Capítulo 11 — Ahora vengo
Bru tenía la cara de quien ha oído todas las preguntas que caben en una posada y ha comprobado que ninguna mejora con la respuesta.
Esperé a que la sala clareara. A media mañana ya solo quedábamos los que no teníamos adónde ir con prisa, que en aquella casa era otra manera de decir todos.
Octavo dormía arriba, con un ronquido que atravesaba dos suelos y llegaba al comedor a pedir disculpas.
Sarn estaba junto a la ventana, mirando el camino como si el camino le debiera algo.
Daggis había salido antes del alba sin decir adónde, que es como Daggis dice las cosas.
Le puse a Bru delante la última moneda de verdad que me quedaba.
No la cogió. La miró. Me miró a mí. Volvió a mirar la moneda, por si en el trayecto se había multiplicado. No lo había hecho, y a él no le sorprendió, porque llevaba toda la vida viendo monedas no hacer exactamente eso.
—La Novena —dije—. ¿Por qué Novena, si es la tercera posada del camino?
Bru cogió la moneda. No por lo que valía la pregunta. Por lo que valía la moneda, que era distinto, y él no fingía lo contrario.
—Porque es la Novena.
—Eso ya lo había sacado yo solo. Me costó la noche entera, pero llegué.
Algo en él, muy abajo, casi se movió. No una sonrisa; el sitio donde a otro le saldría una.
—No cuentas posadas —dijo—. Cuentas órdenes.
La Novena es la orden. Esta es su casa en este camino.
—Señaló el dintel con la barbilla, sin molestarse en mirarlo—.
Ahí fuera pone Novena porque es de la Novena, no porque haya ocho en fila detrás.
Haberlas, las hay. Pero no puestas para que las cuentes tú.
Me quedé con eso un momento, dándole la vuelta como se le da la vuelta a una moneda por si tiene las dos caras iguales.
Yo había pasado la noche contando hacia atrás, buscando las ocho posadas que faltaban, y no faltaba ninguna.
Estaban contadas por otro sitio. El nombre era exacto.
Yo lo había estado leyendo por el eje que no era, que es como leo casi todo: con mucha atención y en la dirección equivocada.
—¿Y qué es una orden?
—Vieja. —Bru lo dijo como quien nombra un oficio entero—.
La Primera es la única que sigue siendo lo que se fundó para ser.
Busca puertas. Las busca en las marañas, apunta por dónde comunican, lleva la cuenta de las que hay.
Cuenta que nunca termina, porque las puertas se mueven, pero ellos siguen apuntando.
—Fregó—. Es la única que aún sirve para lo suyo, y a lo mejor por eso es la única que manda algo.
—¿Y las demás?
—Las demás no las fundó nadie. Crecieron.
—Dejó el vaso, cogió otro—. Gente que hacía la misma cosa en el mismo sitio durante demasiado tiempo, hasta que un día alguien les puso un número para cobrarles, y el número aguantó más que la gente.
La Sexta era plantas. Si querías madera que siguiera aguantando fuera de la maraña, ibas a una Sexta y no preguntabas más.
—Se encogió de hombros—. Ya no sé si queda alguna.
Había una. Se ve que el sitio donde estaba tampoco.
Lo soltó sin peso, fregando, como quien menciona a un proveedor que había cerrado, y no lo echó de menos, y en ese no echarlo de menos había más frío que en todo lo que había dicho hasta entonces.
—¿La Novena sigue existiendo?
—La casa sí. —Bru me miró—. A veces con eso basta.
—¿Y de qué es la Novena?
Fue una mirada corta, de tasador, la que se le echa a una cosa para decidir si vale la pena moverla.
—De lo suyo —dijo.
Y no dijo más, y entendí que esa era la respuesta entera, y que costaba bastante más que una moneda, y que él no me iba a fiar la diferencia.
Un sitio que llevaba en el nombre una orden que a lo mejor ya no existía, administrado por un hombre que no era de ella, esperando algo que ni él sabía nombrar.
Me lo guardé donde guardo lo que no entiendo pero sé que voy a necesitar, que a estas alturas es un almacén considerable.
Y me reí. Poco. Lo justo.
Era la primera vez que una monstruosidad de las de archivo me hacía gracia antes de hacerme daño, y me reí con la sala —porque en la mesa del fondo alguien resopló a la vez que yo, de acuerdo con el chiste sin necesidad de contárnoslo—, no desde fuera, como el que no entiende, sino desde dentro, como el que ya ha empezado a ser un poco de aquí.
No sé en qué momento pasó eso. No me pidieron permiso.
El dinero, en cambio, no daba para reírse.
Lo conté esa misma mañana, en la habitación, con la puerta cerrada y la mezquindad con que se cuenta lo que ya sabes que no llega.
Habíamos pagado una noche. Podíamos pagar otra vendiendo parte de la comida, pero de las dos cosas la posada era la prescindible, porque el hambre no se negocia y un techo sí.
Un techo es un lujo. Lo aprendí cargando plantas y lo estaba desaprendiendo demasiado deprisa, en cuanto tuve tres noches seguidas de dormir bajo uno.
—Acampamos —dijo Daggis, cuando bajé con la cuenta hecha.
No lo preguntó. Daggis no había dormido bajo techo ni una de las tres noches; había subido al tejado o salido al monte, según le diera, y volvía por la mañana con la superioridad tranquila de quien no ha pagado por nada—.
Fuera del valle, en alto. Yo elijo el sitio.
—¿Y por qué eliges tú el sitio?
—Porque tú elegirías el bonito. —Se lamió una pata—. Y el bonito y el seguro casi nunca son el mismo, aquí menos.
No tenía respuesta para eso, que es la clase de cosa que me dice Daggis para no tener que seguir hablando conmigo.
Sarn no opinó. Sarn hacía tiempo que no opinaba de las decisiones que no cambiaban nada, y esta no cambiaba nada: no había dinero, había que dormir en alguna parte, y la parte iba a ser el suelo.
Solo Octavo se lo tomó como una buena noticia, porque Octavo se toma casi todo como una buena noticia, que es su manera de tener razón más veces que el resto de nosotros.
—Yo monto el sitio —dijo, encantado—. Monto muy bien los sitios. Y hago fuego. —Se lo pensó—. El fuego lo hace la gata, pero yo traigo la leña.
—Yo no hago fuego —dijo Daggis.
—Alguien hará fuego —dijo Octavo, con una fe en el fuego que no dependía de ninguno de nosotros, y cargó con casi todo lo del carro él solo, como siempre, no porque se lo pidiéramos sino porque cargar era su manera de venir con nosotros.
Salimos del valle a media tarde. Y aquí, si esto lo contara otro, habría un presagio.
Una nube. Un pájaro raro. Algo que avisara.
No lo hubo. Salimos con la tarde bonita, hacia un sitio en alto que había elegido la única de nosotros que sabía elegir, con la barriga a medias y el ánimo, contra todo criterio, casi bien.
Las tres personas que me importaban en este mundo subían un monte juntas, y una de ellas cantaba mal una canción que se inventaba sobre la marcha, y yo pensé que a lo mejor aquello era lo más cerca de bien que iba a estar nunca.
No lo dije en voz alta. Conservaba algún instinto.
El sitio de Daggis era bueno. Un rellano en alto, con la roca a la espalda y el valle abierto delante, de esos desde los que se ve venir todo con tiempo. Todo menos lo que vino, que no vino por el valle.
Forcé la vista sobre las cosas mientras Octavo montaba el campamento, por la costumbre nueva de leerlo todo que ya no controlo, y me reconcilié un poco con este nivel, porque lo que sé leer lo seguía leyendo.
La roca hacía pesa . Un arbusto seco hacía su aguanta gastado.
Debajo, eso sí, el ruido de siempre de aquí abajo: otras marcas montadas sobre las primeras, viejas y nuevas pisándose, la sala llena de voces de la que Daggis me había avisado el primer día.
Pero la voz de arriba, la clara, seguía siendo mía.
Forzabas y estaba. No me habían quitado el ojo al bajar.
Solo me habían puesto ruido alrededor, y con el ruido ya iba aprendiendo a convivir, que es lo que se hace con casi todo lo que no puedes arreglar.
Cenamos poco y bien. Octavo contó una historia que no tenía final porque se le olvidó a la mitad, y la terminó igual, con un final de otra historia, y quedó mejor.
Sarn escuchó desde el borde de la luz, que es donde escucha Sarn.
Daggis no cenó con nosotros. Daggis se había apartado a la linde del rellano, donde la luz de la hoguera se acababa, y miraba las rocas de abajo con las orejas muy quietas, que en ella es la única postura que da miedo, porque Daggis casi nunca está quieta.
—Ven a comer —le dije.
—Calla.
Y me callé, pero me quedé mirándola mirar, y ahí empezó todo, porque a mí una persona mirando fijamente algo que yo no veo me hace una cosa por dentro que no he sabido controlar en toda mi vida.
Es la grieta otra vez. Es el dedo. Hay quien ve a alguien asomado a un pozo y se aparta; yo me asomo al pozo. Siempre me asomo al pozo.
Me levanté con cualquier excusa —estirar las piernas, dije, y nadie se lo creyó porque no había piernas que estirar— y fui hacia ella, hacia la linde, hacia lo que fuera que estuviera mirando.
—Que no vengas —dijo, sin volverse, con una calma tensa que debería haberme parado y me empujó—. Vuelve al fuego. Hay algo abajo y no sé cuánto. Esto lo llevo yo.
Traducido de Daggis, aquello era una alarma a gritos.
Daggis no dice “no sé cuánto” de casi nada; Daggis sabe siempre cuánto.
Que dijera que no lo sabía era lo más cerca del miedo que le había oído nunca, y un hombre con dos dedos de instinto habría hecho lo que le decía y habría vuelto al fuego, con Sarn y con Octavo, a dejar que la que sabe hiciera lo suyo.
Ya sabéis lo que hice.
Di el paso que me había prohibido. Uno. Solo quería ver.
Era un perro.