Palabras pequeñas (La Maraña 1) Capítulo 9 — La puerta sur
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Capítulo 9 — La puerta sur

El campamento de las afueras era lo más parecido a un sitio alegre que había visto en este mundo, y por eso no me fiaba de él.

Estaba fuera de la última puerta de la ciudad, en la ladera pero del lado de afuera, un revoltijo de tiendas y hogueras y carros a medio cargar donde se juntaba la gente que iba a bajar.

Porque la gente baja. Eso fue lo primero que aprendí allí: que hay quien, teniendo un mundo firme y aburrido y seguro encima, decide por su propia voluntad meterse hacia dentro, hacia lo torcido, a ver qué saca.

Los llaman aventureros. Yo, que caí a este mundo por meter el dedo donde no debía, no soy quién para llamarles nada.

Vi a un hombre venderle a un chaval más joven que yo un amuleto contra “el temblor de abajo”.

El chaval lo pagó con los ojos brillantes, y yo pensé, con esa parte de mí que hace cuentas hasta en los entierros, que el temblor no lo iba a parar un hueso con un cordel, y que el hombre lo sabía, y que el chaval a lo mejor también, y que lo compraba igual porque comprarlo era más fácil que aceptar que no había remedio.

Comprar el permiso para tener esperanza. Se pagaba caro, y se pagaba contento.

Vendimos el cuero esa mañana. Salió bien —el tratante lo miró más rato del que miran los tratantes las cosas y no dijo en voz alta lo que los dos sabíamos— y me guardé el dinero, y me senté en un pescante ajeno a sentirme, por primera vez desde que caí, razonablemente a salvo.

Que conste que me sentí a salvo. Para lo que viene, conviene que quede en acta que hubo un rato, esa mañana, en que pensé que lo peor ya había pasado.

Qué idiota soy. Pero eso ya lo sabíamos.

Octavo de Oso me encontró ahí, y vino derecho abriéndose paso entre las tiendas con esa manera suya de andar de quien ocupa más sitio del que cree y va pidiendo perdón a las cosas con los hombros.

No lo veía desde la cosecha, desde aquella rama que le buscó el cuello y que empujé de agarra a suelta sin apuntar, mal, como me sale todo.

Él intentó que me hiciera cargo. No lo acepté entonces y tampoco pienso hacerlo ahora.

Decir “te salvé” te pone por encima del otro para siempre, y con Octavo no quería estar por encima. Quería estar al lado.

—¡Kato! —Y me dio en el hombro una palmada de las que él cree suaves, que me movió el esqueleto entero—. Me habían dicho que andabas por aquí. Con la gata. Y con el callado.

—Con la gata y con el callado —confirmé, frotándome el hombro—. Buen resumen de mi vida ahora mismo.

Se rió con todo el cuerpo, como hace todo, y unos cuantos de los que andaban cerca —su cuadrilla nueva, junto a una hoguera, con la carreta de Octavo cargada al lado— levantaron la vista. Se reían de él con el cariño bruto con que se ríe uno de los suyos. Octavo estaba encantado de pertenecer.

—Bajo mañana —me dijo, con el pecho hinchado, con toda la cara puesta en decírmelo bien—. Con estos. Al piso de abajo. Dicen que hay maravillas. Dicen que uno vuelve rico, si vuelve con cabeza. —Se dio un golpecito en la sien con un dedo del tamaño de mi muñeca—. Yo tengo cabeza.

—Tienes cabeza —dije, y no era mentira, aunque no fuera la verdad que él creía.

—Es solo un poco más peligroso. Las palabras tiemblan más. Pero se aprende. El veterano decía que todo se aprende si aguantas. Yo aguanto mucho.

Se acordaba del veterano. Yo también. No dije que el veterano lo decía cargando plantas en una maraña de las mansas, de las de trabajar, y que abajo, según contaban, no había marañas mansas, y que las palabras que tiemblan demasiado acaban cayéndose de las cosas y dejando el mundo sin saber lo que es.

Mirarle aquella cara de crío al que por fin han invitado a algo y decirle que se iba a morir en la primera semana era una crueldad que no me cabía en el cuerpo.

Y además, ¿quién era yo? Yo llevaba bajando desde que caí.

Lo que le reprochaba a Octavo era mi propia enfermedad vista de fuera.

Así que hice lo que hago. Me tragué la verdad y solté un chiste.

—Si vuelves rico, me invitas a una cama. Una de verdad, con algo debajo que no sea tierra.

—¡Dos! —dijo, encantado—. Te invito a dos. —Y se rió de su propio chiste, que ni siquiera era un chiste, y fue el sonido más limpio que oí en mucho tiempo.

Cuando ya se iba, cuando ya había dado media vuelta hacia su hoguera, se paró. Se giró un poco. Y lo dijo sin peso, como se dicen las cosas de verdad, sin saber que las dice uno:

—Ojalá pudierais venir vosotros.

Y siguió andando.

Yo me quedé en el pescante con el dinero caliente en el bolsillo, y pensé —y que me perdone quien esté apuntando esto, porque es el pensamiento más pequeño que se puede tener y lo tuve entero— algo así como: claro. Cómo no. Justo ahora.

Justo ahora que por una vez tenía lo único que había querido nunca, que no era una espada que corta el mundo ni ser nadie importante: era comer mañana, que nadie me mirara como a un cuchillo, un sitio.

Justo ahora, la parte más vieja de mí, la que lleva toda la vida esperando el golpe, apuntó sin alzar la voz que los sitios buenos a mí no me duran. Nunca me han durado.

Nunca me equivoco sobre esas cosas. Es lo único en lo que tengo puntería.

No sé cuánto rato pasó. Un rato. En algún momento levanté la vista al cielo, sin motivo, por esa costumbre nueva de leerlo todo que ya no controlo.

El cielo estaba demasiado sereno. Un azul de tarde de domingo, el mismo con que me recibió este mundo el primer día, cuando pensé que había un cielo y era azul y era todo mentira.

Forcé la vista sin querer —a quién se le ocurre leerle la palabra al cielo— y asomó una.

Corta. Fría. Se me ordenó sola en la cabeza, y no encajaba, porque no era una palabra de cielo.

Un cielo podía llover, abrirse, oscurecer. No terminar.

termina , ponía.

Me quedé muy quieto. La leí otra vez para asegurarme de que no me la había inventado el hambre. A mi alrededor no parecía terminarse nada. Era un día bonito. Y en lo alto el mundo decía, plano, sin explicar el qué, que aquello se terminaba.

Solté la vista de golpe. Me dolía la cabeza. No volví a mirar, con la lógica impecable de que las desgracias respetan a quien no las comprueba.

Y fue mirar hacia otro lado lo que me hizo mirar a Sarn.

Sarn estaba de pie.

Eso, en Sarn, ya era una frase. Sarn se sienta, Sarn se acuclilla, Sarn ahorra; Sarn de pie y quieto, mirando el horizonte, era Sarn haciendo algo, y yo había aprendido que cuando Sarn hace algo conviene enterarse.

Miraba hacia lo alto, hacia el mismo sitio que yo había leído sin querer. No lo miraba como quien teme una desgracia. Lo miraba como quien reconoce una deuda vieja —ya había puesto esa cara una vez, en el claro de la cosecha— y calcula cuánto va a costarle pagarla.

Forcé la vista sobre él. No sé por qué; es lo que hago cuando algo me asusta y no lo entiendo, lo leo o lo intento, como otros cierran los ojos.

Y en Sarn, que siempre me sale en blanco, que es el único ser de este mundo al que el ojo se me mete y no encuentra por dónde seguir, por una vez había algo.

Asomó. Medio latido. Un renglón subiendo desde el fondo de esa maraña suya —y desapareció.

No se hundió despacio, como los de las cosas muertas.

Desapareció tachado, borrado, en el mismo instante de asomar, y no le vi la mano moverse.

Fue algo que hizo por dentro, sin gesto, tan rápido que si no llego a estar forzando la vista justo entonces no lo pillo.

Parpadeé. Volvió a asomar, la misma u otra, subiendo, ofreciéndose —y otra vez, en el momento exacto de dejarse leer, se borró.

A la tercera ya no la borró. O lo intentó y no le salió.

A la tercera la palabra asomó, él la tachó, y la tachadura no fue limpia: quedó un borrón.

Un relieve reventado, denso, con la palabra dentro pero rota, garabateada sobre sí misma tantas veces que ya no se ordenaba de ninguna manera en mi cabeza.

No era el blanco de siempre. Era la certeza de que ahí ponía algo, algo que esta vez no había conseguido borrar del todo, y la imposibilidad de leer qué.

Y entonces Sarn hizo dos cosas que no le había visto hacer nunca.

Se llevó las manos al cuello, y se quitó el collar.

Y habló.

Se lo quitó él. Con sus manos. Sin forcejeo, sin que le costara más que quitarse cualquier cosa que uno lleva puesta y decide dejar de llevar.

Se lo pasó por encima de los cuernos torcidos, aquel collar que yo le había repasado la primera noche, que me picó en el dedo durante días, por el que me pasé media noche buscándole un sitio a salvo lejos de mí —y lo dejó caer al suelo.

No había estado indefenso. No había estado conmigo porque no pudiera irse.

Me enfadé con él. Luego conmigo. Y debajo de las dos cosas apareció el alivio, que fue lo peor de todo: llevaba días cobrándome una culpa que no daba para tanto. Me dio hasta vergüenza sentirlo, con el mundo diciéndome termina en lo alto. Lo sentí igual.

Y por estar tan ocupado sintiéndolo, tardé en oír lo que Sarn decía.

Porque Sarn decía cosas. Frases. Él, que gasta una palabra como quien firma un documento, estaba de pie soltando frases seguidas, con una voz ronca de poco usarla, y yo me estaba perdiendo las primeras por tener la cabeza en un collar en el suelo.

Me llegó el sentido antes que el sonido, como con la gata el primer día, cuando entendí “estás vivo” un latido antes de oír cómo sonaba. Me llegó primero lo que quería decir, limpio y frío:

hay que cruzar. la puerta sur. antes de que caiga la noche.

Y cuando por fin lo oí de verdad, ya no había tiempo para entenderlo; solo para moverse.

—¿Qué? —dije, que es lo que digo—. Sarn, la sur va hacia abajo. La sur es la que…

—Lo sé —dijo Sarn.