Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 19 — Algo más
71%

Capítulo 19 — Algo más

Las treguas, ya lo dije, duran lo que duran. Lo que no dije, porque entonces no lo sabía, es que la mía no se rompió por fuera. No vino nada a partirla. Se rompió por dentro, despacio, como se rompen las cosas que están demasiado quietas: por su propio peso.

Empezó por lo de ser mago.

Durante las semanas buenas, ser mago no me había costado nada, porque en la Novena no hacía falta ninguno.

Cosía mantas, arreglaba lo que se rompía, hacía mochilas que dejaban coja a la gente.

Trabajo de artesano raro, sin más. Pero el Cruce crecía, y a medida que crecía empezó a mandar hacia arriba una cosa que yo no sabía gestionar: expectativa.

Venían recados. Que si en el Cruce hacía falta quien abriera un paso que se había cerrado.

Que si un grupo quería bajar a una maraña y no tenían mago.

Que si habían oído —siempre habían oído— que en la Novena había uno.

Nunca me pedían nada de frente; era peor.

Era una presión de fondo, un runrún, la sensación creciente de que había un hombre en el mundo que abría puertas y que ese hombre, tarde o temprano, iba a tener que ponerse a abrirlas para todo el que lo pidiera.

Y yo, que soy cobarde de una manera muy trabajada, llevo fatal que se espere algo de mí.

Prefiero el desastre que elijo al que se me viene encima.

Un peligro con mi nombre puesto por mí me da menos miedo que uno que me eligen otros, aunque sea el mismo peligro.

Así que, sin darme cuenta, empecé a ponerme nervioso de estar quieto.

A mirar hacia los caminos. A preferir, contra toda mi naturaleza, que pasara algo por mi culpa antes de que me pasara a mí.

Renna se dio cuenta antes que yo. Renna se da cuenta de todo antes que nadie; es lo que la hace insoportable y lo que la hace útil, en ese orden.

Un día me puso delante un frasco. Sin buenos días, sin aviso, con esa manera suya de empezar las conversaciones por el medio y dejarte a ti el trabajo de ponerles el principio.

—Tos —dijo—. Para la tos. ¿Puedes hacerlo mejor?

No le di importancia. Llevaba semanas arreglándole cosas a todo el mundo, y que Renna, la que sabía de pócimas, me pidiera mejorar una era raro, pero yo estaba en ese punto de aburrimiento en que agradeces cualquier cosa que hacer con las manos. Cogí el frasco y seguí sus renglones.

Y era un jarabe honesto y aburrido, o eso parecía por encima.

Un alivia pequeño, un calma , la clase de cosa que le das a alguien que tose para que tosa menos y se calle.

Pero había un abriga pequeño escondido en una miel, y un descansa casi suelto en una raíz amarga, cada uno por su lado, ignorándose como ingredientes que comparten frasco y no se conocen.

Podía haberlo dejado así. Sé, ahora, que lo sensato era decir “está bien, para qué tocarlo”.

Pero yo no toco las cosas porque estén mal.

Las toco porque están ahí, y porque casi siempre veo cómo lo que ya tienen podría hablarse mejor, y porque no he aprendido todavía —no aprenderé nunca, empiezo a sospechar— a dejar quieto lo que se puede mejorar.

Así que lo mejoré. No añadí nada. Tampoco habría sabido. Los presenté: cosí el alivia con el abriga de la miel y con el descansa de la raíz amarga, y convencí a las tres cosas que Renna había metido en el frasco por separado de que eran una sola medicina.

Me llevó media tarde. Por un jarabe para la tos. Renna me miraba trabajar sin decir nada, con demasiada atención para un jarabe contra la tos.

Cuando terminé, el jarabe hacía todo lo que sus ingredientes ya sabían hacer y no habían sabido hacer juntos.

Calmaba la tos, abrigaba el pecho, daba sueño.

Y hacía una cosa más, porque las cosas que hago siempre hacen una cosa más: cosí el descansa con tanto esmero, tan cabezón, que el sueño que daba salió más hondo de la cuenta, y el pobre hombre de la Novena que lo probó —andaba resfriado— durmió catorce horas de un tirón y despertó jurando que no había dormido así desde niño y preguntando, un poco alarmado, si podía comprar más.

—Ahí está —dijo Renna, muy bajo, mirando al hombre desperezarse—. Ahí está.

—¿Ahí está el qué?

Y entonces me lo dijo, sin una pizca de vergüenza, con esa franqueza suya que es lo más parecido que tiene a la delicadeza:

—No era para la tos. Bueno, sí era para la tos. Pero no me importaba la tos. —Cogió el frasco, lo miró a la luz—. Quería ver si podías coger una medicina que ya funciona y hacer que funcione mejor. Sin romperla. Con tu… —buscó la palabra— con tu manera.

Tardé un momento en entenderlo.

—Me has dado un jarabe de mentira para ponerme a prueba.

—Un jarabe de verdad. La prueba era de mentira. —Se encogió de hombros—. Podía haberte preguntado si eras capaz. Pero me habrías dicho que no sabías, porque nunca sabes, y luego lo habrías hecho igual. Prefería verlo.

Tenía razón, que es lo más irritante de Renna. Le habría dicho que no sabía. Y lo habría hecho igual. Me tenía fichado, que no es lo mismo que conocerme, pero funciona mejor.

No me enfadé. Debería, quizá, haberme enfadado. Pero llevo toda la vida siendo algo que la gente mide antes de usar, y a estas alturas me sale más el cansancio que la ofensa. Además, tenía una pregunta más urgente que mi dignidad, que últimamente va siempre la última en la fila.

—¿Para qué querías saberlo?

Y Renna dejó de sonreír, si es que aquello había sido sonreír, y miró hacia el suelo de la Novena, hacia abajo, hacia donde llevaba mirando desde que la conocí.

—Podrías ayudar a muchos.

Eso sonaba mal.

No por la gente. La gente tiene cosas buenas cuando está lejos y no sabe tu nombre. El problema era podrías , una palabra que entra vestida de posibilidad y acaba pidiendo herramientas.

Miré al hombre que seguía amodorrado junto al fuego.

—Yo llevo toda la vida intentando ayudarme a mí mismo —dije—. No quiero presumir, pero los resultados están a la vista.

Renna miró al durmiente, a la mochila que repartía dolor y a una mesa que cojeaba desde antes de que yo llegara, aunque no me pareció justo que todo contara en mi contra.

—Sí —dijo—. Se nota.

Tapó el frasco.

Esperé la parte donde me hablaba de una enfermedad, un pueblo y algo horrible que solo podía arreglar alguien con mi combinación exacta de talento y mal juicio.

No llegó.

—¿Y?

—¿Y qué?

—La mucha gente.

—Sigue siendo mucha.

—Eso no ayuda.

—No era para ayudarte a ti.

Lo dijo sin crueldad ninguna, y por eso se me quedó clavada.

Aquello cerró bastante bien la conversación, y yo me fui a mejorar la cerveza.

No fue una huida. Las huidas tienen dirección. Yo solo escogí un problema que cupiera dentro de un barril y procuré que el otro no me alcanzara mientras trabajaba.

La cerveza de Bru tenía alcohol, sabor y clientes. Las tres cosas existían por separado y se evitaban con una disciplina admirable.

—Quiero mejorarla —le dije.

Bru estaba detrás de la barra, secando un vaso con un trapo que probablemente recordaba la Séptima.

—No.

Lo dijo antes de que yo terminara la frase, que es como dice Bru los noes que le importan: por adelantado, para no pagarle intereses a la esperanza de nadie.

—Puede tener mejor sabor.

—La beben.

—También comen raíces.

—Las raíces no pagan.

—Y más alcohol.

Bru dejó el vaso. No fue entusiasmo; Bru no tenía entusiasmo. Tenía cuentas, que ocupaban el mismo sitio y hacían menos ruido. Le vi hacerlas. Fue un parpadeo de nada, pero las hizo, y por primera vez desde que lo conocía me salieron a favor.

—Un barril —dijo.

—¿Me dejas tocar un barril entero?

—No. Te dejo estropear uno. Si sale bien, cambia el verbo.

Eligió el peor, por prudencia y por cariño al dinero.

Y no me ofendió, que es lo peor de todo.

Llevo la vida entera recibiendo el trabajo que no importa, el que si sale mal no lo nota nadie, el sitio de la mesa donde no estorbo, y a estas alturas hasta lo agradezco.

Al que le dan lo que no importa tampoco suelen pedirle cuentas.

Y conviene dejar dicha una cosa, porque luego se contó de otra manera: yo fui a por el sabor. El alcohol vino de propina, como viene todo lo mío.

La cerveza sabía a grano mojado, madera vieja y una discusión perdida dentro del tonel. Seguí sus renglones. Había un fermenta digno, un embriaga perezoso, un amarga demasiado orgulloso y restos pequeños de tuesta , dulce y refresca que llevaban años sin hablarse.

No podía meterle nada que no tuviera. Pero podía hacer que dejara de esconderlo.

Es lo único que sé hacer, y lo hago igual con un arco que con un barril, sin preguntarme si la cosa lo merece. A Octavo le devolví el arma con la que caza. A un tonel le iba a devolver el sabor con el que Bru cobra. El mismo gesto. Eso tendría que haberme dicho algo. No me dijo nada, y cosí.

Cosí el tuesta con el poco dulce , acerqué el refresca al amargor para que lo cortara sin matarlo y puse el embriaga junto al fermenta , donde llevaba generaciones evitando trabajar. Me llevó casi todo el día. Cuando terminé, Bru llenó tres vasos.

Probé el primero. La cerveza estaba buena; no buena para ser cerveza de Bru, sino buena de verdad: tostada, limpia, con el amargor justo y un final dulce que se marchaba antes de hacerse dueño del sitio.

Después llegó el alcohol.

Llegó entero. Me calentó la garganta, el pecho y una parte de la cabeza que hasta entonces había prestado servicio sin quejas, y me agarré al barril por respeto a la gravedad.

Bru bebió. Se sentó. Y Bru solo se sentaba detrás de la barra cuando cerraba o cuando el suelo ganaba una discusión.

—Está fuerte —dijo Renna.

—Tiene carácter —dije.

—Tiene armas.

Bru volvió a probarla, esta vez menos.

—Has metido tres barriles en uno.

—He unido lo que ya estaba.

—Pues ahora lo separas.

—Eso no funciona así.

Bru miró los otros toneles. Después miró el barril nuevo. Sacó tres jarras grandes, mezcló una parte de mi cerveza con dos de la antigua y probó.

La cerveza seguía estando buena. Y seguía teniendo alcohol suficiente para que una persona recordara la noche siguiente solo por referencias de terceros. Bru llenó otro vaso.

—Tres barriles —dijo.

—Uno era mío.

—El barril era mío.

—La magia era mía.

—El problema también.

Negociamos. Bru empezó ofreciéndome una parte de diez. Yo pedí la mitad. Acabamos en una parte de ocho después de que intentara reducir su propia oferta por hacerle perder el tiempo.

Una parte de ocho. Defendí esa cifra como si fuera una victoria y luego me pasé un rato calculando cuánto era una parte de ocho de tres barriles. Resultó ser poco, y lo celebré igual. Nunca he sabido cuánto valgo, pero tengo mucha práctica aceptando la primera cifra que no asuste a nadie.

Al anochecer había tres barriles de cerveza buena, fuerte y vendible donde por la mañana solo había uno malo y dos mediocres. Bru los miró. Yo también.

Era la primera vez que mi magia multiplicaba algo que no fueran las consecuencias.

Renna pasó junto a nosotros.

—¿Has ayudado a mucha gente?

Dentro, Tordo terminó el primer vaso y decidió que podía cantar. No podía.

—Estoy empezando por las fáciles —dije.

Aquella noche la Novena ganó dinero, Bru perdió dos vasos y cuatro personas necesitaron ayuda para encontrar el suelo.

Lo de abajo podía esperar. La cerveza no: la cerveza ya tenía clientes.