Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 16 — Media receta
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Capítulo 16 — Media receta

Se nos ocurrió, por fin, un plan que no dependía de que yo tuviera suerte, y eso debería haberme puesto en guardia, porque los planes buenos son la manera que tiene este mundo de coger carrerilla antes de darte en la cara.

Fue idea de Renna, o mejor dicho, fue saber de Renna, que no es lo mismo.

Llevaba días leyendo la maraña con esa vista suya que no es la mía pero se le parece, y una tarde volvió al campamento con una cara que en cualquier otra persona habría sido de entusiasmo y en ella era solo una intensidad un poco más apretada de lo normal.

—Hay un nudo —dijo—. Al noreste, donde se cruzan las raíces grandes. Uno viejo.

Y por cómo lo dijo, y por cómo Tordo dejó de masticar, entendí que aquello era importante sin saber todavía por qué.

Un nudo de savia, me explicaron, se forma donde varias raíces gordas llevan generaciones cruzándose alrededor de todo lo que muere y se pudre allí.

La savia se acumula, se espesa, se carga de todo lo que ha pasado por allí, y se convierte en la base de casi todo lo que la Novena sabe hacer: antídotos, regeneración, conservación, la cosa que le das a un hombre con fiebre para que amanezca.

Un nudo bueno, dijo Renna, reabastece la Novena durante meses.

Un nudo bueno era, en otras palabras, dinero.

Era volver no como unos desgraciados que huyeron de sus ciudades, sino como la partida que trajo algo.

Era comer todo el invierno. Era, para esta gente de frontera que se había jugado la vida por hambre, la primera vez que la vida les debía a ellos en lugar de al revés.

Se me quedó grabada la cara de la gente cuando Renna lo explicó. La de Uli, que hizo cuentas de lo que le tocaría y le brillaron los ojos. La de Ferre, que ya pensaba en encargos. La de Tordo, que asentía despacio, como se asiente a una buena noticia de la que uno todavía desconfía por oficio.

Y la de Renna, que no brillaba.

Debí fijarme más en eso. Renna acababa de traernos la mejor noticia en semanas y era la única que no parecía contenta. Pero yo, como todos, estaba mirando el dinero, y cuando uno mira el dinero deja de mirar a la gente, que es más o menos la definición de cómo empiezan estas cosas.

Renna nos dijo qué buscar, cómo cortarlo y en qué orden. No era un plan. Los planes tienen margen para el desastre, y ella no había dejado ni uno. Aquello era una receta, y nosotros los cocineros.

Por primera vez desde que caí a este mundo, cada uno hacía lo que sabe.

Tordo conocía el camino y nos llevó sin un paso de más.

Daggis iba delante, leyendo el peligro, abriendo la ruta segura.

Ferre había fabricado, con lo poco que teníamos, unas herramientas de extracción que parecían pensadas por alguien que se toma en serio su oficio, porque lo era.

Octavo cargaba lo pesado y llevaba su arco al hombro, por si acaso.

Renna dirigía, porque era la única que sabía qué se hacía con un nudo.

Sarn me cuidaba a mí. Y yo —esto era lo nuevo, esto era lo que me tenía casi contento— yo iba a servir para algo: podía coser los recipientes que se rajaran, reforzar las bolsas, remendar sobre la marcha lo que la extracción rompiera.

El mago de los ratos perdidos, por fin con un rato que no estaba perdido.

Todo encajaba. Cada pieza en su sitio. Éramos, por una vez, competentes.

Me duró el orgullo hasta que me di cuenta de que las cosas que encajan del todo son las que peor caen cuando se sueltan.

Y había una pieza que no encajaba, aunque tardamos en verla porque venía disfrazada de plaga.

Los bichos empezaron a aparecer al acercarnos al nudo.

Yo ya los había visto antes, sueltos, y no les había hecho caso, como no se lo hace nadie.

Los bichorraíz. Feos de una manera que no da miedo sino grima leve: del tamaño de un cerdo, bajos, chatos, hechos de una mezcla de raíz, tierra apelmazada, hongo y algún hueso viejo que arrastraban de vaya usted a saber dónde.

Se movían despacio, torpes, cargados siempre de porquería —hojas, restos, cosas muertas que recogían y arrastraban con una diligencia absurda hacia ningún sitio que nosotros entendiéramos.

Aparecían, sobre todo, después de los líos.

Tras cada pelea, cuando quedaba algo muerto en el suelo, al rato asomaba uno de estos, chato y culpable, a llevarse el cadáver.

Por eso les habíamos cogido manía sin pensarlo: un bicho que aparece siempre donde hay muertos y se lleva los cuerpos se gana una mala fama que no se molesta en desmentir, porque no puede.

Cerca del nudo había más. Muchos más. Y estaban raros.

—No me gustan —dijo Daggis, que es lo máximo que Daggis concede a la intuición—. Están nerviosos.

Lo estaban. Merodeaban el cruce de raíces sin acercarse del todo, dando vueltas, apelmazándose unos contra otros, arrastrando su carga y soltándola y volviéndola a coger, con una agitación torpe que en un animal más noble habríamos leído como advertencia.

En estos la leímos como molestia. Uno se nos cruzó por delante, lento, cargado, y Octavo lo apartó con el pie —sin maldad, como se aparta un tronco—, y el bicho se tambaleó, recuperó su porquería, y volvió a lo suyo, a rondar el nudo, a ponerse nervioso, a avisarnos con la única voz que tenía, que era su cuerpo torpe yendo y viniendo, de algo que ninguno de nosotros sabía escuchar.

Todos menos uno.

Porque cuando espantamos al tercer bichorraíz del camino, miré a Renna, no sé por qué, quizá porque llevaba toda la tarde mirándola de reojo sin admitírmelo, y Renna estaba mirando a los bichos con una cara que no era de asco.

Era de otra cosa. Los miraba como se mira algo que uno reconoce y preferiría no estar viendo. Y cuando notó que yo la miraba a ella, apartó los ojos, deprisa, y dijo, demasiado seca:

—Vamos. Cuanto antes lo saquemos, antes nos vamos.

Y echó a andar hacia el nudo, la primera, sin mirar atrás, con una prisa que entonces me pareció impaciencia y que era, ahora lo sé, otra cosa. Las ganas de terminar rápido lo que sabes que no deberías empezar.

Yo la seguí. Todos la seguimos. Porque era la que sabía.

El nudo era hermoso, a su manera fea, que es la única manera en que es hermoso nada en este mundo.

Una masa del tamaño de un carro, donde tres raíces del grosor de un hombre se trenzaban alrededor de un corazón oscuro que latía —latía de verdad, muy despacio, una vez cada mucho— y que rezumaba una savia densa, casi negra, con reflejos de todos los colores según le daba la luz.

Olía a bosque entero, a siglos de bosque, a todo lo que había vivido y muerto en aquel cruce reducido a jarabe.

Forcé la vista, por curiosidad, y tuve que soltarla enseguida: debajo había demasiados renglones, demasiados, una multitud de palabras viejas apretadas, más de las que había visto juntas nunca, todas hablando a la vez en un idioma que me hizo sangrar un poco la nariz.

No era una cosa. Eran muchas cosas haciéndose la misma.

Debí decir algo. Debí decir “esto tiene demasiadas palabras para ser una sola planta”.

Pero no sé leer lo que veo lo bastante rápido para convertirlo en sabiduría a tiempo, nunca he sabido, y para cuando el mareo se me pasó, Renna ya había dado la orden y Ferre ya había hincado la primera herramienta en la base del nudo.

—Con cuidado —dijo Renna—. Por las raíces, no por el centro. Y rápido.

Trabajaron bien. Trabajaron como trabaja la gente que sabe: Ferre soltando el nudo de su anclaje con cortes limpios, Renna guiando dónde sí y dónde no, Octavo sosteniendo el peso a medida que cedía, Daggis vigilando el perímetro, yo cosiendo a toda prisa —a mi toda prisa, que es la de nadie— los recipientes que Ferre me iba pasando rajados para que aguantaran la savia. Todo iba como tenía que ir.

Y a nuestro alrededor, los bichorraíz enloquecieron.

No atacaron. Esa fue la cosa, la que tardamos en entender: no atacaron.

Se volvieron locos de otra manera, una manera peor de ver.

En cuanto el nudo se soltó de su sitio —en cuanto Ferre cortó la última raíz y el corazón oscuro salió de la tierra por primera vez en generaciones—, todos los bichorraíz de la zona, veinte, treinta, más, dejaron de merodear y vinieron.

No hacia nosotros. Hacia el hueco. Hacia el agujero que el nudo había dejado en la tierra, ese cráter húmedo de raíces cortadas que rezumaba, y se echaron encima de él, frenéticos, apilando su porquería dentro, sus hojas, sus restos, sus cadáveres arrastrados, intentando con una desesperación torpe y silenciosa rellenar un hueco que era mucho más grande que todos ellos juntos.

—¿Qué hacen? —dijo Uli, con la voz pequeña.

Nadie contestó, porque nadie lo sabía. Pero yo miré el hueco, y forcé la vista a pesar del mareo, y lo que vi me heló.

El bosque estaba sangrando.

No es una manera de hablar. Del hueco donde había estado el nudo salían, ahora que no estaba, un montón de renglones sueltos, cortados de golpe, colgando, todos tirando hacia el agujero como buscando algo que ya no estaba.

Algunos los reconocí —un alimenta aquí, un mantiene allá— y muchos otros no supe leerlos, solo supe, por cómo tiraban, que eran de los que sostienen: palabras que iban de un sitio a otro llevando algo, y que ahora no llevaban nada porque el sitio del que salían se lo habíamos metido en una bolsa.

No entendí el sistema entero. No me da la cabeza para tanto ni tan rápido.

Pero entendí lo suficiente, que era lo peor: que aquello no era una planta grande.

Era un centro. Y le habíamos arrancado el centro a algo que no sabíamos dónde terminaba.

—Renna —dije, y me salió una voz que no reconocí—. ¿Qué hemos hecho?

Y Renna, que estaba mirando el hueco con la savia negra hasta los codos y una cara que ya no se molestaba en fingir frialdad, tardó en contestar. Cuando lo hizo, no me miró a mí. Miró a los bichorraíz apilando su porquería inútil en un agujero que no se llenaba.

—Lo que yo sabía que íbamos a hacer —dijo.

Y fue la primera vez, en todo el tiempo que hacía que la conocía, que le oí la voz sin una sola capa encima.

Debajo de la frialdad, debajo del secreto, debajo de la antipatía que le habíamos perdonado a cambio de su saber, había una mujer que acababa de decir en voz alta lo que llevaba días cargando sola: que sabía.

Que siempre lo supo. Y que nos había traído hasta aquí de todos modos, por un motivo que no dijo entonces y que tardaría en decir, mientras el bosque se desangraba a nuestro alrededor y las criaturas que habíamos espantado toda la semana se mataban a trabajar para arreglar lo que nosotros acabábamos de romper.

Alrededor, la maraña empezó a cambiar. Las plantas soltaron un olor nuevo, agrio, defensivo. Algo grande se movió lejos, y luego algo más cerca. Los animales del bosque, desorientados, sin el centro que los ordenaba, empezaban a huir hacia donde no debían, y a venir hacia donde estábamos.

Habíamos leído media receta.

Renna llevaba la otra mitad desde el principio.