Capítulo 10 — La Novena Posada
Daggis no nos dejó ni mirar la pared.
Yo me había quedado plantado delante de la roca lisa donde había estado el arco, con esa necesidad tonta de comprobar una y otra vez que de verdad no había nada, cuando me pasó por delante sin detenerse.
—Andando. Lejos de aquí.
—¿Por qué? —Es lo que digo.
—Piensa. —No se giró—. Una puerta que ya no va a traer nada más, y una carreta llena de comida parada al lado. Haz tú la cuenta.
Hice la cuenta. Tardé, como tardo siempre, pero la hice: un nivel que se acaba de quedar sin su despensa de arriba, y nosotros con semanas de comida a la vista de todos.
Miré alrededor. La gente de la boca de la puerta seguía mirando la pared, todavía en el sitio del susto, todavía sin haber llegado al del hambre.
Todavía. Pero “todavía” es una palabra que a mí se me ha estropeado ya en dos mundos, y tiré de la brida de la bestia y arrastré la carreta detrás de Daggis, sin discutir más.
Octavo vino tan contento, tirando del animal, saludando a gente que no lo conocía. No había mirado la pared ni una vez.
El camino se alejaba de la montaña por un valle abierto, y era, otra vez, decepcionantemente bonito.
Forcé la vista sobre las cosas al pasar, por costumbre, y —esto me alivió más de lo que esperaba— seguían ahí. Los verbos de siempre. Un árbol que hacía crece , una piedra que hacía pesa , la hierba con su palabrita tonta. Lo que sé leer lo seguía leyendo. No me habían quitado el ojo al bajar.
Pero encima había ruido.
No sé decirlo mejor. Sobre el crece del árbol, o alrededor, o por debajo, había más.
Otras marcas, más viejas o más nuevas, montadas sobre la primera, que empezaban a ordenarse en mi cabeza y se pisaban unas a otras antes de decir nada.
Como oír a alguien hablar claro en una sala donde hay otros diez hablando a la vez.
La palabra estaba; solo que ya no venía sola.
Forcé más, a ver si separaba el ruido de la voz, y lo único que saqué fue dolor de cabeza y las dos cosas revueltas.
—¿Esto es así aquí? —pregunté, frotándome las sienes.
Daggis ni giró la cabeza.
—Arriba las cosas dicen una cosa cada vez —dijo—. Aquí hablan todas juntas.
Y con eso me dio, sin dármela, la primera regla de este sitio. No es que aquí no supiera leer. Es que aquí había más escrito de lo que sabía separar. El mismo idioma, con la sala llena.
—¿Tú has estado aquí? —le pregunté.
—Pasé. Subiendo. No paré. —Y, tras un rato, como si le costara la frase de más—: Vengo de más abajo. De donde esto sería un descanso.
No le pregunté qué clase de sitio hace que un nivel torcido parezca un descanso. Me lo guardé. Empezaba a guardarme cosas; también eso era nuevo.
La Novena Posada estaba donde el valle se estrechaba, un caserón de piedra con luz en las ventanas y humo.
En el dintel, tallado, el nombre. Forcé la vista sobre las letras por costumbre y debajo de “posada” había otra palabra, gastada, que se me ordenó a medias y se me escapó, ahogada en el mismo ruido que todo lo demás.
—¿Por qué “novena”? —le pregunté a Octavo, que de estas cosas contesta siempre, sepa o no.
—Porque la han levantado nueve veces —dijo, muy seguro—. O porque hay ocho más por el camino. O por lo del sello. Dicen cosas.
Tres respuestas y ninguna suya. Me quedé con las tres y con ninguna, que a partir de aquí iba a ser mi manera de saber las cosas: en montones, sin elegir. Y con una pregunta pequeña clavada, de esas que no se van: si hubo ocho antes, ¿dónde están ahora?
Dentro había ruido, y el ruido estaba mal.
No era el ruido bueno de una taberna llena. Era el de mucha gente hablando de lo mismo a la vez sin querer, ese zumbido de miedo que sube medio tono por encima de lo normal. Lo habían oído casi todos. La puerta del norte se había ido esa tarde, y la sala entera lo estaba masticando.
Nos hicimos un hueco en un rincón. Octavo pidió de beber para todos como si viniéramos de celebrar algo, y yo hice lo único que sabía hacer todavía de esto de averiguar: callarme y poner la oreja.
Fue fácil. El sitio hablaba solo.
—…yo el género lo llevaba arriba, ¿me entiendes? Arriba. ¿Y ahora a quién se lo vendo, a las piedras?
—Baja con nosotros, hombre. Abajo se vende todo.
—Abajo se vende y abajo te matan. No es lo mismo bajar con una espada que bajar con doce fardos de lana.
En otra mesa, más bajo, un hombre le decía a una mujer que esto ahora era la esquina del mundo.
Lo dijo así, “la esquina del mundo”, y me giré sin querer, porque tenía razón y yo no había caído: si la puerta de arriba se había ido, este nivel ya no era un sitio de paso.
Era el techo. El primero. No había más arriba.
Todos los que huían de algo hondo y buscaban lo fácil iban a terminar aquí, en el último escalón que quedaba.
Más manos, más bocas, y el dinero que daba de comer a este valle bajaba de dos ciudades que ya no existían.
Aprendí más en aquel rincón, callado, en una hora, que en semanas de preguntar.
Cada mesa tenía su miedo y su miedo contaba una parte.
Y en una cerca de la puerta, tres que por la pinta bajaban a buscar fortuna discutían si seguir o volverse, y no tenían adónde volverse, y no lo decían pero se les veía: su suerte estaba abajo y el camino corto se había borrado.
Miré a Octavo, que les sonreía desde nuestra mesa sin enterarse de que estaba mirando su propio futuro, y no dije nada.
Lo malo de escuchar en una taberna es que la taberna también te ve.
—¿Vosotros de dónde salís? —Un hombre de una mesa cercana, mercader por las manos, nos miraba con una curiosidad que no era del todo simpática—. No sois de aquí.
—Bajamos hoy —dije. Y aquí está mi problema: no sé mentir—. Del norte.
La mesa se quedó quieta medio segundo. El norte. La puerta del norte. La que se había ido esa tarde.
—¿Por la del norte? —dijo el mercader, despacio—. ¿Hoy?
—Antes de que… —empecé, y me callé, pero ya lo había dicho con la cara.
Éramos los que habían cruzado esa puerta el día que dejó de existir.
Los últimos. Y me miraron de otra manera, ya no curiosos, calculando, y aprendí en directo lo que llevaba toda la tarde rozando: que aquí la información se paga con información, y que yo acababa de pagar de más siendo forastero el peor día para serlo.
Cerré la boca. Tarde, como siempre. Y para no seguir hablando, forcé la vista sobre el mercader.
Y vi una cosa que no había visto nunca.
En su renglón, sobre la acción — pregunta , decía, o tantea —, había otra línea.
No al lado. Debajo, deslizándose por dentro de la primera como una corriente bajo el hielo, en otra dirección.
No la pude leer; no sé qué escondía. Pero estaba, clarísima: una segunda cosa yendo por debajo de lo que la boca decía.
El hombre no preguntaba solo por preguntar.
Preguntaba con un fondo, y el fondo tenía su propio renglón, tapado por el de arriba.
Fue un instante y se me revolvió enseguida con todo el ruido de la sala, y no forcé para retenerlo.
No sé por qué no forcé —yo siempre fuerzo—, pero algo me dijo que si apretaba iba a perder las dos capas a la vez, como el árbol del camino, así que solté la vista y me quedé solo con lo que había sacado: que aquel hombre quería algo que no decía. No qué. Solo que lo había.
Con eso me bastó para bajar la mirada a la jarra y dejar de contar de dónde veníamos.
No aprendí a leer intenciones esa noche. Aprendí que las intenciones dejan relieve. Es distinto, y es menos, y fue lo único, y me lo guardé.
—¿Cómo lo sabías? —le pregunté a Sarn en voz baja, cuando el mercader volvió a lo suyo—. Lo de la puerta. Lo de que había que cruzar hoy.
Sarn tardó. Sarn siempre tarda, pero ahora, después de lo del collar, cuando por fin contesta le salen frases enteras, cortas, secas, como piedras puestas en fila.
—Ya lo había visto —dijo—. Una vez.
—¿Ver el qué?
—Irse un sitio.
Y ahí se paró, y supe que ese era todo el mapa que iba a darme esa noche, y que detrás de esas cinco palabras había un mundo que no pensaba abrir. Empezaba a entender que a Sarn se le saca por esquinas, no de frente, y que cada frase suya pesaba justo porque no había diez detrás rellenándola.
Daggis, que fingía no escuchar, soltó desde su lado, con desprecio, para nadie:
—Siempre vuelve a abrirse alguna puerta. Con tiempo. En cualquier maraña. —Se lamió una pata—. No siempre hacia donde quieres. Esto no es el fin del mundo. Solo lo parece, que es distinto.
Lo dijo como se le dice una obviedad a un tonto, y me lo guardé también, sin saber si creérmelo, junto a todo lo demás.
Uno sabía reconocer desapariciones y no daba mapas.
La otra conocía rutas y las daba a cachos, torcidas por venir de donde venía.
Octavo sabía rumores que eran casi todos mentira.
Tres personas, tres trozos, y ninguno el trozo entero.
Y yo en medio, intentando que encajaran, que era una manera nueva de estar en una mesa.
En algún momento de la noche, Octavo se giró hacia la mesa de al lado y lo vi tomar aire para hablar. Le conozco la cara de antes de presumir. Iba a contarle a un desconocido lo bien cargada que traía la carreta.
—Octavo. —Le puse la mano en el brazo—. Eso no se cuenta.
—¿Por qué? —Me miró con esos ojos limpios, sin malicia ninguna, de verdad sin entenderlo.
Y me quedé sin respuesta, porque la de verdad era asustarlo, y asustarlo me pareció de repente algo que no quería hacer. Pero antes de que encontrara una mentira suave, a Octavo se le puso la cara en blanco, la de bobo de siempre, y luego se le encendió sola.
—Aah. Bandidos. —Y en vez de bajar la voz, la subió, contentísimo—: La defenderemos.
Se me había adelantado por un lado y se me había quedado atrás por el otro, todo de una vez.
Había entendido el peligro antes de que se lo explicara —él, que ha bajado, que sabe en el cuerpo lo que es que te quiten lo tuyo— y de ahí había saltado directo a las ganas de pelear por ella.
Yo quería ahorrarle el miedo. Él ya estaba en otra parte, afilando una alegría.
Le dije que sí, que la defenderíamos, y me quedé con la certeza incómoda de que cuidar de Octavo no iba a ser protegerlo de lo que no sabía. Iba a ser protegerlo de lo que creía saber hacer.
Pagué la posada yo, sin preguntarle a nadie, con casi lo último que quedaba.
Fue un poco tonto —nos dejó sin apenas nada, y nadie me lo había pedido—, pero dormir bajo techo me pareció algo que yo podía darles esa noche, y se lo di.
Los tres se durmieron. Octavo enseguida y fuerte, como duermen los que no se enteran de nada.
Sarn quieto, boca arriba, no sé si dormido. La gata en un rincón, con un ojo.
Yo no.
Yo me quedé despierto intentando ordenar el montón de la primera noche —una puerta que vuelve con tiempo, ocho posadas que a lo mejor no existen, un mercader con un fondo tapado, la esquina del mundo, un sitio que se fue una vez— y hacer con todo eso un mapa.
Y no se dejaba. Cada vez que colocaba un retal, otro no encajaba, y empecé a sospechar que el problema no era que me faltaran piezas, sino que el sitio no se estaba quieto: que mientras yo dibujaba, el mapa cambiaba debajo del lápiz.
Y no me dormía, y fui entendiendo por qué.
No era la costumbre de no dormir. Era que necesitaba saber.
Necesitaba saber dónde estábamos porque no saberlo casi nos había costado algo esa misma tarde, con el mercader; porque no sabía qué valía la comida que llevábamos ni cuánto duraría el dinero ni qué puertas existían ni cuál de todas las bocas de la taberna nos estaba engañando.
No era curiosidad. Era miedo con los ojos abiertos: entender esto antes de que nos matara.
No sabía guiar a nadie. No sabía protegerlos.
Ni siquiera había sabido cuánto costaba una habitación hasta que la pagué.
Pero era el único dispuesto a juntar los trozos que los otros tres tenían sueltos, y por alguna razón idiota eso me convertía en el responsable.
No el que más sabía —Sarn sabía más, y callaba más—; el único al que se le ocurría ponerlo todo junto.
Nadie más iba a hacerlo. Me tocaba a mí, al peor de los cuatro.
Y ya casi de madrugada, cuando llevaba horas dándole vueltas por miedo, me pilló desprevenido una cosa peor.
Que ya no quería saber solo para salir vivo.
Que quería saber. A secas. Saber qué era este mundo, cómo se movían los niveles, qué había abajo, por qué se van las puertas, qué significaba “novena”, aunque saberlo no nos sacara de ningún apuro, aunque no sirviera para nada esa noche ni la siguiente.
Me había pasado la vida sin querer nada más que que me dejaran en paz, y ahora, en el suelo de una posada, sin dinero y con tres perdidos a mi cargo, me descubría queriendo entender el sitio que me estaba jodiendo la vida. Como quien le coge cariño a la trampa.
No supe qué hacer con eso, así que hice lo que sé: lo reduje a una pregunta pequeña, la más pequeña de todas, la única que a lo mejor era capaz de tocar sin romperla.
Mañana le preguntaría al posadero por qué aquella era la novena.
Las pequeñas eran las únicas que sabía tocar sin romperlas. Todavía.