Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 9 — La puerta sur #3
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Capítulo 9 — La puerta sur #3

Nos pusimos a la cola. Y esa fue la peor parte, peor que la carreta, peor que la rueda: estar quietos.

Quietos, en fila, detrás de otros que bajaban con sus carros y sus ilusiones, mientras el funcionario apuntaba nombres a la velocidad de un hombre que lleva todo el día sellando pasos y no piensa acelerar por las prisas de nadie, y mientras arriba, a nuestra espalda, sobre un cielo intacto que todos los demás veían tranquilo, la palabra se rompía despacio.

Yo miraba atrás. No podía no mirar. El termina ya no era una palabra, era una mancha extendiéndose por la tarde que solo yo leía, y Sarn la miró una vez y le vi en la cara algo que se parecía a la prisa, y Sarn con prisa era lo peor y más aterrador de todo aquel día.

—Paga —me dijo, bajo—. Lo que pidan. Que no nos hagan hablar.

Llegó nuestro turno. El funcionario nos miró sin ningún interés, contó cabezas —tres— y una carreta, y dijo una cifra. Era todo el dinero de la cabra. Lo puse en la mesa.

Se puso a contarlo. Moneda a moneda, despacio, con la parsimonia del que no sabe —o no le importa— que el mundo detrás de él se está terminando.

Las contó una a una. Yo conté con él y odié cada moneda.

Uno de los guardias del arco bostezó. Detrás, en la cola, alguien se quejó de la espera, y me entraron unas ganas locas de girarme y gritarle que corriera, que corriéramos todos, que el cielo ponía termina —pero no lo hice, porque nadie más lo veía, y el que ve solo lo que nadie ve aprende pronto a callárselo.

No faltó. El funcionario asintió, mojó la pluma, apuntó nuestro paso en su libro —un renglón más, en alguna parte, con mi nombre cruzando a un sitio del que pocos vuelven— y con la barbilla, sin una palabra, nos señaló el arco.

Los guardias se apartaron lo justo. Y al pasar por delante de la mesa noté que Daggis ya no iba a mi lado: iba metida entre los fardos de la carreta, hecha una bola, porque hasta para el fin del mundo encontraba la manera de no pagar.

Al final, aquella cabra había servido para comprarnos una puerta.

Cruzar no fue dar un paso. Fue meterse en el aire escrito del arco, y por un instante que no duró nada y duró demasiado estuve dentro de la palabra, con todos aquellos renglones apretándome por todos lados, y me llegó —como me llega todo, mal y a trozos— la sensación de estar atravesando una sola cosa enorme, vieja, mantenida a duras penas, justo en el momento en que empezaba a soltarse.

Y salimos al otro lado.

Lo primero fue la luz, distinta, más baja, más vieja.

Lo segundo fue que había gente. Al otro lado del arco había otro campamento, o algo parecido: un puñado de tenderetes y de gente pegada a la boca de la puerta, tratantes y cargadores y curiosos, los que viven del paso por el lado de abajo igual que otros viven de él por el lado de arriba.

Gente para la que aquella puerta llevaba ahí siempre, tan fija como la montaña.

Octavo tiró de la bestia hacia el claro, radiante, respirando el aire nuevo, y yo fui el último en cruzar, como quien apaga la luz de una habitación en la que ya no va a entrar nadie.

Y la puerta se cerró a mi espalda.

Sin estruendo, sin golpe. Un parpadeo. Donde había un arco de piedra escrita, muros, guardias y una cola de gente contenta de bajar, dejó de haber nada.

No se cerró como se cierra una puerta: se fue, del todo, como si alguien hubiera decidido que aquel camino ya no hacía falta y lo hubiera borrado sin dejar ni el borrón.

Miré atrás y no había atrás. Había una pared de roca lisa, sin costura, como si allí no hubiera habido jamás manera de pasar.

Y a mi alrededor, la gente del lado de abajo lo vio también.

Se hizo un silencio raro, de golpe, el silencio de mucha gente conteniendo el aire a la vez.

Un tratante se levantó despacio de su tenderete mirando la roca lisa con una cara que no le cabía en la cara.

Una mujer dijo una palabra que no entendí, bajito, dos veces, como se dice el nombre de algo que no puede estar pasando.

Para ellos una puerta no se va: lleva ahí desde antes de sus abuelos y va a seguir después de sus nietos.

Y se los veía entenderlo, uno tras otro, que se habían quedado sin el arriba.

Nosotros habíamos sido los últimos. No por heroísmo: por una rueda, una cola y un funcionario que contó despacio.

Detrás de aquella pared lisa se quedaba la cocinera que sabía mandar sin gritar, y la ventanilla, y el primer sitio de todo este mundo donde yo había empezado a servir para algo.

Había entrado en este mundo por una grieta, metiendo el dedo. Ahora cruzaba otra corriendo, y al cruzarla perdía un trozo del mundo y me llevaba conmigo a la gente que no pensaba dejar atrás.

Octavo se giró hacia mí, con la bestia del ronzal, con toda la cara puesta en una sonrisa, sin haber mirado atrás ni una vez, sin haber visto las caras de la gente del lado de abajo, ajeno a todo salvo a que estaba abajo y con los suyos.

—Bueno —dijo—. Pues ya estamos. ¿A que va a estar bien?

Y yo, que sé leer un cielo que dice termina y no sé decirle la verdad a un amigo que sonríe, me puse encima la sonrisa idiota de siempre, la de cuando rompía algo en casa a los ocho años, y le dije lo que llevo toda la vida diciéndole a las cosas que no lo están:

—Sí. Va a estar bien.

Miré el mundo nuevo, torcido, que me esperaba con una calma que ya empezaba a caerme mal.

Qué puede salir mal.