Capítulo 15 — Una sola cosa
Descubrí lo que sabía hacer por no poder dormir, que es como descubro casi todo lo importante: sin buscarlo, de mal humor, y a una hora en que la gente decente ya ha resuelto sus problemas.
La primera noche en la maraña dormí en el suelo, como llevo durmiendo desde que se me acabó el dinero para no hacerlo, que fue más o menos a la vez que se me acabó todo lo demás.
El suelo de una maraña de savia es peor que el de arriba: tiene raíces que no se ven, humedad que sube, y una piedra plana que por más que la busques con la espalda siempre está justo donde no la quieres.
Me revolví un rato. Maldije un rato. Y luego, porque no tenía sueño y sí tenía un dedo, hice lo que hago cuando no puedo dormir y hay algo cerca que leer: forcé la vista sobre la piel de debajo.
La piel decía lo que dicen las pieles viejas. dura , sobre todo. Un dura gordo, remachado, de cuero curtido hace mucho. Y al lado, en su vecindario, fría y áspera , las tres palabras que me estaban clavando la espalda al suelo.
Y aquí, en vez de intentar borrarlas —que no sé— o repasarlas —que las habría hecho peores—, se me ocurrió lo otro. Lo que resultó ser el principio de todo, aunque esa noche no era más que un hombre incómodo buscándose la vida.
No toqué el dura . Le busqué la contraria, la rebusqué en su vecindario hasta encontrarla medio dormida de no usarse — blanda —, y tiré de ella despacio, con esa lentitud nueva que sobre una cosa quieta a las tres de la mañana ya no era una maldición sino la velocidad a la que se hacen las cosas bien.
No la puse encima del dura ; no borré nada.
La puse al lado, y las cosí, para que la piel tuviera que sostener las dos a la vez.
Y luego el fría con tibia , y el áspera con la suya.
Término a término, discutiéndole a la piel cada queja.
Y no salió un promedio, que es lo que yo esperaba y habría sido soso.
Salió un reparto: la piel quedó dura donde tenía que resistir y blanda donde recibía mi peso, fría por fuera y tibia por dentro, cada palabra haciendo su trabajo en su sitio en vez de anularse con la contraria.
No le quité las contradicciones. Le enseñé a repartírselas.
Me llevó media noche. Media noche por una manta. Si eso no es el resumen de mi vida, se le parece.
Y cuando me tumbé encima, la piel me recibió mullida y tibia, y con una cosa más que yo no había buscado: un temblor.
Un temblor bajo, constante, de tanto pasar el dedo por las mismas junturas hora tras hora, como si el cuero se hubiera quedado con la memoria de mi pulso repetido y siguiera latiendo solo.
Al principio pensé que la había estropeado.
Luego me di cuenta de que arrullaba, que me estaba quedando dormido por primera vez en semanas mecido por mi propia chapuza.
La primera de mis erratas. En una manta, resultó, un temblor que no invitas es un arrullo.
Dormí como no dormía desde el otro mundo.
No le di importancia. Un hombre que ha dormido bien no le busca los tres pies al gato; se levanta agradecido y se olvida.
Guardé la manta, no le conté a nadie que temblaba, y me habría olvidado del todo de no ser porque unos días después el mundo me puso delante otra cosa rota que a nadie se le ocurría cómo arreglar.
El arco de Octavo, resulta, no estaba dispuesto a irse sin pelear.
Ferre lo cogió al tercer día. Llevaba desde la caza mirándolo de reojo, con ese picor de artesano al que le ponen delante algo roto y no le dejan tocarlo, y cuando por fin Octavo se lo prestó —a regañadientes, como quien presta un hijo— se le encendió la cara.
—Esto tiene arreglo —dijo, pasándole el dedo por la grieta con una autoridad que daba gusto ver—. La veta no ha saltado del todo. Se limpia, se encola, se refuerza el brazo con una ligadura buena, y aguanta. —Miró a Renna—. Si tú tienes con qué pegar.
Renna tenía con qué. Renna tenía con qué para casi todo.
Sacó de la cabra ancla unos tendones que había apartado sin decir para qué, hirvió no sé qué hasta sacar una cola que olía a demonio y agarraba como el rencor, y entre las dos se pusieron a trabajar con el gusto serio de la gente que sabe lo que hace.
Yo las miré, con envidia. Aquello sí era oficio.
Dos mujeres inclinadas sobre una cosa rota, arreglándola con saber y con manos, sin discutirle nada a ningún renglón, sin tardar media noche por una tontería.
Tardaron una tarde. Y quedó bien. Quedó, para ser sinceros, precioso: la grieta limpia, encolada, el brazo del arco fajado con tendón trenzado y curado, firme, tenso, un arco reparado por dos maestras.
Se lo dieron a Octavo con el orgullo justo del trabajo bien hecho.
Octavo lo cogió como se coge lo que se ha querido y se ha perdido y vuelve. Lo acarició. Lo montó. Y se le puso esa cara de niño en la mañana de su cumpleaños que a mí, no sé por qué, me apretó algo en el pecho.
—Con cuidado —dijo Ferre—. Es una reparación, no un milagro. No lo fuerces como forzabas.
Octavo asintió, prometió, y por supuesto no pudo.
No es que no quisiera hacer caso. Es que Octavo, cuando tensa, es Octavo, y su cuerpo no sabe medir la fuerza igual que mi cuerpo no sabe medir el miedo.
Tensó con cuidado, o con lo que él cree que es cuidado, y por un momento el arco aguantó, firme, y todos contuvimos el aliento pensando que esta vez.
Y luego, por la juntura —por el sitio exacto donde el arco terminaba y empezaba el remiendo—, la grieta volvió a abrirse.
No entera. Lo justo. Lo suficiente para que el arco crujiera esa cosa fea que cruje lo que se rinde, y para que Octavo aflojara despacio, y para que la esperanza se nos cayera a todos a la vez al suelo de la maraña.
—Por la juntura —dijo Ferre, mirándolo con el ceño del que no entiende por qué su buen trabajo no ha bastado—.
Siempre cede por donde pegas. La madera es una cosa y la cola es otra.
Puedo volver a hacerlo, pero cederá por el mismo sitio, porque nunca van a ser lo mismo.
—Se limpió las manos, y en su voz había el fastidio hondo del maestro que topa con el límite de su maestría—.
Un arco reparado no es un arco. Es un arco y un parche fingiendo que son amigos.
Octavo envolvió su arco otra vez, ahora reparado y roto, que es la única cosa más triste que roto a secas, y se lo guardó sin decir nada. Renna recogió sus tendones. Ferre se fue a fastidiarse a otra parte.
Y ahí se habría quedado la cosa, con el mejor arco del mundo convertido en un recuerdo bien encolado, de no ser porque a mí no me dejaban hacer nada, y un hombre al que no le dejan hacer nada acaba haciendo las cosas que nadie le ha pedido.
Porque esa era mi situación, y conviene que la entendáis para no tomarme por más valiente de lo que soy.
No me protegían por cariño. Me guardaban como se guarda la única llave.
El zarcillo de salida solo lo sabía abrir yo —mal y despacio, pero solo yo—, y si a mí me pasaba algo, todos los demás se quedaban dentro de esta maraña para siempre.
Así que no cazaba, no bajaba a las charcas, no me acercaba a nada con dientes.
“Tú ahí quieto, mago.” “No, tú no, que eres la salida.” Sarn se había nombrado mi sombra sin decírmelo, y aparecía entre el peligro y yo sin que le hubiera visto moverse.
Era el hombre más protegido y más inútil de la maraña. Tenía las manos vacías, el día entero por delante, y prohibido llenármelas con nada que valiera la pena.
Así que cogí el arco roto. Porque estaba ahí, descartado, sin que a nadie le importara ya, y porque era lo único quieto y sin dientes con lo que me dejaban entretenerme. Un juguete para el niño valioso al que no dejan salir a jugar.
Me senté con él en un rincón, forcé la vista, y me dispuse a mirarlo bien. Solo a mirarlo. Os juro que al principio solo era por aburrimiento.
Y lo que vi me tuvo callado un buen rato.
Ferre había dicho que la madera era una cosa y la cola otra.
Yo lo veía literalmente: eran dos renglones.
El arco tenía el suyo, viejo y cansado, un es un arco con todo lo que un arco sabe hacer escrito debajo.
El remiendo tenía el suyo, flamante, un aguanta tozudo que Renna y Ferre le habían cosido encima.
Dos frases compartiendo un objeto y dándose la espalda, y el arco se partía por el único sitio donde había frontera: entre lo que era y lo que le habían pegado.
Y yo, que no sé encolar ni forjar ni casi nada de lo que sabe la gente con oficio, sé discutirle a las palabras hasta que se ponen de acuerdo.
Pero solo si ya están las dos. Yo no podía ponerle a la madera un aguanta que no tuviera.
Ferre y Renna ya lo habían puesto allí, con cola, tendón y oficio.
Ellas juntaron las dos cosas; yo solo conseguí que dejaran de saberse separadas.
Sin su arco y su remiendo, no tengo nada que coser: soy el último de una fila, y sin la fila no valgo para esto tampoco.
No intenté reparar la grieta. Ferre ya lo había hecho mejor de lo que yo sabría.
Hice lo otro, lo de la manta, pero más grande, más difícil, más adentro.
Cogí el es un arco y cogí el aguanta , las dos frases que compartían el objeto dándose la espalda, y me puse a coserlas.
No una encima de otra. Una dentro de otra.
A enlazarlas término a término hasta que el arco dejara de ser un arco con un remiendo y pasara a ser una sola cosa que fuera, a la vez y sin costura, un arco y algo que aguanta.
No sé cuánto tardé. Sé que cuando levanté la cabeza el campamento tenía otra luz y alguien había hecho fuego y Sarn estaba sentado a tres pasos, vigilándome sin mirarme, con la paciencia del que ha decidido que esto también entra en su turno de cuidarme.
Sé que me dolía el dedo como si lo hubiera tenido en agua hirviendo.
Sé que había seguido dos surcos a la vez sin salirme de ninguno, cruzándolos, trenzándolos, convenciendo a cada palabra de una frase de que se dejara casar con la de la otra, y que en algún momento —no sabría decir cuándo— las dos frases dejaron de ser dos.
Se hicieron una. Y la una no era ni el arco ni el remiendo. Era otra cosa, nueva, que no existía antes de aquella tarde, la primera de su especie, y todavía no tenía nombre.
Un objeto con título propio. El primero de mi vida.
Solo que, como es mío, venía con su errata.
Al hacer del arco entero una cosa que aguanta —al repartir el aguanta por toda la madera en vez de dejarlo confinado en un parche—, la madera empezó a cargar con cada fuerza antes de recibirla.
Resistía sin parar, en reposo, a todo, aunque no la tocara nadie.
Y una cosa que resiste sin descanso pesa.
Lo levanté y me venció la muñeca: cinco veces lo que debe pesar un arco, por lo menos.
Imposible de sostener firme, imposible de apuntar, un arco que ningún arquero del mundo podría usar sin que le temblara el pulso al segundo de tensarlo.
Me quedé mirándolo, con esa vieja sensación familiar de haberlo conseguido y haberla fastidiado en el mismo gesto. Había hecho un arco irrompible que no podía usar nadie.
Nadie.
Y entonces levanté la vista y vi a Octavo, al otro lado del fuego, grande como un armario, con esos brazos que rompen todos los arcos por fuertes, mirándome.
—Octavo —dije—. Ven a probar una cosa. Y no te cortes de apretar.
No os voy a describir la cara de Octavo cuando cogió el arco, porque hay caras que si las cuentas las estropeas.
Diré solo que lo levantó como quien levanta una pluma, porque para esos brazos cinco veces el peso de un arco sigue siendo menos que una rama de las que arranca por deporte.
Que lo montó. Que lo tensó, esta vez sin cuidado, sin medir, con todo lo que tiene, que es lo único que sabe hacer —y que el arco no crujió, no cedió, no se quejó por ninguna juntura, porque ya no tenía junturas, porque ya no era dos cosas: aguantó su fuerza entera como si esa fuerza fuera justo lo que llevaba toda la vida esperando que alguien le diera.
Y el peso, que en cualquier otro brazo habría sido el defecto que arruina el arma, en el suyo era otra cosa.
Le sujetaba el pulso. Le anclaba las manos, esas manos que siempre habían tenido demasiada fuerza para lo delicado, y por primera vez la fuerza tenía contra qué empujar, y en vez de destrozar la herramienta la tensaba, firme, quieta, precisa.
Octavo, con el arco más pesado del mundo, apuntaba mejor que nadie, porque por fin sostenía algo que su fuerza no podía romper ni mover un dedo más de lo que quería.
Soltó, sin blanco, hacia el cielo de la maraña, por probar. La flecha se fue como no se había ido ninguna.
Se hizo un silencio. Y luego Octavo se echó a reír, esa risa suya enorme que le sale de sitios que los demás no tenemos, y me miró con los ojos brillantes, y no dijo “gracias”, porque Octavo no dice las cosas pequeñas para las cosas grandes.
—Pesa —dijo, maravillado, como quien alaba la mejor cualidad de una persona—. Pesa muchísimo.
—Ya. Lo siento, no supe hac—
—No. —Me cortó, apretando el arco contra el pecho—. Está bien. Está muy bien. —Lo miró como se mira algo que por fin te queda—. Es mío. Ninguno era mío. Este es mío.
Y tenía razón, de una manera que a mí me tardó en llegar y a él le fue evidente al instante: no le había reparado el arco.
Le había hecho el único arco del mundo que era suyo, que nadie más podía usar, que estaba mal hecho exactamente en la dirección en que Octavo había crecido torcido.
Dos cosas rotas por el mismo sitio. Un arco demasiado pesado y un hombre demasiado fuerte, cosidos por el aburrimiento de un mago inútil en una frase que no existía hasta esa tarde.
La historia del arco corrió por el campamento antes de la cena, porque estas cosas corren, y sobre todo corren cuando las cuenta Octavo, que la contó como si yo hubiera partido el mar.
Y esa noche, junto al fuego, alguien lo dijo.
Creo que empezó de burla; casi todo lo bueno empieza de burla.
Tordo, o a lo mejor Uli imitando a Tordo, soltó que ya sabíamos qué clase de mago era el nuestro: no de los que lanzan rayos ni abren montañas, sino de los que se pasan la tarde muerta cosiendo cosas muertas hasta que resucitan raras.
—Un mago de los ratos perdidos —dijo alguien.
—De las cosas que ya no valen —dijo otro.
Y entre unos y otros, medio en cachondeo, con la crueldad cariñosa de la gente que ha cenado bien y se siente a salvo, me fueron construyendo el título más largo, más ridículo y más exacto que me han puesto nunca.
Algo así como enlazador de tiempos muertos.
El mago que cose lo descartado. El que hace de dos basuras una cosa con nombre.
Se rieron. Yo también. Pero por debajo de la risa noté algo que no había notado nunca en este mundo con nada de lo que me habían colgado encima: que el título me gustaba.
Bru había leído “mago, sin título”. La Ley había dejado el hueco. Aquella gente lo llenó riéndose.
El nombre era largo, ridículo y estaba mal cosido.
Me quedaba bien.