Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 11 — Ahora vengo #2
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Capítulo 11 — Ahora vengo #2

Eso fue lo primero que pensé, y en mi descargo diré que lo habría pensado cualquiera: del tamaño de un perro pequeño, de esos feos, con las patas demasiado largas para el cuerpo y una cabeza que no acababa de encajar con lo demás.

Estaba entre dos rocas, quieto, mirándonos —mirándola a ella— con una fijeza que a un perro le habría durado un segundo antes de mover la cola o gruñir o hacer alguna de las cosas que hacen los perros para decirte de qué humor están.

Este no hizo ninguna. Solo miraba, con las patas demasiado largas muy quietas, y yo, que llevo en este mundo el tiempo justo para haber aprendido una sola lección y haberla aprendido a un precio que todavía estoy pagando —que lo que se queda muy quieto es peor que lo que ruge—, tuve la lección delante, entera, y aun así se me ocurrió pensar: bah. Un perro feo.

Forcé la vista, más por costumbre que por miedo.

Y ahí el perro dejó de ser un perro.

No en la forma. En el renglón. Arriba, el nombre —largo, denso, se me escurría como todos, y por una vez habría dado lo que no tengo por leerlo, porque el nombre me habría dicho qué era , y esta vez saber qué era, y no lo que hacía, era lo único que me habría salvado—.

Pero yo no leo nombres. Leo lo que las cosas hacen.

Y lo que hacía, debajo, no era ladra ni guarda ni ninguna de las palabras mansas que hace un perro.

Era una palabra tensa, corta, cargada hasta arriba, con esa disposición a dispararse de las cosas que ya han decidido, y al lado, apretadas, todo un vecindario de hermanas que no quería leer y leí igual: algo de envenena , algo de agrupa , algo de no para .

Lo que Daggis sabía por el cuerpo, yo acababa de leerlo en el renglón.

Habíamos llegado los dos a lo mismo —que aquello mataba— por caminos distintos, ella por haber vivido mucho y yo por forzar la vista, y la única diferencia entre nosotros, la que iba a contar, era que ella lo sabía desde el fuego, quieta, sin acercarse, y yo lo sabía de pie a tres pasos, en el sitio del que me había echado.

Porque eso es lo otro que había pasado, y tardé en entenderlo: Daggis lo tenía. Lo estaba llevando ella, como había dicho, a base de no moverse, de no darle a la cosa un motivo, de dejar que la cosa y ella se midieran sin que ninguna disparara. Un equilibrio. De los que sostiene el que sabe.

Y yo me había metido en medio.

Un cuerpo nuevo, torpe, respirando fuerte donde no debía haber nadie respirando, y la cosa larga, que llevaba un rato calculando a una sola gata quieta, tuvo de pronto una pieza más en la cuenta, una que se movía mal y olía a miedo, y eligió, como eligen las cosas, al más débil.

El más débil era yo. Nunca en mi vida había estado tan claro cuál era el más débil.

El problema era que yo estaba entre los dos.

Y no me tiré al suelo.

Lo pensé. El suelo estaba ahí, disponible, cumpliendo perfectamente su parte del trato de siempre, que es estar cerca para cuando yo me tire a él.

Pero Daggis estaba en medio, y yo ya había hecho bastante daño entrando como para apartarme ahora y dejar que la cosa me buscara pasando por encima de ella.

Así que me quedé. Delante. Con el cuerpo torpe puesto donde no servía de nada salvo de tapón.

Que eso cuente como valor o como una manera nueva de hacer el idiota depende de si cuenta hacer bien la cosa equivocada. Nunca me he aclarado con esa cuenta.

Levanté el dedo.

El de siempre, el que me pica desde el collar de Sarn, y encontré la palabra tensa, y empujé.

Aterrado. Y el que empuja aterrado empuja como un martillo, ya lo sabemos, ya lo aprendimos con una cabra, ya nos costó lo que nos costó.

Empujé muerde hacia su vecina para apartarlo, y se apartó —el cuerpo largo cambió de idea a media embestida, con esa mala gana de lo que no quiere que lo muevan—, pero la vecina a la que lo mandé era peor, porque aquí abajo todas las vecinas son peores, y de ahí salió el agrupa —que en este mundo es la manera educada de decir que no vienen de uno en uno—, y por el rabillo del ojo, entre las rocas, algo se movió que antes no se movía.

Empujé otra vez. Aparté esa. Salió la de no para .

Y así, empujón a empujón, gané. Que quede en acta, por una vez, que gané: aparté los dientes, contuve la cosa que yo mismo había soltado antes de que se descontrolara hacia el fuego, la mandé de vecina en vecina hasta sacarla de encima, y la cosa larga retrocedió entre las rocas de donde había salido, y me quedé de pie, jadeando, con el dedo ardiendo y el corazón en la boca y una sensación absurda, ridícula, de aprendiz al que le ha salido el truco: lo había hecho.

Por primera vez me había puesto delante de algo y el algo se había ido.

Daggis no me miró como quien te da las gracias. Se le fueron las orejas hacia atrás, planas, y me miró con horror, que en Daggis es una cara que no había visto nunca, porque Daggis no gasta miedo, y ahí lo estaba gastando entero, en mí.

—Idiota —dijo—. Lo tenía. Estaba quieta y lo tenía. —Y luego, más bajo, con otra voz—: ¿Te ha tocado? Dime que no te ha tocado.

Y yo iba a decir que no, que ni me había rozado, que lo había apartado a tiempo, que por una vez en mi vida había llegado a tiempo —

y entonces me acordé del primer asalto, del segundo empujón, del momento en que la vecina de no para lo trajo de vuelta más rápido de lo que yo lo apartaba, y de un roce en la pantorrilla que en el momento no había sido nada, menos que un arañazo, una tontería que ni había registrado con todo lo que pasaba.

Bajé la vista.

Era casi nada. Dos puntos. Ni sangre apenas.

—Ah —dije—. Bueno. Un poco.

Y noté el frío.

No el de la noche. Otro, de dentro, subiendo desde la pierna con una prisa que no era de este mundo o era demasiado de este mundo, y reconocí la sensación con una parte de mí muy vieja y muy tranquila, porque ya la había sentido una vez, en un claro, con un peluche, la primera tarde: el ponerse todo lejos, el frío donde no debería, el aire volviéndose de pronto la cosa más cara del mundo.

Ya conocía esta parte.

Y aquí está lo que no le voy a poder explicar a nadie, porque no había nadie dentro de mí para verlo salvo yo: no tuve miedo.

Tuve, sobre todo, una especie de fastidio enorme y familiar, el fastidio del que reconoce el sitio.

Otra vez esto. Otra vez el frío y el aire caro y el irse.

Y encima — esto sí me dio rabia, esto de verdad — encima ganando. Después de ganar.

Daggis gritaba algo. Sarn ya venía, de pie, más rápido de lo que le he visto moverse nunca, y llegaba tarde, todos llegaban tarde, yo el primero, que llevo toda la vida llegando tarde a todo y no iba a estrenar puntualidad justo para esto.

Me senté. No decidí sentarme; el cuerpo se sentó, con la última cortesía que le quedaba, para no caer de mala manera delante de la gente.

Y pensé, con lo que me quedaba, que había que decir algo.

Que Sarn estaba llegando y Daggis tenía esa cara y Octavo, más allá, se levantaba sin entender, y que uno no se va sin decir nada, que sería de mala educación, y que además —y esto fue lo último que pensé con orden, lo último que fue del todo mío— había una frase.

La frase de siempre. La que dije la última vez que me fui de un sitio sin saber que era la última, hace ya dos muertes, cuando iba a comprar pan y metí el dedo en una grieta.

Malas últimas palabras, aquella vez. Precisas. Optimistas. Falsas.

Sonreí, o lo intenté, con la sonrisa idiota de cuando rompía algo en casa a los ocho años y la ponía encima para que no se notara.

—Ahora vengo —dije.

Porque hay ciertas costumbres que hay que mantener.

Y el frío se llevó el resto antes de que nadie pudiera contestarme.