Capítulo 18 — Tregua
Las cosas, cuando por fin dejan de intentar matarte, hacen algo casi peor: te dan tiempo para pensar.
Pasaron unas semanas. No las voy a contar día a día, porque no daría para tanto y porque, la verdad, fueron las primeras semanas de este mundo en las que no murió nadie, ni yo el primero, y una racha así conviene no tentarla mirándola demasiado de cerca.
Digamos solo que la Novena, que era una posada a la que no venía nadie, se fue llenando de gente que ya no tenía otro sitio, y que entre toda esa gente, muy despacio, empezó a pasar algo que no sé si llamar comunidad porque suena a más de lo que era.
Era, más bien, un montón de personas que habían decidido, sin votarlo, seguir vivas en el mismo sitio.
Que a veces es todo lo que hay, y a veces basta.
Lo primero que nos salvó de las deudas fue, y esto todavía me hace gracia, nuestra propia vergüenza.
La savia azul, resultó, valía dinero.
Aquella porquería que nos había cubierto de arriba abajo en la maraña, la que nos endureció el pelo y nos atrajo mariposas y nos soltó la lengua en el peor momento, se secó sobre la ropa en costras de un azul intenso, y cuando Renna vio la primera costra que Octavo se rascaba del brazo, en vez de decirle que se lavara, le sujetó la muñeca.
—No la tires —dijo—. Eso es pigmento. De los que no se destiñen. —Raspó un poco con la uña, lo miró a la luz—. Los tintoreros de abajo pagan por menos.
Y así fue como veinte personas que habían vuelto de la peor expedición de sus vidas se pasaron dos tardes rascándose la ropa endurecida, la piel, el pelo, recogiendo en cuencos las escamas azules de su propia humillación para venderlas.
No sé si habéis tenido que financiaros alguna vez raspándoos la vergüenza a tiras y metiéndola en un cuenco.
Es una experiencia que reordena las prioridades.
Uno sale de ahí sabiendo exactamente cuánto vale su dignidad, que es más o menos lo que den por ella en el mercado, ni un cobre más.
Dio lo justo. No para hacernos ricos —nada nos iba a hacer ricos, empezaba a sospechar que la riqueza era una de esas cosas que le pasan a otra gente en otros niveles—, pero sí lo justo para comer unos días y no deberle a Bru más de lo que ya le debíamos, que era bastante.
Y con eso, y con lo que cada uno fue sacando de aquí y de allá —Ferre arreglando lo que se rompía en la posada, Tordo guiando a algún recién llegado, Daggis trayendo carne que nadie le preguntaba de dónde—, fuimos reuniendo lo mínimo para seguir existiendo.
Que era, después de la maraña, un lujo obsceno.
Detrás de la Novena, mientras tanto, el bicho hacía lo suyo.
El bichorraíz que se nos había pegado a la vuelta —el pequeño, el que llevaba dentro un trozo de mi manta— se había instalado en el montón de desperdicios de detrás de la posada como quien encuentra su vocación.
Y una posada que hace pociones genera una cantidad de desperdicio que no os imagináis: ingredientes pasados, posos, mezclas que salieron mal, frascos de cosas que ya no sirven.
Bru lo tiraba todo al montón de atrás y se olvidaba.
Y el bicho lo recogía, lo enterraba, lo trabajaba con esa diligencia torpe y silenciosa de los suyos, cavando y tapando y volviendo a cavar, sin que nadie le pidiera nada ni le agradeciera nada.
Le cogimos cariño de la manera en que se le coge cariño a lo que no se va: por agotamiento.
Octavo le puso nombre, un nombre malísimo que no pienso repetir porque se lo merece él y no vosotros.
Uli le hablaba. Hasta Daggis, que juraba odiarlo, le dejaba las sobras “para que no venga a por las nuestras”, que es la manera que tiene Daggis de querer a algo sin que se le note.
Y semanas después, detrás de la Novena, en el montón donde el bicho enterraba la basura, empezó a crecer algo.
Verde. Plantas que Renna reconoció con una cara rara, porque eran de la maraña, de la Savia Larga, y estaban brotando aquí, de este lado, en tierra que nunca había dado nada parecido.
El bicho, enterrando desperdicio, había hecho suelo.
Y en el suelo había caído, con la basura, alguna semilla, algún poso vivo, algo de la maraña que el bicho llevaba encima, y había prendido.
No le dimos, en su momento, la importancia que tenía.
Un huerto pequeño detrás de una posada no parece gran cosa cuando lo que querías era un nudo de savia y volviste con las manos vacías.
El bicho feo que espantamos toda una semana nos había traído, sin que nadie lo cargara, lo único que de verdad valía la pena traerse de una maraña: no la cosecha, sino la manera de que la cosecha vuelva a crecer.
De la savia sí aprendimos algo pronto, y fue Renna quien nos lo enseñó, porque era su oficio aunque siguiera sin decir del todo que lo era: que de un nudo, o de una planta madre, se puede sacar un poco de savia sin matarla.
Poco. Lo justo. Se sangra despacio, por un corte pequeño, y se deja cerrar, y a las semanas se vuelve.
Lo que no se puede es arrancar el corazón entero y llevárselo, que era exactamente lo que habíamos ido a hacer.
Habíamos aprendido a cosechar sangrando en lugar de matando, que es una lección que a este mundo le ha costado, por lo que voy viendo, unas cuantas marañas muertas enseñar.
No dije nada, pero lo anoté. Tomar poco. Dejar que se cierre. Volver. Se parecía tanto a lo único decente que había aprendido a hacer con las palabras que casi me dio vergüenza no haberlo sabido antes.
Y en algún momento de aquellas semanas, hice mi primera cosa para vender.
No un regalo, como el arco. No una reparación de urgencia, como el nudo.
Una cosa hecha a propósito, por encargo, para sacar dinero: un oficio, por fin, en lugar de un accidente con suerte.
Me lo pidió un hombre que se iba al pueblo grande, a unos días de camino, y que necesitaba cargar más de lo que un hombre carga.
Una mochila. La cosa más humilde del mundo, y a mí me pareció, cuando me la encargaron, casi solemne, porque era la primera vez que alguien me pagaba por adelantado por algo que todavía no existía y que confiaba en que yo iba a saber hacer.
Ferre me reforzó el armazón. Una talabartera de las nuevas le puso correas buenas.
Yo iba a poner lo mío: iba a coser el carga de la mochila con un reparte , para que el peso, en vez de tirar todo de un hombro, se distribuyera por la mochila entera y por el cuerpo entero, y el hombre pudiera llevar el doble sin partirse la espalda.
Y aquí descubrí dos cosas. Una buena y otra que aún no había decidido de qué clase era.
La buena fue que no tenía que hacerlo de un tirón.
Hasta entonces, cada vez que cosía, lo hacía como se hace lo que te va la vida en ello: sin parar, sin dormir, hasta terminar o caer.
Media noche por una manta. Un día entero por un nudo.
Porque creía que si soltaba el trabajo a medias, se deshacía.
Pero una mochila no tiene prisa, y yo tampoco, por primera vez, tenía a nadie muriéndose mientras trabajaba.
Así que probé lo que no me había atrevido a probar: cosí media costura, la dejé, me fui a cenar. Y volví al día siguiente.
Y el trabajo seguía ahí. No se había deshecho. Me esperaba, exactamente donde lo había dejado.
Es más: era mejor. Porque cuando volví, con la cabeza descansada y los ojos frescos, vi cosas que no había visto en caliente.
Vi una juntura que había quedado floja y que yo, la víspera, entregado, orgulloso, habría jurado perfecta.
Vi que el reparte agarraba de más por un lado.
Vi, en mi propio trabajo, los errores que la noche anterior tenía delante y no miraba, porque cuando uno está dentro de una cosa no la ve; hay que salir y volver para verla.
Nunca había podido salir y volver. Siempre había cosido de una sentada, ciego de cansancio, y me había tragado mis propios errores porque no tenía ojos frescos con que pillarlos.
Trabajar despacio seguía siendo trabajar despacio. Pero si paraba y volvía, con los ojos frescos, al menos pillaba mis errores antes de venderlos. Algunos. El que va rápido no se relee; yo, que no sé ir de otra manera, me releo a la fuerza.
Esa fue la buena.
La otra tardó tres días en darme la cara, y me la dio en forma de media posada andando torcida.
Porque el problema de tener ojos frescos y una cabezonería del tamaño de la mía es que no sé cuándo parar de mejorar una cosa.
Volví a la mochila una vez, y vi el reparte flojo, y lo repasé.
Volví otra, y me pareció que aún se podía repartir mejor, y lo repasé más.
Y otra. Cada vez que volvía con los ojos frescos, los ojos frescos me encontraban una manera de repartir un poco mejor, y yo, que soy incapaz de dejar una cosa cuando veo cómo mejorarla, la mejoraba.
Repasé el reparte tantas veces, con tanto esmero, que la palabra acabó repartiendo más de lo que le pedí. Mucho más.
No repartía el peso solo por la mochila.
Lo repartía por todo lo que la tocara.
Lo descubrimos el día que la terminé, cuando la puse en el suelo de la sala y la gente se acercó a probarla, como se acerca la gente a una cosa nueva, tocándola, levantándola, “a ver cuánto pesa”.
Y uno la levantó, y dijo que no pesaba nada, maravillado.
Y la soltó. Y siguió sin pesarle nada —a él—, porque todo el peso de la mochila se le había quedado repartido en el cuerpo, y se lo llevó puesto, sin mochila, a su mesa, a su silla, a su tarde entera, cargando un peso que ya no estaba, cojeando un poco sin saber por qué.