Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 12 — Sobre el papel
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Capítulo 12 — Sobre el papel

Se supone que morir tiene algo de ceremonia.

No lo digo por decir; lo he comprobado. La primera vez hubo hasta una caída, preguntas grandes y unas últimas palabras. La segunda muerte se limitó al frío y a una frase a medias. La tercera, a esto.

Y esto, lo primero, fue que las piedras se me clavaban en la espalda.

Ahí supe que algo había cambiado de sitio, porque las otras veces había caído sobre algo blando —hierba, tierra mojada, el mundo recibiéndome con la mentira de que era bienvenido—.

Ahora era piedra, y se me clavaba con método, y el olor de debajo ya no era verde: era a cerrado, a mineral, a sitio donde no crece nada porque nada ha querido intentarlo.

Abrí los ojos a un cielo oscuro. No de noche: una oscuridad de antes de que amanezca, cuando la noche ya ha terminado pero nadie se ha molestado en retirarla. Ni rastro del azul de domingo de la primera tarde. Esta vez habían abierto antes de decorar.

Conté los dedos. Diez. Ya ni me alegré; a la tercera, contar dedos es más un trámite que un milagro.

Y luego, la túnica.

Picaba en sitios que hasta entonces no sabía que podían picar.

Tenía mangas pensadas para un hombre con más brazos o menos dignidad, y olía a armario cerrado, que es un olor difícil de conseguir cuando apareces de la nada.

En algún registro que no veo, alguien no solo había vuelto a apuntar que había uno nuevo: se había tomado la molestia de vestirlo, y lo había vestido mal.

Reconocí el camino antes que mis propias manos. La roca a la izquierda. El árbol torcido. El rellano un poco más arriba, de donde bajaba, muy tenue, un olor a fuego apagado hacía rato.

Otra vez.

No pensé mucho más. La muerte pierde la ceremonia cuando repite, y a mí ya me la habían repetido lo justo para tratarla como lo que empezaba a ser: una molestia con paisaje.

Subí rascándome el cuello.

Encontré el campamento despierto.

Daggis estaba agachada junto al borde, examinando el suelo. Sarn seguía de pie donde lo había visto por última vez. Octavo estaba sentado junto al fuego apagado, con los codos en las rodillas y la cabeza baja.

Nadie me vio al principio.

Eso me dio tiempo para entender que estaban mirando el sitio donde yo había muerto.

El sitio estaba vacío. No vacío como queda un sitio cuando se llevan un cuerpo. Vacío de otra manera. La hierba aplastada seguía allí. También dos gotas oscuras. Faltaba el cadáver.

Tardé un segundo en echarlo de menos. Era el mío.

Octavo levantó la cabeza.

Me vio.

No dijo nada durante un momento. Luego se puso en pie tan deprisa que tiró una olla.

—Has vuelto.

—Eso dije.

Daggis se giró.

Se acercó de dos zancadas, me agarró por la túnica y olió el aire junto a mi cuello, como se comprueba una cosa de la que uno no se fía.

Después me cruzó la cara.

Nunca había visto a alguien alegrarse con tanta violencia.

—Ay.

—Desapareciste.

—Sí. También me sorprendió.

Me miró la túnica.

—¿Qué llevas puesto?

Bajé la vista.

—Una mala decisión textil.

Sarn fue el último en acercarse. No miró mi cara. Miró alrededor de mí, como si comprobara que había vuelto entero o que no había vuelto solo.

—No eres igual —dijo.

—La túnica exagera.

—No es la túnica. —Me miró un momento más de lo que Sarn mira nada. Después bajó la vista a las dos gotas oscuras del suelo, y otra vez a mí—. La última vez también había sangre.

—¿La última vez?

Pero Sarn ya había apartado la vista, porque Octavo me tenía cogido por los hombros comprobando que era de verdad, con esa fuerza suya que no distingue entre un abrazo y una advertencia, y porque Sarn dice una cosa y se retira. Y eso ya era más de lo que dice en una semana.

Me rasqué el hombro.

—Dijiste que volvías —dijo Octavo, todavía sin soltarme, y lo dijo con una cosa temblorosa en la voz que no era reproche, que era algo mucho peor de sostener: alivio del que ha pasado un rato de verdad creyendo que no.

—No pensé que fueras a tomártelo como un contrato.

No se rió. Octavo, que se ríe de todo, no se rió, y me apretó los hombros una vez más antes de soltarme, y en ese apretón había una pregunta que no sabía hacer y que yo no sabía contestar, así que hicimos los dos lo que se hace con esas preguntas, que es dejarlas donde están.

Fue Daggis quien nos sacó de allí, porque Daggis siempre nos saca de allí.

—Ya está vivo —dijo, dándose la vuelta hacia el campamento a medio recoger—. Recoged.

Era su manera de dar las gracias sin estropearse la reputación, y también, sospecho, su manera de no tener que mirar un rato más el sitio donde yo no había estado. Daggis gestiona el susto como gestiona todo: dándole trabajo a las manos antes de que le llegue a la cara.

Pero no recogió en silencio. A media faena, sin levantar la vista del petate, soltó lo otro, lo que llevaba rato masticando:

—Hay más. —Ató una correa de un tirón—. No era uno solo. Lo de anoche era una manada, y una manada no se queda en un sitio si el sitio no le da de comer. Este monte se ha vuelto suyo. —Se echó el petate al hombro—. Bajamos a la Novena y lo decimos.

—¿Por caridad? —preguntó Octavo, que a veces acierta sin querer.

—Porque un aviso así se paga —dijo Daggis—. O se debe. Y en un sitio como este es mejor que te deban a que te paguen. Lo que se paga se acaba. Lo que se debe dura.

Nadie discutió, porque no había nada que discutir. Había una manada, había una posada, y entre las dos cosas había un camino cuesta abajo que teníamos que hacer antes de que el monte decidiera que también era suyo a la luz del día.

Recogimos. Octavo cargó con casi todo, como siempre, no porque se lo pidiéramos sino porque cargar era su forma de venir con nosotros. Y echamos a andar hacia abajo, hacia la Novena, con una manada a la espalda y un muerto de menos, que resultaba ser yo, caminando entre ellos como si tal cosa.

Y fue en ese camino donde empezó lo otro.

Al principio pensé que era la luz.

Un cambio en cómo se veían las cosas, sutil, de esos que atribuyes a que has dormido mal o a que casi te mueres, que viene a ser la misma clase de mala noche.

Miraba el camino y el camino estaba más…

presente. No más brillante. Más ahí. Como cuando limpias un cristal que no sabías que estaba sucio y de pronto el mundo del otro lado tiene bordes.

Miré una piedra.

Y debajo de lo que la piedra hacía —su pesa de siempre, gastado, que yo llevaba media vida leyendo sin esfuerzo—, noté otra cosa.

Encima, en realidad, no debajo. Una capa que hasta entonces había sido para mí un borrón, el sitio donde las cosas guardan lo que son y no me dejaban mirar. El nombre de la piedra.

No lo leí. Que quede claro, porque lo que viene depende de esto: no lo leí. Pero por primera vez en toda mi vida en este mundo, no se me escapó.

Se dejó mirar.

Estuvo ahí, quieto, aguantándome la vista, y se me escurrió un poco por los bordes, sí, como agua que aún no sabes coger con la mano —pero no huyó.

Me esperó. Y tuve la sensación clarísima, absoluta, del que toca por primera vez algo que va a poder tocar bien: que si me aplicaba, si le dedicaba un rato, si aprendía el pulso, aquello era mío.

Desde que había llegado, los nombres se me deshacían antes de alcanzarlos.

Yo leía lo que las cosas hacían y era ciego a lo que eran, y esa ceguera me había costado más de lo que se puede contar sin ponerse pesado —me había costado, entre otras cosas, no saber la noche anterior que un perro pequeño no era un perro.

Y ahora los nombres me esperaban.

Me paré en mitad del camino. Miré un arbusto. Aguantó. Miré el petate de Octavo. Aguantó. Miré, con el corazón haciendo tonterías, mis propias manos —

y mis manos no. Mis manos seguían siendo el borrón de siempre, el único sitio que nunca he sabido leer. Pero eso, en aquel momento, no me lo tomé como el aviso que era. Me lo tomé como una excepción graciosa. Todo lo demás se dejaba leer. Qué más daba yo.

—Te has parado —dijo Daggis, desde más abajo, sin volverse.

—Estoy viendo una cosa.

—Pues míralo andando.

Bajé el resto del camino probándolo todo.

Una raíz. Una correa. Una nube. Cada cosa me sostenía la mirada un poco mejor que la anterior, o eso me pareció, porque cuando uno quiere que algo mejore encuentra la mejora hasta donde no la hay, y yo la quería con toda el alma.

Hacía mucho que no me encontraba tantas razones para mirar.

A cada rato me sentía más cerca de leerlos del todo, y hacía la cuenta boba del que aprende una cosa fácil: si en una mañana he llegado hasta aquí, dónde estaré en una semana.

No se me ocurrió preguntarme cuánto tardaba.

La Novena apareció abajo, en el recodo, con su nombre torcido tallado en el dintel y el humo fino saliendo de la chimenea. Yo bajaba sonriendo. La túnica seguía picando, pero por primera vez me pareció un precio razonable.

Dentro había la gente de siempre a esa hora, que en la Novena era cada vez más gente y cada vez menos de siempre.

Caras que no estaban la víspera. Un par de comerciantes con el género a los pies, discutiendo en voz baja algo que se discute cuando la ruta de uno se ha borrado y hay que inventarse otra.

Un hombre solo, junto a la pared, con el equipo de bajar a marañas y ningún sitio evidente al que bajar.

La frontera llenándose de gente a la que se le había ido el suelo de debajo y se quedaba aquí, de momento, a ver qué crecía.

Daggis fue derecha a la barra y soltó lo que veníamos a soltar, sin rodeos, porque para Daggis un rodeo es una moneda tirada.

—Hay una manada en el monte de arriba. Venenosos. Anoche mataron. —Puso las dos manos en la madera—. Te lo digo yo antes de que te lo diga un cliente que no vuelve.

Bru dejó lo que hacía. Aquello sí era asunto suyo: una manada en el monte de arriba es media clientela que deja de subir y la otra media que deja de bajar.

Hizo las preguntas que hace quien va a tener que decidir cosas —cuántos, dónde, si bajaban— y Daggis se las contestó como se las contesta ella, con lo justo y sin adornar, y entre los dos montaron en un minuto el mapa de un problema que iba a durar semanas.