Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 13 — Tiempo prestado
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Capítulo 13 — Tiempo prestado

El plan era sencillo, que es como empiezan todos los desastres en los que me he metido, y a estas alturas me he metido en unos cuantos.

Salimos de la Novena a media mañana: Daggis abriendo camino, media docena de hombres de la posada con la cara tensa de quien no ha bajado a una maraña en su vida y va a hacerlo por hambre, una carreta, y detrás, sin que nadie los invitara del todo, una veintena de personas que ya no tenían un arriba al que volver y habían decidido que un abajo incierto era mejor que quedarse a ver cómo se les acababa el dinero mirando las mismas paredes.

Yo iba delante con ellos, de mago. La túnica seguía picando.

Empezaba a sospechar que picaría siempre, que era parte del cargo.

Daggis nos llevaba hacia una espesura torcida donde, según ella, dormía un zarcillo. El problema —siempre hay un problema, y cuando no lo hay es que aún no lo he visto— era que para llegar a la espesura había que cruzar el trozo de monte que la manada había decidido la otra noche que era suyo.

Y una manada, ya lo íbamos aprendiendo, no comparte.

Nos cayeron encima en el estrechamiento, que es donde caen encima las cosas, porque el que elige un estrechamiento para pasar está eligiéndolo también para que lo maten.

Bajaron por las rocas sin ruido, con esa fijeza de las suyas, media docena o más de perros que no eran perros, largos, mal montados, viniendo a por lo blando, que éramos casi todos.

Lo que pasó después pasó deprisa, y yo lo viví, como casi todo lo importante, un paso por detrás.

Daggis dejó de estar donde estaba y estuvo en otro sitio, más alta, con los cuchillos fuera; no es magia, es que se mueve más rápido de lo que el ojo acepta y el ojo, por educación, prefiere pensar que ha desaparecido.

Sarn desenvainó con ese sonido seco del que va a trabajar y no a lucirse.

Y Octavo, con una alegría que en otro daría miedo y en él solo daba a Octavo, arrancó una rama del tamaño de un remo y se plantó delante de la carreta como si le hubieran pedido justo eso desde que nació.

Y luego estaba yo. El mago.

Forcé la vista sobre el bicho más cercano.

Y ahí estaba, precioso, nítido como no lo había tenido nunca: el nombre entero de la bestia dejándose leer, y debajo su renglón, ese muerde cargado y rápido que la noche de mi muerte no supe leer a tiempo.

Ahora lo veía. Veía cada hendidura del trazo, cada curva del surco, con esa claridad nueva que en la posada me había parecido un regalo.

Levanté el dedo para empujarlo, para mandarlo a una vecina mansa, para hacer lo que hice con la cabra hace una vida.

Y me di de bruces con mi regalo.

Porque para empujar un renglón hay que agarrarlo, y para agarrarlo bien ahora lo veía entero, y verlo entero quería decir seguirlo despacio, sin salirme, porque un pulso que se sale corta el gesto y hay que empezar de cero.

Donde la noche anterior yo había metido el dedo de un manotazo ciego y bruto —y había funcionado justo por ciego y por bruto—, ahora tenía delante otra vez la palabra abierta en canal, exigiéndome esa lentitud suya que ya había descubierto de mala manera y que ya sabía que no iba a poder darle.

Empecé a seguir el surco.

Para cuando llevaba la primera curva, la bestia había saltado, Sarn le había abierto el vientre de un tajo y Octavo la había mandado a volar con un golpe que sonó a árbol partido.

Bajé el dedo. Sarn había terminado antes de que yo empezara de verdad.

—¡Mago! —gritó uno de los de la posada, blanco, reculando ante dos de los bichos—. ¡Haz algo, joder!

Tenía toda la razón. Tenía que hacer algo. Solo que no podía hacerlo sobre nada que se moviera, y allí se movía todo. Miré alrededor con la desesperación del inútil buscando la única tarea a su altura, y la encontré, porque por una vez la suerte y yo coincidimos en la misma roca.

Encima del estrechamiento, en la cornisa, había un peñasco del tamaño de un cobertizo, de esos que llevan mil años decidiendo no caerse.

Forcé la vista. Su nombre pesado se dejó leer, y debajo el renglón viejo y aburrido con que una piedra se queda donde está: agarra , remachado por siglos de no hacer otra cosa.

Y aquí es donde el mago no sirvió, y sirvió el cazador bruto que fui.

Porque no intenté repasarlo, ni seguir su surco con primor, que me habría llevado hasta el anochecer.

Hice lo otro. Lo de antes. Lo que sé hacer mal y rápido: le metí el dedo al agarra sin mirarlo fino, lo enganché de cualquier manera y lo empujé de un manotazo hacia una vecina que encontré pegada a un borde, donde llevaba siglos sin hacer falta: suelta .

No lo empujé bien, ni con arte, ni sabiendo del todo lo que hacía —lo empujé como se empuja una puerta atascada, con el hombro y una plegaria.

La piedra, que llevaba mil años agarrando, dejó de saber que era su oficio.

Y como la gravedad no necesita que nadie le lea nada, hizo la suya.

El peñasco bajó de golpe. No hubo música.

Hubo un ruido grande y feo y una nube de polvo, y debajo de la nube dejó de haber media manada.

El suelo dio un salto bajo las botas. Los bichos que quedaban miraron la roca, nos miraron a nosotros, hicieron la cuenta que hacen los animales cuando la cuenta les sale mal, y se largaron monte arriba.

Pero un manotazo bruto no se queda donde lo das.

Empujé agarra de tan mala manera que no solté solo el peñasco: la cornisa entera, alrededor, se olvidó un poco de agarrar también, y siguió olvidándolo un rato después de que yo terminara, escupiendo piedra por su cuenta.

Cuando el polvo bajó, media garganta del camino estaba sepultada bajo un revoltijo de roca que no había pedido.

Habíamos pasado. Volver por ahí iba a ser otra conversación, pero ese era problema de un Kato posterior, y de ese ya me encargaría cuando me tocara ser él.

Me quedé de rodillas, con el dedo latiéndome como si lo hubiera tenido en las brasas.

Sarn se acercó. Miró el montón de piedra. Me miró a mí.

—Tardas mucho —dijo.

—Lo sé. —Me levanté como pude—. A partir de ahora, lo que queráis que mate va a tener que estarse quieto y, a ser posible, rellenar un impreso.

No se rió. Pero tardó un momento de más en apartar la vista, que en Sarn es casi lo mismo.

Llegamos a la maraña una hora después.

El aire allí estaba mal escrito, cargado de ese ruido que me clavaba agujas detrás de los ojos, más denso que en ningún sitio de arriba: palabras montadas sobre palabras, voces viejas debajo de voces nuevas, todo pisándose. Aquí abajo hasta el aire tenía demasiado que decir.

Daggis se paró ante una pared de raíces grises que no acababan de parecer raíces.

—Es aquí. Está cerrada. El fondo es blando. —Me miró—. Tú sabrás.

Detrás se detuvo la carreta, y detrás de la carreta, la veintena.

Se me pusieron delante veinte pares de ojos con una esperanza sudada y callada que pesaba más que el peñasco.

Era la primera vez que tanta gente esperaba algo de mí, y comprendí, con el estómago, que esa era exactamente la peor cosa que me había pasado en el día, y llevaba un día de bastante competencia.

Me acerqué a la pared. Forcé la vista.

El dolor llegó puntual, como si me apretaran los ojos desde dentro. Pero debajo del ruido, en el centro de la maraña de raíces, aislé la palabra. cierra . Gorda, remachada, vieja, pero temblorosa en los bordes, como todo lo que lleva demasiado tiempo haciendo la misma fuerza.

No había que borrarla —yo no sé borrar, y el que sabe no presta—.

Había que convencerla. Empujar cierra a un lado, con suavidad, para hacer sitio; buscar en su vecindario el abre que dormía cerca; tirar de él, despacito, hasta traerlo al centro; y repasarlo, seguir su surco por encima una y otra vez, para que agarrara lo suficiente como para mandar un rato.

Empujar fue lo más rápido. En poco tiempo cierra se corrió a un lado de mala gana y abre asomó, tímido, medio borrado de no usarse.

Y entonces empezó la peor parte de mi vida, y he tenido finales para elegir.

Porque repasar abre con estos ojos nuevos era seguir cada hendidura de un surco casi perdido, sin salirme ni un pelo, con el dedo temblando del esfuerzo de ir tan despacio, empujando la realidad con la yema como quien empuja un carro cuesta arriba con un solo dedo.

Y la palabra empujaba de vuelta. Se resistía a dejarse escribir, agarrándome la muñeca, negándose.

Llevaba nada. Un trozo del surco, una miseria, y ya me pesaba el brazo como si acarreara sacos.

Detrás, la paciencia se deshacía en un murmullo proporcional a lo que tardaba.

—Callad —dijo Octavo, bajito, con un orgullo que no venía a cuento—. Está leyendo. Es muy difícil.

Seguí. El sudor me caía a los ojos y no podía parpadear, porque parpadear era soltar el surco, y soltar el surco era volver a empezar, y volver a empezar con veinte personas mirando era una cosa que no me cabía en el cuerpo.

Y detrás, de entre los árboles, llegó el primer sonido que no debía llegar. Algo que se movía. Algo que volvía.

—Oye —dijo Daggis, sin volverse, con esa calma suya que es lo más parecido a una alarma que tiene—. Lo de antes no se ha ido tan lejos. Y ha traído amigos.

El pánico es el peor pulso que hay. Me temblaba tanto la mano que estuve a punto de salirme, y salirme era la muerte de todos, así que hice lo único sensato que hice en toda la jornada: no miré atrás.

—Necesito que nada me hable —dije, con una voz que no reconocí—. Y necesito un rato. Sé que el rato es lo que no hay. Dádmelo igual.

No hubo discusión. Sarn se giró hacia los árboles. Daggis sacó los cuchillos. Octavo levantó su rama astillada y se puso a mi espalda, entre lo que venía y yo, los tres, un muro de tres para que el de dentro pudiera seguir una línea con el dedo.

—Tienes lo que tardemos —dijo Daggis, ya mirando al bosque—. Tarda, pero abre.

Y seguí el surco.

Despacio. Detrás de mí sonó el primer choque, algo duro contra algo vivo, y no miré.

Seguí. Un gruñido, un crujido de madera, la risa de Octavo que le sale cuando reparte y que es lo más aterrador y lo más tranquilizador que conozco a la vez.

No miré. Seguí la hendidura, curva a curva, con el mundo entero pidiéndome que fuera más rápido y el único dedo útil que me quedaba yendo a la única velocidad que sabía, que era ninguna.

Y en algún momento, entre un mordisco que oí y otro que no, el surco se cerró sobre sí mismo. abre prendió. No con luz de milagro; con un fogonazo pálido, corto, de bombilla vieja que por fin hace contacto.

La pared de raíces no se apartó con elegancia. Chirrió, un chirrido casi de bicho, y se rasgó de arriba abajo por donde yo la había convencido, fea, dentada, de mala gana. Detrás no había bosque. Había un pasadizo de luz torcida que olía a tormenta y a tierra que no se abre desde hace mucho.

—Está —dije, o croé, cayendo otra vez de rodillas, con la mano derecha temblándome como si hubiera picado piedra toda la noche.

—¡Dentro! —ladró Daggis.

La veintena no lo pensó. Empujaron la carreta hacia el rasgón y entraron corriendo, con el miedo por delante.

Octavo entró el último de los de a pie, riéndose todavía, con la manga rota y una marca de garras que ya me contaría luego que no le dolía.

Sarn paró un último golpe que no llegué a ver, y cruzó como quien entra en su casa.

Y a mí me sacó Daggis, agarrándome del cuello de la túnica que picaba, levantándome del suelo como a un saco, y me tiró de cabeza al pasadizo justo cuando el rasgón empezaba a cerrarse a nuestra espalda y las raíces volvían despacio a su sitio, recordando, ahora que ya era tarde para todos menos para nosotros, que su oficio de siempre había sido cerrar.