Capítulo 17 — Devolver #2
No fue barato, y no lo pagué solo yo, que habría sido más justo.
A media faena, el bosque —que se defiende como se defiende un cuerpo de la aguja que lo cura— cerró una raíz nueva, rápida, ciega, sobre lo único que no se apartó a tiempo, que era yo, y se me enroscó al cuello antes de que nadie la viera venir.
No podía soltar el trabajo. Si soltaba el renglón que tenía a medias, todo se deshacía y había que empezar de cero, y no había un cero que empezar, no quedaba tiempo.
Así que seguí cosiendo con la raíz apretándome la garganta y el mundo poniéndose oscuro por los bordes, hasta que Sarn llegó.
Y Sarn hizo lo suyo, lo que casi nunca le he visto hacer, lo que el Templo prohíbe y él puede: no cortó la raíz.
La borró. Le pasó la mano por encima al estrangula que la movía y lo borró del mundo, entero, sin dejar residuo, y la raíz se murió a media presión y cayó floja como una cuerda soltada.
Yo devolviendo palabras al sitio y Sarn quitándolas del sitio, los dos métodos contrarios, salvándome la misma vida en el mismo minuto.
No dije gracias. No se dan las gracias en mitad de un trazo.
Pero lo anoté, en el montón, junto a todo lo que le debo a Sarn y no le he pagado.
Ferre pagó lo suyo también: una de sus herramientas buenas, de las que había hecho con sus manos, resbaló al fondo del nudo mientras sostenía una raíz, y el nudo, al cerrarse otra vez sobre sí mismo, se la tragó para siempre.
La dio por perdida sin una queja, que en Ferre es la forma más alta de duelo.
Me llevó casi toda la noche. Sangré por la nariz más de lo que me gustaría admitir.
Sarn tuvo que sostenerme dos veces más para que no me cayera de bruces sobre mi propio trabajo.
Y cuando terminé, cuando la última raíz volvió a reconocer al corazón y el hueco dejó de sangrar renglones, no hubo destello, ni luz, ni milagro.
Hubo solo un bosque que, muy despacio, dejó de estar enfermo.
El olor agrio bajó. Los animales, a lo lejos, empezaron a volver hacia donde debían.
Las mariposas dejaron de acosar a Daggis, más o menos.
No habíamos ganado nada. Habíamos trabajado un día entero para dejar las cosas como estaban antes de tocarlas, que después de tanta herida y tanta savia azul era exactamente el peor negocio imaginable.
No sé por qué, pero aquello sí me pareció mío.
El zarcillo, esta vez, se abrió sin pelear. Ya no llevábamos nada que no debiera salir.
Salimos como sale la gente derrotada: en fila, en silencio, sin carreta —la habíamos desguazado para los soportes—, cargando en brazos lo poco que quedaba.
Azules. Amarillos algunos, por las pociones.
Con un verde en los bordes que Renna juraba que todavía no era infección.
Con ropa cortada para vendar heridas. Oliendo a fermentación y a flor podrida a partes iguales.
Perseguidos hasta el último metro por una nube de insectos que se había aficionado a nuestro olor.
Y Octavo cerrando la fila con una olla en las manos, porque se negaba a soltar la cena —una cabra ancla que habíamos cazado hacía siglos, cuando éramos gente con futuro—, lo único de toda la expedición que no había intentado matarnos.
Bru nos vio entrar en la Novena a media tarde.
Miró la fila de espantajos azules. Miró la ausencia de carreta.
Miró a Daggis, seguida todavía por tres mariposas tercas, con una cara que prohibía cualquier comentario.
Me miró a mí, con una botella pegada a la mano derecha —un recipiente que había cosido demasiado bien días atrás, con un contiene tan tozudo que ya no había manera de despegármela—, pero esa es otra historia y también es culpa mía.
Dejó el trapo. Se apoyó en la barra. Y preguntó, con esa voz plana suya que no sube ni para las catástrofes:
—¿Ha ido bien?
Y yo, que ya no tenía savia azul en el cuerpo que me obligara a la sinceridad pero que había descubierto que la sinceridad, una vez la pruebas, cuesta soltarla, le dije la única cosa verdadera que se podía decir:
—El bosque conserva la mayor parte.
Bru asintió despacio, como si aquello fuera una respuesta que hubiera oído antes, de otra gente, en otras tardes, y volvió al trapo.
Lo del bichorraíz no lo notamos hasta que ya estábamos dentro.
Uno pequeño, del tamaño de un perro, se había enganchado a la fila en algún punto de la retirada.
No sé cuándo. Había incorporado a su cuerpo, a esa masa suya de raíz y tierra y porquería, unos restos de la carreta desguazada, un trozo de cuerda, y —esto me dolió un poco— un jirón de mi manta, la que arrulla, que se me había roto en el fango.
Y como esos materiales llevaban nuestro olor, nuestro rastro, nuestra zona, el bicho nos había seguido, porque ahora nosotros éramos, para su cabeza de raíz y barro, parte del sitio que le tocaba cuidar.
Intentamos librarnos de él. Que conste. Lo espantamos, lo dejamos atrás, lo perdimos tres veces. Y tres veces reapareció, chato, torpe, cargado con su basura y con mi manta, siguiéndonos con esa cabezonería mansa de lo que ha decidido que es tuyo aunque tú no lo hayas decidido.
Al final Octavo, que no sabe dejar a nadie fuera, le puso un cuenco de agua. Y ahí se acabó la discusión, porque un bichorraíz al que le pones agua es un bichorraíz que ya es de la casa, lo quieras o no.
Se quedó detrás de la Novena. Nadie decidió que se quedara; simplemente dejó de irse.
Empezó a hacer lo que hacen los suyos: recoger lo que sobra.
Y detrás de una posada de pociones sobra mucho —ingredientes pasados, restos, frascos de mezclas que salieron mal, todo lo que Bru tiraba al montón de atrás sin pensar.
El bicho lo recogía, lo enterraba, lo trabajaba a su manera lenta y torpe.
No le dimos importancia. Teníamos deudas, heridas, y el orgullo muy inflamado. Un bicho feo que se comía la basura era lo último en lo que pensar.
Que era, exactamente, la clase de cosa en la que uno no piensa justo antes de que resulte importar. Pero eso es de más adelante, y de más adelante ya me ocuparé cuando me toque.
Esa noche, solo, antes de dormir, me arremangué la túnica y me miré el brazo, por costumbre, por si acaso.
La Ley había vuelto a pasar. Implacable, ciega, puntual como la peor clase de funcionario, había leído lo que había hecho en la maraña —había reparado un ecosistema entero cosiendo renglones durante un día sin parar— y había actualizado mi renglón en consecuencia.
Me había borrado el título que me puso la gente en el campamento, el largo y absurdo y cariñoso, y en su lugar, con esa caligrafía perfecta e idiota que no entiende nada de lo que mide, había escrito mi grado nuevo, ganado con la obra más difícil y más humilde de mi vida:
Reparador de daños autoinfligidos.
Me bajé la manga.
No le faltaba razón. Nunca se la falta. Ese es el problema con la Ley: que te insulta con datos exactos.
Pero al día siguiente Uli me llamó por lo otro. Por el título del campamento, el que la Ley había borrado de mi brazo y no de su boca, porque a la boca de la gente no llega la Ley.
No la corregí.
Me dormí sin manta, porque un trozo de la mía se había ido a vivir dentro de un bicho, y el bicho dormía tan feliz detrás de la posada, cuidando con celo una basura que no le importaba a nadie.