Capítulo 14 — Marañas, cabras y otras cosas
Lo primero que hace una maraña cuando la cruzas es cerrarse detrás de ti, para que no te queden dudas sobre si has hecho bien.
El zarcillo que me había costado media vida abrir se juntó a nuestra espalda con un chasquido vegetal, sin ceremonia, como una boca que termina de tragar.
Y después, silencio. No el silencio de que no hubiera nada; el silencio de un sitio que tiene sus propios ruidos y todavía no te ha dejado oírlos, porque está decidiendo qué eres.
Nos quedamos todos apelotonados en la boca del paso, jadeando, mirándonos como se mira la gente que acaba de sobrevivir junta a algo y aún no sabe si eso los hace amigos.
—Contad —dijo Daggis.
Contamos. Estábamos todos. Es una frase corta y no sabéis lo que costó merecerla: nadie se había quedado del otro lado, nadie se había soltado de la carreta en el último momento, ninguno de los que empujaron hacia el desgarro mientras yo seguía un surco con el dedo se había perdido en la parte de atrás.
Estábamos todos. Lo repito porque en esta vida he aprendido a no dar por hechas las veces que salen bien, que son las menos y las que menos duran.
Y entonces, cumplido el milagro administrativo de que no faltara nadie, la gente empezó a acordarse de que le dolían cosas.
—Los mordidos, aquí —dijo una mujer que hasta ese momento yo había tomado por una colona más, y que dejó de parecerlo en cuanto abrió una bolsa de cuero llena de frascos ordenados por un criterio que solo ella entendía—. Los de brazos primero. Enseñad.
Octavo enseñó. Tenía tres marcas de garra en el antebrazo y una mordedura en el hombro que se había estado tapando con la mano toda la travesía para que no le diéramos importancia, porque Octavo cree que las cosas malas se van si no las miras.
La mujer le echó un vistazo, sin aspavientos, destapó un frasco, le hizo beber la mitad y le untó el resto en la herida con dos dedos secos.
—En un rato te da sueño y sudas feo —dijo—. No te asustes y no te rasques.
—¿Es de los venenosos? —pregunté, y me salió más fino de lo que quería.
Ella me miró como se mira a alguien que pregunta una obviedad.
—Todos lo son. —Tapó el frasco—. En este monte, lo que muerde, mata. Por eso se baja con esto o no se baja.
Lo dijo sin darle peso, guardando ya el frasco en su sitio exacto dentro de la bolsa, y siguió con el siguiente mordido, y yo me quedé con aquello encajándoseme despacio en algún sitio del pecho.
Porque lo que muerde mata. Y a mí me había mordido, una noche, un perro que no era un perro, y me había muerto entero por un roce que ni sangró.
Y aquí, a un día de camino, había una mujer con una bolsa de frascos ordenados que le daba a Octavo media dosis y un consejo sobre no rascarse, y Octavo iba a vivir.
Me había muerto de algo que esta gente cura de pasada.
Me había muerto de forastero, de no saber lo que aquí sabe cualquiera, de no llevar en el bolsillo la cosa que todo el mundo lleva.
No dije nada. Se lo guardé en el montón, que ya va teniendo un buen tamaño.
La mujer de los frascos se llamaba, o se hacía llamar, Renna, y sabía demasiado.
Me di cuenta esa tarde, montando el campamento, viéndola trabajar.
No era solo que llevara antídotos; cualquiera con dos dedos de frente baja a un sitio así con algo.
Era cómo miraba las cosas. Cortamos hacia un claro con buena roca a la espalda y agua cerca, y mientras los demás plantábamos el campamento, Renna se iba parando en plantas, en bichos muertos, en un hongo de un tronco, y no los cogía sin más: los leía.
Le daba la vuelta a una hoja, la olía, calculaba algo, y a veces la guardaba y a veces la dejaba, y el criterio por el que guardaba una y dejaba otra idéntica no lo tenía nadie más en la partida.
Yo leo lo que las cosas hacen. Renna leía lo que las cosas habían comido, sufrido, tocado —de dónde venían, qué llevaban dentro.
Era otra clase de vista, pero era vista, y la reconocí porque llevo toda esta vida siendo el raro que ve cosas que los demás no ven, y de pronto había otra rara en el campamento, mirando cosas distintas.
No dijo de dónde le venía el saber. Nadie se lo preguntó a la cara, que es como no se preguntan aquí las cosas que se leen solas. Una recolectora normal no ordenaba los frascos así. Y Renna no tenía ninguna cara de querer explicarlo.
El fuego, esa noche, fue lo mejor que nos pasó en mucho tiempo, y fue lo mejor precisamente porque no pasó nada.
Éramos veintitantos alrededor de una lumbre, en un sitio que ninguno conocía, y descubrimos, hablando, que entre todos sabíamos más de lo que sabía cualquiera. Fue como si la partida entera vaciara los bolsillos sobre una manta y contara lo que había.
Un hombre mayor, Tordo, que había bajado a marañas parecidas hacía años y que guiaba más por no estarse quieto que por ganas, iba corrigiendo los rumores según caían.
—El agua verde no se bebe —dijo alguien, con la seguridad del que repite algo oído.
—El agua verde de las marañas de charca no se bebe —dijo Tordo, sin levantar la voz—.
Esta es de savia. Aquí la verde es la buena, la que corre.
La que no corre es la que te mata, tenga el color que tenga.
Aprendeos la diferencia entre lo que corre y lo que se pudre, y ya sabéis más que la mitad de los que se han muerto aquí.
Y así, a trozos, entre la gente, fue apareciendo un manual de la maraña que nadie había escrito y que todos escribíamos a la vez, con sus verdades y sus bulos revueltos, porque nadie tenía el cuadro entero y cada cual traía su esquina.
—A las flores que abren de noche no las toques —dijo un hombre—. Cierran sobre la mano y no sueltan.
—Eso es un cuento —dijo otro.
—Eso es un cuento en las de arriba —dijo Tordo, y se quedó pensando—. Aquí no sé. No he visto una. Si veis una que abre de noche, la miráis y no la tocáis, por si el del cuento tenía razón y yo no.
Y ese “no sé” de Tordo, dicho por el que más sabía, valía más que todas las certezas de los demás, porque era el único que reconocía los bordes de lo que sabía. El resto afirmábamos. Él calculaba.
Fue apareciendo lo demás igual, medio cierto medio oído: que las zonas de savia tenían bichos mansos y bichos que no, y que casi nunca se distinguían por el aspecto sino por dónde vivían.
Que había una seta grande con patas, dura como la piedra, que se ahogaba si le tapabas las raíces y que no había filo que la cortara.
Que en las paredes secas había cabras que no se caían nunca y que eran cena si sabías bajarlas, que era el problema.
Que un herrero servía de poco aquí porque no había fragua, y una mujer que hasta entonces había callado —Ferre, de una ciudad de arriba que ya no estaba, que se había quedado sin yunque y sin encargos— dijo que un herrero servía en cualquier parte, que dadle metal y fuego y ya vería yo, y lo dijo con un rencor de oficio que me cayó bien enseguida, porque el rencor de oficio es el rencor de quien todavía se toma en serio lo que hace.
Yo escuché más que hablé. Que ya es raro en mí, pero es que allí, por primera vez desde que caí a este mundo, no era el que más sabía ni el que menos: era uno más en una rueda de gente que tenía cada uno su cosa.
Ferre forjaba. Renna leía ingredientes. Tordo conocía el terreno.
Una chavala jovencísima, Uli, que se había apuntado por no quedarse sola arriba, no sabía nada y preguntaba todo, y era útil precisamente por eso, porque hacía en voz alta las preguntas que los demás tenían vergüenza de hacer.
Y en algún momento Uli me preguntó a mí.
—¿Y tú qué haces? Eres el mago, ¿no?
Se hizo un pequeño silencio, de esos en que la gente espera una respuesta que le interese.
—Abro puertas —dije—. Despacio.
—¿Y ya está?
—Y ya está.
Tordo me miró por encima del fuego, con esa media sonrisa de los viejos que han visto de todo.
—Abrir puertas en un sitio del que no se sale es más de lo que hace la mayoría —dijo.
Y tenía razón, y se lo agradecí, pero mientras los demás volvían a lo suyo yo me quedé con la verdad debajo de su amabilidad. Ferre haría herramientas. Renna, medicinas. Tordo nos mantendría vivos. Yo había abierto la puerta. Después me había quedado con las manos vacías.
No es la peor sensación del mundo. Pero se le parece bastante, y esa noche, con la barriga por fin llena y la gente riéndose bajo, la tuve entera.
Esa noche dormí mal, en el suelo, como siempre.
La cabra la cazamos al día siguiente, porque había que comer y porque una partida que no come deja de ser una partida y pasa a ser un problema.
Tordo las localizó en un farallón de la ladera seca, tres o cuatro, clavadas en la pared casi vertical como si la roca les debiera algo, quietas, rumiando, a una altura donde no subía nadie sin matarse.
Cabras de ancla, dijo Renna, y le brillaron los ojos de recolectora antes que de cocinera, porque de una cabra de esas, me enteré luego, se saca más que carne.
El problema era obvio y me lo explicó Uli sin querer, preguntándolo:
—¿Y cómo se baja una cabra de ahí?
Nadie sube. Esa era la respuesta. A una cabra clavada en una pared vertical no se le sube; se le tira desde abajo, y se le tira bien a la primera, porque al primer susto se meten en la piedra y no las vuelves a ver.
Un solo tiro. Al sitio justo. A esa altura, en ese ángulo, contra un bicho que en cuanto oye la cuerda ya no está.
Y entonces Octavo, que llevaba toda la mañana callado de una manera que en él era ruidosa, se descolgó del hombro una cosa que yo no le había visto sacar nunca.
Era un arco. Grande, el más grande que he visto, recio, de una madera oscura con refuerzos, de esos que cuestan lo que no tenemos. Lo llevaba envuelto en un trapo, aparte de todo lo demás, como se lleva lo que se quiere.
—Este es bueno —dijo, y lo dijo con una ilusión que me dolió sin saber por qué todavía—. Lo compré en la Novena. El más fuerte que tenían. Este aguanta.
Daggis levantó una oreja, que en Daggis es levantar una ceja.
—¿Cuántos llevas rotos?
—Este aguanta —repitió Octavo, que no contestó, y en no contestar estaba la cuenta entera.
Se plantó, separó las piernas, y fue como ver a otra persona meterse dentro de Octavo.
Se acabó el grandullón que arranca ramas y se ríe entre mordiscos.
Quedó un hombre quieto, con un ojo cerrado y el otro clavado en un punto de la pared, respirando despacio, y las manos —esas manos que parten cosas sin querer— colocando la flecha con una delicadeza de relojero.
No sabía yo que Octavo tuviera esa quietud dentro.
Llevaba escondida debajo de todo el ruido, como la puntería debajo de la fuerza.
Tensó.
La madera del arco crujió, protestando por una fuerza para la que ningún arco se ha fabricado nunca, y por un instante pensé que se rompía ahí mismo.
Pero aguantó. Aguantó lo justo. Octavo soltó, la flecha cruzó media ladera con un silbido, y una de las cabras dejó de estar clavada en la pared y pasó a caer, dando tumbos por la roca hasta quedar hecha un ovillo al pie del farallón, al alcance, que era la gracia de tirarles a esa altura: la pared te la bajaba sola.
Un silencio. Y después la clase de ruido que hace un grupo de gente hambrienta cuando ve resuelta la cena: alguien silbó, Uli dio un salto, hasta Sarn movió la cabeza medio dedo, que en él es una ovación.
—Otra —dijo Tordo—. Mientras no se hayan asustado las de al lado. Aprovecha.
Y Octavo, henchido, feliz, el hombre más contento del mundo por haber hecho lo único que hace de maravilla, sacó otra flecha, se plantó otra vez, y volvió a meterse en esa quietud suya.
Cayó la segunda. Y la tercera, de un tiro aún más difícil, a una cabra que ya se movía buscando la grieta de la roca.
Tres cabras al pie del farallón y una partida que dejaba de tener hambre, y Octavo creciéndose con cada una, riéndose ya entre tiro y tiro, mirándome de reojo para asegurarse de que yo lo veía.
Lo veía. Vaya si lo veía. Y era imposible no alegrarse con él, imposible no empezar a creer, como empezaba a creer él, que esta vez el arco iba a durar, que esta vez la cosa buena se quedaba.
Fue en el cuarto tiro.
No se partió. Habría sido más limpio si se hubiera partido.
Lo que pasó fue que, al tensar —al pedirle otra vez esa fuerza para la que ningún arco se fabrica—, la madera dio un chasquido distinto, sordo, de dentro, y por el brazo del arco corrió una grieta larga, de punta a punta, siguiendo la veta, abriéndose despacio como se abre el hielo.
El arco no se rompió en las manos de Octavo.
Se rajó, y se quedó de una pieza, entero y muerto a la vez, que es peor, porque un arco partido no engaña a nadie y un arco rajado todavía parece un arco.
Octavo bajó el brazo despacio. La flecha no llegó a salir.
Nadie se rió, y eso que un grandullón mirando un arco muerto pide risa.
Pero no se rió nadie, porque Octavo estaba mirando la grieta con una cara que le quitaba la gracia a todo —no de rabia, ni de sorpresa siquiera, que la sorpresa habría sido más llevadera.
Era una cara de costumbre. De haber estado aquí antes.
De un hombre que sabe perfectamente lo que acaba de pasar porque le pasa siempre, y que había comprado el más caro con la esperanza de que esta vez no, y esta vez sí.
—Aguantaba —dijo, bajito, al arco, pasándole el pulgar por la grieta como quien no se cree que esté ahí.
Y luego, porque es Octavo, se encogió de hombros, envolvió el arco rajado en el mismo trapo con el que lo había traído entero, con más cuidado todavía, y se lo guardó.
Porque Octavo guarda hasta lo roto. Y bajó a por las cabras, ya sin arco, ya con las manos, tan dispuesto a cargar con la cena como si no acabara de romper otra vez la única cosa en el mundo que le deja usar lo mejor que tiene dentro.
No dije nada. Pero vi cómo guardaba el arco, y esta vez miré bien.