a descargar ni a seguir: llevaba género para un mercado que, acababa de enterarse, ya no estaba.
Habían clavado cuatro postes y empezado una tarima. Supongo que una plaza empieza así: primero alguien decide dónde van a estorbar todos juntos.
A nosotros no nos miró nadie, que es lo mejor de una multitud.
Nadie salvo los que miraban a Octavo, que eran todos, porque Octavo no cabe en pasar desapercibido ni tumbado.
Iba abriéndome sitio sin querer, disculpándose con cada persona que apartaba.
Daggis iba oliendo los puestos de comida y decidiendo de cuáles no fiarse, que en su cuenta eran todos.
Sarn iba pegado a Octavo, poniéndolo entre él y la gente.
En la cola del pozo, dos hombres hablaban de un mago sin saber que lo tenían detrás.
—…el de la Novena. Dicen que abre pasos.
—Dicen muchas cosas.
—También dicen que es pequeño.
No me giré. No supe si me habían reconocido o si solo estaba oyendo crecer, delante de mí, una leyenda que iba a tener que cargar yo.
Lo de la ropa no fue vanidad. Fue cobardía, que en mí viste mejor.
La túnica picaba desde el primer día, y picaba porque me la había puesto el mundo y no yo. No fui a por otra por el picor. Fui porque un hombre vestido de otra cosa es un hombre al que se le piden menos cosas. No quería desaparecer. Solo quería que no me buscaran para abrir nada.
El puesto era una tabla y dos cuerdas con ropa de dueños de suertes distintas. Estaba sopesando algo pardo, algo sin opinión, cuando una voz al otro lado dijo, sin molestarse en bajarla:
—Ese color te queda de muerto.
Uli estaba detrás de la tabla. No delante.
Que es la diferencia entera entre quien paga y quien cobra.
Había crecido un palmo, tenía las prendas ordenadas por un criterio suyo y una bolsa de monedas que se tocaba cada poco, como quien se comprueba un diente.
Tenía, sobre todo, la cara de quien lleva semanas comiendo todos los días.
—Uli.
—Mago de los ratos perdidos. —Lo dijo alto, encantada, para que le llegara al mercado—. Te hacía muerto en una maraña.
—Ando en ello.
Dos o tres cabezas se volvieron. Justo lo que había ido a comprar allí para que no pasara.
No la corregí. Nunca la corregí con eso. La Ley me había raspado el título del brazo y me había puesto encima uno exacto y feo, y la única persona en dos niveles que seguía llamándome por el bueno estaba cobrándome ropa en un cruce de caminos.
—¿El puesto es tuyo?
—La mitad. La otra la debo. —Se encogió de hombros—. Como todo.
Tenía media tabla y la deuda de la otra media. A Uli las mitades le salían mejor que a mí las cosas enteras.
Le señalé el pardo.
—Ese.
—Te va a servir de poco. —Ya lo estaba doblando—. La gente no se acuerda de tu abrigo. Pero te lo vendo igual.
Se lo compré igual. Por cabezón, y porque había ido a por ropa y no a por un motivo para no comprarla. Me cobró de más. Mordió la moneda antes de guardarla, a mí, que se la acababa de dar. Uli seguía confiando en mí exactamente lo necesario.
Me guardé el abrigo bajo el brazo. Cuando ya me iba, Uli habló otra vez, sin levantar la vista de las prendas.
—Si dormís aquí, se alquila suelo, no cama. Y si vais a la puerta baja, id con caravana. Solos no llegáis enteros.
No le pregunté cómo sabía adónde íbamos. Habría cobrado por explicarlo.
Vi a Octavo unos puestos más allá, negociando la manera de meter algo enorme en su mochila. El precio no lo había negociado. Era un espadón de proporciones imposibles para cualquier mochila, y cuando le pregunté si sabía usarlo me dijo que era grande y útil.
Lo dijo con la seriedad de quien acaba de darte sus dos únicas razones para querer una cosa, y contra ese sistema de medida no hay regateo que valga.
No insistí. A mí me pareció grande y demasiado caro, aunque más caro me salió el abrigo: picaba más que la túnica, no había manera de abrocharlo y seguramente acabó otra vez en el puesto de Uli.
Lo del suelo era verdad. Bajo un techo, técnicamente, se alquilaba el sitio justo para tumbarse, compartido con otras catorce personas, un olor con biografía propia y una discusión sobre un queso que llevaba, por lo que deduje, varios días abierta.
Octavo entró y la habitación encogió, como si alguien hubiera contado mal los metros.
Buscó dónde ponerse sin tapar a nadie y acabó tapándolos a todos por turnos, disculpándose en orden.
Sarn se metió en un rincón, de espaldas a la pared, y desde allí trató con el menor mundo posible.
Daggis no soltó el arco. Contó las salidas, que eran dos, y las entradas, que eran demasiadas, e hizo esa cuenta suya que nunca enseña y que casi siempre termina en que nos vamos.
—El mago ese de la Novena —dijo alguien detrás de una manta—, dicen que ha llegado al Cruce.
No me giré. Se me daba ya mejor que por la mañana.
Pregunté cuánto costaba pasar la noche bajo el techo que goteaba. Me lo dijeron. Hice la única magia que se me da de verdad, que es multiplicar un gasto pequeño por los días que íbamos a estar incómodos, y me salió que quedarse era pagar por no dormir.
—No pienso ir a ninguna puerta —dije, por decir algo mientras la cuenta decidía por mí.
—Hay una caravana —dijo Daggis, que ya la había encontrado—. Sale al alba, baja a la puerta. Buscan escolta por los robos.
—No somos escolta.
—Tú no.
Tenía razón, que es lo que más molesta de Daggis cuando te deja fuera de una frase. Y por el orden de los hechos entendí que la caravana no era una propuesta: era un plan ya cerrado al que me estaban dejando llegar por mi propio pie.
El que mandaba en la caravana nos miró como se mira un lote.
Se detuvo en Daggis y su arco, en el tamaño de Octavo, en los cuernos de Sarn, y sumó.
A mí me miró lo justo para descartarme: me puso donde va lo que viaja con la escolta sin serlo, ayudante o bulto con opiniones.
Me molestó la rapidez. Llevaba toda la tarde intentando parecer exactamente eso.
Negoció Daggis. No por generosidad mía: negocia mejor, y abrir yo la boca me habría subido a la casilla de escolta, que pagaba más y duraba menos.
Sacó comida, algo de dinero y el viaje. Y puso una condición como quien no pone ninguna: el trato se acababa al cruzar la puerta. Ni un paso al otro lado.
Eso fue lo que me gustó. Me fío de las cosas que traen escrito su propio final; casi ninguna lo trae, y una que sí es casi un regalo. Escoltábamos hasta la puerta; después, la caravana sería problema de la caravana y nosotros de nadie.
Dormimos en el suelo alquilado. O durmieron ellos; yo hice inventario de los ruidos ajenos y del trozo de manta que había decidido que era mío.
El queso volvió a la conversación en algún momento.
En algún momento me dormí, supongo, porque me despertó Octavo, que se despierta como se endereza un mueble.
Salimos antes de que el Cruce tuviera luz para mirarnos.
La caravana esperaba a las afueras con esa prisa de las cosas que quieren irse antes de pensárselo.
Por delante, dos días de camino. Al final, una puerta —la de bajar, que esa sí abría—.
Aquí las distancias se contaban en días y en puertas; los días los llevo bien, con las puertas nunca me he llevado del todo.
Me subí a un carro que no era mío, en medio de gente que me tomaba por otra cosa, camino de un sitio al que había dicho que no iría. Por una vez todo salía según un plan. No era el mío, pero a los planes les da igual de quién son con tal de cumplirse en alguien.