Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 20 — Una taza propia
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Capítulo 20 — Una taza propia

Renna se marchó a la mañana siguiente.

Lo supe porque bajé a desayunar y estaba junto a la puerta con la mochila puesta, que es una manera bastante agresiva de anunciar algo antes del desayuno.

Bru le había preparado un paquete de comida. No mucho. En la Novena, regalar comida se consideraba una forma de afecto y también una mala costumbre que convenía no fomentar.

—¿Te vas? —pregunté.

Renna miró la mochila.

—Estoy ensayando.

—Lo haces muy bien.

—Gracias.

Lo dijo sin recoger la ironía, que es lo que hace Renna con las ironías: dejarlas en el suelo, delante de ti, para que veas lo poco que le han costado.

Daggis ya estaba despierta. Estaba sentada junto al fuego, revisando una flecha que no necesitaba revisión, porque hay personas que prefieren afilar algo mientras los demás hablan. Sarn ocupaba su rincón. Octavo todavía no había bajado.

—¿Adónde? —pregunté.

—Troubb.

El nombre me sonaba de haberlo oído alguna vez y haber decidido no necesitarlo. Es una forma de memoria bastante eficaz hasta que alguien hace la maldad de volver a mencionarte la cosa.

—¿Está lejos?

—Sí.

—Bien.

Renna esperó.

—Quiero decir que está bien saberlo. No que esté bien que esté lejos. Aunque también ayuda.

—Hay camino hasta el Cruce. Desde allí salen caravanas.

—Eso ya parece una invitación con demasiadas piezas.

—No te estoy invitando.

—Perfecto.

Me molestó un poco. No porque quisiera ir.

Pero una persona puede no querer hacer algo y aun así agradecer que se lo pidan con suficiente empeño.

Da valor a la negativa. Sin insistencia, uno parece simplemente un hombre que no va a ninguna parte, que era una descripción bastante ajustada y por eso mismo innecesaria.

Renna ajustó una correa de la mochila.

—Si al final decides ayudar, búscame allí.

—¿Y si decido no ayudar?

—No me busques.

—Eso simplifica bastante el viaje.

Daggis levantó la vista de la flecha.

—¿Qué hay en Troubb?

Renna tardó lo justo.

—Gente.

—Hay gente aquí.

—No esa.

Daggis volvió a la flecha. Eso significaba que había oído la respuesta, que no le gustaba y que pensaba guardarla para después. Daggis guarda las preguntas como guarda los cuchillos: cerca y sin avisar.

Renna me miró una última vez.

—No tienes que decidir ahora.

—Eso es lo que llevo intentando explicarte.

—No. Tú llevas intentando decidir que no sin tener que decidirlo.

Aquello era una acusación muy larga para una hora en que todavía no había bebido nada.

Bru dejó una taza delante de mí. La de la mella.

Mi taza.

La miré. Después miré a Bru.

—Esta es la de ayer.

—Sí.

—Siempre me das otra.

—Ya no.

Fue una frase pequeña. Hizo más daño del necesario.

Porque una taza asignada es la manera que tiene una casa de decirte que cuenta contigo mañana, y a mí las casas nunca me habían dicho eso, y la primera que lo decía me lo decía con Renna en la puerta y la mochila puesta.

Este mundo tiene la puntería fina para esas cosas: te da el sitio y la salida en el mismo desayuno.

Renna abrió la puerta.

—Troubb —dijo.

—Sé recordar una palabra.

—Entonces ya llevas parte del camino.

Salió. La puerta se cerró detrás de ella.

No la miré irse camino abajo. Hay despedidas que uno se ahorra mirando la mesa, y luego se pasa años pagándolas a plazos.

Me quedé mirando la taza. Bru me sirvió cerveza.

Era demasiado pronto para cerveza, pero Bru tenía una relación con las horas basada en que todas acababan pasando y, por tanto, no convenía respetarlas demasiado.

Probé. Seguía buena. También seguía teniendo la capacidad de convertir el desayuno en una decisión irreversible.

—¿Está rebajada? —pregunté.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para que puedas terminarla sentado.

Era una mejora objetiva.

Octavo bajó cuando Renna ya llevaba un rato de ventaja. Traía al bichorraíz en brazos.

El bichorraíz no necesitaba que lo llevaran. Tenía raíces, patas o una opinión botánica sobre ambas cosas y se desplazaba bastante bien cuando quería. Pero Octavo había descubierto que podía cargarlo, y desde entonces la libertad del animal dependía demasiado de la espalda de Octavo.

Octavo carga lo que quiere para no tener que decir que lo quiere. Es su idioma, y a esas alturas yo ya lo hablaba de corrido.

—Renna se ha ido —le dije.

Octavo miró hacia la puerta.

—¿Sin despedirse?

—Se despidió.

—De mí no.

—Estabas dormido.

Octavo consideró aquello una falta de previsión por parte de Renna. Dejó al bichorraíz junto al fuego. La criatura se sacudió, perdió tierra sobre el suelo recién barrido y se dirigió hacia el rincón donde Bru guardaba las verduras.

Bru lo vio. No hizo nada. La Novena había aceptado al bichorraíz del mismo modo que acepta una gotera: moviendo las cosas que no quería que se mojaran y esperando que el tiempo resolviera la propiedad.

Octavo se sentó.

—¿Volverá?

—Supongo.

—¿Cuándo?

—No ha dicho.

—Podríamos alcanzarla.

Daggis guardó la flecha.

—No.

Octavo la miró.

—Camina despacio.

—Tú crees que todo el mundo camina despacio.

Era verdad. Desde la perspectiva de Octavo, la mayoría de las personas parecíamos tener algún problema técnico con las piernas.

—Va a Troubb —dije.

—¿Vamos nosotros?

—No.

Daggis me miró.

—Todavía —añadí.

No sé por qué lo añadí. Las palabras pequeñas son las peores. Entran por una grieta y después uno descubre que ha construido una puerta alrededor. Octavo aceptó el todavía porque contenía una posibilidad. Daggis no, porque contenía una trampa.

Sarn seguía en su rincón, mirando el fuego.

—¿Tú qué dices? —le pregunté.

Sarn levantó la vista.

—Ir.

—¿A Troubb?

—Fuera.

Daggis asintió. Dos votos. Uno muy corto y otro que no había necesitado palabras.

Miré alrededor. La Novena tenía nuestras mantas en los catres, nuestras cosas debajo de las mesas, las botas de Octavo junto al fuego y una taza con una mella que Bru acababa de asignarme sin consultar.

Habíamos llegado rotos. Después habíamos dejado de estarlo lo suficiente como para empezar a estorbar de otra manera.

—Podríamos quedarnos unos días más —dije.

Bru secó un vaso.

—Podríais.

No sonó como permiso. Tampoco como expulsión. Bru tenía un talento especial para dejar las decisiones encima de la mesa y cobrar después por el espacio ocupado.

—La cerveza todavía necesita ajustes —dije.

—No.

—El tercer barril ha salido un poco más amargo.

—Se vende.

—Podría salir mejor.

—También tú.

Daggis sonrió sin enseñar los dientes.

Bru dejó unas monedas sobre la barra. No muchas. Las suficientes para que al juntarlas produjeran un ruido que yo asociaba con la riqueza porque nunca había tenido suficiente para aprender el sonido correcto.

—Tu parte —dijo.

Las conté. Después las volví a contar por si la segunda vez aparecía alguna nueva. El dinero no funciona así, pero tampoco funcionaba la cerveza hasta ayer.

—Falta una.

—La taza.

Miré la taza de la mella.

—¿Me estás cobrando mi propia taza?

—Mi taza.

—Has dicho que era la mía.

—Para beber.

Era difícil hacer negocios con Bru porque diferenciaba las palabras justo donde a mí me convenía que se parecieran.

Es un talento que en otro me habría parecido mezquino. En Bru era casi pedagogía: llevaba semanas enseñándome, moneda a moneda, que las cosas se tienen de maneras distintas, y que conviene saber de cuál es la tuya.

Guardé las monedas. Alcanzaban para comida, flechas, alguna reparación y quizá una noche bajo techo en el Cruce si Octavo no exigía una cama que soportara su relación personal con la gravedad.

No era una fortuna. Era mejor. Las fortunas atraen personas con planes. Aquello solo atraería comerciantes.

—Nos vamos —dijo Daggis.

No lo anunció. Lo puso encima de la mesa como se pone un cuchillo.

Bru siguió secando.

—Bien.

—Podrías fingir que te importa —dije.

—Os vais al Cruce, no a morir.

—Una cosa no impide la otra.

—Entonces volveréis si podéis pagar.

Eso, en Bru, era casi una súplica.

Recogimos después de comer. Teníamos más cosas que al llegar, que es una enfermedad frecuente de los sitios donde uno intenta descansar.

Daggis revisó sus flechas y apartó dos. Sarn guardó lo suyo en menos tiempo del que tardé yo en decidir qué parte de una manta seguía siendo mía. Octavo reunió comida suficiente para cruzar una región que se encontraba a medio día de camino.

—No necesitamos tanto —dije.

—Puede pasar algo.

—Siempre pasa algo.

Octavo añadió otro pan. Era difícil discutir contra nuestra experiencia.

Bru nos vendió provisiones a precio de amigo, que resultó ser el precio normal acompañado de una mirada menos hostil.

Después vino el bichorraíz. Octavo llevaba toda la mañana evitándolo.

Se notaba porque no se separaba de él.

La criatura estaba en el pequeño jardín de atrás, enterrada hasta media barriga junto a las plantas nuevas.

Había pasado las últimas semanas arreglando la tierra, mordiendo raíces enfermas y expulsando de su cuerpo sustancias que Renna aseguraba que eran buenas para el suelo y que yo prefería no estudiar mientras comía.

Octavo se agachó.

—Nos vamos.

El bichorraíz siguió removiendo tierra.

—Volveremos.

La criatura encontró algo bajo el suelo y lo masticó.

Octavo lo acarició entre dos brotes.

—Bru te dará las peladuras.

Bru estaba en la puerta.

—No.

Octavo se volvió.

—Le gustan.

—También le gusta la madera de la despensa.

—Solo mordió una esquina.

—La esquina sostenía el resto.

Octavo miró al bichorraíz.

—No muerdas la despensa.

El bichorraíz eructó tierra.

—Ha dicho que no —dije.

Octavo me ignoró. Le había preparado una bolsa pequeña con restos de verdura, dos raíces secas y una cinta que no servía para nada. Ató la cinta alrededor de uno de los tallos del animal.

Daggis la miró.

—La va a perder.

—Así sabe que es nuestro.

—Él ya sabe de quién es.

Octavo se quedó quieto.

—¿De quién?

Daggis miró el jardín.

—De aquí.

No era la respuesta que Octavo quería. Tampoco era una respuesta cruel. Daggis no se molesta en suavizar las cosas, pero a veces las deja en el suelo con cuidado.

Octavo abrazó al bichorraíz. Lo hizo despacio, lo que en él seguía siendo una fuerza suficiente para desplazar muebles.

La criatura soportó el abrazo sin moverse. Había sobrevivido a un bosque enfermo, a una maraña y a varias semanas de cariño de Octavo. Su concepto del peligro estaba ya bastante estropeado.

Cuando Octavo lo soltó, el bichorraíz tenía una raíz enredada en su manga. Octavo sonrió.

—No quiere que me vaya.

Daggis abrió la boca. La cerró.

Fue una de las cosas más amables que le vi hacer.

Octavo desenredó la raíz con cuidado. El bichorraíz volvió al jardín. No miró atrás.

Los bichos y las plantas tienen esa ventaja: nunca arruinan una despedida intentando mejorarla.

Bru nos esperaba delante de la Novena. No sé cuánto tiempo llevaba allí. Probablemente desde que construyeron la puerta.

Le devolví la taza de la mella. La miró.

—Puedes quedártela.

—Me has cobrado por ella.

—Por eso.

La guardé. Ahora tenía una taza propia.

Aquello confirmó que nos marchábamos justo a tiempo.

—La cerveza —dije—. No toques la proporción.

—Una parte de la buena, dos de la otra.

—Y no mezcles los posos.

—Sé servir cerveza.

—Hasta ayer no sabía bien.

Bru me miró.

—Hasta ayer se vendía igual.

No pude discutirlo. Octavo le dio instrucciones sobre el bichorraíz. Bru las escuchó todas con la expresión de un hombre al que están leyendo una condena larga en una lengua que entiende perfectamente.

Daggis se colgó su arco. Sarn ya estaba en el camino.

La Novena quedó detrás de nosotros: la puerta torcida, el letrero viejo, el humo saliendo por una chimenea que Ferre había reparado dos veces y que seguía inclinada por convicción.

Habíamos llegado allí sin saber cuánto tiempo íbamos a quedarnos. Nos marchábamos sin saber adónde iríamos después del Cruce.

Era una mejora pequeña, pero las mejoras grandes habían empezado a darme desconfianza.

Octavo se volvió tres veces. A la tercera, el bichorraíz había salido del jardín. Estaba junto a la puerta, con la cinta torcida en uno de los tallos.

Octavo levantó una mano. La criatura se rascó contra el marco y volvió dentro.

Octavo decidió que aquello era una despedida. Nadie tuvo valor para corregirlo.

Yo tampoco. Octavo es el único de nosotros que hace las despedidas enteras, con su ceremonia y su mentira piadosa incluidas, y afearle eso habría sido como cobrarle a alguien por rezar.

Los demás nos íbamos como nos vamos siempre: con la despedida a medio hacer y la esperanza de que nadie viniera a cobrárnosla.

Seguimos andando. Llevábamos comida, algunas monedas y ninguna obligación inmediata, que es una combinación tan poco natural que no duraría mucho.

El Cruce estaba a medio día. Troubb, bastante más lejos.

Por una vez, nos dirigimos al sitio cercano.