Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 12 — Sobre el papel #2
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Capítulo 12 — Sobre el papel #2

Y fue al final de ese minuto, cuando Bru levantó la vista de Daggis para pasármela a mí por costumbre, que se paró.

No mucho. Lo que se para un hombre que hace una cosa con las manos y ve otra con los ojos.

Me miraba a mí, o más bien un palmo por encima de mí, a esa altura a la que la gente de aquí te mira cuando no te mira la cara sino lo que llevas escrito.

Frunció una parte pequeña del ceño, la de una cuenta que no cuadra por poco.

—Anda —dijo, para sí.

—¿Qué?

—Que juraría que lo tuyo era cazar.

—Y lo era.

—Pues hoy pone otra cosa. —Volvió a mirar, para asegurarse, porque Bru no dice lo que lee sin releerlo—.

Mago. Pone mago. —Lo dijo sin ceremonia, como se lee un precio nuevo en una etiqueta vieja—.

La gente no se cambia de renglón como de camisa, forastero.

Cuesta lo que cuesta y no lo paga cualquiera.

El tuyo lo llevas cambiado desde esta mañana, y mal doblado. Se ve la prisa.

No preguntó cómo. Bru no pregunta lo que se lee solo, y además creo que ya había decidido que la respuesta no le iba a gustar y que no la necesitaba para servir caldo.

Pero yo apenas oí la parte rara, la del renglón cambiado, la que debería haberme helado.

Oí la palabra. La había dicho en voz alta, delante de todos, un hombre que sabía leerla: mago.

Lo que yo había intuido en el camino, lo que se me dejaba mirar en las piedras, tenía nombre, y el nombre estaba escrito encima de mí donde yo no llegaba pero Bru sí.

No era una fantasía de un muerto recién levantado. Ponía mago. Lo ponía de verdad.

Y como soy quien soy, quise demostrarlo.

—El fuego está bajo —dije, señalando la chimenea del rincón, que se había quedado en brasas—. Deja.

Daggis me miró como se mira a un niño que anuncia que va a saltar de un sitio alto. No dijo nada. A veces Daggis deja que las cosas pasen por pura investigación.

Me acerqué a las brasas. Y por primera vez lo hice a propósito, con intención, sabiendo lo que buscaba: forcé la vista sobre el rescoldo hasta que el arde moribundo apareció, débil, casi apagado, y encima de él —esto era lo nuevo, esto era el milagro— el nombre de la lumbre se dejó mirar, quieto, esperándome.

Lo tenía. Que quede en acta que lo tenía. Veía exactamente lo que había que hacer: repasar el arde , avivarlo, devolverle el brío que se le iba. Lo veía con una claridad que no había tenido en mi vida, cada trazo del renglón nítido como letra de molde.

Y empecé a recorrerlo.

Despacio. Porque nítido quiere decir que lo ves todo, y verlo todo quiere decir que hay todo que recorrer, trazo por trazo, sin saltarte ninguno, y donde antes yo pasaba la mano entera de un manotazo bruto y la cosa ardía o no ardía y a otra cosa, ahora tenía delante cada curva de la palabra pidiéndome atención, una detrás de otra, con la paciencia infinita de lo que sabe que no vas a poder ir más rápido.

Iba por la mitad, concentrado, orgulloso, cuando oí el sonido de una brasa moviéndose.

Octavo se había agachado a mi lado. Había cogido el atizador. Había removido las brasas, echado una astilla, soplado dos veces con esos pulmones suyos de fuelle, y el fuego había prendido, alto y limpio, como prende un fuego cuando lo enciende alguien que no le está leyendo el nombre.

—Ya está —dijo Octavo, contento, sin la menor idea de lo que acababa de hacer—. Tenía hambre el fuego.

Me quedé de rodillas delante de la lumbre, con media palabra recorrida y la otra media colgando, inútil, en mitad de una obra que ya no hacía falta.

—Estoy empezando —dije, a nadie, o a mí—. Al principio cuesta.

Y lo intenté otra vez, para probármelo. Busqué otra cosa pequeña —una vela sin encender en la mesa de al lado—, forcé la vista, encontré el nombre, lo vi dejarse mirar, empecé a recorrerlo con toda la precisión del mundo.

Bru encendió la vela con la brasa de un palito antes de que yo llegara a la tercera curva.

No lo hizo por crueldad. Lo hizo porque quería la vela encendida y estaba encendiéndola, que es lo que hace la gente con las velas mientras un mago las lee. Ni siquiera me miró al hacerlo. Fue peor que si me hubiera mirado.

El segundo intento me quitó la excusa del primero. No estaba oxidado. Estaba mejorado.

Me senté en el banco. La euforia del camino se me iba despacio, por el mismo sitio por el que se va el calor de un cuerpo.

Bru me puso delante un caldo que no había pedido. Cortesía de tabernero, o de sepulturero, que a esa hora se parecen.

—Has ganado un renglón y has perdido las prisas —dijo, mirándome recoger los pedazos. Ni burla ni pena: la constatación de quien ha visto muchas cosas mal repartidas.

Me tomé el caldo. Estaba bueno. Al menos algo, aquel día, hacía su trabajo a la velocidad correcta.

Y ya me levantaba para irme a cargar con mi vergüenza a otro rincón cuando Bru, que había vuelto al trapo, que ya me había visto fallar dos veces, que sabía mejor que nadie en aquella sala lo que yo no servía para hacer, dijo lo que dijo.

Y no lo dijo con esperanza tonta. Lo dijo con la voz plana del que hace una cuenta y le sale un número, aunque el número sea malo.

—Oye. Mago. —Esperó a que lo mirara—. Un mago malo abre un zarcillo. ¿Verdad? Tarde. Pero lo abre.

En la sala, alguno levantó la cabeza. El hombre del equipo de bajar, el de la pared. Los comerciantes callaron a media discusión. Porque en un sitio donde nadie podía abrir una puerta hacia ninguna parte, la peor pregunta y la mejor eran la misma, y Bru acababa de hacerla en voz alta.

Podía haber dicho que no. Debía, seguramente, haber dicho que no. Sabía —lo acababa de aprender, dos veces, de rodillas— exactamente lo que valía mi magia contra un reloj, y un zarcillo en un monte con una manada suelta era todos los relojes del mundo a la vez.

Pero había una sala llena de gente sin salida mirándome a mí, que era, sobre el papel, la salida. Y yo nunca he sabido ser una puerta cerrada.

—Podría intentarlo —dije.