Capítulo 18 — Tregua #2
Y como aquella tarde media posada quiso probar la mochila milagrosa que no pesaba, media posada acabó, hacia la noche, andando torcida, sin motivo aparente: una sala entera de gente inclinada hacia el mismo lado, cargando cada uno su parte de una mochila que estaba tranquilamente en el suelo, sin pesarle a nadie y a todos a la vez.
Los que la habían levantado entre dos iban la mitad de torcidos que los que quisieron solos: una lección de aritmética andando por una sala.
El peor la levantó tres veces él solo, y a la tercera andaba como si le hubieran colgado una mula invisible de un hombro.
Ferre me miró desde su cojera con una calma que ya conocía.
—Kato.
—Lo sé.
—¿Qué has hecho?
—He repartido el peso —dije—. A lo mejor lo he repartido un poco por todo el mundo.
A la mañana siguiente andaban todos derechos otra vez. El peso prestado se va solo, despacio, sin que nadie haga nada. Aquella tarde yo eso no lo sabía, y me la pasé entera convencido de que había lisiado a media posada.
No la arreglé. Esto es importante y me llevó un rato entenderlo: no la arreglé.
Porque cuando fui a deshacer el exceso —a repasar el reparte a la baja, a devolverlo a su sitio—, me di cuenta de dos cosas.
La primera, que a lo mejor no sabía; que quitar es más difícil que poner, y que el reparte había agarrado tan hondo, con tantas pasadas mías, que arrancárselo podía cargarme la mochila entera.
Y la segunda, la que me hizo dejar el dedo quieto, fue que probamos a cargarla entre varios.
Y entre varios era perfecta.
Porque el reparto era el reparto. La levantamos entre diez y no le pesó a nadie: la mochila no estaba estropeada, estaba hecha para muchos. Una porquería para un hombre y una maravilla para una cuadrilla.
El que me la había encargado, que viajaba solo, no la quiso, con razón.
Pero se la vendimos, y bien, a un grupo de seis que se iban juntos al pueblo grande a cargar piedra, y que cuando entendieron la regla —cuantos más la toquen, menos pesa— la miraron como se mira un milagro, porque para seis hombres que cargan piedra todo el día, una mochila que reparte su peso entre los seis es exactamente el milagro que llevaban toda la vida necesitando.
Me quedé pensando en eso más de lo que debería. La mochila castigaba al que iba solo y aliviaba a los que cargaban juntos. Preferí no pensar demasiado en por qué aquello me resultaba familiar.
Del pueblo grande, los que iban y venían traían cosas más grandes que la piedra.
Traían noticias. Que en el Cruce —que así llamaban al pueblo, porque no era más que eso, el sitio donde se cruzaban dos caminos viejos— donde antes había un pueblo de nada, ahora había mercado tres días por semana.
Que llegaba gente de sitios que nadie sabía que existían todavía, gente que como nosotros se había quedado sin su arriba y bajaba a ver qué encontraba en lo que quedaba.
Que estaban levantando algo parecido a una plaza, y que donde hay plaza, decía Tordo, en dos años hay ley, y donde hay ley hay a quién pagarla, así que disfrutad de no tener a nadie a quien pagar mientras dure.
Aquel pueblo se estaba convirtiendo en el centro de un mundo que aún no sabía que era un mundo.
Lo que había sido un sitio de paso —bajabas, cruzabas, ibas a tu maraña, volvías a subir— se estaba quedando quieto y espesándose en algo con nombre, con mercado, con gente que ya no pensaba volver arriba porque arriba ya no estaba.
Se estaba haciendo un sitio. Y los sitios, cuando se hacen, necesitan de todo: herreros, tintoreros, gente que cure, gente que cargue, gente que abra puertas.
Gente que abra puertas.
No lo dije en voz alta, pero lo pensé cada vez que volvía alguien del pueblo con esa palabra, mago, flotándole alrededor sin decirla del todo.
En un mundo que se está haciendo y que tiene las puertas cambiadas de sitio, un hombre que sabe abrirlas —aunque las abra mal, aunque tarde una eternidad— no es un inútil con una túnica que pica.
Es, me temo, algo que la gente va a empezar a querer.
Y que la gente te quiera para algo es, en mi experiencia, la manera más fiable que hay de que te pase algo malo.
Renna fue la última pieza de aquellas semanas, y la que menos entendí.
Porque Renna, que nos había metido en la maraña a sabiendas y tendría sus razones para hacerlo, hizo durante aquellas semanas una cosa callada y constante: nos abarató la vida.
La estancia en la Novena, que debería habernos arruinado, salía extrañamente barata.
La comida aparecía sin que la deuda creciera al ritmo que debía.
Bru fruncía el ceño con las cuentas y las hacía cuadrar de todos modos, y cuando yo me fijé —porque empecé a fijarme, porque una cosa que me está enseñando este oficio es a mirar dos veces lo que a la primera parece normal— me di cuenta de que era Renna.
Que hablaba con Bru aparte. Que ponía de lo suyo, o de lo de la Novena, que para el caso venía a ser lo mismo aunque ella no lo dijera. Que estaba pagando algo.
No pidió perdón. Hizo que vivir nos costara menos. Hay gente que solo sabe disculparse en las cuentas.
Yo lo vi, y no dije nada, porque también tengo mis maneras torcidas de decir lo que no sé decir de frente, y reconocí la suya como se reconoce a un pariente feo: con incomodidad y con algo que se parece al cariño.
Solo una vez, una noche, la pillé mirando hacia el sur —hacia abajo, hacia donde bajan las puertas que aún funcionan— con una cara que no era de aquí.
Con la cara del que tiene un sitio al que ir y no ha llegado.
Y entendí, sin que me lo dijera, que Renna no había venido a quedarse.
Que la Novena, para ella, era una parada.
Que lo que fuera que la había traído desde abajo la estaba esperando abajo todavía, y que las semanas de calma, las mías, las de todos, eran para ella una deuda que pagar antes de seguir su camino.
No le pregunté hacia dónde. No se preguntan aquí las cosas que se leen solas.
Pero me quedé con aquella mirada suya hacia el sur, y con la sensación, nueva y molesta, de que la calma en la que por fin habíamos aprendido a existir tenía fecha, y de que la fecha la marcaba una mujer que miraba hacia abajo.
Aquella noche dormí bien, en mi cama de la Novena, con una manta nueva que me había cosido para sustituir la que se llevó el bicho.
Dormí bien porque no había muerto nadie en semanas, porque teníamos con qué comer, porque por una vez el mundo y yo habíamos llegado a una tregua incómoda, los dos igual de mal hechos, los dos aguantando de milagro, sin pedirnos el uno al otro más de lo que podíamos dar.
Dormí bien.
Renna no.