Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 9 — La puerta sur #2
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Capítulo 9 — La puerta sur #2

Dos palabras. Pero las dijo mirándome, y en cómo las dijo estaba todo lo que no me iba a explicar: que lo sabía mejor que yo, que lo había pensado ya entero en el tiempo que yo tardo en decir “por qué”, y que la respuesta era esa de todas formas.

Que la razón era tan grande y tan mala que no cabía en el rato que teníamos, y que iba a tener que fiarme.

Fiarme de Sarn. Que seguía teniendo la cara de Sarn, y era casi peor.

—Vale —dije, muy bajo, porque es lo que digo—. Vale. Bien.

No estaba bien. Pero llevo toda la vida diciendo “vale, bien” a cosas que no lo están, y no iba a dejarlo ahora solo porque un demonio callado hubiera empezado a hablar.

La gata lo entendió antes que yo. Lo entiende todo antes que yo.

No forzó la vista al cielo —ella no lee—, pero algo en aquel aire demasiado quieto le puso las orejas tiesas, y de golpe se le fue la desgana como se le iba cazando.

No preguntó qué pasaba. Miró a Sarn, miró el sur, ató lo que hubiera que atar en esa cabeza suya de olores y costumbres, y se puso en pie ya con un plan que yo tardaría en alcanzar.

—Una carreta no baja sin bestia —dijo, para nadie, mirando hacia el fondo del campamento, donde el tratante de Octavo tenía su corral—. Vosotros cargad. Yo traigo con qué tirar.

Y se fue hacia el corral, sin correr, con ese trote suyo que parece desganado hasta que intentas igualarlo. No me paré a pensar cómo pensaba conseguirla. Teníamos otras urgencias.

Me quedé con Sarn a un lado y, a cincuenta pasos, la carreta de Octavo cargada hasta arriba, junto a una hoguera, rodeada de la gente con la que iba a bajar mañana.

Mi primer pensamiento no fue un plan. Un cobarde en fuga no piensa la ruta ni el peaje ni qué se come al otro lado. Piensa una sola cosa, la más tonta y la más honda: no soltar a los suyos.

La mano fue antes que yo, como siempre. Fui hacia Octavo.

—Nos vamos —le dije, sin aliento, agarrándole el brazo del tamaño de mi pierna—. Ahora. Contigo. La puerta sur.

Octavo entendió que huíamos. También entendió que íbamos con él. Eligió la segunda verdad.

—¿Venís? —Se le abrió la cara entera—. ¿Venís conmigo?

—Venimos. Pero ya. Sin esperar a nadie.

Y ahí, un segundo, algo se le torció en la cara.

Porque “sin esperar a nadie” quería decir sin la cuadrilla, sin la gente de la hoguera, sin los que se reían de él y a los que él llamaba, ya, los suyos.

Uno de ellos le dijo algo —medio en broma, “¿te vas con estos y nos dejas tirados, oso?”— y a Octavo se le quedó la mano a medio levantar, entre la despedida y la disculpa, con la cara de quien acaba de encontrar un sitio donde cabía y tiene que salir corriendo de él sin tiempo de sentarse.

Duró ese segundo. Luego eligió, y eligió lo viejo por encima de lo nuevo, a los raros de siempre por encima de los amigos recién hechos, y lo eligió sin dejarse mirar demasiado rato lo que soltaba, que es la única manera que tenemos los que soltamos cosas de poder soltarlas.

—Me voy con estos —les dijo, y se le rompió un poco, y lo tapó con una risa—. Nos vemos abajo.

Lo dijo convencido. Como si abajo fuera a seguir esperándolos a todos.

—La carreta está cargada —me dijo, ya moviéndose, ya desatando, ya poniendo el cuerpo a trabajar para no tener que sentir el resto—. Todo. Comida para semanas, cuerda, lo bueno. Solo falta la bestia.

—Viene —dije—. Ya viene.

Salimos del campamento con la carreta a empujones entre los tres, y la puerta sur no estaba a la vuelta de la esquina.

Estaba abajo, lejos, al final de un camino que bajaba y bajaba por la falda hacia una hendidura en la montaña, y se tardaba en llegar.

Horas. Esa es la parte que nadie te cuenta de las huidas: que casi siempre son largas, y aburridas por dentro del miedo, y que uno puede pasarse una tarde entera muriéndose de urgencia a paso de carreta cargada sin que nada persiga a nadie.

Porque no nos perseguía nada. Esa fue la cosa más rara.

Bajábamos con toda el alma de algo que solo Sarn y yo sabíamos, empujando por una ladera verde de postal, y el mundo se negaba a colaborar con el drama.

La gente con la que nos cruzábamos —había gente, todo el día sube y baja gente por ese camino— nos miraba resoplar con cara de vida o muerte y volvía a lo suyo pensando qué prisas más raras para una tarde tan buena.

Corríamos como tres locos que hubieran decidido que la merienda campestre era el fin de los tiempos, y alrededor los pájaros seguían siendo pájaros.

Daggis nos alcanzó a la media hora, viniendo del campamento por un atajo, trayendo del ronzal una bestia.

Una sola. Un animalote de tiro, feo, de patas gruesas, con una palabra encima que se me escapó entera salvo el verbo, y el verbo era tira , hondo, gastado de generaciones tirando.

No traía sangre en la barbilla ni prisa en el cuerpo, y no dijo de dónde la había sacado, y yo no pregunté.

Que el tratante la echara de menos era problema del tratante, y el tratante, con el cielo que había, iba a tener problemas peores.

La enganchamos y el mundo se movió más deprisa, que era lo único que le pedíamos.

Y seguimos bajando, la tarde cayendo, y arriba —cada vez que me atrevía a mirar, que no era a menudo — aquel termina extendiéndose como una grieta por un cristal mucho antes de que el cristal se rindiera.

Sarn caminaba con la vista puesta ahí, y cada tanto apretaba el paso sin decir nada, y ese apretar callado suyo me daba más miedo que cualquier grito.

Hubo un contratiempo, uno solo, y bastó para hacernos llegar justos.

Una rueda se metió en un surco a media bajada y se quedó, y perdimos un rato que yo notaba como sangre saliéndose de una herida, hasta que Octavo la sacó a pulso él solo con un gruñido de satisfacción, contentísimo de servir para algo.

Fue mientras él empujaba, colorado y feliz, cuando le hice a la bestia la tontería que hago siempre: forcé la vista, encontré aquel tira gastado, y lo repasé para que tirara más.

No supe repasarlo poco. La carreta casi aprendió a volar.

Salió de un tirón que estuvo a esto de volcarnos, con Octavo agarrándose y riéndose como si fuera la mejor atracción de una feria, y se me quedó en la yema el pegote de siempre, el tironcito, la tinta vieja de una palabra que no era mía y que ya no se iba a ir lavándose.

Sarn me miró. No dijo nada. En el no decir nada estaba, clarísimo, el repasa menos, idiota que ya me decía yo solo, tarde, siempre después del tirón.

La puerta sur no era una puerta. Eso lo entendí al verla, cuando el camino dobló el último recodo y apareció, ya de tarde vencida, encajada en la hendidura de la montaña.

Era una fortaleza. Un paso estrecho entre dos paredes de roca, cerrado de lado a lado por un muro con almenas, y en el muro, en el centro, el arco: piedra vieja, más vieja que todo lo demás, con un aire dentro que no era aire.

Temblaba. No como tiembla el calor sobre un camino en verano; temblaba como tiembla una palabra cuando la fuerzas, y forcé la vista sobre él sin querer y me dio dolor de cabeza al instante, porque el arco entero estaba escrito.

Cubierto de renglones apretados, remachados, repasados por tantas manos a lo largo de tantos siglos que ya nadie sabría decir cuál fue la primera.

Una jaula para un agujero: eso era la puerta.

Y en una caseta al lado, un hombre la recitaba en voz baja, sin pausa, con cara de no entender lo que decía, como se reza una oración en lengua muerta que si dejas de decir se te cae encima.

Y delante, guardia. Hombres armados a los lados del arco, con esa quietud de los que están acostumbrados a que la gente quiera pasar deprisa y a no dejarla.

Y antes de los hombres armados, lo de siempre en este mundo: una mesa, un funcionario, un libro, y una cola.

Porque hasta al fin del mundo se entra por orden.

La Ley, que todo lo archiva y nada lo entiende, cobrando el paso mientras el paso se acababa.