Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 17 — Devolver
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Capítulo 17 — Devolver

Un bosque enfermo no ruge. Se pone raro, que es peor, porque contra lo que ruge sabes qué hacer y contra lo que se pone raro no.

Emprendimos la retirada con el nudo en la carreta y la sensación, cada vez más clara, de que el sitio por el que habíamos entrado ya no era el sitio por el que íbamos a salir.

Y aquí empezó el castigo, que este mundo administra con una justicia poética que a mí, si no me tocara siempre a mí, hasta me haría gracia: no nos castigó por ser torpes.

Nos castigó por ser buenos. Cada cosa que sabíamos hacer, cada oficio del que estábamos orgullosos, se volvió del revés y nos mordió con nuestros propios dientes.

Empezó Tordo. Tordo conocía el camino —lo conocía de verdad, nos había traído sin un paso de más—, y el camino ya no estaba.

El bosque, sin su centro, se había desordenado: raíces que marcaban la ruta se habían retraído, claros que eran referencia se habían cerrado, y Tordo se paró en un cruce que él juraba conocer y que ya no llevaba a donde llevaba.

—Esto giraba a la izquierda —dijo, y por primera vez desde que lo conocía, el viejo sonó viejo, y cansado, que son dos cosas que hasta entonces no le había oído juntas—. Ayer giraba a la izquierda.

—Pues hoy no —dijo Daggis.

Y Daggis tampoco servía, y eso la puso de un humor que auguraba muertes.

Daggis lee depredadores: sabe hacia dónde va a saltar lo que caza, calcula la violencia antes de que ocurra.

Pero un bosque enfermo no es un depredador.

Los animales que huían no huían con lógica de caza; huían sin sentido, en desbandada, desorientados como nosotros, y Daggis se encontró por primera vez incapaz de predecir nada, porque no había nada que predecir, solo pánico animal repartido a ciegas.

Leer el peligro no sirve cuando el peligro también se ha vuelto tonto.

Y entonces Octavo vio el saco.

Fue un error honesto, de los que comete la gente buena por exceso de utilidad.

Entre los árboles, algo grande y colgante se hinchaba y deshinchaba, del tamaño de un buey, con una piel tirante y palpitante que en la penumbra del bosque enfermo parecía, la verdad, un depredador agazapado tomando aire para saltar.

Octavo, que llevaba toda la retirada deseando servir para algo, que tiene un arco irrompible y un corazón que solo sabe proteger, hizo lo que haría cualquiera con ese arco y ese corazón: tensó y disparó, para salvarnos de la cosa antes de que la cosa nos saltara encima.

La flecha, con la fuerza de ese arco imposible, atravesó el saco. Y siguió. Atravesó el árbol de detrás. Y clavó el saco al árbol, cosiéndolos, con una puntería que en cualquier otra circunstancia habríamos aplaudido.

El saco no era un depredador. Era una de esas cosas que el bosque enfermo había empezado a producir: una bolsa de savia defensiva, hinchada de presión, esperando a que algo la tocara para hacer lo único que sabía hacer.

Explotó.

No fue una explosión de fuego. Fue una explosión de color.

Una nube de savia de un azul intenso, casi bonito, que salió disparada en todas direcciones y nos cubrió a la mitad de la partida de arriba abajo, tibia, pegajosa, y con un olor que no era desagradable —ese fue el insulto final— sino dulzón, floral, casi agradable.

Nos quedamos quietos, azules, goteando, en el silencio que sigue a las catástrofes absurdas.

—¿Estamos todos bien? —preguntó Octavo, azul hasta las cejas, con la inocencia intacta.

—Voy a matarte —dijo Daggis, con una calma perfecta.

Estaba azul de la cabeza a los pies, con las orejas pegadas al cráneo por la savia, y a su alrededor habían empezado a congregarse, atraídas por el olor dulzón, unas mariposas pálidas de la maraña, media docena, revoloteándole alrededor de la cabeza como una corona—.

No ahora. No tengo tiempo ahora. Pero lo he decidido y quiero que conste.

Voy a matarte, Octavo, y va a ser lento.

—Vale —dijo Octavo, que se lo tomó bien, porque se lo toma todo bien.

—Y a ti —me señaló a mí, un dedo azul, temblando de ira contenida—. A ti también. Por existir. Por todo. En general.

Iba a protestar que yo no había disparado a ningún saco.

Pero la savia azul tenía, descubrí en ese momento, una propiedad más, la peor de todas: soltaba la lengua.

Algo en ella, algún compuesto del bosque enfermo, daba una sinceridad química leve, un aflojarse de los frenos que uno tiene para no decir lo que piensa, y me oí a mí mismo contestar, con una honestidad que no había autorizado:

—La verdad es que es un poco culpa mía, sí. Casi todo suele serlo. Es agotador, si te sirve de consuelo. Vivir siendo yo es como que te sigan a todas partes con la factura.

Se hizo un silencio azul. Renna, que también estaba salpicada, me miró. Y por efecto de la misma savia, o a lo mejor porque ya no le quedaban fuerzas para las capas, dijo, bajito, para nadie:

—Yo sabía lo del nudo y os traje igual.

Y como lo había dicho la savia por ella, nadie supo qué hacer con aquello, y todos fingimos, por piedad, que se lo había llevado el viento.

Llegamos al zarcillo cubiertos de azul, perseguidos por lo que el bosque enfermo escupía, con las pociones de Renna reaccionando en las bolsas de maneras que no vienen al caso salvo por Tordo, a quien un frasco roto había dejado tan sereno que cruzó una zona de peligro silbando, admirando el paisaje, inmune por química a un terror que nos tenía a los demás con el corazón en la boca.

Y el zarcillo no se abrió.

Me planté delante, forcé la vista, encontré el cierra de siempre, empujé, tiré de abre , empecé a repasarlo.

Y algo iba mal. La palabra no agarraba. Se me escurría, se resistía de una manera que el zarcillo de la entrada no se había resistido.

Tardé en entender por qué, y cuando lo entendí, se me cayó el alma a los pies azules.

Era el nudo. Lo llevábamos en la carreta, sangrando sus renglones cortados, y esos renglones eran de la maraña —pertenecían aquí, a este lado—.

El zarcillo lo notaba. Intentaba abrirse para nosotros y cerrarse a la vez para el nudo, porque una cosa es dejar salir a unos forasteros y otra dejar salir el corazón de un bosque, y la puerta, más sabia que todos nosotros juntos, se negaba a llevarse lo que no debía salir.

Podía forzarlo. Podía, con horas, con un dolor de cabeza que me dejaría ciego, obligar al zarcillo a tragarse el nudo y a nosotros con él.

Pero forzar una puerta a llevarse lo que no quiere llevarse era arriesgarme a arrastrar medio bosque detrás, o a dejar la salida abierta de par en par para todo lo que nos perseguía, o las dos cosas.

Me giré. Estaban todos mirándome, azules, heridos, agotados, esperando que el mago abriera la puerta como abre las puertas.

Y les dije la cosa más difícil que he dicho en este mundo, más difícil que “ahora vengo”, porque aquella la dije muriéndome y esta la dije vivo y con público:

—No puedo sacaros con el nudo. La puerta no lo deja. —Tragué—. Hay que devolverlo.

No os voy a contar la discusión, porque fue fea y porque en una discusión así todo el mundo tiene razón y por eso no hay salida.

Uli lloró, porque era joven y había hecho cuentas de lo que le tocaba y acababa de perderlo.

Ferre maldijo su trabajo, sus herramientas, la tarde entera de extracción tirada.

Tordo calculó, frío, y llegó a la misma conclusión que yo por otro camino, que es como llegan los viejos a las cosas.

Y Renna no dijo nada, porque Renna era la que más perdía y la que menos derecho tenía a quejarse, y lo sabía, y por una vez su silencio no era frialdad sino la única cosa decente que le quedaba por hacer.

Porque devolver el nudo era, para todos, volver con las manos vacías.

Pero cuando por fin habló —y fue ella la que rompió el silencio, la que dijo lo que había que decir— no lo hizo con la voz de siempre.

Lo hizo con la voz sin capas, la de verdad, mirando la carreta un segundo de más de lo que mira nadie una carreta:

—Se puede devolver. Si lo hacemos bien. Si lo hacemos ya. —Miró el hueco lejano, del que todavía subía el olor agrio del bosque herido—. Pero no basta con soltarlo. Hemos roto el sitio. Hay que volver a coserlo entero, o se muere igual con el nudo dentro.

Y todos, despacio, me miraron a mí.

Porque coser era lo mío.

Volvimos al hueco. Octavo cargó el nudo hasta el borde del cráter, con un cuidado de padre.

Renna leyó el sitio, me dijo qué renglón iba con cuál, dónde enganchaba cada raíz cortada, qué sostenía qué —media receta suya, la que sí sabía, puesta por fin al servicio de arreglar en vez de arrancar—.

Ferre preparó los soportes, las cuñas, lo que hiciera falta para que las raíces aguantaran mientras yo trabajaba.

Daggis y Sarn se pusieron alrededor, de cara afuera, contra todo lo que el bosque enfermo mandaba hacia nosotros, atraído por el olor de la savia abierta.

Y los bichorraíz —esto no lo olvidaré— los bichorraíz seguían allí, decenas, y cuando bajamos el nudo al hueco dejaron de estorbar y empezaron a ayudar, apilando su material alrededor de mis manos, rellenando lo que yo no llegaba, trabajando conmigo sin que nadie se lo pidiera, porque era lo único que habían querido hacer desde el principio y por fin les dejábamos.

Y yo cosí.

No para mejorar. Por primera vez, no para mejorar.

Cogí los renglones cortados del bosque, uno a uno, y los renglones del nudo, y en vez de fundirlos en algo nuevo y único y mío, hice lo contrario: los devolví a como estaban.

Cosí el alimenta de vuelta a su raíz. Devolví el mantiene a su sitio.

Trencé el nudo otra vez con el sistema, no para que fuera más fuerte, sino para que el sistema volviera a reconocerlo como suyo, como el corazón que le habíamos arrancado, latiendo otra vez donde siempre había latido.